CAPÍTULO 34
Llevábamos más de la mitad de la prueba.
Solo me quedaban dos. Solo dos, intentaba repetirme, como si con eso pudiera engañar a mi cuerpo, que ya estaba pidiendo vacaciones, masajes y probablemente una semana entera durmiendo sin que sonara el despertador.
Pero claro…, ¡qué dos disciplinas me quedaban!
No eran precisamente las más tranquilas del mundo ni en las que confiaba hacerlo bien, porque nunca las había probado.
Mientras me colocaba bien el casco y bebía un poco de agua que teníamos ahí preparada (no por sed, sino porque sentía la boca como si hubiera masticado arena, que seguramente era así y tuviera arena por todos los centímetros de mi cuerpo) los caballos con los que ya había hecho las pruebas estaban saliendo poco a poco del estadio.
Yo los despedía mentalmente uno por uno. Gracias por no matarme, Whisper. Gracias por no dejar que saliera disparada, Tex. Gracias por no desbocarte, Ohio. Y así con el resto.
En el centro del escenario, aún quedaban dos personas con los respectivos caballos.
Una chica sujetaba un caballo castaño oscuro. Elegante, con las crines trenzadas en pequeños moñitos, y una montura muy diferente a las normales en el dorso. Era una montura más alta y le salían dos grandes cornetas de cuero en el lado izquierdo.
La otra chica llevaba un carcaj colgado en el hombro, lleno de flechas, y sujetaba un arco largo en la otra mano. El caballo que estaba con ella era un alazán, de mirada vivaracha. Parecía listo para salir corriendo en cuanto alguien le diera permiso.
Miré al presentador, que se acercaba con esa sonrisa suya de «esto te va a encantar». Yo no sabía si tenía ganas de reírme o pedirle que me sacara de ahí ya de ya.
—Y ahora —dijo con su voz que resonó por todo el estadio—, llega el momento de elegir entre estas dos disciplinas. Olivia, ¿quieres probar suerte primero con la disciplina de monta a la amazona… o con el temido tiro con arco a caballo?
Miré a las gradas. La gente estaba on fire. Algunos gritaban y coreaban:
—¡Tiro con arco!
—¡Amazona!, ¡amazona!
Realmente estaban tan metidos que parecía una final de la Liga de Campeones.
No tenía ni idea.
Pero entonces me volví a fijar en el caballo con la montura de cornetas y pensé en una cosa que me hizo sonreír sin querer: me habría encantado ver a los chicos seleccionados haciendo esta prueba montando a la amazona, con las piernas de lado, intentando mantener el equilibrio.
El público se lo debía de haber pasado genial, solo de imaginarlo me entró la risa.
—Amazona —le dije al presentador, con una media sonrisa cómplice.
Él asintió, como si hubiera estado esperando esa respuesta.
—Muy bien. ¡Todo tuyo! —me dijo.
La chica se acercó con el caballo. Era precioso, de esos que parecen sacados de una pintura antigua. Me fijé en la montura y se me escapó un wow sin darme cuenta. La montura era de amazona de verdad, con detalles grabados en dorado, nunca había visto una en directo.
—Hola, Olivia —me dijo la chica, sonriendo.
Asentí, fue lo único que me salió.
—Yo soy Claire. Este es Adagio. Compite a la amazona y hasta ha hecho desfiles, tiene caráct…
—¿Cómo se monta esto…? —la interrumpí, tocando la silla, sin haber prestado mucha atención a su presentación.
Claire se rio.
—Te ayudaré, súbete. Apoya el pie izquierdo aquí, gira la cadera y pasa ambas piernas hacia la izquierda.
Una por arriba de la corneta y la otra por debajo.
Asegúrate de engancharte con la rodilla y mantener el tobillo cerca del caballo.
La pierna izquierda actuará como cuando montamos a horcajadas.
La derecha solo está ahí sin hacer nada.
En el lado derecho, donde no tienes la pierna, puedes coger esta fusta para ayudarte.
Más fácil decirlo que hacerlo, pensé.
Me subí con su ayuda, y madre mía. Sentarse ahí arriba con las dos piernas del mismo lado era rarísimo. Me sentía como una dama…, pero una que se podía caer en cualquier momento.
—¿Lista? —me preguntó el presentador.
—No, pero vamos a ello —le contesté con honestidad, acercándome al micrófono.
Todo el mundo se rio.
—La prueba consiste en recorrer este circuito marcado con conos, mantener un galope constante durante una recta y un círculo y luego cambiar de mano al paso, girando sin perder la compostura y repetirlo a la otra mano al galope, si rompe el aire cayendo al trote o al paso, debes volver a empezar.
Se valora la posición, el control y, por supuesto, la elegancia.
Elegancia, dice. Mientras yo sentía que iba a desparramarme de un momento a otro por el lateral de la silla.
Adagio empezó a moverse al paso. Me esforcé para mantener la espalda recta, los hombros erguidos y la mirada al frente.
Siéntete una princesa de la Edad Media, nada de mirar al suelo.
Aunque mi instinto me pedía que me agarrase con las dos manos a la montura, como cuando empecé a trotar en mis primeras clases en Blackwood Stables.
Pedí galope, primero a mano izquierda, que era la fácil, ya que la pierna me colgaba por ese lado de la montura.
Me sentía como si hiciera yoga en una tabla de surf en medio del mar, pero bueno, al menos no me daba la sensación de caerme.
La verdad que Adagio estaba domado. Mentalmente les di las gracias a los organizadores por traer caballos que sabían lo que hacían.
El galope era corto, lento y saltado, en la segunda mitad del círculo me relajé un poco y hasta me sentí algo más confiada.
El público lo notó y aplaudió cuando terminé el recorrido marcado.
—¡Maravilloso! —gritó alguien desde arriba—. ¡Eso ha sido superbonito!
Me bajé de Adagio con cuidado. Claire me chocó la mano y me dijo:
—Lo has hecho muy bien para ser tu primera vez.
Le di las gracias y miré al presentador.
—¿Te quedan fuerzas para una prueba más? —dijo con una sonrisa—. ¡Tiro con arco a caballo!
Su voz retumbó por los altavoces del coliseo. Respiré hondo. Solo quedaba una.
Una , me dije a mí misma. Seguía teniendo los músculos tensos, el corazón aún a mil por hora y, sin embargo, no podía evitar sonreír.
Había llegado hasta aquí. Había pasado el enganche, la monta a la amazona, el volteo, las carreras, el western …
¿Qué importaba hacer una prueba más? Seguramente, no en todas los jueces me habrían dado supernotas, pero seguro que ninguna había sido un desastre total.
El estadio se había quedado en un silencio expectante. En medio de la pista, la chica que sujetaba el caballo con un carcaj lleno de flechas colgando de su hombro avanzó hacía mí.
El público estalló en aplausos y yo sentí cómo se me encogía el estómago.
La chica era alta, vestida con un conjunto que recordaba a los mongoles de las estepas montados a caballo, y el arco que llevaba no tenía nada que ver con los que había usado alguna vez en algún campamento de verano.
Que, nota importante, eran los únicos que había visto y probado en mi vida, pero eran suficientes para tener unas nociones básicas y saber cómo colocar la flecha y tensar el arco para disparar.
Aunque aquel sí que era un arco de verdad.
—Soy Luna —dijo sonriendo—. Y él es Arrow. No me digas que el nombre no es perfecto para esta prueba.
—Y yo soy Olivia. Y nunca he hecho esto. Bueno, lo típico…, un par de veces en un campamento, pero con un arco que parecía de juguete, comparado con esto.
Luna me miró con una mirada que me decía «te entiendo».
—Entonces estás a punto de vivir una de las experiencias más divertidas —añadió con una risita—.
Pero no te preocupes, esta prueba es de precisión y ritmo, no de velocidad.
Vas a tener dos partes. Una al paso, donde deberás acertar al menos una flecha en las dianas pequeñas.
Luego, otra al galope, con dianas más grandes.
Tienes diez minutos para intentarlo todo.
—¿Y si no le doy a ninguna? —pregunté con cara de susto.
—Entonces no puntuarás. Pero no te preocupes, no serás la primera seleccionada sin puntería. Pero si le das a alguna… eso es la suerte del principiante.
Solté una carcajada, nerviosa.
—Me vale.
Luna me explicó rápidamente lo esencial: cómo colocar el arco, cómo girar el torso para mantener el equilibrio, cómo colocar las flechas en el arco, como apuntar, cómo no interferir con el movimiento del caballo y, sobre todo, cómo mantenerme en suspensión.
Si me sentaba, el arco se movería demasiado y no acertaría ni de milagro.
Demasiada información en solo dos minutos.
La pista se había transformado una vez más.
Había dianas pequeñas al principio, bien alineadas, a unos cinco metros del recorrido marcado.
Más adelante, dianas grandes para la parte al galope.
Lo que me tranquilizó fue ver que habían colocado unas redes a modo de protecciones enormes detrás de todo el circuito.
Así que al menos, si fallaba (que tenía clarísimo que iba a pasar), no me iba a cargar a ningún espectador.
Arrow y yo nos dirigimos a la salida. Luna me ayudó a colocar el carcaj y el arco en posición. El cuero del carcaj me rozaba la cadera y ya tenía la sensación de que me iba a estorbar.
—Confía en él —me dijo Luna—. Y respira.
Yo creo que ya había gastado todas mis reservas de confianza con cada caballo al que me había subido.
El presentador levantó la mano:
—¡Al lío, Olivia!
Me coloqué. Arrow empezó a andar despacio, al paso. Me centré en la primera diana. Saqué una flecha, con torpeza, y me levanté de la montura, tenía que sostener la posición de suspensión, no mover la parte superior del cuerpo y mantener una línea recta con el brazo.
Tensé.
Disparé.
Y…
¡PLOP! Fallé, pero no de poco no… Literalmente, ni me había acercado a la diana. Miré cuántas flechas me quedaban para intentarlo y, al ver que no había más de diez, me sentí aún más agobiada. Cogí otra, tensé, intenté apuntar más abajo viendo que mi primer intento había ido muy arriba y…
¡Diana!
Una sonrisa tonta me invadió la cara. ¿Le había dado? ¡¿LE HABÍA DADO?! Me giré un segundo para asegurarme. Sí. La flecha estaba clavada en el borde, a punto de salirse, ¡¡pero dentro!! No me lo podía creer.
La suerte del principiante. Totalmente.
Luna, desde el borde de la pista, me gritó:
—¡Prepárate!, ¡ahora, al galope!
Me fui directa a la zona donde estaban las dianas grandes para seguir. El primer disparo lo fallé. El segundo ni me acerqué. Tragué saliva. Otra vez, Olivia, pensé, te quedan seis flechas. Arrow empezó a acelerar, y ahí fue cuando la cosa se puso realmente difícil.
Intenté sacar una flecha y se me cayó. Saqué otra y fue al suelo también.
Olivia, no es por meterte presión, pero solo te quedan dos, me dije a mí misma.
El movimiento de Arrow hacía que todo temblara.
Me costaba mantenerme en suspensión sin rebotar.
Tenía que aguantar como una estatua, y al mismo tiempo mover el brazo con precisión milimétrica.
¿Quién inventó esta locura? ¿Cómo lo hacían en la prehistoria sin casi ni monturas ni buenos arcos para cazar algún animal en esta posición?
Yo me hubiera muerto de hambre o me habría tenido que alimentar a base de plantas. Una de dos.
Logré colocar una flecha. Me temblaba la mano, me notaba el sudor por la cara, pero tensé y disparé. La flecha se fue fuera.
Arrow iba a un ritmo constante al galope y eso era alucinante, teniendo en cuenta el ambiente y que iba totalmente sin riendas ni nadie que le guiara, pero lo puse un momento al paso para colocar bien la flecha y no jugármela a que se me cayera, ya que era la última que me quedaba.
Cogí aire. Flecha encajada. Pedí galope. Apunté.
Disparé.
¡CLACK!
¡Diana grande! No en el centro, pero ahí estaba. Me había temblado todo el cuerpo al soltarla, y no estaba segura ni de haber soltado la cuerda del arco en el momento correcto ni con la fuerza suficiente, pero había entrado.
Cuando Arrow cayó al paso, no sabía si quería bajarme y besar el suelo o tirarme en plancha sobre su cuello y decirle que era mi nuevo héroe. Hice lo segundo.
Me giré a mirar el estadio. El público aplaudía con locura mientras se preparaba para ver al próximo participante en entrar al estadio.