La Copa de Naciones (Academia Rider 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

¿Enganche? Es la que me apetece, pensé desganada, recordando la primera vez que fui con Jack y me costó bastante rato hacerme con los ejercicios.

—¿Olivia? —dijo el chico del chaleco que llevaba un caballo enganchado a un pequeño carruaje, bajándose las gafas de sol—.

Soy Alex. Vamos a hacer enganche. Es una limonera, es decir solo vas a tener que guiar un caballo —señaló el carruaje y acarició al caballo—.

Se llama Ohio. Es un frisón, muy noble, no creo que te dé mucho problema después de todo lo que estás haciendo, que por cierto estás que te sales.

Aunque sus palabras me relajaron, le miré como si me acabara de pedir que pilotara un avión sin carnet.

—¿Y… qué tengo que hacer exactamente? —pregunté casi sin saber si realmente quería saber la respuesta.

Alex sonrió.

—Tranquila, yo te explico todo. Es la prueba de conos, maratón y doma todo en una —me dijo sonriendo.

Justo lo que quería, pensé.

Miré a mi alrededor. Habían montado un circuito dentro del estadio con conos rojos y bolas de tenis encima de cada cono.

Parecía un campo de minigolf para gigantes.

Debía pasar por en medio de los conos, si tocaba un cono, la bola se caería.

Penalización. Y realmente había muy poco espacio entre los conos, así que debía calcular bien cómo entrar.

Después quedaba un puente en el que debía subir y bajar, y una serie de figuras en sitios específicos como círculos, diagonales al trote y al galope y paradas.

Tragué saliva.

—Vale. Dime cómo lo tengo que hacer.

—Súbete primero al carruaje. Ahí. ¿Ves ese asiento?

—Me señaló la pequeña banqueta acolchada en el centro, era superpequeña en comparación a la que nos habíamos subido Jack y yo el trimestre pasado—.

Ponte recta, pies bien apoyados. Coge las riendas.

Si tiras, frena. Si sueltas, acelera. Fácil.

Usa tu voz también, tranquila, suave, silba para frenar y haz la ranita para acelerar.

—¿Y si se me descontrola el tema? ¿Qué tengo que hacer en caso de emergencia?

Alex dejó escapar otra sonrisa.

—Ohio no se descontrola. Si tú estás tranquila, él también. Piénsalo, es como una primera cita a ciegas. Pero con ruedas.

No sé por qué, pero me hizo gracia. Reí. Muy bajito, pero reí.

—¿Lista? —preguntó Alex.

—No lo sé, pero vamos a fingir que sí —respondí, y él me guiñó un ojo.

El presentador gritó:

—¡Y Olivia empieza su recorrido de enganche ya!

Y sonó un silbido suave.

Toqué las riendas con suavidad y aflojé el contacto. Ohio arrancó al paso con calma, y yo casi lloro de alivio. No salió disparado. No me dio la sensación de descontrol. Solo… iba al paso.

El primer tramo era recto y al paso, entre conos bastante juntos, pero facilito. Luego venía una curva cerrada, y después una especie de zigzag, y eso sí que parecía imposible.

—Vamos, Ohio —susurré.

La gente aplaudía. Yo solo escuchaba mi respiración.

En un momento, Ohio pareció querer acelerar. Me tensé. Pero en lugar de tirar, hablé.

—Sshhh…, despacio. Tranquilo.

Y funcionó. Ohio bajó el ritmo como si lo hubiera hecho toda la vida conmigo.

Me empecé a emocionar. No porque fuera fácil. No lo era. Pero me sentía conectada con Ohio y con algo de control.

Cuando llegamos al último tramo, empecé a hacer los ejercicios al trote y galope, su galope era lento y pesado, perfecto para poder tomar decisiones sobre dónde girar a tiempo.

Cruzamos la línea final sin haber tirado ni una sola bola, y con círculos que parecían un poco más huevos que círculos, pero los hicimos en el aire correcto.

Silencio. Un segundo. Y luego… el estadio explotó.

Gritos mientras coreaban: Olivia, Olivia…

Alex se acercó cuando me bajé.

—¿Lo ves? ¿Has visto lo que has hecho?

Asentí, pensando cuánta adrenalina era capaz de procesar un cuerpo en un día, porque si no había llegado a mi límite, poco le faltaba.

—Sí. Lo he hecho —le dije.

—No solo eso —dijo el presentador al micro que nos estaba escuchando—. ¡Lo ha hecho sin penalización alguna! ¡Olivia supera el enganche con una precisión espectacular!

Ohio se apoyó en mi hombro para rascarse la cara. Le acaricié el cuello, agradecida.

—Gracias, campeón —susurré.

Estaba que me salía, convencida de que podía comerme el mundo y de que me pusieran la disciplina que me pusieran la superaría. Me sentía tan metida en la adrenalina del momento que no tenía tiempo ni para pensar que estaba cansada.

Me acababa de bajar del carro del enganche y recuperado el aliento, cuando ya el presentador anunciaba lo siguiente:

—¡Y ahoraaaa…! ¡Nos vamos al salvaje Oeste!

Me giré tan rápido que casi me caigo de culo. ¿Salvaje Oeste? Eso solo podía significar doma western .

—Olivia, prepárate, porque viene la disciplina más cañera y diferente de todas. ¡La doma western !

A ver, sí, había oído hablar del western . Y sí, había visto vídeos de vaqueros y caballos que hacían ejercicios como el spin , disparaban con sus pistolas a los enemigos y lanzaban el lazo para coger vacas. Pero no estaba mentalmente preparada para convertirme en cowgirl de un momento para otro.

El chico con tejanos, sombrero vaquero que sujetaba en una mano al caballo y en la otra una chaqueta de flecos empezó a andar hacia el medio de la pista.

Al caballo lo identifiqué enseguida gracias a las clases de razas que habíamos estado dando este trimestre, porque tenía un físico muy característico.

Era un quarter horse , castaño claro, con una grupa supermusculada, de esos que parecen pequeños, pero tienen toda la potencia del universo metida en las patas traseras.

—Tex es uno de los mejores caballos de doma western que nos han prestado para la prueba de Olivia —lo presentó el presentador—, ganador de varias competiciones.

Olivia va a tener que hacer una rutina de reining , llamada pattern , que incluye círculos, paradas, los barriles, tirar el lazo y el famoso sliding stop .

Yo, mientras tanto, tragaba saliva una vez más, no tenía ni idea de los ejercicios de la doma western .

—Soy Diego. No te preocupes, Tex se lo sabe todo. Ponte esta chaqueta que te va a dar más flow —dijo mientras me ayudaba a ponérmela.

La verdad que sí me daba un aire de cowgirl y me metía más en el papel al menos, si hacía un desastre en la prueba, iría monísima.

—¿Y cómo son los ejercicios?, ¿tengo que hacer el sliding stop ese de verdad? —pregunté, medio en broma medio a punto de llorar.

—Sí. Pero relájate. Solo tienes que galopar con energía y, cuando lleves buen ritmo, frenar de golpe —dijo sin perder esa sonrisilla de quien ya ha visto a muchos como yo pasar por lo mismo.

Me ayudó a subir. La silla era distinta, mucho más ancha, más cómoda, y las riendas se tenían que llevar casi completamente sueltas. Me senté, coloqué los pies en unos estribos también raros, apoyé mis manos en el pomo de delante de la silla y cogí aire.

Vale. Vamos a ello. Ya has hecho locuras hoy, no pasará nada si haces una más, Olivia. Este día no se te va a olvidar nunca.

El presentador volvió a hablar.

—Cuando suene la música, empieza la rutina. Olivia, todo tuyo.

Y entonces, empezó a sonar una canción country .

Era como estar en mitad de una peli. Solo me faltaba el sombrero. Aunque por seguridad prefería mil veces más mi casco.

Primero, círculos grandes a galope. Esta parte, controlada.

Después, círculos más pequeños, y el galope más lento, no conseguía sentirme cómoda con esa montura galopando, bloqueaba mucho la cadera y me daba la sensación de que debía fluir más para coger el ritmo, todo lo contrario a la posición de doma clásica.

Al final, estas monturas de western se habían hecho para pasar largas horas en el campo montados, conduciendo a las vacas de un lugar a otro.

Después vinieron los giros de trescientos sesenta grados sobre los posteriores, lo que llaman spins . Tex giraba tan rápido que casi me sentía dentro de una lavadora. Me agarré fuerte con las piernas y solté una carcajada.

—¡Y ahora, los barriles y el sliding stop! —anunció el presentador.

Ok. Este era el momento. La prueba final del western .

Le solté rienda a Tex, y eso empezó a galopar como un demonio, casi me salía de la montura.

Al llegar al primer barril, intenté girar cerrado, pero me daba un poco de miedo, así que no conseguimos recortar mucho.

En el segundo y tercer barril, pensé, ahora o nunca, giré supercerrado y con mi rodilla casi rozando el barril, giramos.

Parecía que iba a salir volando por uno de los lados mientras bordeaba el barril.

Salí del ejercicio, iba a toda velocidad. Vi la marca en el suelo que indicaba el inicio del sliding stop. Era ahí. Di la orden con el cuerpo y la voz:

—¡Whoa!

Tex se clavó. Sus patas posteriores se arrastraron sobre la pista mientras las patas delanteras se paraban en seco. Fue como frenar un tren a golpe.

Yo grité de la emoción levantando la mano una vez más. El estadio gritó conmigo.

Lo habíamos hecho.

Diego apareció mientras volvía al paso con Tex. Me ayudó a bajar despacio.

—¿Qué te ha parecido? —me preguntó.

—Creo que ya estoy preparada para mudarme a Texas —le dije en broma.

El presentador se acercó una vez más hacia mí, y luego se dirigió al público:

—¡Y así, señoras y señores, Olivia no falla y ha completado las primeras cuatro disciplinas del día! ¡Una auténtica amazona todoterreno!