CAPÍTULO 32
Me giré para observar los seis caballos de las diferentes disciplinas, para ver cómo la chica que sujetaba el caballo de volteo daba unos pasos hacia adelante, mientras el presentador explicaba en qué iba a consistir la prueba:
—En los próximos diez minutos, Olivia, deberás: subirte al caballo al galope de un salto, hacer la figura de la caja, ponerte de rodillas con las manos abiertas mientras el caballo sigue galopando, y, por último, mantenerte de pie al paso durante cinco segundos.
Genial. Fantástico. Alucinante. ¿Qué puede salir mal?, pensé.
—Buena decisión —comentó el presentador, sorprendido—. Nadie más había pensado en esto hasta ahora.
Punto para mí.
La chica que sujetaba al caballo de volteo, con cara de pobre caballo que se le sube encima gente que no tiene ni idea, lo alejó suavemente en un círculo y empezó a hacerlo galopar.
Yo me fijé en cada detalle: el ritmo, cómo galopaba, la longitud del tranco.
Por suerte, el caballo tenía pinta de haber hecho esto mil veces. ¡Gracias, universo!
Vale, Olivia, es ahora o nunca, me dije. Me acerqué al círculo, corrí a su lado intentando sincronizarme con el galope. Cogí las anillas con decisión y… ¡salté!
Y ahí estaba yo. En el aire. Literalmente.
Solo que, en vez de caer como una amazona pro encima, me quedé colgando del costado, como una garrapata. El público se rio en plan simpático, no de burla o eso esperaba.
Volví al suelo, respiré hondo y lo intenté de nuevo. Esta vez me impulsé con todas mis ganas, como si tuviera muelles en los pies. Y… ¡lo conseguí!
Vale, esa subida no fue la más bonita del mundo. Ni fluida. Ni digna de una nota de más de un cinco. Pero ahí estaba. Encima del caballo. Estable, con mis dos pies intactos. Y sin haber muerto en el intento. Ya era algo.
—¡Subida conseguida! —dijo el presentador con entusiasmo—. Y ahora viene lo más técnico: la figura de la caja al galope.
Vale, siguiente ejercicio, la caja. Es una figura básica de volteo, pero hacerlo al galope es otro nivel. Coloqué las rodillas apoyadas en el pad , las manos firmes en las anillas, y el cuerpo en posición de caja con todo superapretado.
Piensa que estás haciendo yoga con un terremoto de nivel ocho debajo, pensé.
Cerré los ojos un segundo para concentrarme y luego los abrí justo cuando el caballo terminaba de dar una vuelta entera. Apreté aún más el abdomen (gracias, clases de core, gracias Mark) y mantuve la posición durante unos segundos.
—¡Caja superada! —gritó el presentador—. Y sin perder la sonrisa, ¡bien hecho, Olivia!
Vale, siguiente: rodillas y manos abiertas al galope.
Aquí es donde muchos se caen. Me arrodillé despacito, intentando no hacer movimientos bruscos.
Mis manos temblaban. Las solté de las anillas una a una.
Estiré los brazos y aguanté. No sé cómo, pero aguanté.
Cinco, seis, siete segundos… ¡hasta que escuché los aplausos y la señal del presentador para volver a sentarme en el pad!
Respiré como si acabara de correr una media maratón. Exhausta, sí, pero con una mezcla de adrenalina y orgullo que no me cabía en el pecho.
Quedaba lo último: de pie, al paso, cinco segundos.
Apreté los labios. El caballo bajó el ritmo hasta caer al paso.
Me puse en cuclillas. Luego, lentamente, empujé hacia arriba con los talones y me puse de pie.
Recordaba cuando en el trimestre pasado habíamos ido a entrenar volteo, y nos explicaron que los talones debían quedar bien apoyados en el pad y no bloquearte mucho, dejando que fluyera el movimiento.
Uno…, dos…, tres…,
El público contaba en voz alta.
—¡Cuatro…, cinco!
Me dejé caer suavemente sobre el dorso del caballo y levanté la mano en señal de victoria, lo acaricié con fuerza y luego me dejé caer al suelo. Al tocar el suelo, solté todo el aire que había aguantado en cada acrobacia.
—¡Desafío superado! —dijo el presentador—. ¡Olivia ha completado el volteo con más estilo que ningún jinete!
El público aplaudía, y yo no podía dejar de sonreír. Me temblaban las piernas, sí. Estaba empapada en sudor, también. Pero me sentía invencible con la primera de las seis disciplinas superada, aunque no sabía si mi cuerpo iba a aguantar esto.
El presentador se acercó a las personas que estaban en la primera fila y le preguntó a una niña:
—¿Qué disciplina debería hacer ahora Olivia? —le preguntó mientras le acercaba el micrófono.
—Carreras de caballos —contestó la niña con un tono seguro y confiado.
—Vaya… —contestó el presentador, —te van las emociones fuertes —le dijo mirando a la niña—. Pues ya lo habéis escuchado. Olivia, ¡prepárate para las carreras!
—¿Carreras de caballos? Es la que más miedo me da—dije en voz alta, sin poder evitar la risa nerviosa que me salió.
Me puse las botas de golpe, intentando no pensar demasiado. Si ya me costaba sentirme cómoda con la velocidad que llevaba en las pruebas de salto o en el completo, ¿cómo demonios iba a correr con un purasangre inglés a toda velocidad durante tres vueltas al estadio?
Un chico bajito, con pinta de ser todo músculo y jockey , se acercó con un caballo que parecía muy nervioso. Resoplaba, movía la cabeza y se le marcaban la mayoría de las venitas del cuerpo.
El presentador, con su tono de «estamos en directo para todo el país», anunció:
—Whisper es un purasangre inglés de solo cuatro años. Olivia va a tener que correr con él mil metros, tres vueltas al estadio, a máxima velocidad. Como podéis ver, el recorrido está marcado con vallas por todo el borde de la pista del estadio para guiarlos. ¡Esto va a ser épico!
Y tan épico, pensé.
El jockey se me acercó mientras yo intentaba acordarme de cómo respirar. Tenía esa mirada que te deja claro que esta prueba no es una broma.
—Escúchame —empezó a decirme el jockey —, hay plan A, plan B y plan C.
En ninguno de ellos entra poder parar a Whisper.
Y menos con tu fuerza. No le he subido los estribos como los llevamos nosotros en carrera, pero vas a ir muy corta.
Es muy físico mantener esa posición y te va a doler todo.
Agárrate como puedas. En los últimos metros, él entrará en ejercicio anaeróbico, ya sabe lo que son mil metros.
Entonces aflojará solo. Mantente en equilibrio, no le tires mucho de la boca y cuidado con la valla.
Si vas muy pegada, te puedes enganchar con las botas.
Vas a alcanzar unos sesenta kilómetros por hora, así que síguele el ritmo y lo conseguirás. ¿Vale?
Me iba a explotar la cabeza. ¿Cuándo había firmado yo para esto? ¿Dónde quedaban mis clases tranquilas de Anatomía e Historia de la Equitación con Emily y Brooke?
—¿Alguna pregunta? ¿Está todo claro? —dijo él, mirándome como si tuviera miedo de que saliera corriendo—. ¿Alguna pregunta? —repitió al ver que estaba absorta en mis pensamientos.
—Todo claro —respondí, tragándome el miedo.
Él sonrió y me ofreció la mano. Me ayudó a subirme de un salto, y en cuanto puse los pies en los estribos, supe que no había vuelta atrás.
Son muy cortos, pensé. Era como si me hubieran encogido las piernas.
Iba en posición de sentadilla, el cuerpo inclinado hacia delante, como los jockeys de verdad. Solo que yo no era jockey .
Acaricié a Whisper, que no dejaba de retrotarse. No sabíamos nada el uno del otro, pero estábamos a punto de compartir una carrera que no se me iba a olvidar jamás.
El jockey nos guio al cajón de salida, colocado en una esquina del estadio.
—Cuando suene la pistola y se abra el cajón, empieza el juego. Último consejo, no te olvides de respirar —me dijo el jockey , acariciando a Whisper con suavidad.
Intenté no pensar. Primera misión del día: terminar la carrera; segunda: no olvidarme de respirar; y tercera: bloquear el ruido del estadio, los aplausos, los nervios. Todo. Solo yo, Whisper y otra prueba más. Respirar. Una. Dos. Tres veces.
¡PUM!
La pistola sonó. El cajón se abrió. Whisper salió como si le estuvieran disparando a él. Menos mal que estaba preparada, porque, si no, me habría dejado ahí sentada en el cajón, como los dibujos animados en el que el caballo arranca, pero el jinete se queda en el mismo sitio.
No me daba tiempo a pensar. Solo a reaccionar. Mis piernas ardían y no llevaba ni una recta. Tenía que aguantar. Como fuera, pero esa posición me estaba matando.
En la primera vuelta intenté aguantar un poco tirando de las riendas, enseguida me di cuenta de que era imposible y me dolían los muslos, los brazos, los gemelos, el alma. Todo. Pero no aflojé.
En la segunda vuelta ya me sentía más segura.
Empecé a dejarme llevar por su ritmo, a confiar.
Mis manos se movían con el movimiento, acompañando.
Whisper sabía perfectamente lo que tenía que hacer e iba como una flecha.
En un momento miré hacia abajo y por delante de su espalda podía ver sus manos estiradas al máximo en cada tranco.
En la tercera vuelta no pensaba en nada.
Solo sentía e intentaba aguantar, aunque me ardieran todos los músculos.
Era la última vuelta, y entre todo ese dolor pensé que qué feliz era.
Qué valiente. No mucha gente tenía la oportunidad de hacer esta locura y que si salía bien lo iba a recordar para el resto de mi vida.
Cruzamos la línea de meta. Whisper empezó a frenar. No las tenía todas conmigo de si pararía o si íbamos a seguir corriendo tres vueltas más, pero a los pocos metros supe que estaba aflojando.
Yo… yo quería reír, llorar y vomitar al mismo tiempo. Efectivamente se me había olvidado respirar en la última recta y eso no ayudaba, porque ahora mismo me faltaba mucho aire.
Cuando por fin Whisper paró del todo, me dejé caer con cuidado. Las piernas me temblaban tanto que casi me voy al suelo intentando recuperar el aliento.
—¡Increíble, Olivia! ¡Has hecho un tiempo impresionante! —gritó el presentador—. ¡Has corrido como si llevaras toda la vida siendo jockey !
Al menos esta era la disciplina más complicada de todas y la que más miedo me daba, o eso esperaba. Pero de lo que estaba segura era de que ya había tenido adrenalina suficiente para el resto de mi vida.
El presentador volvió al centro del estadio, parecía estar en su salsa y animaba al público con ganas.
—¡Y ahora…, atentos, porque Olivia se enfrenta a la tercera disciplina del día! —dijo con ese tono emocionante—. ¡Vamos con el enganche!
El estadio estalló en aplausos. A mí se me cayó el alma al suelo.