CAPÍTULO 31
Veía la luz al final del túnel de esta odisea de copa.
Hoy era el día. Era como si, después de semanas de esfuerzo, nervios y entrenamientos, por fin se abriera una puerta gigante justo delante de mí.
Y no voy a mentir, desde que vi a mis padres me sentía con una energía que me recorría el cuerpo como si me hubieran conectado a una batería gigante.
No sabía si era la emoción, los nervios o el café doble que me había tomado, pero estaba lista.
Salimos de la habitación como cada mañana, y ahí estaba de nuevo ese cartel con las instrucciones de la última prueba del día que, definitivamente, no iba a echar nunca de menos:
Seleccionados, hoy es vuestra última prueba. Dad lo mejor de vosotros. Para esta prueba no hace falta que preparéis a vuestros caballos. A las diez en el estadio para empezar.
Leí esas palabras y me temblaron un poco las piernas.
Última prueba. Sonaba tan definitivo, tan «se ha terminado»…
Me giré hacia Jack, que me sonrió convencido de que lo haría bien.
Y por un momento, me lo creí. No me cansaba de despertar con él, con mi desayuno preparado en la bandeja y a veces incluso una notita cursi que me hacía sonreír, aunque intentara hacerme la dura.
Era como si supiera exactamente lo que necesitaba cada mañana para empezar bien el día, y eso creo que sería lo único que echaría de menos.
—¿Lista? —me dijo Jack, cogiéndome la mano.
—Lo estoy —contesté, segura de mí misma.
De camino al estadio, notamos enseguida que hoy iba a ser el día más grande.
La academia entera bullía de movimiento.
Camiones de caballos con matrículas de todas partes del mundo, algunos con logos de otras escuelas, otros con banderas de países.
Era como si de repente estuviésemos en una especie de miniolimpiadas ecuestres.
El estadio, que normalmente ya impresionaba, parecía otro mundo.
A su alrededor habían montado un montón de paraditas, como si fuera una feria.
Algunas vendían algodón de azúcar, otras chuches, muffins , cruasanes recién hechos…
El olor era increíble, y había colas de gente esperando su desayuno antes de entrar.
Se escuchaban risas, niños corriendo, gritos de «¡eh, espera!
», y hasta alguna canción de moda sonando desde una furgoneta de hamburguesas.
La entrada para cada prueba era asequible, unos veinte pounds por prueba, así que venía gente de toda Inglaterra a verlo.
Pero lo que más me impactó fue la tienda de merchandising . Tenían sudaderas de todas las academias, pins con nuestros nombres, banderas con los colores de cada país… ¡Incluso carteles con nuestras caras e iniciales! O sea, flipante. Me sentía como muy importante.
En ese mismo instante, una niña de no más de siete años se acercó tímidamente mientras me señalaba con el dedo.
—¿Eres Olivia? ¿La de Liberty, verdad? —me preguntó, con los ojos brillando llenos de emoción.
Asentí, algo confundida. La niña iba monísima vestida con la sudadera granate de la casa de doma de la Academia Rider.
—¿Me firmas esto? —me dijo mientras me enseñaba un cuaderno con pegatinas de caballos.
Firmé. Sonreí. Y mientras se iba corriendo de vuelta con su madre, sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento había pasado esto?
Jack me miraba, riéndose.
—Ya eres famosa.
—Cállate —le solté, intentando disimular la emoción mientras llegábamos al punto de encuentro y nos separábamos.
En la reunión previa a la prueba, nos explicaron cómo iba a funcionar.
—Tenéis diez minutos por disciplina —empezó Mr. Thomas—. Iréis rotando por las seis disciplinas. Cada disciplina cuenta con varios jueces especialistas que os evaluarán y puntuarán. Si os caéis, quedáis eliminados automáticamente.
La sala se quedó en silencio. Todos estábamos demasiado tensos y atentos como para atrevernos a decir algo.
—No conocéis a los caballos. Así que cabeza fría. Y, sobre todo, que no se os olvide: hay disciplinas que no son un juego.
Me miré las manos. Me estaban sudando un poco. No por miedo, sino por adrenalina pura. Esto iba a ser una locura.
Hans salió primero. El favorito. El que todo el mundo decía que lo tenía hecho, aunque yo iba pisándole los talones.
El estadio rugió al escuchar su nombre. Parecía una estrella del rock entrando en el escenario.
Yo era la cuarta, justo detrás de Magnus.
Tenía el estómago encogido, y no sabía si eran mariposas o directamente un enjambre de abejas lo que llevaba dentro.
Estaba andando de un lado a otro como una peonza humana, cuando escuché un psssst a lo lejos.
Me giré.
Era Mark. Me hacía señales desde una esquina, por donde asomaba solo la cabeza entre las vallas, lejos del bullicio.
—¡Eh! Escúchame Olivia —me dijo en voz baja cuando me acerqué—. Hans ha fallado en volteo y en tiro con arco. Las pruebas no son nada fáciles.
Lo miré fijamente.
—¿En serio? —le dije, aún más nerviosa.
Asintió.
—Tú solo céntrate. Has llegado hasta aquí por algo. Todos confiamos en ti. Y Liberty también confía en ti. Aunque hoy no esté contigo ahí dentro, lo llevas dentro.
Sentí sudor en la frente de golpe. Mark había sabido qué decir en el momento justo, ya que, en ese preciso instante, me llamaban para entrar en el estadio.
Parecía una olla a presión. Al adentrarme, había seis caballos uno al lado del otro, cada uno con su correspondiente cartel: volteo, carreras de caballos, enganches, doma western , monta a la amazona y tiro con arco a caballo.
Todos con su equipación específica de la disciplina, y una persona sujetándolos.
Detrás, objetos desperdigados por toda la pista: barriles, conos, dianas…
Era como si hubieran volcado todas las disciplinas en un solo sitio. Y yo ahí, plantada en medio.
Respiré hondo. Me obligué a pensar: «Actitud, Olivia. La actitud lo es todo».
De repente, la voz del presentador retumbó en los altavoces.
—¡Con nosotros, nuestra amazona más joven! Está haciendo una competición increíble, ¡y va solo a dos puntos de Hans, que está colocado en primera posición! Olivia, ¿cómo te sientes?
Un micrófono apareció delante de mí. Lo miré. Solté una media sonrisa con algo de ironía.
—De momento, sobrevivo, que ya es mucho.
El público se rio. Y eso me dio fuerza.
—Bueno, Olivia —continuó el presentador—. Tienes que pasar por las seis disciplinas, y mientras los jueces que tenemos en el lateral van a ir puntuando tu actuación en cada una de ellas. ¿Por cuál quieres empezar?
—Voy a dejar que el público elija —dije al micrófono, alzando la voz mientras miraba a las gradas con una sonrisa.
El presentador abrió los ojos con entusiasmo y señaló hacia la multitud.
—¡Eso es valor! ¡Vamos a ver, público! ¿Por cuál empieza Olivia?
Una oleada de gritos se desató de inmediato. Desde todos los rincones del estadio llovían propuestas:
—¡Doma western!
—¡Carreras!
—¡Volteo!
—¡Tiro con arco!
El ruido era ensordecedor, pero entre el caos, una voz cercana captó mi atención.
Un niño en primera fila, con una camiseta del equipo de Holanda, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Volteo! ¡Empieza con el volteo!
Me giré hacia el presentador con una sonrisa.
—Parece que tenemos disciplina elegida. —Hice una pausa, señalando al pequeño—. Él ha hablado. Empezamos con el volteo.
—Silencio, querido público —pidió el presentador—. Que no se hable más, volteo ha sido la disciplina elegida.
—Si quieren espectáculo, ¡vamos a dárselo! —dije fuera de micrófono para que solo el presentador pudiera escucharme.
—Esa es la actitud, señorita, buena suerte —me dijo mientras me guiñaba un ojo.