CAPÍTULO 30
Quedaban dos días. Solo dos. A veces me daba la sensación de que este trimestre era el doble de largo que los anteriores.
Lo único que quería era terminar y volver a la tranquila rutina de la academia.
Aunque, bueno…, también estaba deseando que llegara el verano.
No tenía grandes planes, pero parar, respirar y recargar pilas estaba en mi lista principal de cosas que hacer en esas semanas.
Y después empezar con energía el primer trimestre del segundo curso.
Pero ahora mismo, lo único que podía pensar era en que estaba reventada.
Mark seguía sin dejarme descansar ni un solo día.
Bueno, en realidad entrenábamos solo cuatro días, pero se me hacían tan duros y arrastraba tantas agujetas, que para mí era como si entrenásemos todos los días.
Y no exagero. Estábamos a fuego con los entrenamientos físicos.
Me miraba al espejo y alucinaba. ¡Tenía abdominales!
Bueno, no como los de Jack, vale, pero se me marcaban un poco y también tenía bola, aunque esto no me encantaba.
Mark estaba especialmente obsesionado con los abdominales oblicuos, decía que eran la clave para tener un asiento más estable al montar, y yo ya le había cogido manía solo de escuchar la palabra oblicuos dicha por él. Pero lo cierto es que el cuerpo me había cambiado muchísimo.
Esa tarde tocaba sesión en el gimnasio. Cuando digo sesión , quiero decir muerte física.
Primero calentamiento en la bici. Luego un circuito de fuerza: sentadillas con pesa, fondos de tríceps en banco, zancadas con salto, y ese ejercicio del infierno en el que tienes que levantar las piernas en el TRX como si fueras una ninja .
—¡Vamos, Olivia! ¡Cinco más! —gritaba Mark mientras yo veía estrellitas.
Terminé tirada en el suelo, con la camiseta empapada y el pelo pegado a la frente.
Brooke, que había venido a hacer cardio, me lanzó una botella de agua con cara de «no sé cómo sigues viva, tía».
Emily se acercó justo cuando yo acababa, ella estaba fresquísima, sin apenas una gota de sudor, como si no hubiera hecho nada.
Aunque, según ella, lo había dado todo haciendo la rutina que tenía asignada.
Déjame dudarlo, pensé mientras la miraba con una ceja levantada.
—Estás hecha un fideo fibroso —me dijo riéndose mientras yo me levantaba del suelo como podía.
Nos estábamos cambiando cuando recibí un mensaje. PIII. Cogí el móvil para ver el siguiente texto:
Todos los alumnos seleccionados, pasad por favor por el edificio principal ahora mismo. Información importante. Gracias.
Brooke y yo nos miramos. Ella se encogió de hombros y Emily levantó una ceja, curiosa. Nos pusimos las sudaderas por encima de la ropa sudada y salimos corriendo.
Nada más entrar en el vestíbulo del edificio principal, nos dimos cuenta de que algo pasaba.
Había un montón de gente abrazándose, sonriendo.
Al fondo, vi a Marie, sujetando entre sus brazos a un niño pequeño con muchísima emoción.
El niño no tendría más de ocho años, llevaba una gorra al revés y estaba muy contento de verla.
Y entonces, los vi.
Estaban junto a la escalera: Tyler, mi madre, mi padre…, y en el suelo, dando saltitos como loca, ¡Bella!, que gritó de emoción en cuanto me vio y corrió como una bala hacia mí. Tiró de la correa con tanta fuerza que casi arrastra a mi padre detrás.
Me agaché y la abracé como si lleváramos años sin vernos. Me lamía la cara, el cuello, las manos. No me importaba. Me puse a llorar como una tonta.
—¡Pero qué haces aquí! —dije mientras la apretaba fuerte.
—¡Sorpresa! —dijo mi madre, acercándose a nosotras con los ojos vidriosos.
Mi padre me revolvió el pelo sudado como cuando era pequeña, y Tyler me miró con esa sonrisilla suya de «estoy orgulloso, pero no lo voy a decir en voz alta porque soy tu hermano mayor».
—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, aún sin creérmelo—. Pensaba que no podíais venir por trabajo.
—Bueno… —dijo papá—. No nos podíamos perder esta última prueba. Y queríamos verte brillar.
Mamá asintió.
—Lo estás haciendo muy bien, Libby —dijo mi madre—. El programa este año tiene más audiencia que nunca. En el trabajo todo el mundo te sigue… ¡hasta el técnico de laboratorio! Y eso que no ve ni las noticias.
—En la uni tengo a todos mis amigos enganchados al canal Horse.tv —añadió Tyler, haciéndose el interesante.
Empecé a reír, con alguna que otra lágrima en los ojos.
—Madre mía…, no sé si es más presión o motivación teneros aquí —les dije emocionada.
Mi madre me cogió de los hombros y me miró a los ojos.
Asentí, tragando saliva, era una de esas miradas de «te conozco hija, dime lo que te pasa».
—Estoy cansada —confesé en voz baja—. No os voy a mentir. Tengo unas ganas de acabar… Quiero dormir una semana entera, comer pizza y no pensar en pistas al más puro estilo del detective Conan, ni en pruebas en las que casi me juego la vida.
Mi padre se rio. No sé cómo no sufrían viendo a su hija pasar por todo eso, es más, parecía que lo estaban disfrutando emocionados.
—Y lo harás. Pero antes, déjate la piel. Estás más fuerte que nunca, Olivia. No solo físicamente. Estás hecha una amazona de verdad. Eso se nota.
Nos fuimos a dar una vuelta por los jardines de la academia, les intenté enseñar todos los rincones, ya que ellos solo lo habían visto en fotos. Me contaron que se quedarían hasta el domingo para verme competir. Bella no se me despegaba. Iba dando saltitos a mi lado, feliz de volver a estar juntas.
Caminando con ellos, empecé a pensar en todo lo recorrido.
Hace unos meses estaba en mi lugar seguro, Blackwood Stables, intentando aprender y empapándome de todo lo que podía.
Al recordar a la Olivia que llegó aquí, la que dejó a su familia atrás y creció de golpe, aprendiendo a base de tropiezos, me di cuenta de que había olvidado un poco de dónde venía y todo lo que había conseguido en este tiempo, que no era poco.
Estar compitiendo en la copa, ganara, quedara segunda o perdiera, ya era todo un logro, porque, al fin y al cabo, ¿se iba a terminar el mundo si perdía?
¿Me jugaba algo de vida o muerte? ¡NO! Ganase o perdiese, me pusiera nerviosa o no, se iba a retransmitir, así que mejor disfrutarlo e intentar no pensar demasiado.
Y en ese momento, fue como si mi batería interior se hubiera recargado de golpe y me habían entrado unas ganas locas de montar. De correr. De saltar. De darlo todo. De dejar a un lado el cansancio y aprovechar al máximo esta última prueba.
Ya no era por hacerlo bien. Era porque me encantaba montar. Porque esto era mi vida. Y me acababa de dar cuenta en el momento en que una parte de mi pasado había aparecido aquí y yo era otra completamente diferente.
Nos despedimos al llegar a las habitaciones, prometiéndoles que nos veríamos por la tarde.
Subí corriendo y, al abrir la puerta, me encontré encima de la cama otro papel. No podía ser, otra vez no…
Lo desplegué con cariño, para encontrar de nuevo una frase:
Ese día en tu primer concurso en Rosewood, entendí que estabas hecha para esto. Puse tu nombre no por casualidad, sino porque el mundo necesitaba verte competir en esta copa.
Pero esta vez era diferente, estaba firmado con una S.
Enseguida caí, ella era la que lo había hecho.
Abrí mi WhatsApp para empezar a escribir a todos:
@Olivia.Thorn: ¡ ¡Ya sé quién me ha estado enviando las notas y quién puso mi nombre en la urna!! Estoy al 99% segura.
No tardaron en llegar las respuestas, al inicio un montón de emojis de caras alucinando, seguido de varios mensajes preguntando y especulando quién era el personaje misterioso.
@Emily.Delacroix: ¿Qué? ¿Quién ha sido?
@Brooke.Ashcroft: ¿Ha sido algún profesor?
Escribió Brooke medio en broma.
@Jack.Hawthorne: ¿El director?
@Olivia.Thorn: ¡Ha sido Mrs. Sabina!
Lo solté de golpe, y por unos instantes se hizo el silencio, hasta que los tres a la vez, cada uno a su manera, escribieron:
—¿¿Sabina??
@Olivia.Thorn: Sí. ¡Ella puso mi nombre en la urna! Y todas esas cartas… ¡también eran suyas!
Emily empezó a poner mil emojis de emoción y flipe.
Brooke escribió un «buahhhh» larguísimo. Y Jack mandó tres o cuatro gifs.
@Olivia.Thorn: Dice que quería que el mundo me viera en esta copa. Necesitaba que creyera en mí. Y que supiera de lo que soy capaz.
@Emily.Delacroix: Pues ha funcionado, tía. Estás más fuerte que nunca.
@Jack.Hawthorne: Y no solo mentalmente.
Añadió Jack con mil emojis de caras pícaras.
Me tumbé en la cama pensando desde cuando llevaría orquestando esto Mrs. Sabina.