CAPÍTULO 20
Los fines de semana en la Academia Rider ya no eran como antes.
En los dos primeros trimestres, muchos jinetes aprovechaban para volver a casa o hacer planes fuera, pero ahora todo había cambiado.
La mayoría nos quedábamos. Con todos los jinetes que habían venido de diferentes países para las pruebas, los fines de semana se habían vuelto mucho más interesantes.
Además, la academia había empezado a organizar actividades, y nosotros también hacíamos nuestros propios planes. Y este fin de semana… prometía.
El sábado por la mañana, el sol aún no se había colado por la ventana y yo ya estaba despierta.
Me puse a ordenar un poco. Estaba empezando a cogerle cariño a esta ala del castillo donde estaba mi habitación, aunque no podía evitar pensar en lo guay que sería dormirme escuchando las voces de Brooke y Emily, en vez de con este silencio absoluto que a veces se me hacía demasiado solitario.
Me puse a guardar la ropa que había recogido de la lavandería: los uniformes que había usado en las pruebas, todos limpios, doblados y oliendo a suavizante.
Me dio un poco de paz verlos así y la verdad es que no tenía muchas ganas de ensuciarlos más con más pruebas.
Después, me senté un momento frente al escritorio. Ordené los resúmenes de las clases que tenía por ahí, dejé los bolis bien colocados y cerré la libreta donde apuntaba los plannings de Liberty. No era una maniática del orden, pero ese día necesitaba que todo estuviese más o menos en su sitio.
Iba a desayunar cuando recibí el mensaje:
@organizacióncopa: Olivia, te esperamos en el aula 2A para la entrevista. A las once. Por favor, sé puntual.
¡La entrevista! Casi se me había olvidado. Bueno, no. No se me había olvidado, pero me había hecho la loca para no ponerme más nerviosa de lo que ya estaba.
La academia había preparado todo para que ese día fuera especial.
Transformaron por completo una de las aulas más grandes.
Cuando llegué, me quedé alucinada. Habían montado un set de grabación que parecía sacado de un programa de la televisión de verdad: focos, cámaras y, en el centro, dos sillones grandes, que parecían supercómodos, y detrás, las banderas de los distintos países, junto con el escudo de las academias que estaban participando.
Los jinetes seleccionados iban entrando uno a uno.
Desde fuera, se escuchaban risas, respuestas y alguna que otra broma.
Intentaba tranquilizarme, pensar que solo era una entrevista, que todos los seleccionados la habían hecho…
, aunque yo en mi vida había pasado por algo parecido, ni se me habría pasado por la cabeza hace unos meses que estaría aquí, a punto de hablar para todos los que estuvieran sentados en el sofá, detrás de la pantalla.
Cuando me llamaron, sentí que las piernas me temblaban un poco.
Entré al aula con una sonrisa, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.
Un técnico se acercó a ponerme el micrófono.
Era uno de esos con una petaca pequeñita, casi invisible, y con un fino cable que llegaba a mi solapa donde quedaba enganchado.
Me senté en el sillón y crucé las piernas para no empezar a moverlas sin parar.
—Bueno, Olivia —empezó la entrevistadora, una mujer con voz dulce pero muy segura y directa—, ya sabes que estamos retransmitiendo cada prueba de la Copa de Naciones por televisión, en directo, y que las redes sociales están muy pendientes de cada paso que dais.
Asentí un poco nerviosa, concentrándome en poner buena cara mientras miraba el piloto rojo que brillaba con fuerza en la cámara que tenía justo delante.
—Estamos justo en la mitad de la copa —prosiguió la entrevistadora—. Has pasado ya dos pruebas, y vaya dos pruebas. ¿Cómo lo estás viviendo?
Tragué saliva, sonreí y respondí lo mejor que pude:
—Pues… intensamente. No sé cómo explicarlo. Es como vivir en una montaña rusa constante. Estoy cansada, pero muy feliz. Yo quería un trimestre tranquilo y definitivamente ha sido todo menos eso. Cada día es una nueva sorpresa.
Ella asintió, como si eso fuera justo lo que esperaba.
—Has sido una de las grandes sorpresas, eso seguro. Con tan solo diecisiete años recién cumplidos, estás compitiendo con jinetes mayores que tú y dando el 200%. ¿Qué se siente?
—Es un poco surrealista —me reí—. Al principio sentía que todos podían saber muchísimo más que yo. Pero luego me di cuenta de que yo no estoy tan lejos de ellos. La verdad que Liberty es el que realmente me está ayudando a seguir y a mantenerme al máximo nivel. Lo está dando todo conmigo.
—¿Hay algún jinete que te esté impresionando especialmente?
Esa pregunta me pilló un poco por sorpresa. Había varios jinetes que me habían flipado por su técnica, su forma de comunicarse con el caballo, pero si tenía que decir uno…
—Diría Hans. Es muy elegante montando, pero entre tú y yo, en algunas ocasiones da mucho respeto. Parece que no hace nada, pero consigue que Valkyrie haga todo.
—¿Y algún caballo que te haya robado el corazón?
Sonreí aún más. Eso lo tenía claro.
—Hay muchos caballos increíbles, pero uno que me encanta es Skadi, el pequeño fjord de Magnus. Me fascinó desde el primer día que lo vi entrando por la academia.
La entrevistadora asintió, encantada.
—¿Qué esperas de las próximas pruebas?
—Que sean más fáciles que las anteriores, por favor —bromeé, y ella se rio también—.
No, en serio. Espero disfrutar y que por favor no vea mi vida peligrar.
Quiero dar lo mejor de mí, pero sin perder el foco de por qué hago esto.
Porque me apasiona. Si gano, genial. Si no, me quedo con todo lo que estoy aprendiendo.
—¿Y vas a por todas?
—Siempre —dije intentando sonar muy segura de mí misma—. Ya que estoy aquí, voy a darlo todo hasta el final.
La entrevista duró unos diez minutos más. Me hicieron algunas preguntas sobre mi vida en la academia, sobre cómo compaginaba estudios con entrenamientos o sobre qué significaba Liberty para mí. Cada vez que hablaba de él, me emocionaba un poquito. Era el caballo de mi vida.
Cuando salí, me sentí mucho más tranquila. La gente de producción me aplaudió un poco, en plan ¡superestrella de la tele!, y yo me reí con ellos. Brooke y Emily me abrazaron fuerte cuando nos reencontramos fuera del estudio de grabación.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Emily.
—Bien, creo. He conseguido mirar todo el rato a la cámara que tocaba.
—¡Eso es un logro total! —rio Brooke.
El sábado por la tarde, la magia continuó.
Todo había surgido casi sin planearlo, esas eran las mejores ideas.
Brooke, Emily, Jack, Harper, Alexander y Grace, que últimamente se llevaban superbién también con Magnus, lo habíamos convencido para que nos enseñara cómo trabajaban ellos con sus caballos en la escuela de doma natural, donde se había formado en Noruega.
Queríamos verlo con nuestros propios ojos.
No era algo que se viera en las disciplinas que practicábamos, y cada vez que Magnus hablaba de su forma de entrenar, nos entraba una curiosidad tremenda.
Quedamos en una de las pistas generales, justo después de comer.
A esa hora, la temperatura era perfecta.
Empezamos a ver aparecer uno por uno a los chicos de la escuela Norsk, y cada uno traía consigo un caballo más adorable que el anterior.
Todos eran fjords , bajitos, fuertes, bien redondos y con esa línea oscura por el centro de la crin y el dorso, llamada raya de mulo, tan característica.
Todos venían esquilados de formas distintas: algunos completos, otros con dibujos geométricos, incluso había uno con una corona, un caramelo y un rayo en la grupa.
¡Era alucinante la técnica de esquilado!
Nos sentamos todos alrededor de la pista, sobre unos bancos de madera, mientras ellos preparaban todo.
Magnus entró con Skadi, iba sin silla, sin riendas, simplemente con una cabezada de nudos y un ramal que le quitó en el momento en que pisaron la pista.
Detrás entraron otros cuatro o cinco caballos más, y uno a uno los fueron soltando dentro de la pista.
Jack parpadeó, incrédulo.
—Pero ¿qué hacéis? ¿Estáis locos? —soltó, levantándose.
—¿Los vais a soltar a todos juntos aquí dentro? —dije yo con el corazón acelerado. No podía imaginarme hacer eso con Liberty, se pondría como una moto, comenzaría a correr y después querría ir a saludar a todos los caballos.
—Van a empezar a patearse, a morderse… —añadió Emily, llevándose las manos a la cabeza.
Y, efectivamente, en cuanto los soltaron, los caballos empezaron a galopar, a hacer amagos de coces, a levantarse de manos y mordisquearse el cuello unos a otros. La pista ahora parecía un campo de batalla.
Pero Magnus, con una sonrisa, ni se inmutó.
—Tranquilos. Están jugando —nos dijo en voz baja—. Esto es lo más natural para ellos. Se están comunicando, marcando jerarquías, dejando claro quién está en qué sitio dentro de la manada.
Brooke aún parecía un poco tensa.
—Pero ¿no se hacen daño? —preguntó Brooke.
—Normalmente no, siempre puede haber un accidente, pero controlan más de lo que parece. Están acostumbrados, en casa viven todos juntos, no en paddocks individuales como aquí. Eso, para nosotros, es lo raro.
Harper asentía, fascinada. Grace estaba hipnotizada mirando cómo Skadi, sin que nadie le hiciera una señal visible, empezaba a trotar en círculos alrededor de Magnus. Él, sin moverse, ni dar un paso ni un movimiento con la mano. Solo estaba ahí, en el centro, tranquilo, confiando.
—En nuestra academia, lo que más estudiamos es etología —nos explicó otro de los chicos noruegos—. Entender cómo se comportan los caballos en su entorno natural, cómo se relacionan entre ellos. Trabajamos con sus instintos, no contra ellos.
Y lo que nos enseñaron después fue aún más impresionante.