CAPÍTULO 18 #2
Cuando llegamos a la zona donde se iba a hacer la prueba de aire, vi a varias personas entrar en la pista, vestidos de negro de arriba a abajo y con máscaras que tapaban por completo su cara.
Cada una se colocó junto a una de las muchas banderas que había esparcidas por todo el suelo.
Eran unas treinta, todas de un color granate, excepto una.
La dorada. No hacía falta que nadie me lo dijera. Esa era la que teníamos que cazar.
El ritmo de los tambores empezó a subir, y las personas con las banderas granates se quedaron quietas, como estatuas.
De repente, la bandera dorada empezó a moverse a gran velocidad y antes de que pudiera verla bien, lo que a mí me parecieron un sinfín de banderas granates se empezaron a mover.
Sin pensarlo mucho, me subí a Liberty, lo acaricié y dimos un paso al frente.
—Vamos, Libs, es nuestra —le susurré, aunque no sé si me escuchó. Estaba muy concentrada en lo que teníamos que hacer. Liberty resoplaba con fuerza por los ollares, pero yo confiaba en él, como siempre lo hacía.
La bandera dorada se movía rápido, pero también había un montón de banderas granates ondeando por todas partes, lo que no ayudaba para nada.
A veces, veía cómo otras banderas se cruzaban en nuestro camino, y Liberty se paraba un momento, confundido, respirando fuerte.
Pero no se detuvo, y eso era lo importante.
—Vamos, Libs, lo tenemos —repetí, más para tranquilizarme a mí misma que a él.
Al final, después de un minuto que sentí como una eternidad, me sentí aliviada cuando Liberty tocó la bandera dorada con su hocico.
Me notaba extremadamente mareada con tanto movimiento y sin haber desayunado por la mañana, eso no estaba ayudando, pero no había tiempo que perder.
TIERRA
El siguiente elemento se encontraba a la vista: la última prueba, la de tierra.
Me quedé mirando fijamente la zona a medida que nos íbamos acercando.
El suelo estaba dividido en grandes cuadrados de tierra, de unos seis metros por seis metros cada uno.
Y estos se distribuían en tres filas de cuatro cuadrados cada una de ellas.
Parecían iguales desde fuera, pero el presentador me advirtió: solo uno por fila es seguro. El resto esconden trampas.
Mi estómago dio un vuelco y noté un vahído inusual, pero seguí adelante. No iba a ser fácil para Liberty.
—Vamos, Libs… Vamos a hacerlo —susurré, más para mí que para él.
Miré alrededor y vi una cuerda colgando de un poste. Sin pensarlo dos veces, la até al cuello de Liberty y me la pasé alrededor de la cintura para seguir unidos.
El presentador nos indicó que podíamos empezar. Tocaba elegir.
Los cuatro cuadrados parecían idénticos: tierra compacta, bordes de madera. Nada raro a simple vista.
Respiré hondo y cerré los ojos unos segundos, tratando de escuchar, de sentir alguna vibración en el suelo. Liberty resopló, nervioso, moviendo la cabeza como si también quisiera opinar.
—Tranquilo… —le acaricié el cuello.
Elegí el cuadrado más cercano al centro. Puse un pie con cautela y firmeza. El suelo no cedía.
—¡Es este! —dije con alivio.
Avanzamos rápido. Primera fila superada. Quedaban dos.
El cuadrado siguiente que escogí parecía igual de normal, pero apenas di un paso, el suelo comenzó a ceder bajo nuestros pies.
Debajo de la capa que parecía exactamente igual que todos los otros cuadrados había lodo en el que me hundía rápido, intenté sacar el pie, pero ya era demasiado tarde. Las botas se quedaron dentro del lodo.
—Genial —bufé entre dientes.
El suelo me tragaba hasta las rodillas, y en un par de pasos ya las había pasado. Liberty me seguía, levantando las patas con esfuerzo, tirando de la cuerda que nos mantenía unidos. Estaba llena de barro hasta arriba.
—Vamos, chico, un poco más… —jadeé.
El sudor me corría por la espalda. No avanzaba casi nada, los seis metros se me estaban haciendo eternos y cada vez me parecía más lejos la salida.
Un paso. Otro. Mis botas ya estaban perdidas por el lodo, sin ninguna expectativa de recuperarlas, no podía más, sentía que me iba a desmayar ahí mismo.
Liberty me adelantó y tiró con fuerza. Con un esfuerzo brutal, dio un salto hacia la parte firme y, con ese tirón, me sacó a rastras de la zona en la que estaba atascada. Caí de rodillas, cubierta de barro y jadeando.
Levanté la vista: delante de nosotros quedaba la última fila de cuadrados. Tenía que decidir rápido.
—Vamos, Libs, confía… —murmuré, intentando levantarme con cinco quilos de barro encima.
Avancé hacia la derecha, guiada más por instinto que por lógica. Puse un pie firme. Había acertado.
—¡Sí! —le dije a Liberty, feliz, aunque él también estaba agotado y temblando del miedo y el estrés.
Cruzamos la línea de salida tambaleándome y cogí la llave que había en un pequeño atril, que supuse que era la pista para la próxima prueba.
—¡La tengo! —grité con lo poco de voz que me quedaba, levantando la llave hacia el público, que enloqueció gritando y aplaudiendo.
Con la llave en la mano, noté que algo no iba bien.
Debería haber desayunado lo que siempre me indicaba Mark…
¡Qué tonta! Porque, en ese momento, mi visión se nubló un poco y, antes de darme cuenta, las piernas me fallaron.
Caí al suelo con un golpe seco. Estaba tan cansada que no pude evitar que mis ojos se cerraran.
Las últimas imágenes que tenía eran de Jack y Mark corriendo hacia mí.
—Olivia, por favor, no te desmayes —escuché a Jack decir, con su voz llena de preocupación. Sentí cómo me levantaban, pero no tenía fuerzas para reaccionar.