La Copa de Naciones (Academia Rider 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Mr. Charles nos observó a todos con una expresión solemne, pero a la vez llena de expectativa.

—Vosotros sois los nuevos seleccionados —anunció con voz firme—.

A partir de este momento, vais a necesitar todo vuestro ingenio, fuerza y habilidad.

Esto no es solo una competición. Es una prueba de resistencia, estrategia y trabajo duro.

Cada uno de vosotros os enfrentáis a los mejores jinetes jóvenes de cada país y, si estáis aquí, es porque confiamos en que podéis estar a la altura.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Aún no me hacía a la idea de que mi nombre estuviera en esa lista. Todo seguía pareciendo un error, un malentendido que, por alguna razón, nadie estaba dispuesto a corregir.

—Oficialmente: bienvenidos a la Copa de Naciones —continuó Mr. Charles—. Seguid a la señora Hathaway, ella os indicará vuestras habitaciones.

Mrs. Hathaway era mi único anclaje a la locura que estaba viviendo, era nuestra jefa de la residencia de doma y lo único conocido que tenía en esos momentos.

Esa mujer de mediana edad, con el pelo siempre recogido en un moño impecable y un porte elegante, nos miró, más bien me busco a mí con una mirada cómplice y tierna, era la primera vez que la veía quitarse ese rostro de señorita Rottenmeier, y eso no sabía exactamente si debía preocuparme más o tranquilizarme.

—Síganme, por favor —dijo mientras nos indicaba con su brazo hacia donde nos debíamos dirigir. Pero yo tenía otros planes.

Giré el cuerpo para salir de la estancia, cuando me interceptó Mrs. Hathaway:

—¿Dónde va, señorita Thorn?

—A hablar con el responsable de la copa o con Mr. Charles otra vez, yo no deb…

—No, sígame con el grupo, vayamos a las habitaciones y luego reclame lo que considere.

Asentí, y nos pusimos en marcha por los largos pasillos de la academia, mis pasos decían una cosa, mi cabeza otra.

Caminamos en silencio, escuchando solo el eco de nuestros pasos sobre el suelo de piedra.

A medida que avanzábamos, el ambiente se volvía cada vez más tenso.

Podía sentir la energía de los demás jinetes: expectación, emoción, nerviosismo.

Yo, en cambio, me sentía fuera de lugar.

Mientras tanto, los profesores se quedaron atrás en el comedor para proceder con el sorteo de las pruebas de este año.

No tenía idea de qué iban a escoger precisamente, pero no me preocupé mucho.

Tenía problemas más inmediatos en los que pensar.

El primero: ¿cómo narices había llegado mi nombre a la urna? Aunque poco importaba ya eso.

Finalmente, llegamos al ala este del castillo. Mrs. Hathaway nos llevó a través de un largo pasillo donde cada puerta tenía el nombre de uno de los seleccionados, junto a la bandera de su país.

—Estas serán vuestras habitaciones durante la Copa de Naciones —explicó—. Aquí podréis descansar, estudiar y prepararos para los desafíos que viviréis en cada prueba.

Me paré en frente de una puerta con un pequeño cartel hecho a mano que decía:

Olivia Thorn - Reino Unido

Tragué saliva, pensando en lo rápido que habían tenido que prepararlo todo, antes de girar el pomo y entrar.

La habitación era impresionante. Al menos era bonita y acogedora.

Cada año que se celebraba la copa, las habitaciones de los seleccionados eran las mismas, decoradas con los colores de su país.

La mía tenía detalles en marrón oscuro, el color que representaba a Reino Unido en la competición.

Las cortinas eran de terciopelo, los cojines se amontonaban sobre la gran cama de matrimonio, y delante de ella se extendía una pequeña alfombra de color marrón oscuro, con el logo de la Academia Rider bordado en el centro.

Los muebles eran de madera oscura, de estilo clásico, y había un gran escritorio en un lateral con una lámpara de forma un poco rara y una silla que parecía de gamer , pero en versión elegante. A un lado, había una pequeña cocina con lo básico para preparar un desayuno rápido.

La habitación era extremadamente amplia y bonita. Y, sin embargo, en cuanto cerré la puerta, me sentí sobrepasada por una extraña sensación de soledad.

Respiré hondo y me dejé caer sobre la cama. Fue entonces cuando lo vi.

Encima de la colcha, perfectamente colocado, había un papel.

Lo cogí con cuidado y lo miré. Era un papel de calcar, con unas líneas rectas continuas sin ningún tipo de sentido trazadas sobre él. Arriba, en letra elegante, se leía:

La primera

Fruncí el ceño.

¿Qué significaba eso?

Al poco rato, descubrí que no era la única que había encontrado aquel misterioso papel.

Los demás jinetes, con los cuales nos habíamos reunido un momento en el pasillo de fuera, también lo tenían en sus habitaciones.

Tras discutir a ver qué podía ser, llegamos a la conclusión de que debía tratarse de la primera pista de algo. ¿Pero qué significaba?

Antes de poder pensar demasiado en ello, me di cuenta de que había otra sorpresa en la habitación.

En el armario, que lo habían dejado abierto a propósito, doblado todo con precisión, encontré mi equipación oficial.

Cada país tenía un color representativo para ser fácilmente distinguido en las pruebas.

Reino Unido llevaba marrón; Holanda, naranja; Noruega, azul clarito; Francia, azul oscuro; Irlanda, verde; Alemania, gris oscuro; Portugal, rojo; y España, amarillo.

Mi equipación consistía en tres conjuntos diferentes para las pruebas. Cada uno estaba compuesto por pantalones de montar, camisetas de manga larga, chaquetas y accesorios, todos con el logo de la Copa de Naciones bordado con hilo plateado.

Toqué el tejido con la punta de los dedos. La tela era de alta calidad, hecha para resistir cualquier condición climática. Esto era real.

Suspiré y me dejé caer sobre la cama. Debía ir a buscar todas mis cosas, porque ese mismo día debía instalarme en la nueva habitación. Y ahora sí sentía que no había marcha atrás.