CAPÍTULO 4
La mañana estaba más fresca de lo habitual para ser el mes de mayo, los caballos seguían con las mantas de doscientos gramos y el frío parecía no desaparecer del todo.
El ambiente en los pasillos era distinto al de cualquier otro día.
Se notaba en las conversaciones en voz baja, en las miradas ansiosas de los alumnos y en la forma en que todos parecíamos estar corriendo hacia el anfiteatro, como si la reunión de esa mañana fuese más importante que cualquier otra.
Jack me esperaba en la entrada, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.
—¿Lista para la gran revelación oficial? —preguntó con una sonrisa ladeada.
—Depende —contesté—. ¿Qué más crees que nos van a decir?
—Que esto no es un juego, blablablá, y que nos estamos metiendo en algo serio —respondió, siguiéndome mientras nos dirigíamos hacia los asientos.
El anfiteatro estaba lleno. Casi todos los alumnos de la academia habían venido, e incluso algunos profesores se encontraban entre el público.
En el escenario, justo en el centro, había un atril, y detrás de él, ocho banderas alineadas perfectamente.
Mi mirada pasó por cada una de ellas, reconociéndolas todas.
Reino Unido, Francia, Países Bajos, Alemania, España, Irlanda, Noruega y Portugal. Ocho países. Ocho estandartes de diferentes colores. Los ocho equipos que competirían en la Copa de Naciones.
El murmullo general se desvaneció en cuanto Mr. Charles subió al escenario. Su expresión seria y la manera en la que se colocó frente al atril nos dejó claro que esto no era una simple charla informativa.
—Seguramente en estos días habéis escuchado rumores sobre la Copa de Naciones —comenzó, su voz grave resonaba en el silencio absoluto del anfiteatro—. Hoy estoy aquí para resolver todas vuestras dudas.
Se hizo un breve silencio antes de continuar.
—La Copa de Naciones es uno de los eventos más prestigiosos en el mundo ecuestre. Cada tres años, ocho países envían a sus mejores jinetes para competir en pruebas que desafían no solo su habilidad, sino también su resistencia, su valentía y su conexión con sus caballos.
Miré de reojo a Emily y a Brooke, que escuchaban con atención. Emily tenía el ceño fruncido y Brooke, en cambio, seguía rebosante de emoción a pesar de lo que habíamos leído la noche anterior.
Mr. Charles señaló las banderas que quedaban justo detrás de él.
—Estos son los países participantes y sus razas más representativas.
Levantó la mano señalando cada bandera y añadió:
● Francia: silla francés.
● Países Bajos: KWPN.
● Alemania: hannoveriano .
● España: pura raza española.
● Irlanda: connemara .
● Noruega: fjord .
● Portugal: lusitano.
● Y, por supuesto, Reino Unido.
Me incliné hacia Emily y le susurré:
—Siguen sin mencionar ninguna raza británica.
Ella asintió levemente.
Mientras pensaba, se me ocurrió que los clydesdales serían demasiado pesados para las pruebas de la Copa de Naciones. Además, quitando a un par de caballos purasangre inglés que tenían algunos alumnos de completo, no lograba recordar otros alumnos con razas de caballos de aquí.
Mr. Charles retomó la palabra.
—Quiero que entendáis algo muy bien. Esto no es un juego.
—En ese momento, Jack me miró, sonrió y me guiñó un ojo—.
Aunque sois libres de apuntaros, no recomendamos que alumnos de primer año se inscriban en la competición.
Las pruebas a las que os enfrentaréis son duras.
Se requiere dedicación, entrenamiento y disciplina.
Se paró por un momento, con la mirada recorriendo la audiencia.
—Hace muchos años se diseñaron alrededor de veinte pruebas distintas. Sin embargo, cada edición de la copa solo utiliza cinco de ellas, elegidas al azar en la llamada Noche de los Elegidos.
Se escucharon murmullos entre los alumnos.
—Pero los jinetes no sabrán a qué pruebas se enfrentarán hasta que se anuncien oficialmente y vayan consiguiendo las pistas, una vez que superen las prueba —añadió Mr. Charles.
Sentí un escalofrío en la espalda. No poder prepararse específicamente para una prueba antes de tiempo añadía un punto extra de dificultad.
—Las pruebas se celebrarán en las siguientes fechas —anunció, y vi a más de un alumno sacar su libreta para tomar notas.
● Primera prueba: 15 de mayo.
● Segunda prueba: 30 de mayo.
● Tercera prueba: 15 de junio.
● Cuarta prueba: 30 de junio.
● Gran final: 15 de julio.
El director respiró hondo antes de continuar.
—Cada año circulan rumores y leyendas sobre la Copa de Naciones. Algunos verdaderos, otros exagerados. Pero hay una historia en particular que todos vais a escuchar, si no la habéis escuchado ya…
El silencio en la sala se hizo más pesado. Nadie hablaba, nadie se movía.
—La leyenda de los jinetes que murieron en la copa.
No pude evitar girarme hacia Jack, quien mantenía la mandíbula tensa.
—Eso no es cierto, ¿verdad? —le susurré.
Él no respondió de inmediato.
—No lo sé —dijo finalmente Jack, en voz baja—. Yo era muy pequeño cuando dejé de venir a la academia por la muerte de mi madre, y mi padre nunca me había contado nada. Pero anoche, en la residencia, alguien hablaba de eso también.
—¿Y qué dijeron? —pregunté.
—Que hace muchos años hubo accidentes graves en la copa, que poco a poco y a través de los años la han ido haciendo más segura, pero sí es verdad que pasaron tragedias.
Tragué saliva.
—¿Y eso no te preocupa?
—Creo que son solo rumores, pero lo vamos a descubrir en breve si son solo historias —contestó Jack con seriedad.
Volví a mirar hacia el escenario. Mr. Charles ya no hablaba de leyendas, sino de cómo sería el proceso de selección y dónde se celebraría el evento.
—El gran estadio de la Academia Rider está casi listo —anunció, y un murmullo de emoción recorrió el anfiteatro—.
Varias de las pruebas se llevarán a cabo ahí.
Su capacidad es de cinco mil personas, y dado que este es un evento internacional, no nos sorprendería verlo completamente lleno, también se retransmitirá por el canal de Horse.tv , así que no será raro si veis cámaras por el recinto o os piden alguna entrevista como alumnos o a los jinetes seleccionados.
Cinco mil personas. ¿Y este iba a ser mi trimestre tranquilo? Cámaras por todos lados en la academia. Solo de pensarlo, sentí un nudo en el estómago.
—Como ya sabéis —dijo el director—, el jinete que representará a la Academia Rider se elige por sorteo.
Durante las próximas horas, habrá una urna completamente sellada en la entrada del edificio principal para que aquellos que quieran participar puedan escribir su nombre y depositarlo.
La selección se hará en La Noche de los Elegidos, en una cena de presentación, donde conoceréis a los representantes de todas las nacionalidades.
Miré a Emily y Brooke. Ambas intercambiaron una mirada, pero ninguna dijo nada.
—Por supuesto —añadió Mr. Charles—, recomendamos que los participantes sean alumnos de tercer año. No queremos que esto se tome a la ligera.
Los alumnos de primer y segundo año soltaron exclamaciones de decepción, aunque muchos de ellos sabían que era una locura competir con tan poca experiencia.
—Pues nada, chicas —comentó Brooke—, no nos podemos apuntar para participar.
—Ni ganas —contesté.
—El sistema de puntuación es simple —continuó Mr. Charles—. Si superáis una prueba, sumaréis puntos. Se hará un ranking con cada uno de los jinetes. Si un jinete no logra completar la prueba, no sumará puntos y podrá retirarse en cualquier momento.
La emoción se sentía en el aire. El murmullo en el anfiteatro aumentó. Los alumnos de tercer año, en particular, estaban emocionados, debatiendo entre ellos sobre quién podría ser seleccionado.
—Voy a apuntarme. Lo tengo claro —dijo un chico de la fila de delante que era de tercero.
—Yo también. No todos los días puedes competir en la Copa de Naciones —añadió otra chica del mismo curso.
Algunos alumnos incluso estaban haciendo porras de quiénes serían los elegidos. Yo, en cambio, me limitaba a escuchar.
No es que no me interesara el torneo, pero definitivamente, la idea de participar no me emocionaba en absoluto.
Cuando la reunión terminó y mientras caminábamos hacia los paddocks , Jack, Emily, Grace, Harper y yo fuimos comentando todos los detalles que nos había dicho Mr. Charles.
—¿Qué os ha parecido? —preguntó Harper con una sonrisa.
—Increíble. Cinco mil personas en las gradas… —Brooke negó con la cabeza, aún sorprendida.
—Y los premios —añadió Grace—. ¿Habéis escuchado lo que dicen?
—¿El qué de los premios? Me he perdido esa parte —añadí.
—Que los premios para los ganadores cambian según la persona, pero en otras ediciones han llegado a regalar caballos valorados en más de veinte mil euros.
—¿Es en serio? —preguntó Jack, alzando una ceja.
—Sí. También he oído que han dado contratos con patrocinadores de marcas muy grandes y entrenamientos con los mejores jinetes olímpicos.
—Bueno, eso explica por qué algunos están como locos por apuntarse —dije.
Jack soltó un resoplido.
—Yo no me presento ni loco.
—Ni yo —añadió Harper.
—Conmigo que no cuenten —Emily asintió con convicción.
—Menos aún después de lo que escuché ayer de los jinetes que… —Jack dejó la frase en el aire, pero todos entendimos a qué se refería.
—No sé si será verdad o una exageración —dijo Harper—, pero las pruebas parecen lo suficientemente peligrosas como para que algo así pudiera haber pasado.
Hubo un breve silencio incómodo.
—Da igual, ya veremos quiénes salen elegidos, que se peleen entre los de tercero por el sitio —dije finalmente.
La urna estaba justo en la entrada principal del edificio, colocada debajo del gran cartel de madera que decía Copa de naciones: ACADEMIA RIDER en letras doradas.
Era más grande de lo que esperaba, como de esas que se usan para recoger votos, solo que esta estaba cubierta de pegatinas con el logo de la academia y tenía una ranura estrecha en la parte de arriba, por donde se introducían los papeles con los nombres.
A su lado, había un pequeño atril con bolígrafos y papeles blancos.
Todo el mundo iba pasando por allí. No se formó una cola como tal, pero cada pocos minutos alguien se acercaba, escribía su nombre con una mezcla de nervios y orgullo, lo doblaba cuidadosamente y lo dejaba caer dentro.
Algunos lo hacían solos. Otros llegaban en grupo, riéndose, haciéndose vídeos para subir a sus redes o simplemente grabando el momento como si fuera un ritual sagrado.
Vi a Matt, uno de los mejores de tercero, besar el papel antes de meterlo en la urna y luego santiguarse. Literalmente. Me dio entre risa y escalofríos.
Luego, Ana, una chica supercentrada en doma, que no se quitaba el moño nunca y siempre iba impecable, escribió su nombre con un boli rosa, hizo una minirreverencia delante de la urna y metió el papel como si estuviera haciendo magia.
—Están como cabras —murmuré.
A lo largo del día, la academia empezó a llenarse de nuevos rostros. Los jinetes de las diferentes academias de los ocho países participantes empezaron a llegar uno tras otro. Podías distinguir a los equipos por sus uniformes, con los colores nacionales bordados en sus chaquetas.
Por todos lados había movimiento: furgonetas entrando, remolques de caballos alineándose en el parking , gente descargando equipaje y cajas de equipo como si nos hubiésemos convertido de repente en un aeropuerto internacional, pero versión hípica.
Más arriba de la biblioteca, donde antes solo había un campo de hierba, habían montado en cuatro días toda una zona nueva. Era enorme.
Habían colocado setenta boxes portátiles, todos iguales, alineados en dos grandes estructuras tipo nave, con pasillos cubiertos y buena iluminación.
Eran de color gris claro, con puertas metálicas, bien ventilados y cada uno tenía un pequeño cartel con el nombre del caballo y la bandera del país al que pertenecía.
En la entrada de las naves colgaban banderas gigantes de los ocho países participantes, y no eran cualesquiera banderitas, las habían decorado con mensajes de suerte, cada una con su correspondiente idioma (buena suerte, Viel Glück, bonne chance… ). Había grandes y pequeñas por todos lados.
Intercaladas entre las cuadras colocaron veinte guadarneses, también portátiles, pero superbién organizados. Dentro, cada equipo tenía su espacio con armarios individuales, montureros, cubos, vendas, congeladores, botas… Todo impecable. Algunos hasta habían colgado fotos para hacerlo más personal.
Los caballos bajaban de los camiones despacio, uno a uno.
Algunos salían del remolque tan tranquilos, como si ya conocieran el lugar.
Otros miraban alrededor con ojos abiertos como platos, tensos y nerviosos, los mozos les hablaban en distintos idiomas, intentando tranquilizarlos, mientras los llevaban a sus nuevos boxes.
El equipo alemán daba un poco de miedo, luego llegaron los irlandeses, con uniformes en verde y naranjas, riendo a carcajadas y saludando a todo el mundo. Uno de ellos llevaba un altavoz y música sonando a todo volumen mientras descargaban.
Los holandeses eran superorganizados. Traían listas, papeles plastificados y hasta etiquetas en los cubos de agua con el nombre del caballo en holandés y traducido al inglés.
Y aunque iban a compartir nuestras pistas, nuestros profesores y parte del comedor, esa zona era como su propio pequeño mundo. Sus boxes, sus guadarneses, sus rutinas. Tenían su espacio. Y la academia había hecho todo lo posible para que se sintieran como en casa.
Justo detrás de las naves, también habían preparado paddocks desmontables, de esos de quita y pon, hechos con hilo blanco y cuatro postes de madera.
Cada país tenía cinco paddocks asignados.
Por las mañanas, supongo que saldrían cinco caballos a estirar las patas, y por las tardes los otros cinco.
Se iban turnando y, sorprendentemente, estaban todos los equipos encantados con el sistema.
No era tan cómodo como los paddocks en los que vivían nuestros caballos, claro. Pero tampoco estaba nada mal. El suelo era firme, había sombra y cada espacio tenía su bebedero automático y una gran caja donde se podía poner el heno.
Setenta nuevos jinetes. Setenta caballos. Otras formas de montar, de entrenar, de hacer.
Toda esa mezcla con nuestra rutina de la Academia Rider iba a ser todo menos un trimestre aburrido.