CAPÍTULO 3
La primera clase del trimestre, Historia de la Equitación II, empezó de forma inesperada. Apenas nos habíamos sentado cuando Daniel, un alumno también de primero de la casa de salto, levantó la mano y preguntó:
—¿Qué está pasando en la academia? Vemos muchas obras, gente trabajando todo el día, mucho movimiento, pero no sabemos absolutamente nada y solo escuchamos rumores, que si van a hacer un campo de fútbol, que si va a ser otra casa de una nueva disciplina…
Mrs. Helen se ajustó las gafas y sonrió levemente antes de preguntar:
—¿Nadie sabe la historia de esta academia?
Nos miramos entre nosotros en silencio. Yo había escuchado alguna historia, pero no conocía los detalles.
—La Academia Rider —comenzó a explicar Mrs. Helen— fue fundada a finales del siglo XIX, en una época de grandes avances en la equitación y un creciente interés por las disciplinas ecuestres en Europa.
Su origen está vinculado a una figura legendaria del mundo ecuestre: sir Edmund Harrington, un aristócrata británico, jinete de renombre mundial y ferviente defensor de la educación ecuestre integral.
Ni una mosca se escuchaba en la clase, todos parecíamos absortos e intrigados con lo que nos estaba contando. Mrs. Helen continuó su relato:
—En 1889, sir Edmund Harrington, conocido por su habilidad excepcional en el entrenamiento de jinetes y sus victorias en competiciones internacionales de salto, decidió retirarse para dedicarse a su verdadera pasión: enseñar y transmitir el arte de la equitación.
Su visión iba más allá del deporte; para él, la equitación era un arte.
Después de recorrer Europa, encontró el lugar perfecto: ciento veinticinco hectáreas de terreno rodeadas de bosques de robles. Sitio que ahora mismo estáis pisando.
La imaginación de todos en la clase empezó a pintar escenas de esa época mientras Mrs. Helen continuaba:
—Sir Edmund quería que la academia fuese una obra maestra arquitectónica.
Contrató a los mejores arquitectos de la época para construir un edificio principal con un estilo que combinaba el gótico y el renacentista, con torreones, una gran cúpula y una torre central con un reloj.
Se construyeron amplios paddocks , pistas de salto, pistas de doma y un campo de cross que se adentraba en el bosque, que en esa época contaba con muchos más árboles que actualmente.
Los primeros caballos fueron donaciones de jinetes amigos de sir Edmund, caballos de raza y renombre que encontraron un nuevo hogar aquí.
Emily, sentada a mi lado, me dio un leve codazo y susurró:
—¡Es como un cuento esto!
Sonreí, porque realmente lo parecía. Mrs. Helen prosiguió:
—La inauguración fue el tres de septiembre de 1894, con jinetes y personalidades de la alta sociedad europea.
Sir Edmund pronunció un discurso que aún resuena en la historia de la academia: «Este lugar no es solo un centro de entrenamiento.
Es una escuela de vida». La academia se hizo famosa rápidamente, no solo por su estructura e instalaciones, sino por la calidad de su enseñanza.
Aquí, como ya bien sabéis, se formaron algunos de los mejores jinetes del mundo.
Hubo un momento de silencio antes de que Mrs. Helen continuara:
—Pero uno de los eventos más importantes fue la creación de la Copa de Naciones.
Sir Edmund soñaba con un evento que reuniera a las mejores naciones en una competición que pusiera a prueba no solo la habilidad de los jinetes, sino la conexión entre jinete y caballo.
Fue un acontecimiento único en su tiempo y, con los años, se convirtió en una de las competiciones ecuestres más prestigiosas del mundo.
Mike, sentado unas filas más atrás, preguntó con curiosidad:
—¿Y las obras actuales tienen algo que ver con la Copa de Naciones? —preguntó.
La profesora sonrió.
—Eso, mis queridos alumnos, lo descubriréis a su debido tiempo.
El murmullo se extendió por el aula. Nos había dejado con la intriga, y sabía que todos estaríamos pendientes de cualquier movimiento en la academia.
A primera hora de la tarde, después de las clases prácticas, fui al paddock para preparar a Liberty. Estaba emocionada por volver a las clases después del parón, y aunque la rutina de cepillar y ensillar era algo que tenía memorizado, ese día lo estaba haciendo con especial entusiasmo.
Emily y Brooke ya estaban en la pista, a punto para subirse a Kingsman y a Bumblebee.
—¿Lista? —me preguntó Emily mientras terminaba de ajustar la cabezada de Kingsman.
—Siempre —respondí, pasando la mano por el cuello de Liberty.
Entramos juntas a la pista, los tres caballos parecían contentos de volver a estar entrenando juntos. Detrás de la valla, como siempre, estaba Mrs. Sabina observando y lista para empezar a entrenarnos.
Emily se dirigió hacia ella y Brooke y yo la seguimos detrás.
—Mrs. Sabina, hoy en clase nos han contado alguna cosa sobre la Copa de Naciones —dijo Emily, sujetando las riendas de Kingsman con una mano mientras se colocaba bien el casco con la otra—, ¿nos podría dar más detalles?
Mrs. Sabina asintió con una leve sonrisa.
—Estáis intrigadas, ¿eh? —dijo, mientras todas asentíamos a la vez—.
La Copa de Naciones se celebra cada tres años —empezó a explicar—.
Ocho países participan. Cada país trae diez jinetes adicionales al jinete seleccionado.
Estos entrenarán y vivirán en la Academia Rider, aunque no competirán de forma oficial, porque solo hay un seleccionado por país.
—¿Diez jinetes por país? —pregunté, sorprendida.
—Sí, todos ellos van a convivir aquí con vosotros, en las clases, entrenamientos, gimnasio, durante estos casi dos meses que quedan de trimestre —aclaró.
Todas estábamos escuchando con los mil sentidos puestos.
—La Copa de Naciones consiste en cinco pruebas, normalmente muy duras —matizó Mrs. Sabina—. No solo físicas, sino mentales. Algunos caballos pueden lesionarse, y otros incluso renuncian a mitad de la competición.
Brooke frunció el ceño.
—¿Y las clases normales siguen?
—Sí, pero hay sábados reservados para las pruebas. En total, cinco sábados que se reparten durante dos meses. Y cuando terminas una prueba, recibes una pista que te ayuda a descubrir cuál será la siguiente.
Asentimos, procesando la información.
—Para Reino Unido es un evento enorme, ¿verdad? —pregunté.
—Oh, sí. La gente viaja para verlo. Se organizan sus pícnics, vienen a pasar el día en familia, es casi una tradición, y además se retransmite por la televisión, así que es un evento de gran repercusión —respondió Mrs. Sabina.
—¿Y estos jinetes traen sus caballos desde su país? —preguntó Emily de repente.
—Exacto. Normalmente traen caballos de razas autóctonas del país en el que viven, en representación, aunque, en el caso del Reino Unido, la raza autóctona serían ponis shetland, exmoor, new forest o clydesdales y lo tenemos un poco complicado.
Nos miramos entre nosotras.
—Pero tenemos algún purasangre —dije en voz alta, pensando en Revolution, el caballo de Grace.
—Correcto. No es una norma estricta que el país anfitrión tenga que competir con una raza autóctona, así que podremos ver cualquier tipo de caballo representando a Reino Unido —confirmó Sabina.
Eso significaba que cualquier caballo en la academia podría terminar en el equipo.
—Mañana por la mañana, tendréis la reunión oficial donde explicarán todo con más detalle, así como el proceso de selección para el jinete de Reino Unido. Y ahora… ¡a entrenar! —añadió la profesora.
Para Liberty parecía que no había pasado ni un solo día desde el último entreno oficial con Mrs. Sabina.
Estaba fresco, ágil y con ganas de trabajar, como si llevara semanas esperando volver a la pista.
En cambio, Bumblebee y Kingsman se veían un poco apalancados.
A Kingsman se le notaba enfadado; masticaba el hierro sin parar y movía la cola con impaciencia, como diciendo que aquello no le hacía ninguna gracia.
Bumblebee, por su parte, parecía haberse acostumbrado demasiado a los días de stretching conmigo, y ahora no quería trabajar cuesta arriba ni por casualidad.
Por la noche no podíamos dejar de comentar todo lo que nos había contado Mrs. Sabina en el entrenamiento.
Bueno, Brooke estaba superemocionada. Desde que salimos de dar las cenas a los caballos, no paraba de hablar del tema.
En cuanto terminamos de cenar, se fue directa a su cama, abrió su portátil y nos llamó para que nos acercáramos.
Nos tumbamos una a cada lado mientras tecleaba en Google: «noticias, Copa de Naciones Academia Rider».
—¡Mirad esto! —dijo Brooke, acercando aún más la pantalla hacia nosotras—. Copa de Naciones, edición del 2000: Un jinete alemán se cayó durante la segunda prueba y se rompió tres costillas… Pero… ¡siguió compitiendo!
—¿Está loca esa gente o qué? —pregunté, sin poder evitarlo.
—Mmmm —dijo Brooke, con los ojos brillando—. Es como… la Champions League de la equitación.
—O los Juegos del Hambre versión equina —dijo Emily con una media sonrisa.
A ver, pensé que, por una parte, era alucinante. Tener a tantos jinetes de diferentes países en la academia, convivir con ellos, ver sus caballos, sus estilos de montar, sus entrenamientos…, parecía sacado de una peli. Pero, por otra parte, si había accidentes daba un poco de miedo.
—No le veo la lógica —solté, más para mí que para ellas.
Emily me miró desde el otro lado de la cama.
—¿A qué?
—A todo esto —me encogí de hombros—. Las pruebas, el secretismo, las pistas, que hasta haya heridos… ¿Qué clase de competición es esta? No sé, parece más… peligrosa que deportiva.
Brooke me miró con el ceño fruncido, como si intentara decidir si estaba siendo una aguafiestas o si apoyaba mi punto de vista.
—Ya, pero también es una oportunidad única —dijo al final—. Quiero decir, ¿te imaginas competir en algo así? Con público, cámaras, gente de otros países… y con tu propio caballo, aunque bueno, no sé si dejarán participar a los de primer curso, lo veo demasiado… peligroso.
Me imaginé a Liberty y a mí en una de esas pruebas, rodeados de gente, con esa presión de saber que todo el mundo te está mirando. Y, sinceramente, se me revolvió un poco el estómago.
—¿Y si le pasa algo al caballo? —pregunté, en voz baja.
Emily y Brooke se quedaron en silencio. Por un segundo, el zumbido del portátil fue lo único que se oyó.
—Es verdad… pues…, ahí sí que no me apuntaba —dijo Emily, y me sorprendió un poco su sinceridad—. Si hay riesgo real de lesión, no sé si merece la pena. Yo no pondría a Kingsman en una situación así.
Brooke bajó un poco la pantalla y suspiró.
—Ya, pero también es verdad que lesiones puede haber en cualquier momento, incluso en un entrenamiento normal. En salto, en cross , en doma… No podemos vivir con miedo a cada paso.
—Una cosa es una lesión por accidente —respondí—, y otra muy distinta es meter a los caballos en pruebas extremas por el espectáculo. Eso ya es otra historia.
Emily asintió.
—¿Qué más has encontrado, Brooke? — preguntó Emily con curiosidad.
Brooke volvió a subir la pantalla del portátil y empezó a hacer scroll en una página de noticias ecuestres.
—¡Aquí hay más titulares! Mirad este: La Copa de Naciones más dura hasta la fecha: solo cuatro de los ocho jinetes llegaron a la prueba final . Y este otro: Un jinete holandés sufre un traumatismo craneal tras una caída en la tercera prueba . Se rumorea que acabó en tragedia.
—¿Qué? —exclamé, incorporándome.
Brooke asintió lentamente.
—Sí. Al parecer se golpeó mal al caer.
Emily cerró el portátil de Brooke con fuerza.
—Vale, creo que ya es suficiente por hoy. No quiero tener pesadillas, gracias.
Nos quedamos en silencio.
—¿Y si de verdad podemos competir? —preguntó Brooke al cabo de unos minutos—. ¿Lo haríais?
No respondí al momento.
—Se debería de dar algún motivo muy excepcional; si no, no —dije, por fin—. No me interesa mucho esto de la Copa de Naciones por el momento.
Emily asintió.
—Habrá que ir a la reunión de mañana y descubrirlo todo bien.
Brooke suspiró otra vez.
—Yo quiero creer que lo tienen todo bien organizado. Que, si es peligroso, lo dirán. No creo que la Academia Rider permita algo que ponga en riesgo a los caballos así porque sí.
—Eso espero —murmuré, y me tumbé boca arriba en mi cama.