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El Abuelo sonrió torciendo la boca, y yo pensé: Pero joder, si hasta sonríen casi igual. Bangley tenía las manos vendadas y el Abuelo se le acercó y le tocó el antebrazo. Fue un gesto conmovedor y respetuoso.
Te defendiste como un jabato.
Bangley lo miró fijamente con aquellos ojos que podían fragmentarse como un caleidoscopio. No dijo nada.
Diez o doce, ¿verdad? ¿Tres de ellos armados?
Catorce, contestó Bangley con voz áspera. Catorce y cuatro.
El Abuelo asintió en silencio.
¿Qué es lo que atravesó el techo?
Una roca. O algo así. Tenían un puto cañón ligero.
Se llevaron a sus muertos.
Bangley se encogió de hombros lo mejor que pudo.
Me lo imagino, dijo con un gruñido. Hizo una pausa y al cabo de un momento añadió: Se reagruparon una vez.
Le falló la voz y carraspeó.
Me dieron por muerto. En la casa. Los sorprendí con el lanzagranadas. Y me cargué a dos más mientras venían hacia aquí. Fue suficiente. Para ellos.
Bangley examinó al que debía de suponer que era su nuevo amigo.
¿En qué cuerpo serviste?, le preguntó al fin.
Navy SEAL s, contestó el Abuelo. En Afganistán. Y otros lugares.
Bangley asintió levemente.
Iban vestidos como putos mongoles. Había seis mujeres. Tenían arcos. Sabían...
Se le apagó la voz, sus ojos vagabundearon intentando recordar. Le recorrió el cuerpo un levísimo estremecimiento.
El Abuelo esperaba. Sabía tener paciencia.
Quería preguntarte..., dijo al fin. Me he instalado en la casa de al lado, al noreste. Quería preguntarte si podía coger prestado ese Sig. Mientras estés en el hospital.
Bangley tardó un momento en resituarse. Entonces asintió a medias. ¿Es tu hija?, fue su respuesta.
La llevé a ver a las familias. Me pidió que la llevase en cuanto el Abuelo y yo hubimos aterrizado.
Cogió su maletín médico. Aterrizamos en el camino de entrada y vinieron de todas las direcciones, algunos corriendo, otros apenas capaces de andar, se pararon en la línea de cuarentena del solar como una compañía de desharrapados.
Salimos del avión y observé su sorpresa al ver a Cima.
Abrieron los ojos ojerosos, separaron las mandíbulas prominentes, los pequeños parecían ciervos curiosos y asustados que estiraban el cuello hacia delante.
Si hubieran podido girar las orejas lo habrían hecho, se volvían a mirar a sus madres, nerviosos.
Cima atravesó la ZDM y retrocedieron medio paso al unísono, medio encogidos, dejando un semicírculo vacío ante ella. Cima levantó una mano larga, fuerte, magullada.
No tengáis miedo. Soy médica.
Como si eso explicara algo. Sonrió al darse cuenta de lo absurdo y arcaico que había sonado aquello.
Hola, soy Cima.
Tal vez fueron sus cardenales o esa sutil impresión de fragilidad, de haber sobrevivido a una terrible enfermedad.
Miré sus caras. Unos pocos me saludaron, me sonrieron, pero a Cima la miraban con fascinación, con una curiosidad que casi superaba el miedo, como dándole la bienvenida a alguien de la familia.
A alguien que quizá era como ellos, aunque no sabían en qué sentido.
Y al mismo tiempo también distinto, lo bastante distinto para suscitar un gran asombro.
Bueno, al fin y al cabo eran menonitas. El concepto de la visitación no les era ajeno.
Y yo que creía que era su ángel. Por primera vez me quedé ahí plantado en medio del solar sin saber dónde meter las manos, me sentía un cero a la izquierda y me reía sorprendido e incómodo.
Y... ella era médica. Pero...
Cima..., grité .
Se volvió a medias.
Ellos...
Ellos. Desde luego sabía que podían contagiar el mal de la sangre. Unos minutos antes habíamos hablado de ello.
Levantó la mano en un gesto de que todo iba bien, y al mismo tiempo de rechazo, y me reí otra vez. Cómo cambian los tiempos. Se le acercaron rodeándola y me di cuenta de que ya los había seducido o se los había ganado, de que la querían como yo la quería, lo vi desde el primer momento.
Los niños se le acercaron, se le pegaron a la falda, una niña pequeña, creo que se llamaba Lily, le abrazó la pierna como un osezno abrazándose a un árbol.
¡Hola!, le oí decir a Cima. Hola. Qué niña más guapa. ¿Cómo te llamas? ¿Y tú? ¿Y este peque tan guapo?
La maravilla de que un desconocido los tocara, de no ser ya intocables.
Yo estaba preocupado, pero solo por ver aquella escena casi valía la pena lo que pudiera ocurrir.
Se instaló en una habitación de la vieja granja a la que en los buenos tiempos debían de llamar con el anticuado nombre de salón de recibir, y los examinó a todos.
Llevaba guantes de látex. Se los veía en las manos cada vez que abría la puerta de la cocina y llamaba al siguiente en voz baja.
Debía de tener una buena reserva en su maletín.
Cosía los cortes, vendaba las heridas, pedía cubos de agua templada.
Orientó a una joven embarazada de seis o siete meses.
Consoló a un hombre mayor al que se oía llorar desde el otro lado de la puerta mosquitera de la cocina.
Me dijo que podía acercarme, mezclarme con ellos.
Es un miedo infundado. Como la hepatitis C, dijo.
Como el VIH antiguamente. Intercambio de fluidos, sangre. Si no...
Ese miedo infundado les había salvado la vida.
Los grandes letreros en las vallas, al final de sus campos: EL MAL .
El terror que provocaban esas palabras. Cualquiera que tuviese unos prismáticos podía comprobar que el cartel no mentía: las figuras consumidas, inclinadas hacia delante como luchando con un ventarrón, los movimientos exhaustos, los ojos hundidos.
La enfermedad mantenía a los atacantes a distancia, les conservaba la vida al mismo tiempo que los mataba.
En el vuelo de regreso no dijimos ni una palabra pese a que los auriculares funcionaban perfectamente.
Esa noche nos tumbamos al pie del montículo, muy juntos.
Boca arriba, observamos los arrecifes de nubes resplan decientes que se desgarraban de los bancos acumulados sobre las montañas.
Bañadas con la luz de la media luna, se estremecían desde dentro, preñadas de los relámpagos de una tormenta de verano.
Las vi acercarse y deseé que un chaparrón nos obligara a entrar corriendo en el hangar y compartir habitación con Bangley.
Un poco de lluvia le haría mucho bien a la comarca.
Al final se hicieron algunos estudios, dijo. Algunos informes convincentes.
¿Sobre el mal de la sangre?
Sí.
Esperé a que siguiera hablando.
Parecían indicar que lo que aceleraba el proceso de la enfermedad autoinmune era un fallo en la capacidad del cuerpo para generar vitamina D. Un mecanismo muy curioso. Como el sida con las células T. Por compararlo con alguna enfermedad conocida.
Hizo una pausa, miró las nubes.