3 #2
Y el Abuelo se puso en movimiento.
Es él, dijo.
Lo alcancé y lo adelanté con tres zancadas.
Nunca sabes lo que sientes por una persona hasta que se muere y luego regresa.
Empujé la puerta del hangar, la puerta pequeña por la que se entra andando y está recortada en la principal, la que se levanta, le di un golpe tan fuerte que entré de cabeza en mi choza y rodé por el suelo cubierto con alfombras persas de las otras casas torciéndome la espalda y doblándome una rodilla, ay.
Tras levantarme con esfuerzo me quedé tieso como un palo y entorné los ojos para acostumbrarme a la penumbra.
En el techo había dos paneles corrugados translúcidos, blanquecinos, como dos claraboyas de pacotilla que servían para dar un poco de luz natural cuando se cerraban las puertas.
Y vi nuestro sillón, el Valdez, el sillón de Jasper, el banco de trabajo, el taburete, la encimera donde cocinaba en la parte de atrás, y la mesa de linóleo rojo donde disfrutábamos de nuestras comidas más refinadas.
Nada más. Pero oí algo. Un leve chirrido metálico, como si hubiera un ratón arañando la pared.
Guardaba las herramientas en un armario de metro ochenta de ancho con cajones corredizos.
Era de acero macizo rojo, una preciosidad.
Bangley y yo tardamos casi una mañana entera en traerlo al hangar desde el centro de servicio, superando baches y resaltes y colocando tablas en los puntos más difíciles.
El armario tenía un lugar de honor en el centro de la pared del norte.
Bangley lo llamaba la Masa. Necesito una llave inglesa plana con trinquete de seis milímetros, decía.
Anda, mueve el culo y tráeme una de la Masa, por favor.
Los chirridos venían del armario, que estaba algo apartado de la pared.
Por detrás del armario asomaba la bota con puntera de acero de Bangley .
Al lado, apoyado en la pared, el lanzagranadas, el que había trucado.
Estaba cubierto de sangre reseca. Parecía que le hubieran vaciado un cubo en la mitad inferior del cuerpo.
Tenía los ojos hinchados y casi cerrados, y una costra blanca de moco o vómito resecos en el lado de la cara que apoyaba en el brazo.
La pierna izquierda la tenía doblada en un ángulo extraño.
Estaba tumbado sobre su fusil de asalto favorito, el M 4, con la mano izquierda en el guardamonte, cubierta de sangre.
De sus labios agrietados salía un gruñido. Las palabras no fueron más que un susurro áspero.
Puto Hig.
Eso fue todo. Y levantó una mano tiesa como una garra y me tocó la barba.
Estuvo entre la vida y la muerte dos semanas.
O más. Podía morirse por deshidratación o por pérdida de sangre, pero no se murió.
Era duro de pelar, el cabronazo. Lo sabíamos.
Cima no quiso moverlo. Lo acomodó en el sofá.
Le recompuso la pierna destrozada por un tiro en el muslo y se la entablilló.
Le limpió y le cosió el agujero del costado izquierdo, donde una bala le había roto una costilla pero no le había alcanzado el estómago.
Por la tarde hacía calor en el hangar pero se podía soportar con la puerta abierta y el agujero de la pared del oeste.
Tardó cuatro días en volver a reconocerme.
Fue cosa de segundos antes de volver a caer en aquella especie de coma.
Le dábamos agua y Sprite con una jeringa de cocina.
El sexto día abrió los ojos mientras ella le daba de comer y se la quedó mirando.
Señora Hig, dijo.
Cima nos contó que le entró la risa al ver la cara con que se lo había dicho: la expresión de un hombre medio muerto. Dijo que fue como un desafío, como si la retara a negarlo, aunque sin perder de vista la comicidad de su situación, con algo parecido al humor.
Para ti, doctora Hig, le respondió ella. Me contó que él le aguantó la mirada un momento, asintió levemente y se volvió a dormir.
El Abuelo cada día estaba menos tenso. Me lo llevé conmigo en la Bestia y recorrimos el circuito.
Le señalé los principales puntos de referencia como un guía turístico.
Le di unos auriculares y se lo fui explicando todo mientras volábamos.
La torre, el río, las distancias, todo lo que veía.
El barranco de la orilla que nos servía de foso, el único vado practicable, el terraplén.
El radio de cincuenta kilómetros de carreteras que tenía que vigilar, las familias.
Cuando las sobrevolamos salieron corriendo del huerto, de las casas, de los cobertizos, saludándonos, dándonos una bienvenida desastrada y andrajosa. Los niños saltaban. Los conté: siete. Uno menos, no sabía quién. Volé en círculos, saludé, extendí un dedo. Volveré.
Cima dijo que Bangley necesitaba cuidados intensivos y vigilancia las veinticuatros horas del día.
Nos turnábamos. Ella tenía un no sé qué.
Había madurado y florecido durante la semana.
Algo que en el cañón estaba aletargado había salido a la luz del día y se sentía muy a gusto. Es difícil de explicar.
Sin duda estaba su pericia médica, un conocimiento seguro que aplicaba sin tener que pensar siquiera, y aquella utilidad que ahora recuperaba después de haberla adquirido con tanto esfuerzo la hacía más grande a mis ojos.
No sé, más alta, más grande, un planeta con más gravedad que antes.
Eso por un lado. Cuando observamos a alguien hacer lo que mejor sabe parece que se vuelva más grande de lo que es.
Me encanta. Pero había algo más. Como si la llegada a este aeropuerto medio devastado de las llanuras, tan distinto de cualquier lugar en el que hubiera vivido antes —Nueva York, por supuesto, o las montañas y mesetas en las que se crió—, fuera un destino para el que llevase mucho tiempo preparándose sin saberlo.
Quizá. No sé. Así me lo parecía. Como si una parte de ella se relajara, como si se despojase de una piel vieja, de una cáscara, de una barrera que me había pasado inadvertida.
Y como si entonces se abriera y floreciera.
Cursi, ¿verdad? Más bien mágico. Es como observar a una persona deshacerse de algo y florecer.
Lo que yo no sabía era de qué se deshacía.
Me encantaba mirarla sentada en el taburete que le había recortado para adaptarlo a la altura del sofá, mirarla cuando se inclinaba hacia Bangley y le hablaba con suavidad, no como un médico a un paciente ni como un ministro santo, sino con respeto, con humor, como dos amigos.
Me encantaba mirarla cuando le revisaba la tablilla o volvía a ponerle las vendas, con movimientos más seguros que cuando cuidaba el huerto conmigo: la diferencia entre una segunda naturaleza adqui rida a regañadientes y la seguridad que desprende el orgullo, la destreza adquirida y cultivada con esfuerzo.
Me encantaba mirarla cuando se apartaba de la cara los rizos morenos y se los ataba con una cuerda o cuando estiraba sus largos brazos y salía al resplandor del sol del verano y, cruzando la rampa, llegaba hasta el cercado que el Abuelo había construido a la sombra de un sauce y donde estaban atados los corderos.
Me encantaba mirarla desnudarse y meterse en el estanque que había junto al río y quedarse allí de pie como aquella tarde en la cascada y que me hiciese señas para que fuera con ella.
Era sencillamente el ser más hermoso que Big Hig había visto nunca.
Dormíamos al raso, donde yo había dormido siempre.
Con Jasper. Pero hicimos un biombo con ramas y abrimos dos sacos de franela y los extendimos sobre un colchón doble que sacamos de mi casa, la del porche, y dormí como no había dormido nunca, desde entonces.
Dormíamos abrazados en una maraña de brazos y piernas, como no había sido capaz de hacer con nadie más.
Me despertaba en mitad de la noche, como tenía por costumbre, y apoyaba la cabeza en los brazos y miraba las estrellas y contaba las constelaciones y me inventaba otras, pero ahora lo hacía con la presión de su codo en mi mejilla —lo apartaba con suavidad—, su cabello en mi boca, su muslo sobre el mío, con la sensación de haber sido salvado y bendecido.
Aun así algunas noches me entristecía. La fragilidad de aquella felicidad presente me entristecía tanto como cualquier pérdida del pasado.
Vivíamos al borde de un precipicio tanto como en medio de la vasta llanura.
Quién sabe qué atacantes, qué enfermedades nos acechaban.
Sentía de nuevo esa duplicidad, como cuando volaba: la calma y la velocidad, la serenidad y el peligro.
En la Bestia devorábamos el espacio y parecía que apenas nos movíamos.
Esa sensación de estar dentro de un cuadro.
Hacíamos el amor como si fuera algo totalmente nuevo.
Quizá porque teníamos que hacerlo con tanta suavidad, con tanta lentitud.
A veces se me sentaba encima y con mucha delicadeza me introducía dentro de su cuerpo y nos quedábamos quietos, tan quietos que las estrellas se movían detrás de su cabeza y nosotros apenas, y era como una conversación y me llenaba de felicidad, de un deleite supremo que no soy capaz de describir.
El Abuelo se instaló en una casa contigua a la de Bangley, en una habitación de la planta superior con una buena vista del aeropuerto.
Él también era un estratega de pies a cabeza, en cierto sentido eran como dos gotas de agua.
Protegió la única ventana con sacos de arena, y una mañana se presentó a Bangley y le preguntó muy respetuosamente si podía coger prestado uno de sus fusiles, el Sig Sauer.
Por aquel entonces Bangley ya estaba bastante recuperado —era el décimo o el undécimo día—, lo suficiente para sentarse en el sofá, mirar al Abuelo de arriba abajo y hablar con su labio cosido.
Aquí tenemos al otro viejo, gruñó Bangley. Fue lo primero que dijo.