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L a casa de Bangley, cien metros al norte, donde tenía su taller de armero en aquel salón con la foto de la rubia familia de esquiadores, todavía estaba en pie, pero habían reventado los cristales a balazos y se veían marcas de quemaduras alrededor de la ventana abuhardillada, que estaba astillada, y justo al lado se abría un gran agujero en el tejado. Joder. Joder joder joder.
El Abuelo estaba alerta, sentado muy derecho sobre su mochila. Eché una ojeada atrás y vi que sabía que pasaba algo horrible, y Cima me apretaba la pierna y no podía apartarse de la ventanilla, no podía separar la cara del cristal, como una niña en el tanque de los tiburones.
Antes de aterrizar hice una pasada baja por encima del huerto. Seguía en su sitio, intacto. El agua seguía fluyendo por la cabecera y corría por la mitad de los surcos.
Pero incluso desde doscientos pies de altura se podían ver las malas hierbas. Llenaban los surcos a los que no llegaba el riego y trepaban por los montículos de tierra apilada.
Empujé el acelerador, me elevé y di la vuelta otra vez, más alto.
Me incliné a la izquierda y realicé un aterrizaje largo hacia la mitad de la pista y luego rodé directamente hasta la casa de Bangley.
Mezcla, magnetos, interruptor general. Desconectado.
Apagado. La Bestia apenas se había detenido cuando abrí la puerta de un empujón y salté y eché a correr hacia la casa.
La puerta estaba abierta, oscilaba un poco con el viento.
¡Bangley! ¡Bangley! ¡Eh! ¿Estás ahí? ¡ BANGLEY !
Me sorprendió la fuerza de mi grito. No parecía mi voz.
Corrí hasta el taller. Curiosamente, el gran ventanal con vistas a las montañas estaba intacto pero por la pared de encima de la chimenea subía en diagonal un reguero de agujeros de bala.
La foto de la familia de esquiadores seguía sobre la mesita auxiliar.
Las herramientas de Bangley continuaban donde las había dejado.
El cañón y el receptor de un Sig Sauer del .
308, una de sus armas favoritas, colgaban de dos tornillos de banco sobre la mesa de trabajo.
La hostia.
El Abuelo, a mi espalda.
Tu colega, dijo. Ya sabía desde nuestra primera entrevista que sería una buena pieza, si no un tío como tú no habría podido...
Se paró en seco.
Pero nunca me habría imaginado esto.
¡Bangley!
Desesperación. Por primera vez sentí su garra: la desesperación como un hedor insoportable. Qué extraño. No se sabe lo que se siente por una persona hasta que le revientan la casa.
Hice un gesto de horror. El Abuelo me puso la mano en el hombro.
Lo pillaron aquí. Estaba trabajando. Era de día.
No se esperaba un asalto semejante en pleno día.
Entraron por la puerta principal y sobrevivió a la primera oleada y logró rechazarlos.
Peleó y los obligó a retirarse, luego subió las escaleras para tener mejor visión, mejor ángulo, y luchó desde allí. Diría que solo un par irían armados.
Corrí escalera arriba con el corazón en un puño.
¿Qué me esperaba allí arriba? Nunca había subido, jamás.
El pasillo estaba forrado de fotos de la familia rubia.
Esquiando, navegando a vela, en una cabaña de bambú, palmeras, un labrador amarillo en un prado lleno de flores.
Todo esto lo vi de pasada corriendo por el pasillo de gruesa moqueta, deteniéndome una vez para orientarme hacia la fachada de la casa, donde estaría la buhardilla.
Esta habitación de aquí. Empujé la puerta entreabierta.
El dormitorio de un crío, el niño. Un póster de Linu Linu en bikini encima de la cama cubierta con una colcha de vaqueros a lomos de caballos encabritados.
En la pared, cuadros de mariposas sujetas con alfileres, y una guitarra eléctrica en una esquina.
También esquíes de eslalon. Una tabla de surf, una tabla corta sujeta al techo inclinado, con un dibujo en vivos tonos verdes de una serpiente en un manzano y una Eva desnuda de pie, medio girada, con el pecho apenas cubierto por los rizos del cabello: TABLAS DEL PECADO .
Un póster de la NASCAR firmado. El coche número trece.
En el póster había clavadas dos flechas de caza, de las auténticas, y por encima la pared estaba desgarrada por los agujeros de bala.
En el suelo, al lado de la cama, había dos envases grandes de tabaco Copenhagen y una lata de café Folgers a modo de escupidera.
De un perchero para sombreros colgaban unos prismáticos de visión nocturna y dos Glocks en sus pistoleras.
Jesús. Era la habitación del hijo y también la de Bangley.
Aquí vivía. Increíble. En una habitación conservada como si estuviera en uno de esos museos históricos.
Me acordé del padre de Bangley, al que tanto odiaba, y pensé: Seguro que nunca tuvo una habitación como esta.
Viviendo en aquel museo, en aquella habitación que parecía un montaje, pretendería curarse o simplemente seguiría un instinto de compensación o quizá algo todavía más raro, quién sabe.
Y entraba el sol por el techo. Por un agujero de más de medio metro de diámetro.
No había señales de ninguna explosión. ¿De dónde había salido?
¡Huy! Casi me caí por un agujero igual de grande que había en el suelo.
Las preguntas zumbaban y chocaban en mi cabeza como coches de la NASCAR .
Y la ventana quemada. Y los sacos de arena apilados bajo el alféizar y por los lados.
Y ni rastro de Bangley, lo cual a esas alturas era buena señal.
Me quedé en medio de la habitación, tragando aire, recuperando el aliento. Me acerqué a la ventana sin ventana y miré nuestro campamento, nuestro aeropuerto, y no pude reprimir una carcajada cargada de tristeza.
Aquello era una atalaya: se veía lo que había detrás del terraplén del otro lado de la pista, donde dormíamos Jasper y yo, hasta el contenedor que habíamos alejado de mi casa, y mi casa, que no era más que un cebo.
Se veía el porche y la puerta de aquella casa, y siguiendo la línea de los oxidados cascarones de avión, dos lados del edificio del FBO y la puerta de mi hangar.
Desde la habitación no se le escapaba casi nada, y por eso la había elegido, claro está.
Nunca había reparado en ello, no sé por qué.
Ni en que cuando lo avisaba en medio de la noche con los dos pitidos de nuestra alarma de intrusos él podía ver toda la escena desde aquí.
Sabría cuántos se habían escondido detrás del contenedor, qué llevaban, cuántos más se habían quedado atrás, lo sabía todo antes de acercarse a nuestro terraplén en la oscuridad, seguramente habiendo planeado ya a quién se iba a cargar primero y cómo.
Por eso nunca parecía sorprendido, siempre lo encontraba demasiado relajado para mi gusto.
Joder. Y los sacos de arena. Seguramente habría podido disparar desde aquí con uno de sus fusiles de francotirador.
El puto Bangley... ¿Qué distancia había?
Unos trescientos metros. Fácil. Para él.
Entonces sentí que me invadía la repugnancia y la admiración y, no lo puedo negar...
, ¿qué?, el amor, quizá, que había llegado a sentir por aquel sujeto trastornado.
Una cosa se le daba muy bien, de maravilla, y para lo demás se las apañaba como podía con su inflexible hosquedad.
Una estrategia como otra cualquiera. Y me respaldaba.
Sin fallar, sin dudar. ¿Y qué más? Con generosidad.
Sin límites, ¿verdad? Sin dejarme sospechar siquiera que conocía todos los detalles de la operación.
Así que cuando me fui sabía exactamente hasta qué punto se incrementaría la amenaza, el peligro.
Seguramente era capaz de calibrarlo en un grado exacto y letal, como calibraría el viento y la elevación en uno de sus disparos de larga distancia desde la torre, sabía con escalofriante precisión lo peligroso que resultaría vivir aquí solo, sin mí y sin Jasper —y luego solo sin mí— a modo de sistema de alarma.
Me refiero a que no me había dado cuenta de hasta dónde llegaba la simbiosis.
Y aquello hacía aún más conmovedora su arisca aunque breve resistencia a que me marchase.
La cesta de granadas. Quería decirme que éramos familia, que lo pasase bien a mi modo, que tuviese cuidado, pero no por él, sino por mí.
Y aquellas otras salidas. La pesca y la caza que él sabía que eran más que nada por diversión o por necesidad psicológica, como los permisos de los soldados, y que para él suponían un riesgo mortal. Pero nunca puso pegas.
Aquella era su habitación: un poco conmovedora, un poco peculiar.
Me volví. El Abuelo estaba en la puerta recorriéndolo todo con sus ojos grises, las cosas del chaval, las armas.
Esto es Bangley en esencia, le dije.
Ya veo.
Los ojos del Abuelo se posaron en la ventana y en los sacos de arena.
No murió aquí.
Cruzó la habitación hasta el agujero chamuscado donde antes estaba la ventana, analizándolo todo con su mirada experta.
Aquí lo hirieron. Tocó una cortina hecha jirones.
Sabía que no podía quedarse aquí, que lo harían salir con fuego. Sabía que tenía que moverse aunque estuviese herido. Tenía que cambiar de posición y atacar. Era un buen soldado. ¿Era?
Se encogió de hombros.
Nos quedamos ahí plantados. No me podía mover. Estaba como congelado.
Y entonces oímos el doble disparo y el grito.
Y echamos a correr pasillo abajo, escalera abajo, por la planta baja parcialmente arrasada, hasta salir a la dolorosa luz del sol.
La Bestia estaba a unos cuantos metros, en la rampa que servía de calle de rodaje para esas casas del norte. Cima estaba agachada debajo del ala, intentando volverse tan pequeña como la rueda.
El Abuelo se paró en seco y casi lo tiré al suelo al chocar contra él.
Espera.
Se protegió los ojos para observar el terreno. Cima seguía agachada junto al avión y señaló hacia mi hangar, que estaba cerrado. Me refiero a la parte que seguía intacta. No estaba herida, se había echado al suelo al oír el ruido de los disparos.