2 #6
No habían quemado los muebles: en la penumbra se intuía la presencia impasible de las mesas, las sillas de madera maciza.
Había una chimenea en el centro, un hogar redondo perfilado de piedras, imprescindible pieza central de todo diseñador après ski de pocas luces.
Seguramente habría ollas de fondue en la cocina.
Cerca de la puerta, hasta donde llegaban la nieve y la lluvia, la madera estaba combada y sucia, pero más allá no había más que polvo seco y rastros de ratones y cagadas.
Al fondo estaba la pesada barra de roble, con sus altos taburetes de madera y un espejo velado aunque intacto.
Reflejaba la luz de la entrada como una poza en un arroyo justo antes de caer la noche.
Cima titubeó y luego fue hasta la barra y se quedó delante, mirando al gran espejo.
Retrocedió unos pasos, se quedó petrificada, con los brazos abiertos, y me recordó a una niña que se hubiera olvidado de los pasos en un festival de danza.
Que se hubiera quedado en blanco. O a una chica de rancho en un bar nuevo, una chica de campo abrumada que no sabe qué pedir ni cómo. Se miró al espejo y se echó a llorar.
¿Quién era ese barbudo fornido y harapiento que la abrazaba? ¿Eres tú, Hig? Pareces uno de aquellos bisontes con sus pelajes de invierno andrajosos y remendados. Te falta un diente. Pareces un jugador de hockey indigente.
No lo sabía. Estaba un poco nervioso por pasar los últimos montes.
Salvar las rocas, que decían en el aeródromo como si fuera algo muy serio.
Yo nunca lo vi así. Está claro que había que volar alto, era la Divisoria Continental, y casi siempre había nieve, un sitio de mierda para que se te parase el motor: muy lejos de los primeros claros entre los pinares que llevaban tanto tiempo muertos.
A un lado, Winter Park; al otro, Nederland.
Siempre volaba dejando dos mil pies de margen, tan alto que alguna vez me quedaba medio grogui, pero nunca tuve ningún problema.
Pero ahora... ahora sí que era algo muy serio.
¿Cómo iría? Me dirigí al punto bajo del paso, por donde el antiguo camino para todoterrenos cruzaba entre rocas y neveros, contemplé el paisaje llano elevarse tras las crestas como ocurre siempre que te asomas a él, lo contemplé elevarse y desplegarse como uno de aquellos estandartes de los desfiles de las Olimpiadas, y luego lo vi, más allá del último contrafuerte de las estribaciones: nuestro Erie, con su pista que enseguida se hizo visible al sur de la torre de radio que ya no parpadea, la cinta de asfalto extendida como una alfombra roja solo para mí.
Estaba nervioso por volver a ver a Bangley, eso era lo que me pasaba.
Según mis cálculos, llevaba fuera algo más de seis semanas.
Ya descendíamos por las últimas estribaciones y dirigí a la Bestia hacia Erie maniobrando de memoria.
Enfilé hacia la escarpadura de tierra que destacaba como una valla publicitaria al otro lado de la interestatal, todavía estaba a veinticinco kilómetros de mi punto de orientación desde el oeste que me colocaría justo en el centro de la pista.
Al ver todo aquello retrocedí en un instante al verano de mis dieciocho años: volvía a la casita de mi madre en Hotchkiss.
Por sorpresa. Recorría el sinuoso camino al atardecer.
La alegría de volver a casa, el miedo de que el regreso no fuese como esperaba.
El corazón se me salía por la boca. Lo notaba en el pecho, intentando competir con el pulso del motor, con el grave rugido y las vibraciones que le arranqué al tirar del acelerador para descender.
Hacia nuestros doce kilómetros de pradera.
Por encima de los últimos árboles, los últimos pinos vivos que se aventuraban en la planicie como centinelas desorientados; nuestro perímetro, nuestro margen de seguridad.
Y luego vi la torre que habíamos construido juntos, la terraza de francotirador de Bangley , el porche desde donde había disparado su mortero secreto...
, y entonces ya sobrevolaba aquel sitio y no quise mirar con demasiado detenimiento para no ver los huesos, los cadáveres que no enterramos y que a estas alturas ya habrían desperdigado los lobos y los coyotes y sabe Dios qué más.
De haberme fijado, habría podido ver un lamento blanco en forma de arqueada costilla o de calavera.
Y sentí un arrebato de... ¿de qué? De un sentimiento por Bangley , quien, me di cuenta entonces, se había convertido en mi familia.
Porque era él, igual que mi madre veinte años atrás, quien hacía que aquello fuese un regreso al hogar.
No eran mi mujer, mi hijo, mi madre, sino Bangley con su voz de gravilla.
Bangley , para quien era una cuestión de orgullo comportarse todo el tiempo como un gilipollas obstinado.
Y sentí un pinchazo de miedo, de reserva. ¿Y si estaba cabreadísimo conmigo?
Tenía el corazón dividido. Y entonces el miedo se sobrepuso a todo.
Cuando descendí a seis mil pies y sobrevolé el río centelleante, que bajaba con poca agua pero corría, e inicié la aproximación hacia el extremo meridional de la pista y vi las casas reducidas a cascarones abrasados, vi los cimientos, vi la mitad de mi hangar arrancada como por un tornado y quemada.