2 #5
¿Habéis estado alguna vez en la autocaravana de un jubilado?
¿La típica caravana por la que vendieron su casa, siempre limpísima y ordenada, con la cama hecha y cubierta con una colcha de retazos con un dibujo de girasoles bien alisadita y con un osito de peluche sobre la almohada?
¿Con una rosa de seda en un jarrón de vidrio tallado sujeto con velcro a la mesita de centro barnizada?
Era algo así. Un pequeño dormitorio, sin ventanas, con una moqueta inmaculada que iba de pared a pared, sin gatos.
Aunque... En lo que habría sido el salón, en lugar del televisor había una pared tachonada de clavijas de las que colgaban gorras, la mayoría de visera, con logos de aeropuertos, centros de servicio de aviones y fabricantes de aviación —cilindros, hélices, revestimientos— de todos los rincones del país.
Las demás paredes estaban cubiertas de estantes donde se alternaban toda clase de gafas —de sol, para leer, bifocales, de todo— con pájaros toscamente disecados.
Eran pájaros descoloridos, abultados irregularmente por el relleno sin armazón, los ojos cosidos sin ninguna pericia: lechuzas, azulejos, urracas, gorriones, patos.
Y guías de aves: la antigua de Petersen, Golden , National Geo, Sibley .
Parecía que estuvieran todas las que se habían publicado en el último siglo.
Los hobbies no pierden tirón, dijo el Abuelo. Es un alivio.
Ya te digo.
Repostamos casi como en los viejos tiempos, tirando de la palanca y oyendo la bomba eléctrica y mirando girar los números, los litros.
Con un tubo de plástico transparente comprobé el color de la gasolina y que no contuviera agua ni partículas.
Encontramos seis bidones de veinte litros y también los llenamos.
Encendí el motor. Iba suave, señal de que la gasolina era buena.
Despegamos. El Abuelo dijo: ¡Mira en el suelo!
A las dos en punto. Me ladeé. Al final de la pista pacían tres bisontes, todavía con el pelaje parcheado del invierno.
Los búfalos regresan a sus antiguos dominios, igual que los lobos y los carneros de las Rocosas.
Pero ya no quedan truchas ni alces... He visto águilas pescadoras en el arroyo de Jasper y águilas calvas.
Hay muchos ratones en el mundo, muchos halcones.
Muchos cuervos. En invierno los árboles están llenos de ellos.
¿Qué falta nos hacen los adornos de Navidad?
Hay kilómetros y kilómetros de bosque muerto, pero las píceas están reviviendo, los abetos y los álamos.
Volábamos. El viento nos azotaba y entraba a raudales por el hueco de mi ventanilla.
A la altura de Kremmling, en las colinas lindantes con la cordillera de Gore, había un incendio enorme.
El primero desde entonces. Seguramente cosa de un rayo.
La primera línea de árboles prendió y explotó. Vimos ciervos huyendo ladera abajo.
¡Mirad!, dijo Cima.
Detrás de los ciervos había una osa grizzly. Daba grandes zancadas, descargando todo su peso en las cortas patas delanteras, echando el freno, girándose para intentar guiar a sus dos cachorros aterrorizados. Guiarlos colina abajo.
En el río, en el tramo llano que precedía al cañón, había ciervos nadando.
Me recordó a una pintura que había visto en el museo de historia natural de Denver.
Un grupo de dinosaurios de varias especies, recuerdo el triceratops, huyendo por una rala llanura perseguidos por el fuego, y al fondo volcanes en erupción.
Me pregunté si correrían tan rápido como mamá grizzly o como un ciervo.
El telesilla de Winter Park se mecía. Los árboles nuevos llegaban casi hasta los asientos.
Teníamos suficiente combustible para volar hasta Erie, pero por los pelos.
Quería aterrizar y echar al menos un bidón.
Por si acaso. ¿Por si acaso qué? Pues por si acaso.
Describimos un círculo para aproximarnos a un tramo despejado de carretera al oeste de la estación de esquí.
Aterrizamos, nos detuvimos cerca de los edificios de las afueras de la ciudad.
Estiramos las piernas, vaciamos los bidones de combustible.
Me subí al montante y el Abuelo me los iba pasando.
A setenta metros empezaba la ciudad: un centro recreativo, una gasolinera Sinclair, una horterada de casita de madera oscura: HELGA’S , COMIDA ALEMANA Y LICORES .
Milagrosamente, la ciudad no había ardido.
Cima se quedó inmóvil en la carretera con las manos en los bolsillos de los vaqueros, mirándolo todo.
Todavía parecía impresionada. El mundo más allá del cañón.
El mundo vacío y en llamas. Los edificios intactos eran los que más miedo daban.
Al menos a mí. Porque casi parecían normales, porque despertaban ecos.
Como una campana vibrando mucho después de apagarse el sonido.
Quiero entrar, dijo, señalando el restaurante alemán como si fuera una turista.
¿Ahí?
Sí.
Cuanto antes recojamos el petate y despeguemos, más seguros estaremos. Parece que está vacío, pero nunca se sabe.
Quiero entrar.
Me encogí de hombros. El Abuelo estaba en su mundo, contemplando la cordillera de Gore, los Never Summers ardiendo en la distancia, como transido.
Se puede acostumbrar uno a muchas cosas, pero quizá a esto no.
Así, de pronto. Le silbé para decirle que volvíamos dentro de cinco minutos, cogí el fusil automático y echamos a andar por la carretera deformada por las heladas.
Entre las grietas asomaban matas de hierba y artemisa, pimpollos de álamo.
Las lagartijas salían huyendo a nuestro paso.
Caminábamos de cara al sol que se alzaba sobre las nieves de la Divisoria.
Pese a todo, allí arriba aún quedaba nieve.
¿Te gustaba la comida alemana?
Me sentía como si fuera una cita romántica, por extraño que parezca. El cañón se había mantenido aislado de mucho más que de ese vacío silbante.
No la podía soportar.
Ah.
Me dio la mano. No me voy a ningún lado, Hig, dijo. ¿A dónde me iba a marchar?
A un montón de sitios, pensé, pero no lo dije. Al otro lado, para empezar. O a un lugar muy muy adentro. Hay un montón de sitios a donde los demás no pueden acompañarte.
No dije ni pío. La puerta estaba abierta, no había puerta.
Quizá había acabado en la chimenea, junto con los muebles.
Las ventanas estaban tapiadas con tablones.
Se habían preparado para resistir a los malos tiempos, para proteger el negocio, los ahorros de toda una vida.
Aquellas señales de optimismo, de pertinaz esperanza, resultaban hasta conmovedoras. Entramos.