2 #4
Muy bien, pero entonces ¿qué hacían con los supervivientes cabreados?
Silencio. En cuanto dio el primer paso se oyó la detonación de un disparo que me llenó la cara de polvo de ladrillo. Creí que se lo habían cargado. Cayó de espaldas. Lo agarré a ciegas y lo arrastré hacia mí.
Joder. Estoy perdiendo facultades. Gracias, Hig.
No le habían dado. Jadeaba. Me limpié los ojos.
Eso es lo que hacen, Hig. Acaban con ellos uno a uno. Salen heridos del avión estrellado, aturdidos, sin saber con qué han chocado y ¡pum! O los utilizan para lo que sea. Ahora sí que me han cabreado.
Se desabrochó la camisa de franela remendada, observó el suelo detrás de nosotros y cogió una barra de acero oxidado de algo más de tres palmos. Le colgó la camisa.
Sácala por el borde cuando te diga. A esta altura. Solo tenemos que llegar a ese edificio de ahí. No te muevas hasta que te lo diga. Corrió el cerrojo hacia atrás, comprobó que tuviera una bala en la recámara, se agachó. Tres dos uno, ¡ahora!
Mostré la camisa, se oyó un disparo, el silbido de la bala, y él ya no estaba.
Esprintaba hacia aquella puerta trasera como un jugador de fútbol americano, fintando y zigzagueando, y dos disparos más dieron en el asfalto detrás y delante de él.
Consiguió llegar al ángulo muerto del edificio, al lugar donde ya no lo podían ver desde arriba, y siguió andando hasta la puerta.
Se giró y levantó el pulgar antes de abrirla de un tirón y desaparecer.
Joder con el Abuelo. Ojalá yo pudiera correr así cuando tuviera...
¿cuántos años?... mi edad. Nunca he corrido tanto.
Coño. Retiré la camisa. Tenía un buen agujero en la parte de abajo, repetido en tres pliegues.
Un tiro a las tripas. Ay. Esperé. Un minuto, dos, empecé a contar como cuando estaba con Bangley.
Al llegar a doscientos empecé a preguntarme qué estaría ocurriendo.
Doscientos veintitrés: un disparo. Se oyó en todo el aeropuerto como una campana.
Un único tañido. Resonó y se apagó. Era el .
308 del Abuelo. Conocía su sonido. Medio minuto después se abrió la puerta trasera del FBO con un chirrido y el Abuelo me hizo una señal.
Eché a correr. Levantó la mano y dio unos golpecitos en el aire como diciendo No hay prisa, tranquilo .
¿Qué cojones? ¿Qué ha pasado?
Un panoli, eso es lo que ha pasado. Las ventanas de la torre tienen cristal antibalas.
Se los pusieron después de los atentados del 11 de septiembre.
Pero tienen que disparar por algún lugar, así que tienen troneras, como en un viejo fuerte.
Nada más entrar al edificio me di cuenta de que tenía todo el tiempo del mundo para preparar el disparo.
Lo miré fijamente.
¿Te lo cargaste por una tronera? ¿A través de su mira?
Negó con la cabeza. No. Resulta que tienen dos troneras: una más o menos a la altura del pecho, para los disparos largos, y otra más baja para girar el arma y cubrir la base de la torre. Él miraba por la de arriba y le disparé por la de abajo. ¿Quieres volar la puerta, subir y hacerle una visita?
Joder con el Abuelo.
Le frió la entrepierna, a quien estuviera allí arriba. Por un agujero de diez centímetros.
Ya lo creo. Fuimos hasta la base de la torre y nos detuvimos ante la gruesa puerta metálica pintada de verde. Abrió la cremallera de una riñonera grasienta, sacó dos cartuchos de dinamita y los ató con cinta plateada.
Los guardaba para una ocasión como esta.
Los pegó a la pesada puerta de metal, por el lado de las bisagras, cerca del suelo, prendió la mecha y se alejó corriendo.
Para mayor seguridad nos pusimos a cubierto en el Jet Center.
Se oyó la explosión. Una lluvia de trocitos de asfalto golpeó las ventanas y me recordó a un camión circulando por un camino de grava.
La puerta quedó colgando de la bisagra superior, torcida, como un triste metrónomo oscilando entre hilachas de humo.
El Abuelo se detuvo en la entrada como un mensajero indeciso.
Dame tu arma, me dijo. ¿Te importa?
Se la di, él me dio la suya.
Esta irá un poco mejor para lo que vamos a hacer.
En un acto reflejo tiró hacia atrás la palanca de carga, se cercioró de que había una bala en la recámara y se puso en plan de comando al ataque.
Se notaba que no era la primera vez. Qué ganas tenía de que conociera a Bangley.
En eso pensaba, y mientras me divertía imaginando las presentaciones el Abuelo ya había subido el primer tramo y seguía subiendo, con el arma al hombro, apuntando por el hueco de la escalera con los dos ojos abiertos.
Los escalones eran de acero recubierto de cemento y nuestros pies apresurados les arrancaban un sordo tong tong .
Había cinco pisos. Al llegar a cada uno de ellos me decía que me quedara en el rellano, cubriendo el hueco de la escalera, y entraba por la puerta.
Tras un rápido registro de cada planta continuábamos subiendo.
Se me acercó al oído y me dijo entre jadeos roncos:
Te va a encantar la decoración.
Me lo podía imaginar. La puerta de arriba, la de la sala de control, estaba cerrada.
Desde luego. Disparó en la cerradura y entramos, pero el hedor nos echó para atrás.
Me dieron arcadas y escupí. Había gatos por todas partes, enloquecidos por los disparos, corriendo sobre los teclados de los radares y los paneles de comunicación con el lomo arqueado y el pelo erizado, bufando frente a las pantallas negras, muertas.
Calicós y negros, siameses de ojos azules.
El aire apestaba a meados de gato y la luz filtrada por las ventanas tintadas de verde creaba un ambiente de acuario.
En el lado oeste, por donde habíamos entrado y donde esperaba encontrar al tirador desplomado detrás de las ventanas saledizas, había un hombre ahogándose, llorando, sujetándose las tripas desparramadas por el suelo.
La sangre le corría por la espalda, formaba un charco y surcaba el suelo como un arroyo sinuoso.
Era un hombre mayor, más viejo que el Abuelo.
Tenía una barba blanca, pelo entrecano y largo, apelmazado y empapado de la sangre que corría por el suelo de acero pintado.
Sería el de la primera llamada, la que había oído hacía años.
Llevaba tirantes. La gorra había ido a parar al centro de la sala y tenía estampadas en amarillo las palabras PEORIA JET CENTER « SERVICE IN THE HEARTLAND » .
A la náusea se unió la carne de gallina.
Cabrón. Aquella gorra sería de alguien que había venido al oeste desde el centro del país huyendo de la gripe y había chocado con el cable de este hijo de perra.
No muy lejos de la gorra estaba el fusil, un AR -10 con un cañón largo.
Los gatos alargaban sus maullidos asustados, como en la sala de espera de un veterinario.
El viejo se atragantaba, gorgoteaba y sollozaba.
Uno de los gatos más atrevidos lamía el riachuelo carmesí.
¡Samuel! Un grito frío. ¡Sammy, Sammy, mi Sammy!
Pegué un salto. En la esquina —en realidad no había esquina, la sala era octogonal, toda esquinas—, en el lado oriental había una mujer mayor junto a un catalejo montado sobre un trípode.
Una viejecita de lo más simpático e inofensivo, con su moño y su vestido de algodón con un estampado de florecitas azules.
Os lo juro. Llevaba gafas redondas de montura metálica.
Parecía la bibliotecaria de un colegio, una abuelita cariñosa, la cara de la etiqueta de un tarro de mermelada.
Estaba erguida, apoyada contra una pantalla de navegador, detenida en plena carrera hacia el que debía de ser su marido, con las manos arañando el aire delante del pecho y la boca abierta en un grito.
El Abuelo le disparó en la frente. Veinte gatos se pusieron a brincar como locos por la torre y luego se quedaron congelados en diversas posturas de arqueado terror.
El nivel de decibelios en la sala resonante descendió a la mitad.
Ahora solo se oían los gatos y el viejo.
El Abuelo se le acercó y se agachó.
Termina , dijo el viejo con voz asfixiada. Los ojos, entelados como huevos escalfados, flotaron hacia arriba. Dispara , suplicó.
El Abuelo dijo: Cómo hacemos saltar el cable.
¿Gué...? Se atragantó con un borbotón de sangre.
El cable. ¿Cómo lo hacemos saltar?
A guedro .
¿La retro?
El viejo vomitó afirmativamente.
Combustible. ¿Dónde está el combustible? ¿Tenéis cien de poco plomo?
Dispara por fa ...
¿Dónde está?
Deposdo ezde.
¿Depósito del este?
Sí .
El Abuelo tiró de un manojo de llaves que colgaba del cinturón del hombre.
¿Esta es la llave?
Ayyyy.
¿Esta es la llave? ¡Di!
Sí .
Vete al infierno.
El Abuelo le disparó. A mí me dieron arcadas.
Miré por la ventana antes de huir de los gatos, de la peste.
El techo del Jet Center estaba cubierto con paneles solares.
Como Erie. Así bombeaban el agua, el combustible, de ahí sacaban la energía para las radios y el faro.
Los surtidores de gasolina del este estaban ahí abajo, a menos de cien metros.
Un blanco fácil desde aquí, así es como los protegían.
¿Y los supervivientes? ¿De alguno de aquellos aviones estrellados?
Podían liquidarlos desde lejos, o la abuelita podría haber ido a su marca como una actriz, haberlos saludado como una abuelita preocupada y haberles hecho señas para que fueran hacia ella. Lo tendrían chupado. Joder.
Antes de marcharnos de la torre el Abuelo me propuso entrar en el apartamento de la tercera planta. Le dije que no quería verlo. Él me dijo que sí que querría. Por la escalera empezaban a bajar unos cuantos gatos. Lo seguí.