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Todo correcto, todo perfecto, según las reglas, como antes.
Dicho con naturalidad. Como si fuera un día cualquiera en el antiguo aeropuerto.
No tengo palabras para describir el efecto que esa evocación de la normalidad tuvo en mi espíritu.
Como si fingiendo que el aeropuerto funcionaba como siempre también pudiera crear la ilusión de que mi mujer y mi perro seguían vivos, de que ella estaba de siete meses y los dos me esperaban en la cordillera Frontal y yo estaba a punto de tocar tierra después de un vuelo de tres horas, no de uno que había durado nueve años y era solo de ida.
Pero lo raro tampoco era aquello. Era el faro.
Casi todos los aeropuertos con pistas de asfalto tienen, tenían, un faro giratorio verde y blanco.
Lo había visto centellear desde quince kilómetros de distancia y no le había dado ninguna impor tancia.
Y luego, estando a diez, volví a verlo brillar, latiendo como el corazón de un ente vivo, y aquella discordancia —la ciudad calcinada en el fin del mundo conocido y la luz viva, palpitante, la voz de la controladora transmitiendo órdenes rutinarias— acabó por despertar mi atención y se me erizó el vello de la nuca.
No sabría decir por qué, salvo que resultaba extraño, como mínimo, que tuvieran energía.
¿Pero por qué no iban a tenerla? Nosotros teníamos en Erie.
Muchos aeropuertos habían reforzado el suministro eléctrico con energía solar y eólica...
O que el faro no debería estar funcionando a plena luz del día, en condiciones VFR .
No sé por qué, solo sé que algo me puso en alerta.
Alineé el avión. Giré veinte grados a la izquierda y lo enderecé para la aproximación final y allí estaba la larga pista para jets, extendiéndose de este a oeste ante nosotros, como una visión.
Y en buenas condiciones. O al menos lo parecía desde arriba.
No se veía desgastada, agrietada, llena de baches, como todas las demás pistas al este de las montañas.
Alguien se había molestado en cuidarla. Por lo menos era la impresión que daba a kilómetro y medio de distancia y descendiendo.
Tiré del acelerador, configuré veinte grados de flaps y dejé que el avión descendiese a quinientos pies por minuto.
La Bestia parecía respirar aliviada por este regreso al antiguo protocolo. Os juro que tiene alma o mente o algo.
Y mientras descendíamos lentamente y la pista se iba ensanchando y alargando y se elevaba para recibirnos, vimos filas de hangares, algunos derruidos, otros con los tejados medio arrancados por el viento.
A nuestra izquierda estaba la torre de control, las ventanas saledizas, con cristales antibalas tintados de verde.
Se veían aviones destrozados, unos cuantos a cada lado de la pista, un gran jet al fondo.
Los había en todos los aeropuertos: aparatos anclados a la pista, castigados por la intemperie, que acababan soltándose y rodando, pero... Entonces caí. Como de un quinto piso.
Estaba como a treinta pies del suelo. Había apagado el motor, la hélice estaba a máxima potencia, había hecho todo lo que hay que hacer en los últimos momentos y me estaba preparando para tirar del volante e iniciar la recogida para tocar tierra con suavidad y... Caí.
El faro, la torre: los aviones destrozados estaban calcinados como los coches.
Fue un fogonazo, un pensamiento que no llegó a cristalizar, no hubo tiempo.
Fue solo el impacto de una imagen: los aviones quemados y destrozados.
Distintos de los de Erie. Distintos de los de Denver, de los de Centennial, que eran aviones viejos arrancados de sus anclajes y volcados por el viento.
Estos se habían estrellado con el motor encendido.
Tiré del volante, pero no para iniciar la recogida.
Pegué un tirón y empujé con fuerza el acelerador hacia el panel y el motor arrancó y chilló y apagué la calefacción del carburador de un manotazo a la palanca y la Bestia se encabritó dando una sacudida.
Volvimos a elevarnos de la pista con un ángulo incluso más pronunciado que una hora y media antes, al despegar en la pradera. Los corderos se pusieron a gemir.
Miré por la parte baja de la ventanilla, por la cúpula de plexiglás, y en ese mismo instante surgió el cable, se tensó. A poco más de diez pies de las ruedas. Saltó como el resorte de una trampa, que es lo que era.
¡Hostia puta!
Menuda sangre fría, cabronazo . Era la voz de Bangley. Una de esas raras ocasiones en que me daba su aprobación. Y en ese mismo momento miré con el rabillo del ojo la aguja del combustible y vi que nos quedaban ocho litros. Diez minutos como máximo. Mierda.
Viré a la izquierda para volver atrás y echar un vistazo, tenso, esperando que nos disparasen desde tierra.
Hostia puta . Era el Abuelo. Un cable . Había dejado el cordero en el suelo y había cogido el arma y ahora observaba los hangares, los escombros.
El cable estaba en el último tercio de la pista, a unos diez pies del asfalto, tensado por dos brazos de acero articulados hacia abajo como picos de garzas diabólicas.
El cable estaba pintado de negro como el asfalto, pero vi claramente su sombra y luego el cable maligno. No hubo disparos. Giré el cuello.
¿Abuelo?
Eso es todo, gritó. Era su única artimaña.
¿Vamos?, le pregunté con otro grito.
¿A cargárnoslos? Ya estamos tardando.
¿Cima?
Parecía confundida, como si todavía estuviera mareada y no comprendiese las implicaciones de lo que acababa de ocurrir. Asintió con la cabeza.
No tenemos muchas más opciones, grité. Casi no nos queda gasolina.
Viré bruscamente y descendí para aterrizar de nuevo.
Esta vez no me acordé de la lista de verificación, solo pensaba: ¡Qué hijoputa, qué hijoputa!
¡Voy a por ti! Aquella traición era como un puñetazo en las entrañas.
Todos esos años pensando en la llamada de radio.
La esperanza que había engendrado. Estaba ciego de rabia.
Iba como con el piloto automático. Me ladeé y descendí y toqué tierra unos treinta metros más allá del cable. El Abuelo se inclinó hacia delante y dijo:
Sigue rodando. Ahí. Aparca detrás de ese edificio, el segundo al oeste de la torre.
Seguí circulando rápido. La radio crepitó. Buen aterrizaje , dijo la voz que ya no parecía la de una abuela simpática. Ahora sonaba irritada y dura. Y luego una risa, como un trozo de metal arrastrándose por el asfalto, fuerte y sostenida. Felicidades. Eres el primero .
No le contesté . Giré a la izquierda para entrar en una calle de rodaje ancha, nos puse a cubierto donde había indicado el Abuelo y apagué el motor.
Estábamos en la fresca sombra de la Escuela de Aviación de Big River y Centro de Servicio Cessna Autorizado, tan cerca de la pared que no veíamos la parte superior de la torre y ellos, quienes fuesen, no nos podían apuntar.
Me bajé, eché el asiento hacia delante para que el Abuelo pudiera salir.
Un grillo chirriaba con fuerza en la base de la pared.
Cima no se movía. No se había desabrochado el cinturón.
No supe qué decirle, nunca la había visto así.
Parecía en estado de shock. Lo estaba. Di la vuelta hasta su puerta y la abrí.
Estaba apoyada en el cuadro de mandos, la mano sobre el manómetro de presión de aceite.
En el brazo, un cardenal nuevo. Se volvió. Tenía los ojos llorosos.
No solo es por la vileza de la trampa. Eso también. Es por la ciudad.
Asentí. El Abuelo y ella se habían retirado del mundo antes de que los incendios lo arrasaran todo.
Llegaron a ver lo suficiente, lo suficiente para huir, pero no el derrumbamiento total.
No lo que yo había visto todos los días desde el aire.
Lo que nos visitaba por la noche a Bangley y a mí.
La ciudad carbonizada y todo lo que eso suponía.
¿Quieres esperarnos aquí?
Asintió en silencio.
Está bien.
Volví a dar la vuelta, alargué el brazo por encima de mi asiento, saqué el Uzi de su soporte y se lo di.
Si ves a alguien que no sea tu padre ni yo, dispárale. Está cargado.
Vaciló, asintió, cogió el arma.
Quité el fusil automático de su soporte.
También cogí la radio portátil. La encendí y la sintonicé en el 118.
1, la torre. A veces es buena idea hablar con tu enemigo, aunque no siempre.
Bangley me había enseñado el valor de la desconfianza, y también el de una potencia de fuego apabullante.
De debajo de uno de los corderos saqué la bolsa donde había metido las granadas, le hice un gesto al Abuelo y rodeamos la esquina sur del edificio.
Yo lo seguía. Se arrimó a la pared para que no nos vieran desde la torre.
Al llegar a la siguiente esquina, antes de cruzar la rampa en la que antiguamente se amarraban las avionetas y donde quedaríamos a la vista de quien estuviese ahí arriba, nos paramos.
Había unos cincuenta metros hasta el siguiente edificio, un edificio de ladrillos de una sola planta, las oficinas del FBO , con un hangar adyacente por detrás.
Veíamos la parte trasera del hangar: una hilera de ventanas oscuras, en su mayor parte intactas, y una puerta metálica hacia el final.
Esa señora parecía mi abuela, Hig.
¿Y qué?
Le vamos a dar para el pelo, a ella y a quien nos encontremos. Sin preguntas. Me miró.
Asentí con la cabeza.
Esos cabrones te han atraído con engaños. ¿Has visto todos esos aviones estrellados? ¿Cuántos crees que se han cargado?
Muchos. Un montón. Es la pista de aterrizaje más grande entre Denver y Phoenix, en la ruta a Los Ángeles.
Apoyó la espalda en los ladrillos.
¿Por qué?, dijo.
¿Por qué hacen esto?
Por el combustible seguro que no. La mitad de los aviones ardieron. Y por la puta carne tampoco. A menos que les guste el carbón.
Habría supervivientes. Quizá algunos no resultasen heridos de gravedad. Y a veces no arderían. No del todo, a veces nada. Habría provisiones, comida, armas. Corderos. ¡Beeeee!