La constelación del Perro 2 #2
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Cruzamos el gran río y vimos al Abuelo sentado en su mochila, como un autoestopista cualquiera al borde de una asoleada carretera del desierto.

Tenía un aire resuelto y a la vez obstinado, allí pegado a su larga sombra, con el rifle entre las rodillas como el báculo de un acólito.

Y eso es lo que era: estaba centrado en su misión, consagrado ya a su nueva vida.

Si lográbamos alcanzarla. El pañuelo flotaba en la señal de milla indicando apenas la brisa de una tranquila mañana de verano.

Viré a la izquierda y aterricé y frené para detenerme justo delante de donde estaba sentado.

Se subió y se sentó detrás de su hija. El arca de Noé, dijo mirando a los corderos. Y nada más. Cima cerró la puerta, la bloqueó y despegamos en dirección oeste hacia Grand Junction.

Pasaba algo raro. No diría que algo malo porque las señales no eran evidentes.

La primera llamada la hice a quince kilómetros al este.

Habíamos superado los últimos despeñaderos de Grand Mesa, ese gran altiplano con pinta de haber sido una península en una costa de aguas someras infestadas de plesiosauros.

Un afloramiento rocoso de cien kilómetros de longitud que se perfilaba contra el cielo.

Lo recorrían franjas purpúreas de acantilados y lo coronaban bosques de álamos.

En verano, los helechos llegaban hasta la cintura y se sucedían los lagos oscuros y las represas de castores.

Melissa y yo habíamos compartido algunas de nuestras mejores acampadas allí arriba.

Una vez plantamos la tienda al borde de un lago durante una semana, no había carreteras en kilómetros a la redonda y las truchas prácticamente saltaban a nuestra sartén.

Aquella zona ya la habíamos dejado atrás volando a poca altura, por debajo del borde de los acantilados para ahorrar combustible, con el viento cálido entrando a raudales por el marco vacío de la ventanilla que el Abuelo se había cargado.

Y entonces apareció Grand Junction, asentada sobre dos ríos y desparramada por las colinas del desierto.

Una gran ciudad polvorienta que se extendía hasta la escarpadura de Book Cliffs , por el norte.

Allí estaban las autopistas, las calles, las urbanizaciones, las calles sin salida, los techos planos y lisos de los hipermercados, los inmensos aparcamientos.

Estaba la zona industrial que seguía el río Colorado, las vías del tren, la falange de almacenes.

Los álamos trufaban la ciudad. Muchos de los árboles viejos plantados en las calles y que dependían del riego estaban muertos, como esqueletos, pero muchos otros tenían raíces profundas y marcaban las vías públicas con rayas y puntos de un verde violento, como una especie de código Morse.

Las copas de los álamos aún daban sombra a los parques situados a la orilla del río, algunos de los más grandes y viejos apenas sobrevivían a la sequía, medio muertos, todavía revestidos de hojas por un lado.

Y el fuego. Ni un solo rincón de la ciudad seguía intacto.

Como si hubiera sido el fuego y no la gripe lo que había asolado la ciudad.

Daba la impresión de que todos los coches habían quedado calcinados: aparcados en fila en calles secundarias, en los aparcamientos de los centros comerciales, en las autopistas, donde formaban un amasijo tan caótico que parecían palillos de mikado arrojados por un gigante.

Había barrios enteros quemados hasta los cimientos.

Otros parecía que los hubieran derretido para luego dejarlos enfriar, como un chef al glasear una crème brûlée .

El olor dulce y negro de las brasas me impregnaba las fosas nasales, aunque no estoy seguro de si nos llegaba el olor de la ciudad, a mil pies por debajo de nosotros, o era aquella visión la que lo producía.

Y así como había árboles esqueléticos, también había huesos humanos.

Yo los vi. En realidad ya no eran esqueletos, porque faltaba el tejido conjuntivo, sino los huesos de los muertos tirados por todas partes, apilados por los depredadores y esparcidos por los carroñeros.

Montones tan grandes que se veían desde el aire.

Cima vomitó. Por la imagen de la ciudad destruida.

Abrió la ventanilla a toda prisa, sacó la boca por el hueco y roció todo el cristal trasero.

Aquella era la ciudad a la que iban para hacer las compras grandes: el hipermercado, los recambios de coche y las herramientas para la granja.

Aquí venían al cine los fines de semana si lo que daban en Delta no les interesaba.

El rancho quedaba casi a medio camino entre las dos ciudades.

Ella no había visto el final. El Abuelo y ella se marcharon cuando la cosa empezaba a ponerse mal de verdad.

Cuando aún había informativos en la televisión, cuando los presentadores parecían cada día más agotados, y luego también asustados, y luego aterrorizados al ver que sus compañeros caían en los hospitales y en las improvisadas salas dedicadas a la gripe, o que simplemente no se volvía a saber de ellos y se daba por hecho que estaban enfermos o muertos, y ya solo quedaban los últimos presentadores y los corresponsales colocaban las cámaras en trípodes para grabarse a sí mismos en crónicas cada vez más frenéticas.

Y al final, quedaban interrumpidas por el caos.

Me acordé de ellos. Porque al final no les quedaba otra cosa que hacer: informar valientemente, como la orquesta que toca en la cubierta del barco que se hunde. Era aquello o marcharse a casa a morir.

Fue por aquel entonces cuando Cima y el Abuelo decidieron marcharse del rancho y cargaron el remolque para ganado y engancharon detrás otro para el quad, y cogieron la autopista en medio de la noche, con una docena de vacas, otras tantas ovejas, dos caballos de monta, dos ovejeros australianos y provisiones.

Y en los veinticinco kilómetros que los separaban de la carretera del cañón el Abuelo salió por las malas de tres emboscadas con barricadas, y en los bosques de cedros de las colinas les disparó a tres putos pirados, obstáculos todos ellos con los que ya contaba y que no le costó mucho superar con sus armas; pero se cargaron a uno de los caballos y a dos de las ovejas que iban en el remolque, y así era más difícil imaginar que llevaban el rebaño a los pastos de verano como en cualquier mañana normal de principios de mayo.

Recorrieron los diecinueve kilómetros hasta el cañón, él a caballo y ella condu ciendo el quad, que llevaba un pequeño remolque cargado de herramientas y suministros.

Ella habría preferido montar, no se sentía cómoda en los quads, pero él era un maestro guiando el ganado a caballo y, además, los perros estaban acostumbrados a que él les diera órdenes desde la silla.

A la mañana siguiente desanduvieron el curso del arroyo y el Abuelo voló con dinamita el único vado que lo atravesaba, con lo que dejó el camino impracticable, salvo a pie o a caballo, y solo con el caudal bajo.

Borraron sus huellas lo mejor que pudieron y las destruyeron a conciencia en los tres últimos kilómetros de la pista antes de dejarla para bajar por el sendero del cañón. Les llevó todo el día. Y dos días después, gracias a Dios, se puso a diluviar.

Todo esto me lo había contado Cima en las tres últimas semanas. Así que entendí la impresión que tuvo al ver Grand Junction. Una cosa era perder de vista el mundo que habías conocido hasta entonces y otra ver, incluso oler, tu antiguo barrio convertido en osario y campo de la muerte.

Aunque había vomitado por la ventanilla y solo había manchado el cristal trasero, el avión apestaba.

Le pasé una botella de agua que siempre llevaba entre los asientos y eché un vistazo rápido al Abuelo para ver si le afectaba el olor o lo que veía allí abajo.

En los barcos y en los aviones siempre pasa igual: los pasajeros no se encuentran muy bien, uno vomita y se produce una reacción en cadena.

Pero él parecía un Buda sentado con un cordero en el regazo y una manaza apoyada en el hombro de ella, el rostro impasible y duro, mirando por la ventana y sin perder detalle.

Esto es lo que dejasteis atrás, pensé. La confirmación de la decisión que tomasteis al marcharos aquella noche.

Confirmación y horror. A veces tener razón no sienta tan bien como uno esperaba: cuántas veces en los últimos años había pasado por el amargo trago de ver que tenía razón en algo que... , en fin, que no quieres ni mirar.

Pero lo que pasaba, lo raro, no era la ciudad quemada y devastada, ni los focos de verdor de los árboles.

Ya estábamos a solo diez kilómetros. Volaba a novecientos pies del suelo y me dirigía al aeropuerto, a la torre, desde donde tres años antes me había llegado la señal, el principio de un mensaje.

Marqué la frecuencia —aún la conservaba en el GPS — e hice una segunda llamada.

Torre de Grand Junction, aquí Cessna seis tres tres tres alfa seis sureste y cinco mil ochocientos solicita permiso para aterrizar .

Lo repetí. Entonces, el milagro: parásitos. Un fuerte estallido de nieve acústica. Ajusté el silenciador, emocionado, y volví a llamar.

Aquí Cessna seis triple tres alfa...

El sonido no era impecable, pero ahí estaba. ¡Ahí estaba! Una voz de mujer. Quizá mayor, un poco áspera. Quizá hasta simpática, amable.

Cessna seis triple tres alfa, viento dos cuatro cero a las cinco, realice un acercamiento directo, pista dos nueve lista para aterrizar.