La constelación del Perro 2
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E l Abuelo se fue antes de que se hiciera de día. Sin ceremonias ni sentimentalismo. Contempló el cañón por última vez, las últimas parejas de vacas y becerros, las ovejas y corderos, cogió una mochila ligera, su fusil, y sin decir palabra echó a andar río abajo y cruzó la cerca de maleza.

Abandonó todo lo que había sido su vida. La vida de su linaje, de su padre y su madre, del padre de su padre. La vida que llevaba en la sangre. Cerró la puerta y se alejó.

El pequeño rebaño pacía entre la hierba alta. Tres corderos sacudieron la cabeza y las orejas y siguieron pastando. Uno le dio un golpecito en las costillas a su madre para que le diera de mamar. Sus vidas estaban a punto de cambiar. Sería un milagro que alguno de ellos sobreviviera al invierno.

No sé, quizá unos diez kilos.

Veamos. ¿Tienes una niña y un niño?

Sonrió. ¿Un macho y una hembra? Sí.

Como el Arca. Vamos allá.

Envolvimos a uno de los pequeños con un cabestrillo que habíamos hecho con una camisa y comparamos su peso con el del cubo.

Se balanceó debajo de la rama con las orejas caídas, las piernas estiradas con las pezuñitas negras brillando en los extremos y una mirada de desconcierto en la carita.

Vacié el cubo hasta que se equilibraron. Unos ocho kilos.

Bien, nos los podemos llevar. Sin tu padre no creo que haya problema para despegar.

¿No creo?

Algo de suerte sí que vamos a necesitar. Hemos igualado la pista, hemos cortado los árboles del fondo. Según el manual nos faltan treinta metros, pero no saben quién es la Bestia.

Asintió con un gesto breve y miró el prado, el cañón. Ojalá supiera pintar..., estaba bellísima. No ella sola, sino el momento. El reflejo oscuro del verde en sus ojos violeta, y pensé: Si mañana por la mañana nos estrellamos y ardemos, pues bueno...

Encendimos un último fuego en la oscuridad, contemplamos por última vez las llamas oscilantes que iluminaban el muro de roca.

Comimos venado con patatas y verdura, nos tomamos la infusión.

Al apagarse, el fuego soltó un silbido y una vaharada de vapor.

Oímos el mugido de una vaca, el susurro de las hojas.

La tarde del día anterior lo habíamos cargado todo menos los corderos.

Cima durmió al raso con sus animales, escuchándolos pacer a su alrededor.

Echamos a andar río arriba llevando a los dos corderos con cuerdas de bramante, los cogimos para subir por el árbol que había junto al reguero de la cascada.

Se retorcían, balaban. Dos madres respondieron, siguieron los gritos hasta el final del campo, confundidas.

La tristeza de nuestro mundo subyace a todo como una corriente subterránea.

Volvimos a dejar los corderos en el suelo.

Al vol ver a sentir la tierra bajo las patas se quedaron tiesos, examinando la vida desde esta nueva altura. Y nos siguieron a trompicones.

Andar con un cordero atado no tiene nada que ver con llevar a un perro con una correa.

Era una conversación constante, una discusión.

Un tira y afloja con sus concesiones, sus capitulaciones repentinas, su tozuda obstinación.

Ellos se resistían, nosotros tirábamos. Nos adelantaban brincando y corríamos tras ellos para no perderlos.

Era imposible no reírse. Era la mejor forma de abstraerse de nuestras emociones, de todo lo que significaba abandonar aquel lugar.

Al final cogí a mi cordero y lo llevé a cuestas.

Una vez en la Bestia, Cima les amarró las patas como una auténtica experta y los acomodamos entre el equipaje, detrás de los asientos.

Subimos al avión, nos pasamos los arneses de seguridad por los hombros y nos abrochamos las hebillas de acero a la cintura.

Le di la carpeta con las listas de verificación.

Serás la copiloto. Últimamente no tenía.

Cebé el motor tirando de la dura palanca, escuché el ruido de la gasolina llenando el carburador y volví a empujar el cebador.

Repetí. Encendí el interruptor general. Se oyó el zumbido del giroscopio al dar vueltas.

Giré la llave en el contacto, empujé el acelerador un centímetro hacia delante, puse los pies en los frenos y pulsé el botón de arranque.

Un par de toses, dos vueltas de la hélice y le di gas, y la Bestia arrancó y rugió y tembló.

Temblamos todos: yo, Cima, los corderos.

Las avionetas se exaltan al arrancar. Son como un auditorio completo aplaudiendo de pie.

Grandioso y un poco intimidatorio. Tiré del acelerador para poner a la Bestia al ralentí y reducir aquel ruido, aquella impetuosidad, para que temblase en vez de agitarse.

Dejé que se calentase un poco el motor, comprobé que el indicador de la presión del aceite bajaba hasta la zona verde.

Bueno, grité, vamos a repasar la lista de antes de despegar.

Tenía que gritar porque ya solo llevaba conmigo unos auriculares. ¿Para qué iba a llevar otros? A Jasper no le hacían falta.

Rueda del estabilizador vertical en posición neutra.

¡Comprobado!

Alinear indicador de rumbos.

¡Comprobado!

Subir a mil setecientas revoluciones.

¡Comprobado!

Magnetos.

Calefacción del carburador.

Cebador dentro y bloqueado.

¡Comprobado!

Todo tomaba impulso a medida que se iba calentando el motor, en el analizador de motores subían las columnas digitales de todos los cilindros, la presión del aceite bajaba...

y mientras tanto el motor rugía, el avión temblaba, todo estaba listo para el momento crítico del despegue.

Me encantaba. Tanto como el vuelo en sí, era aquella expectación de estar otra vez en el aire lo que me incitaba a repetir una y otra vez, siempre que podía.

El termómetro exterior marcaba once grados.

Estupendo. Tiempo fresco y agradable. Aire más pesado.

Solté los frenos y la Bestia empezó a rodar.

Guiándola con los frenos, la llevé dando tumbos por el matorral hasta la pista recién despejada, luego la dirigí hacia el extremo este y la hice girar en el círculo que habíamos limpiado de maleza.

Quedó orientada hacia el oeste. El sol quedaba a nuestra espalda y dibujaba largas sombras con los arbustos.

El amanecer del altiplano, acre y fresco.

Frente a nosotros, al otro lado del prado, los cedros que eran nuestra barrera, el listón que había que superar.

Cima levantó el pulgar para animarme. Comprobé la rueda del estabilizador por última vez, empujé el acelerador hacia el panel, le eché un ojo a la presión del aceite, la Bestia rugió, se puso a temblar. Grité: ¡Dios es grande! Solté los frenos.

No sé por qué grité aquello. Podrían haber sido mis últimas palabras.

No es que tuviese la yihad en mente, lo que pensaba era: Hig, esto no lo probaron nunca los tíos de las batas blancas de Cessna.

Seguramente no se imaginaron que ochenta años después existiría un mundo en el que su avión serviría de arca de Noé para unos corderos.

La Bestia rodó, rompió la inercia, casi contra su voluntad al principio, demasiado despacio, y me cruzó la mente un pensamiento: ¡Es imposible!

Y entonces dio un salto, empezó a recoger pista como un pescador que enrollara el sedal, los árboles del fondo se acercaron, se hicieron más oscuros, más grandes, y casi a mitad de camino noté que se levantaba del suelo, el momento de la elevación, y empujé el morro hacia abajo con todas mis fuerzas: ella quería despegar, subir, pero la obligué a esperar, la mantuve a tres pies de la pista aprovechando al máximo el efecto suelo para ganar velocidad.

Nos lanzamos así, apenas separados del suelo, y entonces Cima gritó, los primeros árboles parecían una valla publicitaria que se nos echaba encima, y levanté la palanca de los flaps y tiré del volante, o más bien lo dejé subir hasta mi pecho, y la Bestia se enderezó, el morro brincó, el avión se encabritó como si se elevase hacia el cielo en vertical, yo solo rezaba: Por Dios, no entres en pérdida, y la alarma de pérdida aullando, la aguja del anemómetro rondando los sesenta, la alarma, el agudo balido de los corderos, los extraños pensamientos que te asaltan cuando todo es incierto: los putos corderos balan en el mismo tono.

En el puto tono de la alarma de pérdida. Suena como su madre.

Cima no. Solo gritó una vez. Volví a empujar el volante hacia delante, bajé el morro casi hasta nivelarlo, recé para que no tardáramos demasiado en alcanzar suficiente velocidad y enseguida la Bestia lo logró, acelerando como una golondrina que baja en picado después de un viraje brusco hacia arri ba para atrapar un bicho, y volamos nivelados a ciento cinco, bajé la vista hacia los árboles y pensé: Los hemos salvado por dos pies.

No fue un despegue ortodoxo. No seguí las normas ni siquiera para una pista corta y blanda. Seguramente, desde la pradera nuestro vector se vería así:

¡Qué alegría estar vivo! Dejé escapar un grito.

Los enebros pasaron por debajo de nosotros como una exhalación.

La Bestia superó la siguiente colina cincuenta pies por encima de los árboles, parecía tener voluntad propia, como una alfombra mágica.

Ya del otro lado se deslizó hacia abajo.

Así pasábamos al siguiente sueño. Cima estaba radiante, como una niña pequeña que ha sobrevivido a la montaña rusa de agua. Se me arrimó y me pellizcó el brazo.

¿Lo ves? Estamos vivos. ¡Así se hace!

Estamos despiertos.

¡Qué cosas más raras dices!

Hasta los corderos se habían contagiado del espíritu imperante.

Ya no lloraban, sacaban las cabecitas entre las mochilas y seguían la conversación, como dos inocentes auxiliares de vuelo de orejas caídas.

Que ellos supieran, todo aquello no era más que el siguiente paso en el ciclo de la vida de una oveja.