La constelación del Perro 1 #6
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Me quedé helado. Miré al Abuelo, que se giró educadamente con una expresión vacía y se puso a observar la pared del fondo de la quebrada mientras daba un sorbito a la infusión.

Otra vez:

Relájate, anda. Las chuletas estarán enseguida.

Suspiré, me giré yo también y me puse a observar la pared que tanto interesaba al Abuelo. ¿Los brazos en su sitio? ¿Hig? Sí, sí. ¿Y las piernas? Sí. Pues qué más quieres. Date con un canto en los dientes.

Tenía ganas de llorar. El humo me daba en la cara y lo aproveché para disimular. Así están las cosas, pues.

Después de desayunar en silencio, de masticar en silencio, me llevé los platos al arroyo como siempre: tres platos, tres tazas, tres navajas plegables, tres tenedores, el tenedor largo.

Esperé a que el fuego limpiara la parrilla.

Esparcí la arena fina sobre los platos esmaltados y froté para quitar la grasa.

Céntrate en lo que estás haciendo, Hig, concéntrate.

El agua. Parecía templada. Más caliente.

Era una pena, era una mierda. Hundí los dientes de los tenedores en el fondo de guijarros y los limpié con los dedos.

Joder. Respiré. Cuando terminé lo dejé todo en la mesa de tablones para que se secara.

El Abuelo pasó a mi lado con la pala y el fusil colgado al hombro.

Voy a la carretera, dijo. El día que nos marchemos no quiero ir hasta allí para encontrarme con que está hecha una ruina inservible.

Me pareció buena idea. No teníamos suficiente combustible para volar en círculos mientras él llenaba los baches.

Dio un paso y se volvió para mirarme.

Todos hemos pasado por mucho, dijo.

En ese momento empecé a quererlo.

Por primera vez tuve la sensación de que éramos familia, una familia surgida de la destrucción y los escombros.

Ya lo creo.

Asintió con la cabeza y se marchó hacia la valla de maleza, cañón abajo.

Ella estaba barriendo el suelo de tierra alrededor del fuego con la escoba de ramas. Barría todas las mañanas para no dejar ningún resto de comida que atrajera a las hormigas y los ratones.

Cuando me acerqué no dejó lo que estaba haciendo, concentrada en el suelo que barría.

¿Cojo algunas hortalizas para la comida?, le pregunté.

Sentía un nudo en las entrañas. Ella no paraba de barrer.

Si quieres, murmuró mientras seguía barriendo.

¿Cima?

Las ásperas varillas rascaban el suelo.

La agarré por el brazo. Se puso rígida.

¡Ay!

La solté como si abrasara. Se me quedó mirando.

Me saldrá un cardenal, dijo. Sin ninguna modulación.

Lo siento, Cima.

El pánico me tenía clavado en el suelo. Se me nublaba la vista.

No pude evitarlo: me empezó a palpitar el pecho y noté que me corrían lágrimas por la barbilla.

Estaba totalmente paralizado. Me miraba fijamente.

Una máscara. Como una máscara mortuoria pero con los ojos vivos o cobrando vida.

Sus ojos oscuros, fijos como monedas, fueron adquiriendo su brillo natural, animándose, suavizándose.

Se quedó inmóvil, temblando y observando mi cara con atención, y entonces vi que se le llenaban los ojos de lágrimas y que volvían a ser los de siempre, dos estanques oscuros.

Parecíamos dos árboles mecidos por el viento.

El último hilillo de humo se infló un momento antes de extinguirse.

Anoche, dijo. Después de dormirnos. Soñé con Tomas. Soñé con él toda la noche.

Le temblaban los labios y la máscara se resquebrajó.

Me llamaba. Se estaba muriendo en su cama y me llamaba, se quejaba como un animal que sabe que lo llevan al matadero. ¡Como un animal, Hig! Y yo me quedaba apoyada en la pared sin ayudarlo. A mi marido. A mi mejor amigo.

Sollozaba con violencia, se ahogaba.

Mi amor se había congelado. Como una charca en invierno. Me habré pasado horas soñando eso. Al final ya no podía soportarlo y cogía el cuchillo de desollar y me acercaba a él y le cortaba el cuello. ¡Qué horror!

Se desplomó. Di un paso al frente para cogerla. Pensé en dos árboles casi arrancados e inclinados el uno contra el otro.

No sé si voy a ser capaz, dijo. Creía que sí.

El Abuelo dijo que en la carretera había una recta de al menos trescientos metros en buen estado.

Bastante bueno, sin socavones. Había atado un pañuelo en una señal de milla para que me sirviera de manga de viento.

Aunque cariñosa, Cima se mostraba más reservada.

Venía a la hamaca, pero no todas las noches, ni una de cada dos.

Pasaron unos cuantos días an tes de que volviéramos a hacer el amor.

Cinco. No voy a decir que no los contara.

Y cuando lo hicimos, cuando íbamos a hacerlo —es decir, cuando estábamos desnudos sobre la manta, abrazados, sin besarnos, sin hablar, solo explorando orejas y cuellos con la nariz, cuando las manos reconocían un territorio que la culpa y la pérdida habían hecho nuevo, cuando parecía que había llegado el momento de la consumación o al menos de celebrar esta nueva vulnerabilidad—, la ayudé a ponerse encima, pero ella no estaba mojada y me costaba entrar y notaba que le hacía daño, y no sé por qué me puse a pensar en Tomas, en Tomas sangrando en el sueño, y me inundó una oleada de pánico y se me fue la erección.

Maldito mundo de los sueños, con aquel fantasma de Tomas entrometiéndose por ahí y estropeando lo que solo unos días antes me había hecho sentir la misma euforia que los demás enamoramientos de mi vida.

Me agarró la minga y le dio un par de estrujones cariñosos que acabaron de hundirme en la miseria.

Soltó un suspiro que interpreté como señal de decepción y se apartó.

Me estrechó suavemente entre sus brazos y nos quedamos tumbados sobre la manta, paralizados por el fracaso.

Me sentí más solo entonces que antes de llegar al cañón.

Los corazones latían acompasados, pero el espíritu no.

La acariciaba con manos ausentes, no podía besarla, ni siquiera hablar con sinceridad.

Era como si no haber podido hacerle el amor me hubiese despojado de toda legitimidad como amante, como si me hubiese desautorizado para amar o incluso para expresar afecto. Era horrible.

Tumbado a su lado pensando en este nuevo horror —el horror de estar separados cuando el amor estaba tan cerca—, se me ocurrió que tal vez en el momento crítico, el de la verdad, el de la penetración, me había transmitido su propio recuerdo del sueño.

Es evidente que existe una comunicación sin lenguaje.

Me pareció muy probable que esa espeluznante imagen del muerto hubiera pasado a través de ella en ese mismo momento o justo antes.

Lo que significa que ninguno de los dos estaba preparado.

Bien, Hig, pensé , busca todas las explicaciones que quieras.

Intenta consolarte, si puedes, pero por mucho que hagas no hay forma de reescribir lo sucedido.

Qué asco. Es imposible mejorarlo. No puedo, no puedo moverme. Apenas puedo respirar.

Hig.

Dijo mi nombre con un susurro, un remolino de viento en mi oído.

¿Eh?

¿Me darás placer oral?

Lo dijo con acento francés y cacé la referencia a Pulp Fiction , ese clásico antiguo.

Solté un resoplido, una risa sorda sin alegría.

¿De verdad te apetece? No me lo creo.

Asintió, tenía la cabeza en mi pecho.

Está bien. Exhalé con fuerza. El deber me llama.

Lo hice. La besé entre los pechos, en el ombligo diminuto, los prominentes huesos de la pelvis, la concavidad del vientre, la tupida mata de rizos, los pequeños labios, la suave pepita, aspiré su aroma y me puse manos a la obra.

Como quien hace su trabajo, preguntándose qué es lo que funciona, qué es lo más eficaz.

Durante un rato fue así. Y luego empezó a levantar las caderas y a retorcerse al contacto de mis labios y de mi lengua y a jadear.

Y luego gimió, y entonces me puse a animar, a jalear con dientes, labios, lengua.

Tiraba y soltaba, la hacía volar como una cometa, tenía esa sensación, y luego me olvidé de todas mis idioteces y la cometa volaba muy muy alto y tiré con más fuerza y la sangre volvía a fluir y ella se corría.

Estaba arqueada, corriéndose, y yo estaba dentro de ella y ella se me abrazaba, me arañaba la espalda.

Me di cuenta de que debía de hacerle daño con mi peso.

Me aparté rápidamente y eyaculé en el aire y nos quedamos tumbados, respirando, sin pensar en nada y casi éramos felices de nuevo. Felices sin reserva, casi.

Qué cosa más rara.

Y luego pasaron tres noches más porque ella había quedado muy magullada, pero en el campamento había mejor ambiente. Y notaba que se acercaba el momento de marcharnos.