1 #5
Nos terminamos el venado, todo salvo la cecina que guardábamos para el viaje, y sacrificamos una oveja, que era lo que llevábamos comiendo dos días con patatas del verano pasado y las hortalizas nuevas: lechuga, acelgas, guisantes.
Los días eran calurosos; el arroyo, un lento regato, y las noches, cálidas.
Ella llegó un poquito después de oscurecer, después de que me hubiese acomodado en la hamaca con el saco de franela debajo, solo con la camisa puesta.
Ella llevaba una camisa de hombre larga, su mano se acercó a mi cara, me acarició la mejilla, me agarró un mechón de la barba y dio un tirón que me hizo reír.
El cuarto menguante, como un buque faro rojizo flotando sobre el cañón, me permitía verla con claridad.
Traía una manta. La extendió en el suelo al pie de la hamaca y se tumbó boca arriba, con la cabeza apoyada en una mano.
Ella miraba la luna y yo la miraba a ella.
Saqué el pie descalzo por el borde de la hamaca y lo apoyé en la lana de la manta y empujé para mecerme.
¿Te haces el difícil?, murmuró.
No.
Yo me mecía. Ella se desabrochó la camisa, que quedó abierta.
Se la apartó de los pechos con la mano que tenía libre.
Sin dejar de mirar al cielo metió los dedos por debajo de un botón y retiró la tela que aún la cubría.
La camisa estaba abierta del todo. Su pecho subía y bajaba con la respiración.
Su largo cuerpo. En la oscuridad irradiaba una luz propia, una luz suave, como las olas al romper por la noche.
La suave y pálida llanura de su vientre. El... toda ella.
¡Joder, Hig, no te des la vuelta, no cierres los ojos! ¡Respira, hombre! ¡Lo hace para que mires, capullo! No es de mala educación, si no miras se ofenderá. ¿Para quién te crees que es el espectáculo? ¡Es para ti! No es que pasase por aquí por casualidad.
Todo eso resonaba en el caos de mi cabeza. Me decía a mí mismo que fuese respetuoso, que me comportase como un adulto. Empápate de cada detalle, te ha concedido un pedacito de pura suerte. Da gracias.
La luna cobriza la dibujaba sin una sombra.
Hundí los dedos de los pies en la lana y paré de mecerme.
Me quedé quieto, contemplándola. Sobrecogido, en vilo.
Como habría contemplado un soberbio alce que saliese de entre los álamos: lo que estás viendo, Hig, no puede ser real, es demasiado magnífico. Si mueves un solo músculo desaparecerá.
No desapareció. Volvió la cabeza hacia mí. Me aclaré la garganta.
Pasabas por aquí..., dije como un idiota. Mi voz sonó chillona, como la de un adolescente que aún no sabe controlar el timbre.
Ella enarcó una ceja: puede ser. Se incorporó apoyándose en los codos y dejó resbalar la camisa por los brazos. Luego se dio la vuelta y se tumbó boca abajo, apoyando la barbilla en los brazos cruzados. Me ofrecía otra perspectiva. Aunque se acabase el mundo, tú no eres inmune. ¡Qué va!
Si prefieres mirarme solamente, no pasa nada, dijo. Seguro que hace mucho que... No tengo prisa.
Levantó un poco su delicioso culo.
Mmm..., esa parte nos la podemos saltar.
Pues sí.
Me bajé de la hamaca, me arranqué la camisa y me tumbé a su lado.
No sé por qué, pero pensé en volar. En que hay una lista de cosas que se deben comprobar antes de encender el motor, antes de circular por la calle de rodaje, antes de despegar.
En que si vuelas todos los días eso sale solo, automático, apenas miras la lista, pero si llevas tiempo en tierra te paras a pensar antes de cada paso, haces las cosas de una en una, te cercioras. Para no estrellarte.
Ya ni me acuerdo de por dónde se empieza, dije. Me siento como un...
Un crío de quince años no diría eso nunca.
Ya. Iba a decir que me sentía como un piloto. Un piloto desentrenado con un montón de listas de verificación. Para no estrellarse.
Tócame la espalda, dijo.
Se la toqué. La acaricié con suavidad. La piel se tensaba y se relajaba al paso de mis dedos. Me recordaba a un campo de trigo mecido por un viento errante. Gimió.
¿Te hago daño?
No. ¡Qué va!, dijo con la cara entre los brazos. Tienes que ir con cuidado pero me encanta.
Mi mano se deslizó por la curva de su culo, bajó por los muslos, por encima, por dentro.
Mmm..., murmuró. Me parece que es mejor cuando ya ni te acuerdas.
Se giró hasta quedar de lado y sus dedos buscaron mi pelo, mi barba, se enredaron en ellos, acercaron mi cara a la suya.
Cuando su boca se encontró con la mía me desmonté.
No exploté como una bomba ni nada por el estilo: me deshice.
En pedazos. Se alejaban de mí flotando, como si me orbitasen.
Como una galaxia que se fragmenta. Una curiosa aniquilación a cámara lenta.
El único centro era su boca, su pelo. Era ella.
Una reconstrucción que giraba en torno a un centro, que era ella.
Sin pensar, rodé para colocarme encima y se le escapó un gemido de dolor.
¡Espera!
¡Mierda! Huida en desbandada.
Tranquilo, tranquilo. Ven. No soy tan frágil.
Me empujó para tumbarme de espaldas. Me besó.
Me besó y me besó cubriéndome con su cabello.
Me besó los ojos la nariz los labios. Con la boca.
Luego me acercó los pechos a la cara y me besó, me acarició con los pezones en los ojos, la nariz, la lengua.
Y luego... Sorpresa. Estupefacción. Siguió bajando hasta la entrepierna.
El primer contacto. Húmedo. Como su boca.
Resistencia. Aquel calor. Muy lentamente, y dejarse llevar, rendirse.
Por Dios, no te muevas. Los pedacitos. Se movió.
Y al moverse sobre mí los atraía, los atraía.
Igual que mil peces que se mecen juntos con el oleaje.
Adelante y atrás. Como las estrellas entre las hojas.
Busqué . A ella, su mismo centro, el único lugar de calma en el que todo se unía. Búsqueda, nada más.
Y luego me abandoné. ¿De la máxima tensión a qué? A la nada. A la renuncia. A la caída. Si lloré, y no digo que lo hiciera... La dicha, la pérdida absoluta de la caída.
Ella gimió y yo exploté. La constelación que fuese, lo que fuera que hubiésemos alcanzado se hinchió de luz y se dispersó en la oscuridad y así debería haber sido siempre, joder.
Recostó su peso estremecido sobre mi cuerpo y aquellos pedacitos nuestros cayeron como una lluvia suave, sin remordimientos, como ceniza.
Uf, me susurró al oído.
Eso, uf.
Nos hemos estrellado, ¿eh?
Sí, pero en el buen sentido.
Volverse a llenar, ahí tumbado. Algo parecido a la felicidad, como si te inundase un agua pura y clara. Tan bueno que ni siquiera le das la bienvenida, te atraviesa como una corriente brillante, como si siempre hubiera estado allí.
Nos quedamos tumbados sin mover ni un músculo, dos corazones latiendo con un ritmo acompasado que rebotaba y se desajustaba y se volvía a sincronizar, fascinados los dos, creo, por aquella música y aquella sensación.
Al rato, ella se levantó para taparnos con el saco de franela y se acurrucó a mi lado y nos dormimos.
No como las otras noches de confusión, sino con un sueño profundo y aliviado. Exhaustos, realmente a gusto.
Antes del alba, supongo que para no avergonzar a su padre, se levantó, se abotonó la camisa y volvió a donde dormía las noches cálidas, unas mantas tendidas en el prado sobre un lecho de agujas de ponderosa.
Decía que le gustaba dormir bajo las estrellas, para verlo todo.
Pero yo creo que la respiración de los animales la reconfortaba, los mordiscos rítmicos en la hierba, por la noche siempre había dos o tres pastando a su lado, a su alrededor.
Y él roncaba, dijo. Al apuntar el alba el Abuelo fue al arroyo, como todos los días, y oí sus chapoteos sobre el ruido de la corriente, lo oí lavarse los dientes con un cepillo hecho polvo, carraspear y escupir, toser.
Y la oí a ella, la oí darle los buenos días, abrí los ojos y vi que llevaba la camisa, pero ahora también los pantalones, debía de dejarlos al lado de la cama.
La maravillosa satisfacción de verla así, en medio del mundo, por limitado que fuera.
Conociéndola como la conocía ahora. Cerré los ojos para seguir dormitando.
Nunca me dejaba encender el fuego por la mañana.
De eso me encargo yo, insistía. Es un ritual.
No molestes. Tenemos nuestra organización.
Relájate. Sigue durmiendo. Y yo obedecía.
Cuando me levantaba ella siempre tenía preparada aquella infusión amarga, que se agradecía más que nada por lo que tenía de ritual, supongo.
Aquella mañana me levanté despacio, me estiré e hice inventario: ¿Los brazos siguen en su sitio, Hig?
Afirmativo. ¿Y las piernas? Afirmativo. ¿No has volado en mil pedazos?
No. ¿El corazón sigue en su sitio? Nunca antes te lo habías preguntado, ni después.
Sí, sigue estando en su sitio. Un poco alborotado, un poco más lleno.
Más ligero y también más pesado, qué cosa más rara.
Estaban junto al fuego. Olía a carne asada. Me lavé la cara, el pecho, me mojé la cabeza, me sequé con la camisa y me acerqué al fuego.
Buenos días.
El Abuelo hizo un gesto con la cabeza. Ella estaba en cuclillas, a punto de echar un trozo de leña al fuego y un golpe de la brisa del amanecer le hizo apartar la cara. Echó el leño con una mueca.
Buenos días, dije.
O no me oyó por culpa del humo o no pudo contestar. Se levantó con una mueca congelada en la cara, se apartó del humo y se llevó los nudillos a los ojos llorosos.
Buenos días, dije.
Se secó las lágrimas y me miró con los ojos irritados, parpadeando. Soltó un suspiro. No dijo una palabra. Cogió la tetera humeante de un tocón, sirvió una taza y me la dio sin mirarme.
La carne se va a quemar, dijo. A su padre o a mí o a nadie. Parecía enfadada.
Ya la saco, dije. Fui a por el tenedor largo pero ella me apartó la mano con el antebrazo, cogió el tenedor y les dio la vuelta a las chuletas sobre la parrilla.
Relájate, dijo.