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Me encanta oírte contar estas cosas.
Me dio un codazo en la oreja.
No había pruebas de que el mecanismo contrario funcionase. No se llegó tan lejos. Todo era tan nuevo...
¿Te refieres a que la vitamina D pudiera frenar el proceso?
Sí.
Quizá tendremos que acercarnos al Walmart.
Se quedó callada. Miramos las nubes. Se desgajaban pero no llegaban a espesarse. Al menos no encima de nosotros. La lluvia, si la había, se quedaba en las montañas.
Ah, murmuré, ¿quieres oír mi poema favorito? Es del siglo ix , de China.
Creía que estaba pensando en asuntos médicos, pero entonces noté que se estremecía contra mí. No como Jasper cuando tenía pesadillas, sino como cayendo, dejándose ir.
No podía precisar la fecha. Bangley había marcado el calendario de mi hangar hasta el ataque, lo que me pareció muy considerado. Así que sabíamos que había sido el 19 de junio. Pero él no sabía cuántos días había pasado detrás del arcón rojo. Al menos una semana, calculaba.
Sería en torno al 4 de julio, pues, yo estaba trabajando en el huerto.
Matando escarabajos de la patata uno a uno.
Cima estaba con las familias. La había dejado allí por la mañana y me pidió que fuera a recogerla para la cena, quería pasar allí el día entero.
Dijo que tenía que administrar una inyección de vitamina D, pero yo sabía que era por los niños. No podía separarse de ellos.
Yo trabajaba en el huerto. Ella estaba fuera.
Bangley jugaba al ajedrez con el Abuelo.
A eso se dedicaban. Se sentaban en las chirriantes sillas del porche de mi casa y jugaban al ajedrez como si estuvieran en el colmado de pueblo de una estampa de Norman Rockwell, versión parodia apocalíptica.
Bangley dejaba el bastón apoyado en la barandilla.
Él jugaba mejor, pero a veces se distraía y entonces el Abuelo podía ganarle.
Estaba aplastando bichos de la patata con los dedos cuando oí un ruido que era tan habitual que al principio no levanté la mirada.
Pero... Había pasado mucho tiempo. Giré la cabeza entornando los ojos para que no me deslumbrara el sol y vi dos estelas de vapor.
Paralelas, pero una iba rezagada. Y el rumor doplerizado de motores apagándose en la distancia.
No soñaba, no.
Yo no corría así desde hacía años. Entré en la Bestia, le di al interruptor principal y encendí la radio.
Tenía un escáner Narco que rastreaba las frecuencias haciendo correr los dígitos a través del silencio, pero nada.
Parásitos. Los números giraban y giraban y se paraban como la rueda de una ruleta.
Una grieta, una brecha en la nieve acústica.
Una voz, palabras. An tes de pulsar el botón del micrófono estuve escuchando sin entender nada.
Árabe, debía de ser árabe. Una conversación, risas.
Dirigiéndose al oeste a treinta mil pies.
Probablemente en dirección a California.
Desde esa altura no nos verían, a nosotros, nuestro aeropuerto, no nos distinguirían del resto del paisaje, de la infraestructura en ruinas.
Llamé y llamé. Los dos jets, 747, aquí Erie, dos 747, aquí Erie.
Boeing 747 sobre Denver, llamando desde Erie .
Llamé y llamé. Hasta ronquear y hasta que las cintas de vapor no fueron más que un pálido recuerdo, un espejismo.
Me quedé mirando el punto por donde habían desaparecido, como aturdido. ¿Buena o mala señal?
Al cabo de exactamente una semana, dos más. Sobre la misma hora. Y otra vez a la semana siguiente. La cuarta semana, nada. Nos reunimos los cuatro en el porche a aquella hora de la tarde, como esperando unos fuegos artificiales o la visita de un dignatario. Y nada.
Puede que sean inmunes, dijo Cima. Una raza entera podía ser inmune. O podía haber islas de inmunidad. Los países árabes son tribales. Era posible que una tribu entera fuera inmune.
En septiembre vimos dos más. Nunca contestaron a mis llamadas.
Ya es octubre y todavía dormimos fuera. Quizá pasemos todo el invierno durmiendo al raso.
Como hacíamos Jasper y yo. Apilando mantas.
Algunas noches heladas nos enfundábamos gorros de lana de los que solo asomaba la nariz.
Cara a cara o dándonos la espalda. Ahora nombramos las constelaciones de invierno y cuando se terminan las que conocemos —Orión, Tauro, las Pléyades, el Carro— nos las inventamos.
Las mías casi siempre son animales, las de ella casi siempre comida: la Tortita con Sirope, el Cangrejo Blando al Gratín.
A una le puse el nombre de un perro peleón al que le encantaba comer peces.
Todavía sueño que Jasper está vivo. Mi corazón no se atreve a remontarse más atrás.
Mi poema favorito, el de Li Shang-yin:
¿Cuándo llegaré a casa?
¿Cuándo llegaré a casa? No lo sé.
En las montañas, en la noche lluviosa,
el lago otoñal se ha desbordado.
Algún día volveremos a estar juntos.
Nos sentaremos junto a la ventana del oeste, con luz de velas.
Y te contaré cómo te recordaba
esta noche en la montaña tormentosa.