La constelación del Perro 4 #8
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Canturreando, tamborileando en el volante al ritmo de Rock Around the Clock . En 1955. Iba a eclosionar una nueva era: la música desenfrenada, el hula-hoop, las chicas surfistas, Elvis.

Desde la distancia todo aquello parecía una desquiciada compensación...

¿de qué? Del Gran Miedo que acechaba. Por primera vez en la historia de la humanidad, quizá desde el Arca, todos intuían el Fin.

Temían que se produjera algún malentendido en una conversación por los teléfonos rojos, que un dedo tembloroso pulsase el botón rojo y se terminara todo.

Todo. En un instante. En un inmenso hongo de polvo y fuego, la más horrible de las muertes.

¡Menudo efecto debió de tener aquello en todas las mentes!

De pronto surgían unas vibraciones más graves que ningunas.

Como si, por primera vez, la fuerza del viento bastara para mover las campanas más pesadas, los platillos de bronce herrumbroso colgados en los pasos de montaña.

Escucha: los espantosos tonos lentos y profundos.

Que se meten en las entrañas, en los espacios entre las neuronas, como el gemido de la muerte absoluta.

¿Qué iban a hacer? Mover las caderas, inventar el rock and roll.

Aquellos hombres en el centro de pruebas de Cessna, recopilando aquellos números, aquellas distancias, erigiéndolos como un muro de protección contra los pequeños accidentes mientras el miedo visceral al Gran Cataclismo los atenazaba en sueños.

¿Fue realmente así? No lo sé. Suelo exagerar.

Pero teniendo en cuenta lo que ha ocurrido, ¿es posible exagerar?

Yo diría que no. La aniquilación total no deja espacio para la hipérbole. No te creería nadie.

Aquellos pilotos de pruebas trabajaban en condiciones idóneas, en asfalto liso. En un campo blando el rendimiento es menor pero aquel camino bacheado en medio de los arbustos era otra historia. Podíamos rellenar las rodadas, igualarlo lo máximo posible, pero aun así...

Desenrollé la manguera y volví a llenar los bidones con los cuarenta y cinco litros que acababa de echar.

No nos hacían falta para llegar a Junction y nos ahorrarían casi treinta y tres kilos.

Luego pensé: Mejor no apurar tanto, y volví a subir por el montante para añadir unos ocho litros, a ojo.

Dejé un bidón lleno entre la maleza y vacié el otro en el suelo y luego lo volví a guardar en la Bestia.

Después me fui a pescar. Saqué la funda de la caña del soporte de la parte de atrás de mi asiento y cogí la mochila ligera de nailon con la caja de moscas y el tippet y me volví al cañón.

Mis cálculos indicaban que la mejor manera de tener al menos alguna posibilidad de despegar, de superar los árboles, era dejar al viejo en tierra.

Ya me imaginaba lo bien que se lo iban a tomar.

Me imaginaba la conversación. Casi podía oír el sonido de su cuchillo de monte al salir de la funda de plástico, el gritito que yo soltaría al sentir la punta de la hoja en la garganta.

¡A mí no me vengas con chorradas, Higs! ¡Ya te avisé de que no intentases engañarme!

Pesqué cinco carpas. Arrastré una ninfa en cola de faisán por el fondo y fui sacándolas con un rápido tirón, una detrás de otra.

La hembra de peregrino se deslizaba a lo largo del muro y se dejaba caer, nivelándose justo a la altura de las copas de los árboles, sobre el arroyo.

Creo que me estaba observando, curiosa. ¿Los peregrinos comen peces?

Las carpas eran largas y delgadas y me di cuenta, con un ramalazo de tristeza, de que estaban famélicas.

El cambio de temperatura del agua también las afectaba, a ellas o a su alimento.

Les quité el anzuelo con especial cuidado, el cuidado que siempre les había reservado a las truchas, y las sujeté con suavidad mientras me aleteaban en el hueco de las manos hasta que se les llenaban las agallas y se fortalecían los movimientos de la cola y se escabullían corriente arriba.

Lo dejé, se me habían quitado las ganas de pescar.

Ya no quedan truchas, ni alces, ni tigres, ni elefantes, ni matalotes. Si alguna vez me despierto llorando de un sueño, y no digo que me pase, es porque ya ni siquiera quedan carpas.

Me figuraba cómo sería la conversación. Puedo llevarme a tu hija y diez kilos de cecina, pero a ti no.

En fin... Entonces se me encendió la bombilla. Hig, has tenido lo que antes se llamaba una revelación. En la época en que el descubrimiento de algo, una nueva relación entre ideas, valía más que el oro. ¡Eureka!

Cogeré la hoja de peso y balance, el lápiz y la ficha de cálculo, el frágil manual de funcionamiento con su cubierta arrancada y sus incuestionables tablas y haré números como si fuera la primera vez, para que todo el mundo saque sus propias conclusiones.

Cima estaba comiendo a la sombra, sentada a la mesa.

Una jarra de leche fresca, carne salada, ensalada de quínoa, lechuga nueva y cebolleta.

Me senté. El Abuelo me observaba. Mascaba tabaco sin quitarme ojo.

Ella comía. Ese día se movía con más soltura, más ligera.

Parecía que los cardenales iban desapareciendo y que estaba de mejor humor.

Comía despacio, respiraba a fondo, como aspirando el aroma del arroyo, de cada nueva flor.

¿Puedes?, dijo el viejo al fin. Dejó la taza, se limpió la boca con la manga y esperó.

No.

Ella soltó el tenedor. Yo había dejado la mochila a mis pies. Aflojé el cordón, saqué el manual, las hojas, saqué el lapicito de la cinta de mi gorra.

Peso y balance, dijo él. Yo asentí. Distancia de despegue, dijo.

Sí.

No tenía un pelo de tonto. Yo había escrito solo la fórmula, dejando los pesos en blanco. En la esquina superior derecha de la página había anotado algunos pesos: Diez litros de gasolina de aviación = dos kilos. Carga en los depósitos: cincuenta y tres litros.

Se lo pasé todo. Me puse a comer.

Era listo. No sé lo que haría antes en el rancho, en el ejército, pero no perdió ni un momento.

Cogió el lápiz y se puso a trabajar. No me preguntaba: ¿Está bien esto?

¿Tú lo harías así? Ya no me acuerdo bien...

Nada de eso. Aquel hombre no tenía costumbre de justificarse ni de buscar excusas.

Ni siquiera me dijo: Higs, ¿me repasas los números?

No. El tío le echó un vistazo al problema y empezó a multiplicar, a rellenar los espacios vacíos, a calcular la ecuación.

Escribió una lista de provisiones en el margen derecho de la página, cada cosa con su peso estimado.

La repitió tres veces, tachando dos o tres elementos cada vez.

Redujo el agua a doce litros. Tachó el bidón de acero.

No, no.

Me miró.

El bidón de gasolina y la manguera. Cinco kilos. Son indispensables. ¿Y si tenemos que ir andando a buscar combustible?

Asintió, volvió a ponerlos en la lista.

Luego quitó combustible de los depósitos, de cincuenta y cinco a cuarenta.

No.

Lo volví a interrumpir. El lápiz se detuvo, arqueó una ceja.

El combustible se queda donde está.

Hay cincuenta y cinco kilómetros hasta Grand Junction, como máximo. Ciento noventa kilómetros por hora con el viento en contra. Cero coma tres horas a cincuenta litros la hora. Cuarenta es más que suficiente.

Olvídate. ¿Y si tenemos que volar en círculo o comprobar las pistas de aterrizaje y las calles de rodaje, y si nos disparan o tenemos que buscar una carretera?

Asintió. Volvió a ponerse a ello. Por fin dejó el lápiz, apoyó las manos en el borde de la mesa y se echó hacia atrás. Me miró de hito en hito. Me pareció ver odio, pero con el Abuelo era difícil saberlo.

Ya lo habías calculado, ¿verdad?

Asentí.

Yo me quedo, ella se va.

Asentí.

Eso ya lo sabías.

Asentí. Él me miró fijamente. Una luz recorrió sus rasgos, animándolos, aunque creo que en realidad no se movieron. Estoy tentado de decir que se podía oír el vuelo de una mosca pero... con el arroyo al lado no era verdad. Me miró fijamente, asintió despacio.

Muy bien, dijo.

Así de fácil. Estaba hecho. Tengo que reconocer que estaba empezando a apreciarlo de verdad. Se tragó la medicina sin rechistar.

Le sonreí, quizá por primera vez.

Por eso necesitamos los cincuenta y cinco litros, le dije. Entre otros motivos.

Me miró, desconcertado, hizo una mueca y se pasó la lengua por dentro del labio, donde yo sabía que llevaba el tabaco.

Nos hacen falta cincuenta y cinco porque tenemos que aterrizar y volver a despegar. Te recogeremos en la carretera. No supone ningún problema. Hay un buen tramo recto pasado el puente. Toda la pista que queramos. Lo haremos como si nada.

No permitió que se le suavizase la expresión, ni mucho menos. Pero en la mirada, en el invierno que encerraba, me pareció ver un leve deshielo, una reevaluación.

Puedes salir un día antes y te recogeremos al alba.

Muy bien, volvió a decir. Y no se dijo más.