La constelación del Perro 1
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N o teníamos ninguna prisa, la verdad. En los grandes ríos había agua más que suficiente si nos quedábamos tirados en Junction.

Esperaríamos un par de semanas para engordar un poco, dejar que la estación avanzase hasta el pleno verano, aprovecharla mientras durase.

Mientras menguaba el arroyo. Decidí disfrutar ese tiempo.

Lo consideré unas vacaciones, las primeras desde entonces.

Desde que había presentado mi inesperado plan de emergencia se había relajado un poco el ambiente en el rancho.

Me sorprendió, la verdad, que la idea de recogerlo más tarde lo sorprendiera.

Era tan agudo, tan buen estratega... En eso se parecía a Bangley, en las crisis siempre planeaban tres movimientos por adelantado y mantenían la calma.

Entonces me di cuenta de que seguramente se le había ocurrido esa opción de inmediato. Y entonces lo respeté todavía más. Él ya lo sabía.

Se había dado cuenta desde el primer momento de que podíamos despegar sin él y recogerlo luego, pero no dijo ni pío.

Supongo que por dos motivos: uno, que no era de los que cogen lo que no se les ha ofrecido; y dos, que le costaba marcharse.

Una parte de él, quizá la mayor, quería quedarse, ver menguar el arroyo, acompañar al ganado en el paso al otro mundo, morir en su rancho y servir de abono al suelo pedregoso.

Para un hombre con sus años y sus valores aquella opción era preferible a la otra en muchos aspectos.

El viaje a una tierra extraña, porque ahora era una Tierra Extraña en todos los sentidos.

Además, estaría en la llanura, no en las montañas: tendría que adaptarse a una nueva vida, enfrentarse a nuevas amenazas, a nuevas reglas, a reglas ajenas.

Era una perspectiva de mierda. Y si le hubiera dicho a ella que prefería quedarse, le habría hecho mucho daño, ella no se lo habría permitido, se habría puesto histérica, tan histérica como puede ponerse una mujer que ha pasado por todo lo que ella había sufrido. Ella no se lo perdonaría nunca.

Así que el frágil manual de vuelo, con su tabla de distancias de despegue, esa curva incontrovertible más allá de la cual no había una vida nueva en otra parte, sino un avión renqueante incapaz de elevarse sobre los árboles, un tren de aterrizaje que se engancha, luego un ala, una vuelta de campana...

era su vía de escape. Su vía de escape del plan.

Seguramente por eso no pareció muy sorprendido.

Por eso había hecho los cálculos delante de ella.

Al pensarlo casi me sentí mal por haber mencionado la opción. Si quería morir en su casa tenía todo el derecho. Pero en fin...

Me mecía en la hamaca. Recitaba todos los poemas que lograba recordar, aunque fuera a medias.

Recorría el arroyo pescando, arriba y abajo.

Comía. Me llevaba la laya y rellenaba las roderas de nuestra pista de despegue, arrancaba los arbustos.

Ayudé a Cima a recoger la cosecha, las hortalizas tempranas.

Era un buen huerto, con buena tierra, mucho mejor que la que teníamos en el aeropuerto.

Estaba llena de gusanos y se había vuelto negra después de tantos años abonándola.

Las familias me daban estiércol de pollo, pero no bastaba, no era como este.

Por la mañana temprano, a la sombra de los árboles más grandes, la tierra estaba fresca y húmeda y el rocío cubría las plantas nuevas.

¡Qué aroma! Cuando la sombra se retiraba me gustaba quedarme en calzoncillos para apoyar las rodillas en la tierra húmeda sintiendo el calor del sol en la espalda.

A nuestro lado, entre los surcos, una cesta cubierta de tierra.

¿Por qué te fuiste al este?, le pregunté.

Me dieron una beca para ir a Dartmouth.

Mi tío también estudió allí. ¿Eras hija única?

Negó con la cabeza.

Tenía un gemelo. Murió cuando teníamos quince años. Accidente de moto.

Dios.

Sacaba buenas notas. Había obtenido buenos resultados en las pruebas.

Iba para veterinaria. Iría a la Universidad de Colorado State y al volver montaría una clínica para animales; esa había sido siempre mi intención.

En nuestro instituto había un orientador académico, Mr. Sykes.

Había conseguido meter a muchos alumnos en buenas universidades, pero controlaba hasta tal punto a qué universidad debía ir cada alumno que todos lo llamaban Stalin.

Un día de mi penúltimo año, estando en clase de lengua, llamaron al cristal de la puerta y entró él y me entregó una hoja doblada que decía: MI DESPACHO 12:45.

Eso era durante la hora de la comida. Recuerdo que estábamos hablando sobre La canción de amor de J.

Alfred Prufrock , de T. S. Eliot. ¿Lo conoces?

Ese poema me encantaba hasta que lo dimos en el instituto. ¿Sabías que hay un significado oculto?

¿En serio?

Sí. El sexo, el arte y la cultura son armas en la lucha de clases.

¿Ah, sí? Qué extraño que se les enseñen estas cosas a los futuros universitarios.

De universitarios nada, teníamos que acabar trabajando para StorageTek o UPS . O Budweiser .

¿Pero qué quería Sykes?, le pregunté.

Ah. El corazón me latía desbocado. Todos los años Dartmouth daba una beca a un alumno de Delta High.

Los fondos los aportaba el hombre que había construido la fábrica de fibra vulcanizada, un antiguo alumno.

Supongo que se sentiría culpable por el humo de formaldehido que atufaba en invierno cuando había una inversión térmica.

Todos los otoños un alumno de secundaria recibía aquel papelito con el que Sykes lo citaba en su despacho a la hora de la comida.

Él era quien controlaba el proceso, quien escogía al alumno.

Dudo que fuera legal pero lo hacía igualmente.

Era su pequeño feudo. Tenía a todas las familias, al pueblo entero, lamiéndole el culo todo el año.

En lo que quedaba de la clase nadie se pudo concentrar, todos me miraban.

Y en mi cabeza irrumpían en tropel todas las posibilidades, imágenes de un futuro que no podía concretar.

Caían en cascada: ladrillos cubiertos de hiedra, apuestos estudiantes de clases más avanzadas con jerséis de rombos que se quitaban para remar.

Estaba perdidísima. Mi vida consistía en echar forraje a los animales antes del alba y correr cross después de clase, y luego en casa me esperaban más tareas, como darles a los caballos la avena y las medicinas y limpiar los establos y hacer los deberes del instituto.

Estaba roja como un tomate. Cuanto más intentaba concentrarme en el poema, más me parecía que todos me miraban, y cuando levantaba los ojos y echaba una rápida mirada veía que era verdad.

Se podía palpar la envidia. Como un viento.

Al final ya no sabía si aquello era una suerte o una desgracia; en cualquier caso fui a ver a Sykes.

No pude comer nada en la cafetería, así que fui al lavabo, me senté en el váter e intenté respirar.

Me dijo: Cima, creo que tienes muchas posibilidades de que te den la beca Ritter.

Su cabeza completamente calva parecía un huevo.

Me acuerdo de que tenía unas gotitas diminutas de sudor en aquella cúpula con manchas de color rosa, como si el que estuviese a prueba fuera él.

Era de Illinois, de las afueras de Chicago, me acuerdo.

Dijo: La redacción de la solicitud tiene que tratar sobre la vida en el rancho y la muerte de Bo.

Me quedé de una pieza. Tuve la sensación de estar alucinando.

Cómo se le ocurría pedirme aquello. Bueno, no era una petición precisamente.

¿Perdón?, le dije. Frunció los labios y formó un triángulo perfecto con los pulgares y los índices sobre la mesa y lo miró como si fuera una ventana masónica por la que se accediera a mi destino.

Dijo: Tienes que contar cómo es tu vida en el rancho y qué sentiste al perder a un hermano al que estabas tan unida.

Lo miré fijamente. Sabía que controlaba todo el proceso de la solicitud, pero hasta entonces nadie me había dicho algo así.

Había entrado en mi parcela más íntima y la había pisoteado con sus patas de elefante, clomp clomp .

Bo era como un jardín secreto, un lugar al que solo yo podía entrar; una fuente de dolor y, a la vez, de una gran fortaleza.

Sykes me sonreía. Tenía una boca minúscula y solo levantó la mitad.

Me acuerdo perfectamente. Me invadió la turbación.

La vida acababa de ofrecerme sus maravillas, y, de repente, el horror: tenía que renunciar a mi alma.

Algo así. Era aterrador. Sé que me puse roja como un tomate y que me sentía incapaz de articular palabra.

Seguía sonriéndome. Dijo: No hace falta que me des las gracias, me hago cargo de la trascendencia del momento.

Deus ex machina . ¡Eso dijo! ¡Como si fuera Dios!

Palabra. El tío creía que me abrumaba la gratitud, pero en realidad estaba furiosa.

Me sentía profanada. Estaba tan furiosa que me daban ganas de aplastarle aquel cabezón de huevo. Me escabullí mascullando una evasiva.

¿Escribiste sobre Bo?