4 #7
Intenté explicarle que una avioneta se parecía más a una cometa que a un camión.
Le conté lo que Dave Harner, mi instructor en Montana, me gritaba en mis primeros intentos de aterrizar con el 172 en los aeropuertos de la zona del lago Flathead.
En la aproximación final, mientras el avión daba bandazos como un pato mareado, gritaba: ¡Joder, Hig!
¿Conduces una moto? ¡Sí! ¿Y una camioneta?
¡Sí! ¡Lo sabía! ¡Pues esto no tiene nada que ver!
¡Esto es un pájaro! ¡Con suavidad, con suavidad! ¡Joder! ¡Ha sido espantoso!
Se rió.
Harner había sido leñador cuando aún quedaban árboles grandes en el noroeste. Subía y bajaba por las laderas empinadas con una motosierra de veinte kilos y una barra de veinte centímetros y era el que cortaba más leña en toda la región. Un Paul Bunyan de carne y hueso.
¿Te acuerdas de Paul Bunyan?
Por supuesto.
Estupendo. Cuando Dave cumplió treinta años, sus amigos le regalaron una clase de demostración en el aeropuerto regional.
Era Kalispell . Le dijeron que querían que viese con sus propios ojos todo el terreno que había talado.
Bien mirado, era un regalo muy bonito. Así que se subió al avión con un chico llamado Billy, un piloto rural con poca experiencia, y tomó los controles en la calle de rodaje y enseguida le cogió el tranquillo a los pedales —no como yo, que la primera vez casi me empotré en un almacén—, y cuando despegaron ya se había hecho con el avión y enseguida se alejaron de Kalispell .
Hizo todo lo que Billy le decía, con una tranquilidad pasmosa, extraña.
Al fin y al cabo, me dijo, ¿cómo iba a impresionarme después de subir y bajar pendientes de cuarenta grados entre los alaridos de una sierra despiadada y con mil toneladas de madera cayendo alrededor?
Tuve una sensación de calma, dijo. Una calma misteriosa, casi divina.
No fueron sus palabras exactas. Hig, me dijo, fue como entrar en una fotografía, uno de esos paisajes tan bonitos, todo en calma y en silencio, como nos gustaría que fuese el mundo.
Lo que trataba de describir era esa separación, ese desapego que se experimenta al volar.
Como si el mundo fuese perfecto como la maqueta de un tren y no pudiera pasarte nada malo.
Es justamente lo que yo siento.
Sí. Dave se enamoró en ese instante. Se volvió loco. A mí me pasó casi lo mismo, con la diferencia de que él tenía un talento innato para volar y yo no.
¿Y tú? ¿Has descubierto tu talento innato?
La pérdida, pensé. Parece que mi misión en la vida sea perderlo todo. No lo dije, por supuesto, ¿quién era yo para hablar?
Pescar, supongo. Tenía un imán para las truchas. ¿Y tú?
Negó con la cabeza.
Pasé algún tiempo en la Bestia. Trepé por la escalera del árbol y salí del cañón remontando el arroyo.
El verano me sorprendió con la guardia baja.
Fui saltando de sombra en sombra. Ya no se estaba bien, a media mañana ya pegaba el calor.
Se notaba a simple vista que cada día bajaba menos agua.
El arroyo se estaba quedando en los huesos.
Las rocas sobresalían cada día más y estaban cubiertas de troncos y detritos.
Me asusté. La corriente se secaba pronto y rápido.
Acabaría secándose del todo. Morirían hasta los peces que toleraban las aguas más calientes.
Las carpas y los siluros. Los cangrejos de río. Las ranas.
Las agujas de pino resecas crujían bajo mis botas. Como reflejaban el sol en los lugares sin sombra, los ojos no encontraban ningún alivio al mirar al suelo. Hacía unas dos semanas que habían brotado las flores y ya casi no quedaba ninguna. Nunca había visto una primavera tan fugaz.
En los antiguos ciclos, la sequía terminaba, llegaban las lluvias, llegaban las nieves y la vida regresaba.
Cómo volvía era un misterio, al menos para mí.
Las truchas, las degolladas que llevaban aquí más tiempo que nosotros, las ranas leopardo y las salamandras, volverían el año siguiente.
¿De dónde? Quizá de las gargantas de los pájaros, qué sé yo.
Pero es probable que ya no volvieran más.
Subí por el sendero zigzagueante siguiendo el archipiélago, las islas de sombra que dejaban los ponderosa.
Olía la corteza tostada, el suelo todavía húmedo se iba secando.
Me agobiaba el zumbido estival de un tábano.
Los cedros de la cumbre eran tupidos. De troncos gruesos y nudosos, se retorcían en busca de la luz solar y acunaban las rocas como feos brazos consoladores.
Eran árboles de crecimiento lento, nunca los habían cortado.
Algunos serían pimpollos cuando Cortés miraba a sus soldados sin dar crédito.
Atravesé el prado abierto y acaricié el morro de la Bestia.
Te echaba de menos.
Miré la pequeña pradera. Poco espacio. El pino piñonero y el enebro que había al final no eran altos, cinco metros como máximo, pero los pinos de detrás llegarían a los doce. Podíamos cortarlos.
Ojalá estuviéramos en pleno invierno... El calor cambiaría mucho las cosas. El aire frío es más denso, el caliente reduce el rendimiento de una manera impresionante. Saldríamos estando aún oscuro, justo al amanecer, con luz suficiente para ver pero cerca de la hora más fresca.
Lo que quiero decir es esto. Metí la cabeza y me recibió el mismo olor de siempre.
Olía a Jasper, olía aún a la década de los cincuenta, más o menos.
Saqué el manual de vuelo, el original de 1956, del bolsillo de vinilo de mi asiento.
Es muy finito, no creo que tenga ni medio centímetro de grosor, ochenta páginas con una ilustración del avión en la cubierta.
En las últimas páginas están las tablas de rendimiento.
Son una maravilla: exactas y de un valor inestimable.
Para crearlas, algún piloto de pruebas se montaba en este mismo modelo y despegaba una y otra vez.
Desde tal altitud y tal otra. A esta temperatura y a aquella.
Unos técnicos con batas blancas y gafas de pasta negra registraban los datos y trazaban las curvas, hermosas, sencillas y pausadas.
Luego volvían a casa, donde los esperaban sus mujeres con sus peinados de colmena y se tomaban un whisky con hielo en vasos de cristal tallado.
¿Y qué hacían los pilotos de pruebas? Eran pilotos de combate, veteranos de la segunda guerra mundial que habían bombardeado Japón y ametrallado aeródromos en Austria y luego se habían acomodado en los nuevos barrios residenciales, como los personajes de los libros de James Dickey, y habían vuelto a las cabinas del centro de pruebas de Cessna, en Wichita, para reencontrarse con aquel estremecimiento de los aviones de hélice tan familiar.
Los antiguos comandantes de ala tenían la misma sensación que los jinetes experimentados al montar a cualquier caballo en cualquier lugar del mundo, esa sensación compleja y a la vez sencilla de estar en casa y liberados de las limitaciones cotidianas.
Las páginas de las tablas y gráficas se encontraban al final del pequeño manual.
Distancias de despegue y de carrera de frenado.
Con mucho cuidado —siempre trataba el manual de vuelo como si fuera una reliquia de valor incalculable— pasé a la página titulada «Datos de despegue».
Seguí con el dedo la fila de la altura del aeródromo hasta llegar a dos mil trescientos metros y bajé por las columnas de temperatura del aire en centígrados.
La distancia de despegue sin carga, para evitar un obstáculo de quince metros a cero grados sin viento en contra, era de doscientos noventa metros.
¿Ves? A mí no me eches la culpa. El aire se va haciendo menos denso cuanto más se calienta.
Luego hice una cosa que no hago nunca, que no hacía desde el examen de piloto privado: saqué la hoja de peso y balance que guardaba en un bolsillo del mamparo, a la altura de mi rodilla.
Cada avión tiene la suya específica. Pesos e inercias.
Cogí una hoja en blanco y eché números. Senté al Abuelo delante, con un peso de ochenta kilos, y a Cima detrás, con cincuenta y cinco kilos y una bolsa de provisiones de diez.
Veinte litros de agua, veinte kilos. Nada de ovejas.
Ya no había que contar los bidones de gasolina porque había echado el combustible en los depósitos.
Calculé el combustible, las armas, dos fusiles, la escopeta, cuatro granadas. Punto. Y dos litros de aceite.
Con un cabo de lápiz garrapateé los números en el papel. Luego dejé todos los papeles en mi asiento, la puerta abierta porque no hacía viento, y recorrí el camino del prado.
Ciento ochenta, ciento ochenta y uno, ciento ochenta y dos.
Conté los pasos. Me recordó a cuando contaba los segundos mientras esperaba a Bangley en los tiroteos.
Esquivaba los surcos. Araba la hierba con las espinillas.
Observé el zopilote cabecirrojo que volaba en círculos al norte.
Y cuando llegué a doscientos y vi el espacio libre que tenía delante me di cuenta.
No era suficiente. Ciento noventa y cinco metros, como máximo. Imposible.
Por último —ya lo sabía, pero lo comprobé para estar seguro—, cogí del mismo bolsillo un agitador de madera para la pintura.
Con un rotulador había dibujado líneas a todo lo largo, marcando veinte, cuarenta, sesenta, hasta llegar a ciento veinte.
Litros. Subí por el montante, desenrosqué el tapón del depósito del ala e introduje el agitador.
Lo saqué, lo aparté de la luz directa y me fijé en hasta dónde llegaba la marca del líquido que ya se evaporaba dejando un olor acre. Hice lo mismo en el otro lado.
Los tíos de las batas blancas. El piloto de guerra con su uniforme de vuelo. Con su esposa la del peinado de colmena.