La constelación del Perro 4 #6
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El viejo me habló claro. Al alba se acercó a la hamaca con una humeante taza de metal esmaltado.

Hacía tiempo que se les había acabado el café y el té, y ahora preparaban una infusión de piñones tostados y té mormón que tenía un sabor amargo y ahumado pero que no estaba mal.

Se sentó en el tocón que me servía de mesita.

Lo señaló con la cabeza como pidiendo permiso, cogió la Glock, la dejó sobre mi mochila y se sentó.

Me dio la taza. Me incorporé a horcajadas sobre la manta colgante.

Ajusté el silenciador de mi cerebro, el silenciador de la corriente de imágenes.

Había vuelto a soñar con mi casa. Esta vez no estaba en un prado, sino que era mi —nuestra— auténtica casa, la de aquella calle de la zona oeste de la ciudad, a dos manzanas del lago.

Pero no parecía nuestra casa, era un búnker de ladrillos bajo y con chimeneas, a todas luces un crematorio, y yo estaba fuera, confundido otra vez, preguntándome dónde iba a dormir o a darle de comer a Jasper.

Supongo que oí el ruido de sus pasos por encima del canto del arroyo. Al despertar, salí de la confusión del sueño para volver a la acumulación de pérdidas, a la luz suave, pero en un mundo donde no queda nada eso es como pasar del aire al aire.

¿Qué puede saber del agua un pez? Muchas cosas, creo yo.

Apagué el sueño, cogí la taza. Parecía que aquel hombre no dormía nunca. Nunca tenía las facciones borrosas, vamos. Cuando se enfadaba se le afilaban aún más, pero siempre las tenía afiladas.

Dentro de unas semanas, si no llueve, y no lloverá, llegará el momento de irse.

Me enderecé.

Ya os dije que me iría cuando me lo dijerais.

Negó con la cabeza.

Habéis sido más que hospitalarios, dije con seriedad. Creo que estoy engordando.

No sonrió.

Me refiero a nosotros, no a ti. A los tres. Nos iremos en tu avión.

Parpadeé. Apoyé la taza en mi regazo.

¿Tienes idea de lo que es la vida ahí fuera? Ni te lo imaginas. ¿Por qué coño quieres marcharte de este pequeño edén? ¿De este reducto de paz para ti y lo que queda de tu familia?

Eso es lo que pensé. Lo que dije fue: ¿Por qué?

La sequía.

Miré la corriente borboteante, el prado verde.

El verano pasado el arroyo casi se secó. Tuvimos que cavar en el lecho para sacar agua para beber. Se nos murió la mitad de los animales. Cada año es peor. Ya decían que cada año haría más calor y es verdad.

Bebió de su taza.

Sabíamos que tendríamos que largarnos. Probablemente esta primavera. No sabíamos adónde ir. Y nos da miedo viajar sin agua. Si la sequía ha llegado hasta aquí, ¿cómo será fuera de la meseta?

Se desabrochó el bolsillo de la camisa y sacó el Copenhagen. Cogió una pizca y me pasó la lata.

Entonces apareciste tú con el avión. Y pensar que casi te mato.

Sí, la ocasión bien merecía una pizca de tabaco. Me serví y le devolví la lata. El placer de encajarlo contra el labio superior, el leve subidón.

¿Queréis venir conmigo?

No se trata de querer o no querer, Higs.

Es Hig, rima con Big, le dije. Qué capullo.

Hizo una mueca de disgusto.

¿Queréis venir conmigo a Erie, al aeropuerto? ¿Y vivir con nosotros? ¿Con Bangley y conmigo? ¿En las llanuras?

Se inclinó hacia delante, escupió. Yo quiero quedarme aquí. Vivir los años que me queden en paz con mi hija. Como si fuera una compensación. Por toda esta jodienda.

Movió la cabeza como para aclararse las ideas. Esta vida a la que regresé. Cuando me licencié del ejército y volví al rancho. Creía que sería muy diferente de como es. Pero sigue siendo una compensación.

Hinchó las mejillas. Al llevarse la taza a los labios le temblaba la mano. Se acercó el dorso de la muñeca a la comisura del ojo.

Era el rancho de mi abuelo. En el verano traía ganado aquí antes de que hubiera que arrendar los pastos al gobierno.

Me pareció que la muerte de sus pastizales le dolía más que la de la raza humana, incomparablemente más, y entonces me cayó mucho mejor.

¿Por qué no habéis abierto un pozo?

Hizo una mueca. No creas que no lo hemos intentado. Todo el cañón está sobre un lecho de roca. A poco más de un metro. Ni siquiera se puede cavar una tumba decente.

Mientras hablábamos, el gris arenoso del alba se tiñó de una luz más suave, más brillante, como agua clara que fluye sobre guijarros húmedos.

Puede que la región se estuviera muriendo.

Sabía que cada año había menos nieve en la Divisoria, el deshielo llegaba antes, en otoño los arroyos llevaban menos agua, eran más delgados.

Pero justo en ese momento oí un cucarachero barranquero, seis siete ocho notas en una escala imposible para una garganta humana.

Y otro que le respondía. Oí a un turpial al otro lado del prado y vi lanzarse en picado el martín pescador que veía casi todas las mañanas.

Se movía rápido corriente arriba. Los ríos más grandes, como el Gunnison, no se estaban secando. Todavía.

El viejo miraba detrás de mí con las facciones tensas. Quienquiera que fuese, fuera lo que fuera lo que hubiese hecho, sentía un gran amor por su tierra y por su hija, un amor intenso y espontáneo como un fenómeno natural.

El primer problema se presentó de inmediato: ¿podría despegar con el peso extra desde aquel prado de artemisa tan corto? Estaba por ver. Quizá no podría despegar con los dos, o ni siquiera con uno.

El combustible no me alcanza para volver, dije.

Se crispó. Se le endureció la mirada, que volvió a fijar en mí.

No me jodas, Higs.

Hig. Acuérdate de que rima con Big.

En ese momento pensé que me convenía tener algo más de tacto.

¿Qué le impedía matarme si no podía llevármelos en el avión?

Joder. Empezaba a sentirme utilizado. Como si solo me quisieran por mi potencia aérea.

Como a los Estados Unidos en otra época.

Primero Bangley y ahora esto. ¿Y si no tuviera avión?

¿Y si no fuera más que Big Hig, si en este mundo en ruinas solo pudiera ofrecer lo que estaba en mis manos, un poco de amabilidad, un poco de compasión, cierto conocimiento técnico, pero no tuviera avión? ¿Pero qué te creías? Pum .

Pregunta a los tipos del camión de Coca-Cola.

¿Qué?

Lo siento. He pasado tanto tiempo solo que a veces pienso en voz alta.

Me volví hacia el arroyo y escupí.

No te engaño. Superé el punto de no retorno. Cerca de Colbran.

Volvió a traspasarme con la mirada. Me estaba reevaluando sin ningún disimulo. Me sentía como una pared muy vieja ante el ojo experto de un albañil. Me puse nervioso.

Higs, nos vas a sacar de aquí con tu avión. Llévanos a una ciudad o a un recinto fortificado, me da igual, y yo me ocuparé de conseguir combustible.

Sentí un escalofrío. No dudaba de su eficacia.

La gasolina normal ya no sirve.

¿Cómo?

A los tres años se estropea. Aunque se le añada plomo. Es muy inestable. La cien baja en plomo es mucho más esta ble. Todavía aguantará, aunque ya le queda poco, han pasado nueve años. La gasolina que podamos encontrar ya estará más que inservible.

Se mordió la mejilla por dentro. No había escupido ni una vez, supongo que se lo tragaba.

En Erie no me preocupaba. Conocía un almacén en Commerce City lleno de un estabilizador que, según la etiqueta, «deja la gasolina como nueva».

Es magia. Como mínimo me da otros diez años.

Pero no está claro que encontremos nada por aquí.

Es posible que ni siquiera nos sirva la gasolina de aviación.

Depende del estado de los depósitos, más que nada.

Me costaba mirarlo. Ya no me sentía como una pared de piedra, sino como un conejo sorprendido a campo abierto.

¿Por qué viniste hasta aquí?, se limitó a decir.

No contesté. No por cautela, ni porque no quisiera, simplemente no lo sabía.

Te subiste al avión y al llegar al punto de no retorno seguiste adelante.

Sin saber si encontrarías combustible útil.

Abandonaste un refugio seguro, una relación que funcionaba.

Y te aventuraste en un mundo hostil donde lo más probable es que todos intenten matarte.

Si no te matan para robarte te acabarán matando por la enfermedad. ¿Qué coño pensabas? Hig.

Se murió mi perro, dije.

Le conté lo de la transmisión de radio que había captado hacía tres años. Le hablé de la caza y de la pesca, le dije que Jasper había muerto y que habíamos matado a un niño y a otros, y que ya no podía soportar perder una sola cosa más.

Fue lo único que se me ocurrió, le dije.

Lo sabía todo. Sabía que un Cessna 182 de la época de la Bestia tenía capacidad para unos doscientos litros útiles.

Que consu mía unos trece litros cada hora.

Conocía las distancias aproximadas. Lo había calculado todo.

Suponía que yo estaba justo en el punto de no retorno.

Y que llevaba un par de latas suplementarias.

Pero también había supuesto que yo sabía lo que hacía y en eso la había cagado.

Iremos a Junction. Comprobaremos lo que querías comprobar. La torre, el aeropuerto. Luego cogeremos gasolina de aviación. Después volveremos con Bangley. Y si no le gusta lo convenceremos.

No sé si podré despegar desde ese prado con vosotros dos.

Ya lo creo. Aunque tengamos que cortarte las piernas y acomodarte en el asiento. De los pedales del timón ya me encargaré yo.

Me dirigió una sonrisa huraña, pero vi una sombra de preocupación cruzar el invierno de sus ojos.

No tenía ningún sentido matar las reses para preparar más cecina.

Teníamos cerca de diez kilos del venado que había cazado y no podíamos cargar con más peso.

Probablemente no podríamos llevar ni lo que ya teníamos.

Cima dijo que los animales se alimentarían solos y, si Dios lo quería, llovería lo suficiente para que resistieran el verano.

Quería llevarse dos corderos, macho y hembra.

No pueden pesar más de diez kilos cada uno.