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Terminó la tesis y acababa de superar los orales cuando en Newark estallaron los primeros casos.
Vivíamos en un edificio sin ascensor en Cranberry Street , que queda en Brooklyn Heights, al otro lado del río, a la altura del distrito financiero de Seaport.
Desde nuestras ventanas teníamos una vista espectacular.
La típica vista de las películas: el perfil urbano, el puente.
Siempre andábamos estresados, pero ahora me parece que nadie podría desear una vida más feliz.
El bagel con huevo frito y bacon que me tomaba todas las mañanas y que sabía a remordimiento.
Había que bajar tres escalones para entrar en el deli de Montague Street, que era poco más que un pasillo.
Siempre había cola, los que iban a trabajar, impacientes, con el café que les servían en aquellos vasos griegos, azules y blancos, que ya tenían el azúcar y la leche.
No tomaban nada más. Me llamaba al móvil mientras yo esperaba en el andén.
No tenía buena cobertura. ¿Qué quieres que traiga?
¿Comida india? ¿Pasta? Ja. Vivir así, compartiendo solo los momentos de las comidas.
Vaya recuerdos. Dos personas esperando el futuro, que supongo que eran los hijos, como quien espera la llegada de un tren.
La espera más feliz. Tal vez entonces no lo era tanto pero ahora lo parece.
Él era profesor adjunto en Hunter, tenía un sueldo de mierda, le encantaban sus alumnos y odiaba al departamento.
Esperaba sacarse el doctorado. Esperaba.
El tiempo dentro de una vaina, hasta que explotó y se desparramó.
Ella me contaba aquellas cosas y yo la escuchaba.
Su padre trabajaba y pasaba por delante de mí atareado, sin decir palabra.
No me ofrecí a ayudarle. Por su mirada, no parecía querer ayuda.
Fui a la Bestia a por mi saco de dormir.
Las noches eran claras y frescas, llenas de estrellas, los bordes del cañón las enmarcaban como si fueran las orillas de un río oscuro, oscu ro pero nadando en luz.
Entre las hojas de los grandes álamos. Dormía en la hamaca bajo las hojas, como un techo susurrante que movía las estrellas y les prestaba voz.
La primera noche me dolió la espalda pero luego ya no.
El tercer día trepé por la escalera del árbol con mi fusil y volví con un ciervo grande.
Lo traje a rastras y lo bajé con una cuerda por el borde de la cascada y esa noche comimos el corazón y el hígado.
Al día siguiente hice lo mismo. No nos molestamos en colgar los cuartos: dejamos la carne sobre la mesa de tablones y la cortamos en tiras para hacer cecina.
Trabajamos rápido, sin palabras. Tenían sal.
Un barril de setenta y cinco litros que se habían traído.
Metimos la carne en cubos de salmuera. Él se las sabía todas, pero por supuesto no se lo dije.
Es curioso cómo puedes pasarte la vida esperando sin saberlo.
Me iba hablando mientras sacaba de un cuenco un puñado de vainas de guisantes. Estábamos sentados a la mesa, a la sombra de los árboles.
Esperando a que empiece la vida de verdad. Quizá lo más real sea el final. Te das cuenta cuando ya es demasiado tarde. Ahora sé que lo quería más que a nada en este mundo o fuera de él. Más que a Dios, al de mi liturgia episcopal.
Mientras hablaba iba desvainando los guisantes tempranos con el pelo sobre la cara y las manos moteadas con manchas moradas de sangre. Movía las puntas de los dedos con cautela, como si le dolieran. Las vainas más duras las desgranaba con los nudillos del índice y el pulgar.
Se murió llamándome, mirando desesperadamente por toda la sala del hospital, gritando mi nombre.
Confundido. Muy pronto, antes de que se cayeran todas las redes, antes de que supiéramos lo que era.
Me llamó Joel, el médico que dirigía el ala y que era amigo mío.
Mi madre se estaba muriendo y era demasiado tarde para volver a Nueva York en avión, y decidí quedarme con ella y con mi padre.
Joel me dijo que incineraría a Tomas y guardaría las cenizas.
Se lo agradecí mucho. Estaba claro que mi madre se moría.
Pasadas una o dos semanas volvería a casa y me acercaría hasta el norte del estado con el coche, hasta John’s Brook, un arroyo de las montañas de Keene Valley, y esparciría las cenizas de Tomas en el lugar al que íbamos todos los fines de semana que podíamos.
Como yo trabajaba en la sanidad pública municipal tenía los fines de semana libres, cosa rara para un internista.
No tenía que estar localizable salvo en las emergencias de salud pública, que no eran muy frecuentes.
Nos alojábamos en el pueblo, en una casita de madera blanca, y desde el porche teníamos una vista magnífica del Noonmark, una montañita del macizo de Adirondack que parece la parodia de una montaña, picuda como el Matterhorn pero en miniatura.
Una montañita con ínfulas. Muchos sábados nos levantábamos tarde y luego íbamos hasta la cima.
Con paso rápido y alegre subíamos por el sendero de cornisa hasta arriba del todo, hasta una roca que asomaba entre abetos enanos.
Y por la tarde subíamos con dos bicicletas de piñón fijo por la carretera asfaltada hasta una poza de piedra con una pequeña cascada que resbalaba sobre las rocas y donde el agua estaba siempre helada y nos desnudábamos y nos metíamos de un salto.
Cumplíamos con aquel ritual mientras esperábamos a que empezara la vida de verdad, y ahora creo que tal vez la auténtica dicha solo es posible en el limbo.
No sé por qué. ¿Será por nuestra inseguridad, nuestras vacilaciones y espera?
Como si necesitásemos mucho sitio para expandirnos, mucho espacio.
El no saber, la esperanza y el dolor de lo transitorio: es como si esos momentos no fueran reales, así que los dejamos en paz, los dejamos desplegarse con suavidad.
Momentos que pueden volar. Es lo que ahora me parece al mirar atrás.
Como ese cansancio placentero después de ir en bici por el arcén de una carretera con el calor de la tarde.
Hasta un puente. Hasta un sendero surcado de raíces que serpentea ba entre grandes arces y por el que andábamos descalzos río arriba hasta la poza.
Incluso el fin de semana que una hiedra venenosa me provocó un sarpullido y no pude ir a trabajar los dos días siguientes.
Recordándolo ahora me parece que nunca se concedieron días más felices a dos personas.
Jamás. En la Tierra. Mientras esperábamos a que él se doctorase, a que yo tuviera un hijo, a empezar a vivir en serio.
Levantó la vista. Somos unos ilusos, ¿verdad?
La putísima verdad.
¿Te duele? ¿Pelar los guisantes?
Negó con la cabeza moviendo el cabello sobre el cuenco y sin levantar la vista.
Sí que te duele, ¿verdad?
¿Qué es doler? Un poquito sí que me escuece. Es como si se te secaran las manos y se te agrietara la punta de un dedo.
Entonces le miré las manos con más atención. Se pasaba con habilidad las vainas de unos dedos a otros, a veces llegaba hasta el medio o el anular, para repartir el dolor. Trabajaba deprisa y sin quejarse.
No mires, por favor, dijo.
Una vez me dijo de pasada que no esperaba vivir más allá de los cincuenta o cincuenta y cinco. Por el daño que la fiebre causaba a los órganos. También me confesó que curiosamente aquí era más feliz que nunca. Pese a todo lo que había perdido. Más feliz siendo algo, lo que fuera, que esperando.
Perdí la cuenta de los días. Quizá fueron cinco, quizá nueve. El tiempo se estiraba como un acordeón que producía una música ruidosa y sincera.
El tiempo era seco y cada día hacía más calor.
Había bajado el nivel del arroyo, la corriente perdía empuje, su estruendo se iba aplacando, las cascadas disminuían, la faja blanca que caía por el borde de piedra era cada vez más estrecha.
El arroyo como un estado de ánimo. De desánimo.
A veces me despertaba en mitad de la noche, sacaba un pie del saco de dormir, lo apoyaba en el suelo frío y rugoso y me mecía en la hamaca.
Y contemplaba las estrellas que nadaban entre la malla de hojas como peces que empujaran una red.
Eso es lo que somos, lo que hacemos: acercarnos a una red y empujarla con la nariz, una red inexistente. Lo que refuerza sus nudos son nuestras creencias. Nuestros miedos.
Ja. Reconócelo: no tienes ni la más remota idea de lo que estás haciendo, ni la has tenido nunca.
En todas las redes del mundo, reales o irreales.
Ibas nadando en medio de la confusión de un banco centelleante, siguiendo las colas de los demás peces.
Y poco más. Picando lo que encontrabas a tu paso, en la corriente en la que nadaras.
Incluso el amor de tu vida te parecía cosa de suerte, como si fuera a desaparecer entre la multitud en cualquier momento. Como sucedió.
¿Qué haces?
No lo sé.
Mecerse en un vaivén. Parar. Empujar. Soltar. Regresar. Las estrellas, las hojas, incluso el ruido del arroyo, palpitan acompasados. Como una barca, una hamaca, un columpio, un útero. Balancearse. El olor de la corriente fría, de la piedra, del estiércol, de la floración. Dormir.