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Se levantó y se estiró. Debía de tener más de sesenta años, pero era alto y delgado y se lo veía firme, como hecho de acero por dentro.
Se sentía muy a gusto en su pellejo. Puestos a conjeturar, diría que había dedicado la vida a un trabajo que le encantaba.
Sin duda fue ranchero, y también militar en algún momento.
Estaba tentado de jugar a los acertijos con él, pero no iba a ponerme a competir con aquel tipo, como en un concurso para ver quién meaba más lejos.
Acababa de ofrecerme el mejor almuerzo de mi vida. Aunque más bien fue cosa de ella.
Gracias por la comida, dijo él, y le tocó el hombro. ¿Cómo va la garganta?
Ella sonrió. Podría estar mejor.
El hombre hizo un gesto de asentimiento, cogió una sierra de una estaca de la pared de la cabaña y se marchó río abajo. Abrió la puerta de la cerca de maleza y la atravesó. Me serví más leche de la jarra. Debía de ser la cuarta o la quinta taza.
No estás acostumbrado. Te va a sentar mal. Tendrás una diarrea horrible, como mínimo.
¿Eres médica, además de chef?
Pues sí.
Me quedé parado con la taza en los labios. Volví a dejarla en la mesa.
¿De qué especialidad?
Medicina interna. En la sanidad pública.
Se le estiró la boca en la forma de una sonrisa pero sus ojos no sonreían. Ni siquiera eran irónicos.
Epidemiología, para ser exactos.
Qué afición a la exactitud tenía esta gente. La verdad, toda la verdad.
¿Dónde?
En Nueva York.
Caramba.
Joder.
¿Qué te ha pasado en la garganta?
Por muy arisco que fuera, aquel hombre no parecía capaz de algo así. Pero... Allí no había nadie más. A no ser que tuvieran ovejas agresivas.
No es que me pasara nada. Los vasos sanguíneos me quedaron dañados y ahora soy muy propensa a las hemorragias.
También padezco dolores musculares. Es un tipo de fibromialgia.
Contraje la gripe y sobreviví por los pelos.
Son las secuelas de una inflamación sistémica causada por la fiebre prolongada.
Pero demostré una resistencia que al parecer heredé de mi padre.
Resistencia biológica o pura hosquedad.
Eso también. Perdona por haberte asustado. Tú nos asustaste a nosotros.
Tampoco entonces lo defendió, no vio la necesidad. Ella estaría siempre en su equipo, como debía ser. ¿O no?
Ya lo habíamos hablado. Como ves, mi padre no se anda con miramientos.
Se sirvió una taza de leche y se apoyó en la mesa. La brisa jugaba con los mechones rizados que le caían sobre la sien, sobre la ceja.
Estuviste a punto de desencadenar nuestro Plan. Mi padre quería que tuviéramos claro qué hacer cuando nos invadieran. Cuando, no si. Cuando nos sorprendiera alguien más listo que nosotros o mejor armado. Cuando apareciste con las granadas creíamos que había llegado ese momento.
Mierda.
Tal vez no fue una sonrisa lo que vi en sus labios, pensé. A través de la mira. Tal vez fuera la cara que se te pone cuando se acaba todo. Cuando llega el fin.
Se oyó el típico mugido largo y grave, con inflexión ascendente, que sueltan las vacas. Como una pregunta. Sobre nosotros las hojas del álamo aleteaban ruidosamente.
Tenéis un pacto, ¿no?
Asintió.
Y según el pacto él te matará.
La vaca volvió a mugir, esta vez una nota breve, como si respondiera a su propia pregunta. La sencilla vida de campo. Pregunta y respuesta.
¿Estuvisteis muy cerca?
Bastante. Llegó a sacar su pistola de cuarenta y cinco milímetros. Cuando lanzaste la granada. Pero luego dijo: Aguantemos un poco más. Igual nos liquida en cuanto nos levantemos, pero tengo una corazonada.
¿Una corazonada?
Le pareciste débil. Esperemos a ver qué pasa, dijo.
Sentí un pinchazo en mi orgullo y noté que enrojecía. O quizá me estaba afectando la lactosa.
No sois nada diplomáticos.
En este mundo ya no hay lugar para la diplomacia.
Puede. Lo mismo cree Bangley . Mi compañero.
Pero me dio la pistola, por si acaso. Por si te lo cargabas desde el acantilado e ibas a por mí.
Joder.
Así es el mundo. Así era el mundo del que decidimos marcharnos.
Asentí.
Podrás con él, dijo. Si me mata, mátalo cuando se acerque. Pero si no está solo..., entonces...
Se tocó la garganta inconscientemente. Asentí. Llegados a ese punto probablemente me habría liquidado. No te lo to mes a mal, Hig. Es una especie de cumplido. Te vieron las intenciones a cien metros de distancia.
¿Entonces por qué no se me cargó en el arroyo? En vez de matarme me invitasteis a comer.
Abrí los ojos como platos.
¿No estaréis cebándome? A ver si resulta que os gusta la carne humana como a un tiburón solitario.
Entonces sí que sonrió. Se rió. Echó la cabeza atrás, mostrando el cardenal de la garganta, y se rió con voz alta y ronca.
¡Ay! Se llevó la mano a las formas estriadas de la tráquea. Duele un poco, no mucho. Un tiburón solitario. Qué va, hombre.
Se sirvió otro tazón de leche y bebió despacio. No. Terminó el último trago. Es que te necesitamos.
Ah.
De repente sentí náuseas. Es extraño, pero la primera imagen que se me ocurrió fue la de un experimento reproductivo forzoso.
No sé por qué me asqueaba tanto la idea, si ella era muy guapa, por no decir hermosa.
Pese a sus cicatrices y su fragilidad. Pero me imaginé follándomela sobre un lecho de piedra como un altar con su padre al lado apuntándome en la cabeza.
No pregunté nada. Por la forma en que aquella gente compartía las cosas, sabía que pronto me lo dirían lo quisiera o no.
El agotamiento, otra vez. Era como una especie de gas mostaza.
¿Qué me ocurría? Era como si nueve años de vigilancia constante de repente me pasaran factura.
Tenía ganas de cruzar los brazos sobre la tosca madera de la mesa y recostar la cabeza sobre ellos y dormir. Inmediatamente.
No te importa que eche una siesta, ¿verdad? Se me están cerrando los ojos.
Será por la leche. Se levantó y señaló un lugar bajo los árboles, junto al arroyo. Allí hay una especie de hamaca. Estás invitado.
Invitado. Para bien o para mal. Le di las gracias por la comida, me eché sobre una sábana suspendida junto a la corriente, me tapé con mi abrigo y me dormí.
Soñé con una casa en medio de un prado que debía de ser mía, quiero decir que volvía a un lugar que había construido yo mismo, con la esperanza de encontrar un refugio, un hogar que cobijaría todo lo que yo amaba, y al acercarme campo a través veía un anexo levantado a un lado, a la derecha, más grande que la propia casa y con unos ángulos que me resultaban extraños, contrarios a mi percepción de las cosas —lucernas inquietantes a una gran altura bajo el tejado, cantos sobresalientes en lugares inverosímiles—, y se me encogía el corazón mientras se apoderaba de mí un negro presentimiento: el de que en mi casa vivía alguien a quien odiaría y que había obtenido derechos de okupa con malas artes en una negociación horrorosa de la que casi no me acordaba, y podía o bien quedarme allí a modo de confirmación, para confirmar aquella especie de pesadilla, o bien seguir andando y renunciar a todo lo que había querido, todo lo que había amado hasta ese momento tan atroz, y me quedaba en medio del campo incapaz de decidirme a entrar o pasar de largo, y entonces me desperté sollozando.
No se me ocurría entrar por la fuerza y recuperar mi casa.
Tantas y tantas opciones que no vemos. En cada momento.
Estaba tendido en la hamaca y extrañamente no había sollozos en ese mundo irreal, las lágrimas no me habían mojado el cuello, solo estaban las hojas del álamo que se movían y giraban encima de mí y el arroyo que fluía a mi lado.
Podías despertarte de una pesadilla para entrar en la siguiente y en la siguiente sin comer nunca ni mear y morirte de sed.
Cuando abrí los ojos ella estaba trabajando en el huerto.
La veía a través de los árboles de la orilla, agachada, quizá arrancando las malas hierbas.
El viejo llegaba por la puerta de la cerca con dos estacas de abeto bien secas, a juzgar por lo poco que parecían pesarle.
Caían de los árboles leves penachos de plumas, paracaídas de las semillas de los álamos.
No flotaban muy bien. Cerré los ojos, oí el susurro rítmico de la sierra, como la respiración fuerte de un animal ronco.
Luego oí el golpetazo, el crujido del tronco al quebrarse.
Me aterrizó en el párpado una semilla de álamo.
Al cabo de un rato me levanté, me eché agua del arroyo en la cara y fui andando hasta donde ella estaba arrancando hierbajos, ahora a la sombra del acantilado. Me puse en cuclillas en la siguiente fila y empecé a hundir los dedos en la tierra y a tirar. Me miró y sonrió.
Nosotros también tenemos, le dije. Un huerto.
Asintió con la cabeza.
Silencio. Trabajábamos en silencio. Qué alivio.
Al día siguiente, después de desayunar, volvimos a escardar. El sol se elevó en el cielo, empujó la sombra contra la pared.
¿Tienes hijos?, le pregunté.
Se sentó sobre las pantorrillas, se apartó el pelo de la cara con el dorso de la muñeca.
Esperábamos a que llegara el momento. Hasta que él se sacara una plaza en la facultad. Es músico.
Asentí. ¿Y qué más?