4 #3
No estaba en la mejor posición para negociar. Tenía las manos vacías. Ni siquiera pensaba: Le he perdonado la vida a él y a su hija, me debe al menos una. ¿Qué? Veinte putos puntos.
Volví donde estaban ellos.
Me voy. Me marcharé por el maldito árbol. Está claro que no queréis compañía.
La miré.
¿Podríais darme un poco de tabaco, por favor? No tengo la costumbre, pero ahora me parece que huele bien. Gracias.
Cogí un buen pellizco. Tragué saliva y el chute de nicotina me mareó.
Joder. No me acordaba.
Escupí.
Si me disparas por la espalda me harás un favor, ya lo sabes.
Se me quedaron mirando. Ella tenía una mancha oscura en la garganta, parecía un cardenal.
Necesito mi Glock, mi fusil. Quedaos con las granadas. Por las molestias.
Tras un momento de duda, el viejo se acercó a la mesa, cogió la pistola y me la alargó por la culata. La guardé en la funda. Levantó el fusil a la altura del pecho y me lo dio.
Gracias. Gracias por darme una patada en el culo.
Cogí impulso y le solté un puñetazo.
Se lo tenía guardado: un derechazo corto a la mejilla izquierda, rápido y fuerte, que le hizo perder pie y caer de culo.
El sombrero salió volando. Lo cogí totalmente por sorpresa.
Se levantó apoyándose en las manos y me miró parpadeando, y solo cuando recorrí con los ojos todo el cuadro vi una mano con una pistola.
Parecía magia. Un pesado .45, un arma de servicio de oficial.
No hacía falta que me pegases una patada en el culo. Ni que te pusieras en plan verdugo. Habría hecho todo lo que me hubieras dicho.
¿Quién era yo para hablar?
Me di la vuelta y eché a andar río arriba con la espalda descubierta, esperando recibir el balazo en cualquier momento.
Eh, tú.
¿Qué?
Te llamabas Higs, ¿verdad?
Hig.
Hig. ¿Quieres almorzar?
Me paré. Aquella mujer me sacaba como un centímetro. Una cicatriz quemada por el sol le partía el pelo moreno y la ceja derecha. Delgada y afilada. El cardenal en la garganta.
¿Almorzar? ¿Pero todavía se respetan las comidas?
Nosotros sí.
Dirigí la vista hacia la casa. El cabronazo del viejo se guardó el arma en la parte de atrás del cinturón, se ajustó el sombrero, nos miró.
¿De verdad es tu padre?
Sí. Por parte de padre.
No intentó disculparlo. Habría sido una pequeña traición. Me gustó el detalle. Por parte de padre . Qué bueno. Me sonreía.
A lo mejor él no quiere comer conmigo.
No lo he invitado.
Metió los pulgares en los bolsillos del pantalón corto y estiró los brazos. Vi que se le levantaban los pechos, que le quedaba una franja de cintura al aire.
Pero lo invitaré si me prometéis que no os vais a pegar ni a disparar.
Hablaba con el desparpajo de una chica de campo de las de antes. La miré fijamente. La verdad es que no sabía si que ría comer con ellos. Me había acostumbrado a la idea de vivir del aire, a seguir el viento. Era lo más cómodo.
¿Hig? ¿Sí? Otra vez la voz de Bangley, incorpórea. Me imaginaba la risotada que soltaría si supiese que era una especie de superego para mí. No podía librarme de él, era como una mala canción pop. La chica te invita a comer. Se siente culpable porque casi te meas encima. ¡Ja! Sé amable . Está bien.
Está bien, dije.
Cimarrón. Me tendió la mano.
Todo el mundo me llama...
Se interrumpió, miró alrededor, sonrió.
Cima.
Pastel de carne con mantequilla. Bien sazonado.
Con carne de ternera. Creí que me iba a dar algo.
El Abuelo tenía razón: el sol desapareció tras el borde del cañón y comimos en la mesa de tablones, a la sombra, cerca del arroyo.
Una combinación agradable: el rumor del agua se confundía con el de la brisa entre los álamos.
La mantequilla se fundía en charquitos sobre el puré de patata.
¿Quién habría imaginado que algo tan blando y tan pálido pudiera hipnotizar a un hombre?
Ella no paraba de traer más y yo no paraba de comer.
Una jarra de acero con leche se enfriaba en el arroyo y la vacié dos veces.
Joder, Hig. Si hubieras subido por el maldito árbol y te hubieras largado volando, o si te hubieran disparado por la espalda, te habrías perdido el almuerzo de tu vida.
Estaba tan entusiasmado con la comida que ni me fijé en si el viejo me miraba con ojos asesinos o con mirada de odio o con la mirada que se dirige a alguien que acaba de hacerte un moratón en la cara y ahora se está comiendo todas tus provisiones como si llevara un año sin comer.
Que te ofrezcan leche fría. Que una mujer vuelva a llenarte el plato esmaltado azul.
Que te traiga la comida desde un fuego al aire libre.
Estar sentado a la sombra de un árbol grande y viejo, no en un hangar de metal, y comer.
Oír el balido de una oveja entre el murmullo del follaje.
Con un hombre mayor sentado delante, en silencio, comiendo también, sin saber si es amigo o enemigo, aunque en el fondo da igual. Ser un invitado. Partir el pan.
El placer casi me reventó como un tomate relleno en el horno. Como si el corazón se me hinchara y la piel se me volviera cada vez más delgada por el calor. Por la compañía.
Bangley y yo comíamos juntos muchas veces, pero era distinto, no sabría decir por qué: era como alimentar a los animales de nuestro zoo particular . Esto era diferente. Podía marcharme. Ellos podían retirar la invitación. Era la sensación de un privilegio.
Nadie habló mucho. Yo gemía y gruñía encorvado sobre el plato.
No me di cuenta hasta que levanté la vista y la vi sonreír.
Tenía la cara demacrada, demasiado delgada.
Sus grandes ojos me recordaron a dos antenas de radar que lo absorbían todo aunque no quisieran.
Como si tuviera los ajustes de silenciamiento demasiado bajos y casi todo lo que absorbiese fuera dolor.
Otro cardenal en el antebrazo con el que me pasaba el plato.
Levanté los ojos otra vez y la vi frotarse la nuca con una mueca.
Era evidente que también sentía placer al verme devorar con tantas ganas.
Se ve que no sales mucho, dijo el viejo.
Dejé de masticar.
La verdad es que no. Donde vivo la mayoría de los restaurantes son muy caros.
¿Dónde vives?
Denver. Un poco más al norte.
Los dos me miraban fijamente. También tenían hambre, aunque de otro tipo.
Dejé el tenedor en los tablones, eché un buen trago de leche fría y me limpié la boca con la manga de la chaqueta.
Fue horrible, dije. Una mortalidad del noventa y nueve y pico. Se murió casi todo el mundo.
¿Tu familia?, dijo ella.
Asentí.
Todos. La infraestructura se desgastó y luego se derrumbó. Fue antes del fin. Fue horrible.
Cogí la taza de leche y bebí como si así me pudiera enfriar.
Fue un delirio. Todo el mundo aferrándose a una brizna de esperanza: la de ser inmunes. Porque se hablaba de eso, de una misteriosa resistencia hereditaria en algunas familias. Misterios de la genética.
Me miraban sin parpadear. El hombre abrió una navaja de bolsillo y se hurgó los dientes.
Cuando murió mi mujer fui al aeropuerto regional donde guardo mi avión. Me escondí.
Lo defendiste, dijo él, escrutándome con la mirada.
Asentí.
Alguien te ayudó.
Estaba calibrando mi resistencia al infierno y a la muerte, mi capacidad de causarla.
Lo defendimos. Bangley y yo. Bangley apareció un buen día con un camión lleno de armas.
¿ Bangley ? Refunfuñó. Sabía bien lo que hacía, ese Bangley .
Apoyó un codo en la mesa, estiró las largas piernas, se mondó los dientes.
Te llevó a su terreno, digamos que te entrenó. Estableció un perímetro, ¿verdad? No le importaba matar a cualquiera que lo cruzara. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres. Pero a ti sí.
Pero acabaste acostumbrándote.
Papá.
Noventa y nueve y pico. ¿Cuántos quedan? El pico. ¿Uno de cada doscientos? ¿De cada trescientos? Lo hemos visto. No es muy agradable, ¿verdad? ¿Verdad, Higs?
Hig.
Big Hig.
Lo miraba fijamente.
Lo que ha quedado no es agradable, ¿verdad?
No apartaba la vista de él. Le brillaban los ojos, mitad de frío conocimiento y mitad de cálida picardía.
Escupió un restillo de comida que se le había quedado en la lengua. Eres cazador. Ciervos, alces. Antes cazabas.
Asentí con la cabeza. ¿Cómo...?
Me interrumpió con un gesto de la mano.
Por tu manera de coger el fusil. De bajar por la orilla del arroyo. Buscando rastros. No lo puedes evitar.
Me quedé boquiabierto. Me vi a mí mismo andando sobre las agujas calcinadas y observando los montoncitos de excrementos. Me estaba vigilando. Me habría podido liquidar en cualquier momento.
Pero nunca has estado en el ejército.
Lo miré de hito en hito.
Es verdad que no te gusta matar a nadie. Ni siquiera a un alce, juraría. Si todavía los hubiera. Ni siquiera a una trucha. Si las hubiera. Es una pena. También te encantaba pescar.
¿Quién coño era este tío? ¿Cómo...?
Te vi observando el arroyo. Te quedaste exactamente donde yo me habría puesto para no asustar a los peces.
Me lo quedé mirando.
Pero uno acaba acostumbrándose a matar. ¿Verdad, Hig?
No.
Eso lo dices tú.
Se inclinó hacia delante y me perforó con la mirada. Los ojos grises chispeaban como si hubiera encendido la mecha.
Te aconsejo que te libres de esta santurronería tan cargante.
Como una serpiente de la piel vieja. Te moverás con más facilidad, con más soltura.
Se volvió y escupió. En esta mesa no hay inocentes.
¿Y ese rollo del faisán? Si hubiera po dido te habría rebanado el pescuezo.
Sin pensarlo dos veces. Me alegro de no haberlo hecho. Habría sido una verdadera cagada.
Aquellas palabras, aquella imagen, me estremecieron como un viento nocturno frío y repentino. ¿Quién cojones era aquel tío? Podría haberme rajado el cuello al pie del enebro, mientras dormía.