La constelación del Perro 4 #2
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Deberías haber seguido tu camino. Aquí no nos molesta nadie.

Yo sí que os he molestado, ya lo veo.

Cállate.

La rodilla me molía las costillas. El viejo se separó de mí, cinco pasos hacia un lado, desenrollando la cuerda. Se agachó, cogió mi fusil del árbol y se lo echó al hombro.

Arriba.

Ni siquiera me dio la oportunidad. Me puso en pie con un tirón de la cuerda tan fuerte que casi me desencaja los hombros.

Andando.

Anduve. Y...

Qué alivio hacer lo que te mandan. Lo que te manda alguien que sabe exactamente lo que hace.

Limitarte a acatar órdenes. Mientras trastabillaba cuesta abajo se me ocurrió que si me hubiera querido matar ya estaría muerto.

Igual que yo antes cuando estaba en el borde del cañón y eran ellos los que se escondían al fondo.

Me la estaban devolviendo. Una relación perfectamente recíproca. Me cago en la leche.

Estaba más cerca de lo que creía. Como a doscientos metros del punto en que el arroyo caía por el borde en una cascada de unos seis metros.

A la izquierda de la corriente se veía sobresalir el árbol escalera.

Se oía el ruido de la cascada al golpear la poza del fondo.

Levantaba una nube de agua que a la luz del sol relucía con un cambiante jirón de arcoíris.

Desde aquel ángulo, a través de la neblina del agua, la pequeña quebrada parecía el Edén.

Verde y recogida, fértil, aislada de la muerte.

¿Cómo iba a bajar hasta abajo? ¿Me iba a bajar él sujetándome por los brazos atados desde arriba, desencajándome los hombros?

¿O me iba a lanzar por el borde y listo?

Ojalá la poza fuese un poco profunda. Tanto mejor para él si me rompía un tobillo o las piernas y quedaba lisiado.

El silbido me taladró el oído, pegué un respingo.

Sonó como el grito del peregrino, pero justo en mi oreja.

La mujer salió de la cabaña de piedra. Llevaba el fusil con mira.

Un fusil de cerrojo. También una manta pequeña.

Se sentó a una mesa de tablones, desenrolló la manta, apoyó el cañón en ella como si fuese un saco de arena, apuntó hacia arriba, se lo pensó, levantó el arma y desplegó un bípode, dos patas que salían de la parte delantera del cañón, volvió a apuntar.

El ángulo era mejor. Para dispararme a mí.

Estaba claro que no era la primera vez que lo hacía.

Es muy buena. Le he enseñado yo. Como te pases un pelo, hasta luego.

Se adelantó y me liberó una muñeca deshaciendo el nudo de un tirón. La otra la dejó atada al extremo de su cuerda.

Baja.

¿Con una sola mano? Tengo vértigo.

Y es cierto. Volar es distinto.

Me dio una patada en el culo. Con la puntera.

Un zapatazo rápido en los glúteos que me lanzó hacia delante y casi me hace caer por el borde.

Me dolió. De la hostia. Me hirió hasta en los sentimientos.

¿Y si me hubiera tropezado y caído? Por primera vez desde que me había despertado me moría de ganas de darle un puñetazo.

Agárrate con las dos manos.

Me agaché, me agarré al árbol con las dos manos y bajé.

Me llamo Hig.

Nací en el Año de la Rata.

No tengo número de serie, pero el de mi licencia de piloto es 135-271.

Soy acuario.

Mi madre me quería. Me quería muchísimo. Mi padre... era un padre ausente, pero... Bueno. Tenía un tío que me enseñó a pescar.

Al terminar la universidad escribí treinta poemas, veintitrés de ellos para mi mujer.

Tenía un perro que se llamaba Jasper.

Hijos no. Mi mujer estaba embarazada.

Mis libros preferidos son Raíces profundas y La broma infinita .

Sé cocinar. Se me da bastante bien para ser un tío.

Profesión: contratista. No me gusta. No podía soportarlo. Habría preferido ser profesor de lengua de secundaria o algo así. Peluquero canino.

No tengo enfermedades, que yo sepa gozo de buena salud. Un par de veces al mes visito a unas familias que tienen el mal de la sangre.

Mi poema preferido lo escribió Li Shangyin en el siglo ix .

Igual antes no era mi favorito, pero ahora sí.

Siempre he estado en muy buena sintonía con la pérdida. Creo.

A estas alturas la cosecha de pérdidas es de lo más abundante.

¿Me podéis dar agua?

Me ató a un poste delante de la casa. De cara al sol. Me sentó en un taburete, con las manos a la espalda. Muy apretadas. Se me plantaron delante y me examinaron. Yo entorné los ojos tratando de adivinar sus intenciones. Se me ocurrió una cosa. En el bolsillo derecho de la cazadora.

El viejo se acercó, rebuscó y sacó dos latas de tabaco Copenhagen sin empezar.

Tenían nueve o diez años, habían caducado, pero bueno...

Me las había traído como regalo, así que...

Se colocó a mi lado para que pudiera verlo agacharse, mirándome de lado, de cerca.

Luego abrió una lata con un movimiento experto del pulgar: doblar el papel que rodea la tapa de hojalata, un cuarto de vuelta y levantar.

Metió la nariz, aspiró. Me llegaba el olor a sal y a tierra.

El tabaco estaba seco como el polvo, me lo había dicho Bangley, pero él cogió un pellizco y se lo puso debajo del labio superior. Era de los del labio superior. Escupió.

Tres puntos.

¿Solo tres? Son dos latas, creo que me merezco seis.

Le pasó las latas a la mujer y me sorprendió verla coger una pizca. Él arrimó el segundo taburete al mío y se sentó.

Dentro de veinte minutos el sol dejará de darte en los ojos.

Ella se quedó quieta como una estatua delante de mí, todavía a contraluz. Era alta. No lograba verle la cara, pero notaba el peso de su mirada.

¿Ella no habla?

¡Huy! Menos tres. Vuelves a estar a cero. Me parece que por ahí es por donde te gusta moverte.

Me gusta viajar ligero.

Apenas asintió.

Eso ha estado bien. Lo del tabaco. Hacía mucho que no lo probaba. Me importa tres cojones cómo te guste viajar. Por mí como si quieres ir cargando con los muebles del comedor. Miró a su alrededor. No nos vendrían mal.

Me vas a descontar puntos por cualquier cosa que diga, ¿verdad? A menos que me preguntes, ¿verdad?

Asintió con la cabeza. Menos uno.

Y luego me vas a quitar las millas de la tarjeta de pasajero frecuente, ¿no?

Menos dos. A menos diez disparo a matar. Sin compasión. Aquí mismo. Vuelve a mencionarla y te quito cinco porque ahora ya sabes a qué atenerte. Una mentira son diez puntos, y la palmas. Si te cagas encima también la palmas. Si te meas es cosa tuya.

De pronto la cosa dejó de hacerme gracia. La cascada resonaba con un ruido sordo como de tambor tribal, una oveja soltó un balido lastimero y así era exactamente como me sentía yo: afligido y un poco traumatizado.

Lo miré.

¿Sabes qué?

Eso sí que lo dije.

¿Sabes qué? Que te den por culo. Que os den mucho por culo a ti y a tus puntos.

He venido en son de paz y has intentado matarme dos veces.

He venido aquí buscando algo, no sé qué.

No sé lo que buscaba, ¿lo entiendes? Pero sí sé que la muerte no era.

De eso ya teníamos de sobra en el aeropuerto. Ya está bien de muerte.

Maniatado en el taburete, sentía que las lágrimas me caían a chorros por la cara escociéndome en los cortes de la parte izquierda.

La semana pasada perdí a mi perro. Jasper. Me la sudan tus puntitos. Ya no me queda nada. Anda, réstame veinte puntos de mierda y pégame un tiro. Me darás una alegría. Adelante.

Notaba el sabor salado de las lágrimas.

Suéltalo, papá, dijo ella. Ya basta. Suéltalo.

Tenía la voz ronca. La miré parpadeando, cegado por el sol. Sentí que las hábiles manos del hombre aflojaban la cuerda.

Fui hasta un álamo de la orilla y me puse a mear.

No me corté. Me daba igual. El ruido y el borboteo de la corriente ahoga ban mis sollozos.

Hacía fresco a la sombra. Sollocé tan fuerte que me atraganté.

A lo mejor me estaban mirando; no, me miraban, seguro.

A la mierda. Esperé a que se me pasara la llorera y respiré.

Me arrodillé y me eché agua en la cara, en los cortes que ya se estaban convirtiendo en una salpicadura de costras.

Bebí. ¿Por qué coño no podía parar de llorar?

En realidad me la traía floja. No me estaba desmoronando, simplemente me apetecía llorar.

Apenas una lágrima en nueve años, y luego Jasper, y ahora esto.

El mundo se abre de repente, se abre en un estrecho cañón con cuatro ovejas, y lloramos.

Dos pastores a los que quizá les falte un tornillo, y lloramos.

El alivio de una compañía que no sea Bangley , que no sea el mal de la sangre, y lloramos.

Lloramos. Porque antes esto era el culo del mundo y ahora ni eso.

Y yo tampoco soy lo que era. Antes podía ubicarme: soy viudo, lucho por sobrevivir, soy el guardián de algo, no sé de qué, de la llama no, quizá solo de Jasper.

Ahora ya no podía. No sabía lo que era. Así que lloraba.

Estaba a la sombra del árbol, en el fresco aliento que exhalaba el agua, dejándome traspasar por el sonido, por la brisa.

Me había convertido en una concha vacía.

Acércame a tu oído y oirás el tumulto distante de un océano fantasmal.

Nada. La más leve presión de la corriente o de la marea podía llevárseme, hacerme rodar.

Arrastrado a esta orilla, me secaría y perdería el color y el viento me erosionaría, me dejaría rugoso, borraría las capas más finas hasta dejarme delgado y quebradizo como el papel.

Hasta que me convirtiese en arena. Así es como me sentía.

Diría que era un alivio no tener al fin nada, absolutamente nada, pero estaba demasiado hueco para sentir alivio, demasiado vacío para soportarlo.

Me la resudaba lo que me hiciera aquel puto viejo.

Cuando no tienes nada que perder estás tan vacío, tan ligero, que la arena en la que te conviertes se la lleva una ráfaga de viento y es tan insustancial que se eleva hasta fundirse en la tormen ta de arena de las estrellas.

Ahí es donde acabamos todos. Lo demás es ir desgastándose a la espera del viento.