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E l corazón me retumbaba como un bongo, pero no por el esfuerzo.
El terreno era abrupto, sí, y la senda empinada y sembrada de rocas.
Bajé saltando de roca en roca, apoyándome en sus cálidos hombros, resbalando por la tierra suelta de la senda de los ciervos.
Había excrementos entre las largas agujas marrones de los ponderosa, y el sol mezclaba unos olores que recordaban curiosamente al olor almizclado de un ciervo vivo entre los pinos cercanos.
Se había despertado el cazador que hay en mí.
Pero tampoco era eso. El corazón me golpeaba en el pecho como si fuera de camino a mi primera cita.
Qué forma más extraña de dirigirse a una cita. Pobre Hig, pobre Frankenstein.
Ella no me temía. Ella me había sonreído. Me había sonreído.
Los había cautivado, ¿verdad? Les había quitado las ganas de matar con mis encantos. Muertos los había dejado. ¿Sí o no?
Me paré en seco. Miré hacia la cañada entornando los ojos, di un paso cauteloso hacia la sombra de un pino. Quizá estaba equivocado.
Lo de la bromita de la colcha... El vejete no tenía paciencia.
Valoraba demasiado su tiempo y su atención.
Y mientras yo disfrutaba tumbado al sol, dejándoles tiempo para reflexionar, él no había tenido más remedio que quedarse allí oculto entre las espadañas, lleno de rabia y de miedo también —por su vida, por su chica—, y pensando: Voy a matar a ese listillo de mierda.
A la menor oportunidad. Se cree muy seductor, ya veremos si lo es tanto cuando lo obligue a contemplar sus huevos asándose al fuego.
Algo por el estilo.
Seguí andando. Pese a todo. Con el vello del cogote erizado.
Cuando llegué al arroyo seguí cuesta abajo por un sendero cómodo y paralelo a la orilla.
La hierba estaba alta, poblada de diminutos ásteres blancos que parecían margaritas, de castillejas.
Fresas silvestres, campanitas. Enormes pinos ponderosa, el olor de la piedra fría y húmeda y la vainilla.
Polillas blancas volando unas en torno a las otras sobre la franja de guijarros.
Apareándose. El tema de las primeras citas había pasado a la historia.
El corazón se me salía por la boca, pero no era por eso.
Al ver a las polillas, primero tres y luego dos, revolotear entre la sombra y el sol pensé: Hig, creo que lo de aparearse no toca por ahora. Ni ahora ni nunca, seguramente.
Cuando llegues al barranco pequeño, el que tiene la cascada, cuando te des la vuelta para bajar por el árbol y le des la espalda al Abuelo, te va a matar de un tiro y le va a saber a gloria.
Para que aprendas. ¿Te pensabas que esto iba de cahondeo?
NO-ERES-UN-FAISÁN . Exacto: ERES-HOMbrE-MUERTO .
Para que lo escribas en tus papelitos. ¡Pum!
No podías dejarnos en paz. ¡Pum! A ver si así te quedas tranquilito. ¡Pum!
Bangley: Te-lo-dije-Hig:-nunca-en-la-puta-vida... sabesperfectamente-qué. D . E . P .
Mpf . Estaba en el mismo dilema que antes, fuera cual fuera.
De eso me di cuenta mientras bajaba por el arroyo a toda prisa.
Y otra cosa: el viejo podía, podían los dos, haber subido por el árbol a la garganta superior en menos de dos minutos y estar esperándome entre los sauces, detrás de cualquier árbol, y tenderme una emboscada como si nada. Me quedé parado en el sitio.
No quería morir. Ahora no.
Podían tenerme en el punto de mira en ese mismo momento. Otra vez la piel de gallina y no por el frío.
Escudriñé la garganta. Un negundo en la orilla del agua con las hojas color lima. Unos cuantos álamos más abajo. Las hojas se revolvían con el viento, iluminándose como la palma de una mano a la luz del sol. Alto ahí. Podrían estar agachados entre esos troncos gruesos y frondosos.
Alto, Hig, alto. ¿No ves que es una locura contactar con otro ser humano? Comunícate con un árbol.
Cuando pescabas, ¿qué buscabas? ¿Eh? Una conexión. Piensa en el precio que pagaba el pez. El pez no quería conectar contigo y si una trucha hubiera podido se te habría tragado de un bocado. El Abuelo es ese pez. Se te puede tragar.
Exacto.
Retrocedí, aplasté el cuerpo detrás de un árbol.
El arroyo quedaba unos diez metros más abajo, la corriente era ya lo bastante clara y poco profunda para vadearla.
Había poca agua para la época en la que estábamos, quizá me llegase hasta los muslos en la parte más profunda.
Escudriñé la otra orilla. Era una ladera empinada de hierba nueva y plantas floridas que subía hasta un amplio claro entre pinos ponderosa.
Al llegar a la cima, las rocas desmoronadas se abrían paso entre el verdor como viejas ruinas, restos de muros y parapetos abandonados.
El escondite perfecto. Para ellos. Es decir, el sitio ideal para sobrevivir a una catástrofe.
Desde aquí, río arriba, es imposible imaginar que el arroyo se abra en un cañón tan amplio y profundo, en un prado como este.
No había ningún motivo para bajar hasta aquí, para seguir el agua.
No era fácil, y el viejo camino de arriba, en el que había aterrizado, te llevaba al norte y al este mucho más rápido.
A lugares donde el camino cruzaba el riachuelo sin esfuerzo.
Desde arriba, a ras de suelo, era imposible ver la hondonada, el cañón, hasta que estabas casi encima de él, justo en el borde.
Y estoy seguro de que el camino que remontaba el río estaba plagado de cascadas y barrancos.
Era perfecto. Una guarida que envidiaría cualquier forajido de antaño.
¿Cómo lograrían traer las vacas hasta aquí? El único modo de bajar era la escalera... En eso me dio por pensar.
¿Por qué me daba siempre por pensar en cosas así cuando me encontraba en las situaciones críticas? A Bangley no le gustaría. Bangley diría: Baja de las nubes. Esa idea de la emboscada es buena. Ponte a cubierto y piensa con la cabeza .
Así lo hice. Retrocedí diez pasos para esconderme en un enebro que tenía un ramaje muy espeso desde el mismo suelo, como un arbusto frondoso.
Me hice un hueco detrás, buscando una posición en la que pudiera estar sentado y observar la cuesta a través de las ramas.
Las ramitas arañaban los cortes de mi cara dolorida.
El aroma se subía a la cabeza. Era como estar dentro de una bolsita de aquellas.
¿Para qué querría mi madre aquellas bolsitas?
Llovían bayas de enebro de un azul polvoriento.
Creo que con eso se hacía la ginebra. ¿De verdad?
¿Y ahora qué? Estaba a salvo. ¿Y qué sacaba con eso?
Acuclillado entre aquella maraña de ramitas espinosas, era un trol que vivía al pie de un árbol. Observaba el mundo a través de una rasposa celosía de agujas y ramas. Me alimentaba de la lluvia, de fragmentos de canciones y recuerdos.
Dejé el fusil en el suelo, me rodeé las piernas con los brazos y me recosté en las ramas más gruesas.
Estaba agotado. Exhausto por el esfuerzo de romper las ataduras.
Era como si el vuelo hasta allí hubiera ocurrido en otra vida y el aeropuerto fuera un sueño.
Y si el aeropuerto era un sueño, Jasper era un sueño dentro de un sueño, y la vida de antes otro sueño dentro del anterior.
Uno dentro de otro. Sueños. Así mitigamos nuestras pérdidas, transformándolas en pálidos fantasmas.
Esperaré hasta que se haga de noche, eso es. Puedo bajar en la oscuridad. Observarlos. Bajar por la escalera con más seguridad. Una ventaja de haber pescado tantas veces de noche, obsesivamente, en la oscuridad: mis pies sabrán encontrar el camino solos.
Las truchas veían la mosca más diminuta en la superficie aun en la noche más oscura.
Para las truchas el cielo siempre era luminoso y la silueta del bicho se recortaba en él.
Me encantaba pescar en la oscuridad. Muchas veces estaba solo con los sonidos de una poza tranquila, el mordisco, el leve chapoteo y luego el tirón. Me encantaba.
Oscuridad. Nada. El penetrante aroma de las agujas calentadas al sol. Duérmete. Vale, solo unos minutos. Duérmete.
Levanta.
¿Eh?
Levanta. Atrás. Toca el fusil y te mato.
Duro y afilado, algo duro y afilado contra mi nuca. Un palo. Sí, un palo. Una vara larga. Al otro extremo, un hombre armado. Mierda. Mierda. La que has liado, Hig.
Las manos al suelo, a gatas. Retrocede.
A gatas. Despacio. Ahora túmbate, tírate al suelo. Las manos detrás de la cabeza. ¡Ya!
Una rodilla me oprimía la espalda. Una mano rebuscaba dentro de la cazadora y me quitaba la Glock. La mano me cacheaba, bajaba y subía por la espalda, las piernas, con movimientos veloces y expertos.
Boca arriba.
Lo mismo por delante: un registro rápido y adiós granadas, ahora en los bolsillos de su chaquetón.
En realidad era más joven de lo que me había parecido.
O no. Más esbelto. El pelo blanco. Un tío más duro que la suela de un zapato.
Arrugado. Arrugas profundas que le bajaban por las mejillas.
Líneas de expresión. Un ramillete de arrugas partía de la comisura de los ojos.
Unos ojos grises que echaban chispas, acostumbrados a mirar directamente al sol.
No se andaba con tonterías. Todos sus movimientos eran ágiles y resueltos.
No sé bien por qué, pero de cerca me dio menos miedo. No me entró el pánico. Una reacción bastante idiota, seguramente. Al Abuelo yo no lo asustaba lo más mínimo, ni una pizca. Creo que mi sentimiento era una respuesta al suyo.
Date la vuelta. Boca abajo otra vez.
Una rodilla me oprimía la espalda, agujas afiladas se me clavaban en la mejilla derecha. Lo observaba con el rabillo del ojo. Se descolgó un rollo de cuerda del hombro izquierdo, lo deshizo sacudiéndolo con una sola mano y me ató las manos con un nudo bien prieto. Y todo con una mano.
Debe de ser usted ranchero, dije. Se nota por el sombrero.
Cállate.
Diez cuatro. Casi mejor no tener que hablar de tonterías.
Eso no lo dije, no dije nada.
Una rodilla me oprimía las vértebras, me hacía daño con cada tirón destinado a apretar el nudo.