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Luego me saqué del bolsillo un Huevo de la Muerte, tiré de la anilla, que iba bastante dura, y lo lancé por encima del borde. Lo lancé río arriba, donde calculaba que terminaba el prado, a suficiente distancia de las vacas y del hijoputa mohoso y su chica.
La explosión fue muy satisfactoria. Gracias, Bangley. Tenía las siguientes hojas preparadas y las mostré sin darles tiempo a recuperarse del susto, mientras todavía estarían pellizcándose para ver si seguían vivos:
¿ VEIS?-LA-SIGUIENTE-PODRÍA-HACER-PUPA
Una larga pausa.
NO-ME-HAGÁIS-GASTAR-TODO-EL-PAPEL
Pausa.
LEVAN-TAOS
Reconozco que me lo estaba pasando en grande.
Era como si pudiera pensar con claridad por primera vez en años.
Ya no era como si mis pensamientos estuvieran perdidos en medio de un prado como aquellos caballos noruegos peludos, preguntándose qué pintaban allí.
No había peligro de que ninguno echara a correr hacia los árboles.
Para mayor seguridad volví a mostrar la gorra por encima del borde.
Nada. Quizá empezábamos a entendernos. Me arrastré hasta el filo y me asomé.
Los vi entre las espadañas, de pie, sujetando las armas con los brazos estirados.
El hombre era alto, parecía en buena forma y no era tan viejo, unos sesenta y pocos.
Llevaba un sombrero de vaquero andrajoso de color pardo claro.
Ella era más alta que él y diría que guapa.
Flaca pero de mandíbula fuerte y pómulos altos, cejas morenas, cabello largo también moreno recogido en una trenza.
A cien metros de distancia parecía inteligente, no sabría decir por qué.
Me llevé la mano a la espalda para coger el fusil automático y los apunté con la mira.
Podría decirse que el hombre echaba chispas: tenía la boca contraída por la ira y los ojos grises lanzaban destellos furiosos.
Las profundas arrugas de la cara hablaban de una vida expuesta a los elementos.
Ella tenía los ojos separados, ¿y de qué color?
¿Violeta? Un tono entre el azul y el negro.
Tenía las mejillas encendidas, coloradas, y parecía asustada, pero también algo más: ligeramente divertida.
¿Era así? Aparentaba unos treinta y cinco.
¿Es posible enamorarse a través de la mira de un fusil?
Joder. Separé la cabeza del arma y miré hacia abajo.
Era bien proporcionada, de caderas anchas, alta.
Tal vez demasiado flaca. Volví a acercar el ojo al fusil y moví el cañón para hacer descender la mira.
Lo reconozco. Tenía las piernas arañadas e inflamadas y quizá demasiado delgadas, pero eran largas y ahusadas.
Respira, Hig. Di diez cuatro. Diez cuatro.
Me incorporé sobre una rodilla sin dejar de apuntar, con los dos ojos abiertos. Grité.
¡Hola!
Él parpadeó. Dirigí la mira hacia la cara de ella, los dos daban la impresión de estar locos o sumidos en una pesadilla.
¡Hola!
Seguí enfocándola. Una sonrisa. Una auténtica sonrisa. Sutil, pequeña, pero con los diez aumentos la vi de puta madre.
¿Qué vamos a hacer?, dije a gritos.
Silencio.
¡Relájate, abuelo! ¡Si quisiera matar y violar y saquear ya estaríais muertos!
Una pausa para que lo asimilara.
¡Te perdono!, grité.
¡Por intentar matarme más de dos veces! Casi me destrozas el avión. Ya sé que no es nada personal. Yo habría hecho lo mismo.
Mis gritos se perdían en la brisa, pero veía que me oían. Al menos algo les llegaba. Cuando levanté la cabeza y miré hacia abajo, vi que todas las vacas y unas cuantas ovejas se amontonaban aterrorizadas contra una valla de maleza que había al otro lado del fondo del cañón.
¡Perdón por haber asustado a vuestras vacas!
Continuaban inmóviles, con los brazos extendidos.
Volví a enfocarlos con la mira. Él se mordía la mejilla intentando comprender qué diablos estaba pasando.
Y ella... No estaba seguro. Casi veía girar los engranajes de su cabeza y me pareció que estaba llegando a una conclusión agradable.
Era una fantasía. Lo sabía. Sabía que estaba confundido, pero también que nunca había pensado con tanta claridad.
Está bien, os podéis quedar las armas. Voy a bajar.
¿De acuerdo?
¿De acuerdo?
Él asintió. Por fin. Acercó el arma a su cuerpo y recuperó la presencia de un hombre al mando de su mundo.
He de reconocer que aquel pureta desprendía cierta dignidad y orgullo.
Ya me había demostrado que era un pistolero cojonudo.
Intuí que aquel viejo gruñón lo haría todo con la misma seguridad.
Esa es la impresión que transmitía a las gradas.
¡Si me matas te vas a arrepentir! ¡Te prometo que te vas a perder lo mejor!
Ella sonrió. ¡Joder! Me tenía coladito. Quizá, quizá es su padre, pensé. Qué iluso.
¿Qué otra cosa se puede ser en el purgatorio? Bajé el arma, di unos cuantos pasos rápidos hacia atrás y volví hasta la Bestia.
Me metí otra granada en el bolsillo de la chaqueta, por respeto y por si acaso, y cogí un poco de cecina de venado como ofrenda de paz, me colgué el fusil automático al hombro y volví al trote por el prado de artemisa.
Luego, andando entre los piñoneros, remonté el cañón hasta donde el desfiladero perdía altura y encontré una senda de animales que llegaba hasta el arroyo.