La constelación del Perro 3 #2
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Retrocedí a gatas, me levanté, me estiré .

Me sentía repuesto, como recién despertado de una siesta.

Luego volví corriendo hasta la Bestia. En el bolsillo del asiento llevaba una reserva de papel y un par de ceras de colores, además de unas cuantas piedras del tamaño de la palma de la mano y gomas elásticas.

Así, si tenía que lanzar un mensaje, sobre todo a las familias, podía hacerlo.

Un par de veces tuve que lanzárselos a unos vagabundos que habían acampado muy cerca del aeropuerto y, por lo visto, no entendían nuestra canción de los cuatro puntos cardinales: Volved al norte si no queréis morir, etc.

Ni siquiera un cartucho de dinamita los convencía.

Esos mensajes sujetos a las piedras que lanzaba desde la Bestia eran muy sucintos y gráficos y siempre funcionaban.

El poder de la pluma. Me sentía muy orgulloso de que mis cuatro líneas lograran que una cuadrilla de piratas obstinados recogiera el petate y se volviera por la carretera por donde había venido.

Cogí media docena de hojas, una cera negra y la colcha de Jasper, y luego volví corriendo por el campo.

Una sonrisa me tensaba las mejillas doloridas. Volví a agacharme junto al borde del cañón, cogí una hoja y escribí con grandes letras verticales: YO .

La satisfacción de escribir. Recordé que Dylan Thomas, cuando lograba escribir la primera palabra de un nuevo poema, se iba al pub a emborracharse para celebrar que había roto el vacío del silencio.

Bien. Antes de gastar más papel veamos cómo les sienta el mensaje.

Me arrastré hasta el borde del acantilado, que era ideal para mis propósitos, pues coronaba una pared de arenisca vertical o puede que hasta cóncava.

Manteniendo mi preciosa cabeza llena de esquirlas a una prudente distancia, deslicé la colcha por encima del borde y empecé a agitarla, desplegándola como una bandera.

Procurando no asomar los dedos por el filo de la roca, me aseguré de que el cazador, el faisán y el perro quedaran boca arriba para quien los mirase desde abajo.

Hacía años que no me lo pasaba tan bien, salvo cuando pescaba, y la verdad es que las dos cosas se parecían bastante, solo que en el otro extremo del sedal ahora había personas. Pesca sin muerte.

Cuando la colcha se desplegó hubo otro disparo, que rasgó el aire justo por encima de mis manos y mi cabeza.

En los westerns y las películas bélicas las balas siempre hacen el mismo ruido, pero lo curioso es que realmente suenan así.

Hacen fiiiiuuuu , como si alguien abriera una lata de refresco venenoso.

El Refresco de la Muerte. Como un vacío que siguiera su propia estela a la velocidad con que se zambulle un pato, precediendo por milésimas de segundo un zumbido, un signo de exclamación musical.

Por mí dispárale a la colcha si quieres. Tengo hilo y agujas.

Luego, silencio. De perplejidad, me dio la impresión.

Muchas veces cuando pescas percibes enseguida el espíritu del pez que tira del sedal.

Hay una conexión. Quiero decir que al momento sabes si es feroz, experimentado, joven y tonto, astuto, confiado, malicioso; si está asustado, aterrorizado, resignado.

Todo eso en un rápido tirón, en un silbido del sedal.

A menudo el silencio entre las personas me sugería lo mismo.

Estalló el disparo casi en el mismo instante en que desplegué la colcha, y luego silencio.

Un silencio desconcertado. Sonreí. Sabía que el Abuelo observaba la colcha, que estudiaba el dibujo repetido.

¿Qué cojones?, pensaría. Sabía que desde esa distancia podía ver la escena con la mira.

Busqué a tientas dos piedras pesadas, las coloqué sobre un extremo de la colcha y la dejé colgando.

Les di tiempo para que descifraran la escena e incluso para que la comentasen, si querían.

Luego cogí la hoja de papel, la clavé en la punta de una rama de algo más de un metro y la saqué por encima del borde: YO .

¡Pum! Un silbido. Falló. ¡Ja! Me apuntaba a mí, no al papel.

Con que hubiera estado un poquitín más cerca me habría dado en la cabeza.

Silencio. Coloqué el papel en posición vertical para que pudiera leerlo. Seguro que podría. Estaban cerca que te cagas. Para ser muy cabrón me bastaba con tirar una piedra por el borde. O escupir.

Retiré el palo. Creo que solté una risita, la primera en nueve años. Menuda palabra: risita. No parece muy apropiada para el Fin de los Tiempos. Le quité el papel a la cera con los dientes y escribí en la segunda hoja, otra vez en vertical: NO .

¿Por qué no les gritaba? Bueno, sabía que las conversaciones pueden dar pie a malentendidos.

La primera vez que vi a Melissa fue en un café y, como no me atrevía a hablarle, intenté ligármela con una nota.

Funcionó. En cambio, no acertar con el tono de voz puede echarlo todo a perder.

Nada, que esto era mejor. Además, estaba el ruido del arroyo, el del vien to, y por nada en el mundo iba a sacar la boca por encima del acantilado.

Pegué NO en el palo y lo enseñé. En esta ocasión no hubo ningún disparo.

Silencio. El hijoputa le estaba cogiendo el tranquillo.

YO NO . Qué misterioso me iba quedando. Estuve tentado de dejarlo ahí, dejarlos en suspenso.

Pero cogí la cera y escribí SOY . Recogí el palo, pegué la hoja y la dejé aletear al viento.

El mensaje tenía un calado filosófico cada vez más profundo. Una cosa que ni Hamlet, vamos. Un auténtico despliegue de dialéctica.

Luego UN . Escribí UN en una hoja entera y la mostré. UN . UN . Aleteo, crujido.

Luego afilé la cera en una roca, puse la hoja de lado y escribí FAISÁN con letras lo más grandes posible.

Lo mostré . Fijé el palo con otra piedra y me eché al sol, con los brazos cruzados bajo mi pobre cabeza maltratada, dejando que me arropara el calor y que el sol me lamiera los cortes.

No iban a irse a ningún lado, ni yo tampoco.

Si esto fuera un western ahora me quitaría el sombrero y lo pondría en un palo.

De hecho llevaba sombrero. Una gorra de béisbol con manchas de sudor y deshilachada en los bordes en la que ponía CHERRY HILLS GOLF CLUB .

Se la quité a un visitante una noche y quizá lo que más me gustaba es que contenía un mensaje de consolación: el Fin de Todas las Cosas significaba el Final del Golf, quizá para toda la eternidad y en todo el universo.

No es que tuviera nada contra el golf en sí mismo.

En cualquier caso era posible que algunos escoceses hubieran logrado sobrevivir a la pandemia y a lo de después y siguieran practicando el antiguo deporte en los brezales de Escocia.

En lugar de riego, neblina y lluvia; en vez de cortacéspe des, rebaños de ovejas salvajes.

Sus drives se perderían en la niebla. Era una idea bonita.

Quizá el Abuelo odiaba el golf. Dudaba que pudiera leer una letra tan pequeña, pero si tenía una mira de diez aumentos, pongamos, tal vez podría.

De todos modos la coloqué en el extremo del palo, por jugar, y la saqué por el borde.

Nada. El viejales no se lo tragó. Esperaba que apareciera un ojo, una oreja.

Mpf . ¿Y ahora qué? Podía levantarme, acercarme al borde y gritar: ¡Eh!

¡Vengo en son de paz! ¡En son de amistad!

Y... si se guiaban por los Primeros Principios de Bruce Bangley sería hombre muerto.

Curiosamente, parecía que por primera vez en bastante tiempo no estaba dispuesto a morir.

No justamente en ese momento. El caso es que tenía un auténtico interés en seguir vivo.

Se me ocurrió una idea.

Volví a la Bestia a por otro fajo de papeles.

Tenía todo el tiempo del mundo: de allí no iba a marcharse nadie.

No saldrían corriendo hacia la escalera del árbol, puesto que serían una presa tan fácil como los oficiales alemanes en aquella horrible estampa de Hemingway que tanto me gustaba.

Iba sobre una barricada. Era una auténtica maravilla.

Intentaron saltar por encima de ella, y los matamos desde cuarenta metros.

Cargaron contra ella, y algunos oficiales salieron solos e intentaron desmontarla.

Era un obstáculo absolutamente perfecto .

Eso en caso de que yo quisiera matarlos, claro.

Me agaché junto a mi roca, al sol, bien protegido detrás de ella, y escribí más palabras. Las fui pegando al palo una tras otra y las mostré por encima del borde como antes. Un silencio profundo, en el otro extremo el pez se lo pensaba.

OS-PODRÍA-HACER-PICAD-ILLO-PERO-NO-LO-HARÉ... PAZ

Por suerte tenía media resma de papel.