La constelación del Perro 3
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P ues no me estaba esperando desnuda junto al arroyo, ni siquiera vestida cantando en el prado de delante de la casa. No estaba por ninguna parte. Lo de atarme a un mástil habría estado de más. El humo que antes salía por la chimenea y flotaba cañón abajo se había desvanecido.

De pronto todo parecía muerto. Un cubo tumbado de una patada en el jardín al lado de un cucharón sucio.

El ganado seguía allí en el prado, vacas y unas pocas ovejas, todas paciendo, mirando río abajo.

Estaban en los huesos, casi famélicas. En lo alto de las altas paredes un ave grande describía espirales a lo largo de la fachada de roca.

Un halcón peregrino. El saliente marcado con una cinta blanca de guano debía de ser su nido.

Abría la espiral y la volvía a cerrar. Pobres patos los que se aventurasen a descender hasta aquella hondonada.

Caí en que no tenían gallinas. ¿Por el halcón?

No, el vejestorio tenía una escopeta. Porque necesitarían un gallo o dos para conservar el gallinero y seguramente harían demasiado ruido por las mañanas para quien intentase permanecer oculto.

Revelarían su escondrijo a toda la puta región. Bien pensado.

Volví la mira hacia la parte alta del cañón, hacia donde el arroyo se derramaba por la pared en una cascada de cinco metros.

El cañón quedaba completamente cubierto por aquel acantilado y por dos paredes altísimas.

Un sitio ideal. Al lado de la cascada, apoyado contra la pared, había un tronco de pino muerto con las ramas cortadas formando una tosca escalera.

Muy bien. Si habían huido por allí no habían recogido la escalera para esconderla, quizá porque pesaba mucho o no les había dado tiempo.

Me tendí justo al borde, apretujado entre dos rocas y mirando hacia abajo. El acantilado en el que me encontraba tenía unos treinta metros de altura o algo menos. Aquel escondite era tan estrecho que tuve que pasarme la pistolera con la Glock a la espalda para que no rascase la roca.

Lo que tienes que hacer es pensar como Bangley. Casi podía oír su voz:

Joder, Hig. ¿Te acojonan un viejo y una tía esmirriada? Solo en la cadera derecha tienes diez veces más potencia de fuego que él .

Sí, ¿pero qué pasa si son más? ¿Y si tiene más armas?

¿Ves alguna señal de que haya más? Yo solo veo taburetes en el jardín, ropa tendida, ropa de cama, zapatos viejos...

Bah.

Me alegro de que pienses así, Hig, eso no te lo puedo negar.

Toda precaución es poca. Es difícil enseñar a un perro viejo, pero Hig va aprendiendo.

Fíjate en lo que tienes delante de las narices.

No digo que no haya otros tres tíos armados escondidos entre los árboles.

No está mal prepararse para eso también.

Pero tienes que fiarte de tu instinto. Además tienes el fusil, tienes las granadas. Tienes las granadas, ¿verdad?

Sí, dos.

Hig.

¿Sí?

¿Qué haces aquí?

Silencio.

Vamos a ver, ¿qué quieres? ¿Qué cojones quieres?

Silencio.

No se puede preparar un plan sin una misión. Y no puedes tener una misión si no sabes qué coño quieres. Es la primera regla. Hay que tener una misión y una estrategia de retirada.

Pensaba que la primera regla era: No negocies nunca. Tú negocia, Hig, y acabarás negociando tu muerte...

Ese es el primer principio. Además, ¿qué cojones importa? Antes tienes que resolver un problema más importante. A saber: ¿qué cojones pretendes conseguir, Hig?

El cañón se oscureció y noté un escalofrío.

Una nube, un cúmulo abultado pasó por encima del tajo remolcando su sombra.

Se llevaba los últimos fríos de un largo invierno.

La sombra olía a pino ponderosa. Pasó de largo y el sol que me daba en las mangas de la cazadora me suavizó la piel de gallina.

Se estaba muy bien acurrucado entre aquellas rocas.

Se oía el zumbido de un tábano, pero no me molestaba.

Me di cuenta al momento de que podría recostar la cabeza en los brazos calentados por el sol y quedarme dormido tan tranquilo.

Tenía la nariz a unos centímetros del suelo.

Contemplé una hormiga trepar por el tallo de una pequeña áster violeta.

Olía bien allí. A tierra apelmazada y a brotes de hierba, a mezquite.

¡Hig!

¡Eh, sí! ¿Qué?

Céntrate, joder. Deja de hacerte pajas mentales.

Cada segundo que pases ahí tirado sin saber qué coño pretendes serás vulnerable.

Y el avión, igual. La gente de ahí abajo puede estar ahora mismo subiendo hasta el borde para darte por el saco.

Planeando cómo neutralizar la amenaza de Hig.

Que es lo que nosotros estaríamos haciendo, y rápido.

En vez de quedarnos tumbados en una situación vulnerable, expuestos, como tú ahora.

¿Eh?

Joder. No había pensado en eso. Solté un resoplido, casi silbé. ¿Pero qué te pasa? ¿Se te va la olla? ¿Estás perdiendo facultades?

¿Las has llegado a tener?

¡Hig!

¿Eh...? ¿Qué?

¿Sabes por qué tienes sueño? ¿Por qué de pronto te dan ganas de estirarte y sobar hasta que se ponga el sol?

¿Por qué?

¡Porque no sabes qué coño hacer! Y no me refiero a que no sabrías qué hacer si tuvieras un objetivo.

Te he visto, Hig. Cuando tienes un objetivo como huir de cinco hijos de perra merodeadores y darles para el pelo te las apañas de puta madre.

Hig a tope. Pero no tienes ni puta idea de qué haces aquí, pareces un cachorrito abandonado.

Le echas el ojo encima a una chica larguirucha que igual no tiene el mal y empiezas a chochear.

No es eso.

¿Entonces por qué pones el avión en peligro? He visto la maniobra: bastante peligrosilla, ¿eh? Arriesgarlo todo por mirar un escote de cerca... ¿Y si odia a los hombres? ¿Se te ha ocurrido pensarlo?

Ya sé, ya sé..., bastante malo es arriesgarlo todo por algo conocido.

Entonces pensé: Tenemos tendencia a arriesgarlo todo por algo desconocido. Somos así de retorcidos.

Te lo he dicho mil veces, Hig: como te pongas filosófico en una situación táctica estás frito. Tostado.

Tostado.

Qué bien sonaba. Dos rebanadas de pan doraditas con mantequilla y mermelada.

Nueve años sin comer mantequilla, ni leche tampoco.

Seguro que aquellas vacas daban leche todos los días, una leche deliciosa y calentita.

Una o dos. Apunté con la mira hacia abajo, hacia el prado, para buscar ubres hinchadas y los vi.

Pura chiripa. El viejo debía de tener al menos dos armas, lo lógico era tener un fusil de caza además de una escopeta, porque lo que vi fue el reflejo del sol en la mira.

Solo un instante. Suficiente para situarlo en una mata de espadañas a la orilla del arroyo por la parte del prado, lejos de la casa.

Allí había caído un gran bloque de arenisca más o menos del tamaño de un coche y el viejo se había pegado a él.

Justo donde yo me habría colocado. Básicamente la misma estrategia que usábamos nosotros en el aeropuerto; la casa era el cebo.

Desde aquel escondite podía, o podían, ver el espacio abierto entre el arroyo y la casita de piedra.

Todo dentro del alcance de su escopeta. Con los dos tiros del cañón doble podría liquidar casi todas las amenazas que surgieran.

Y también tenía, o tenían, un fusil para los disparos de larga distancia o para después.

No estaba solo. En cuanto lo hube situado pude ver el cañón del fusil, más oscuro y recto que los juncos, y también la vi a ella, el movimiento de una mata de pelo moreno.

Ella tenía la otra arma. La escopeta. Y el viejo no miraba hacia el prado, tenía la vista clavada en mí. Mierda.

El primer disparo dio en la roca sobre la que estaba recostado y me llenó de arenisca la parte derecha de la cara. Di un respingo. El segundo me pasó silbando por encima de la cabeza. Joder.

Parpadeé. Tenía gravilla en los ojos. La parte derecha de la cara también me escocía. Me llevé la mano a la sien. Esta vez no sangraba. El puto Abuelo. Ya iban dos. El vejestorio estaba ajustando la puntería. Como me descuidara el siguiente disparo acertaría en la cabeza.

Oía a Bangley reírse. Como si lo tuviera a un metro, riéndose desde el éter como un espíritu no del todo benigno.

Vaya marrón, ¿eh, Hig? Menudo dilema. Solo querías hacer amigos y ahora igual tienes que dispararle a alguien . Una risa fuerte y larga.

Tenía razón, el bueno de Bangley, mi superego estratégico. El viejo aquel era un pistolero de cojones. Parecía profesional, como Bangley. Casi me había liquidado con una escopeta, como si la Bestia y yo fuéramos una gran cerceta aliazul. Era muy bueno.

¿Cómo podía ser tan inconsciente? No sé por qué, pero estaba encantado de haberme metido en aquel berenjenal.

En realidad no era para tanto. Podía marcharme cuando quisiera.

Pero me rondaba la imagen de un trapo blanco atado al extremo de un palo asomando por el borde del acantilado.

Ondeando como en un cliché hollywoodesco.

Nadie lo había intentado en nuestro aeropuerto, porque a) siempre era de noche, y b) nosotros, casi siempre Bangley, nos los cargábamos antes de que pudieran darse cuenta de lo que ocurría.

Si alguien lo hubiera intentado, ¿entonces qué?

Nunca negocies. Bangley habría sacado la máxima ventaja estratégica.

Está bien, salid en paz, les habría gritado, y luego les habría volado la cabeza. El bueno de Bangley.

Sí, aquello requería una buena dosis de fe y confianza, y aun así era como echar una moneda al aire. Y además no tenía nada blanco.