La constelación del Perro 2 #2
55%

2 #2

Bueno, Hig, seas un buen hombre o un mal hombre o un hombre bastante decente en un mundo jodido del todo, vas a tener que aterrizar la Bestia antes que nada. Llevarla a tierra en una comarca de pedregales sin fin con un solo camino que ya no es ni camino.

Me incliné para describir una curva por encima de la sierra alejándome del cañón y dirigí el morro hacia un prado de artemisa atravesado de norte a sur por el camino que habían abierto unas rodadas.

Eme-u-jota-e-erre. Era la primera vez que veía una viable, una alta, una que probablemente no sufriera el mal de la sangre y que no estaba petrificada en aquellos pósteres del taller de Bangley ni desparramada en el suelo a mis espaldas, demasiado joven, con un cuchillo de cocina en la mano.

La primera mujer en nueve años y ya estás dispuesto a olvidarte de todo.

Hasta de comprobar la zona de aterrizaje.

Joder, Hig, concéntrate.

Enderecé el morro. Volé trazando un círculo bajo. Las rodadas eran muy profundas. Como para tragarse el tren principal derecho hasta el montante. Buena la habrías hecho, Hig. Te habrías quedado tirado en el culo del mundo.

No era eso. O no solo eso. A mil pies de altura y perdiendo el culo por un coño.

Me eché a reír al darme cuenta de que habría sido lo mismo con dos hombres o con una vieja.

Lo que me atraía era aquel nuevo tipo de relación con otra persona, del sexo que fuera: que no tuviera la obligación de matarlas.

Ni de permitir que Bangley las matase. Era su casa, no la mía. El visitante era yo.

Es increíble hasta qué punto puede llegar a distender las relaciones el no tener que matar a alguien.

A pesar de que el Abuelo hubiese intentado matarme a mí.

Lo pasado, pasado está. Resultaba liberador poder bajar y pegarle un tiro o no pegárselo.

A él o a ellos. Podría haber un pelotón entero dentro de la casa o escondido, esperándome.

Describí dos círculos bajos y tracé un detallado mapa mental del camino, dónde empezaban las rodadas, dónde terminaban, tomando buena nota de los arbustos y los claros.

¿Se me oiría a kilómetro y medio, desde el cañón?

Probablemente. Quizá en ese preciso instante estarían alineando cartuchos del calibre doce en el alféizar de piedra, probablemente ella se estaría soltando el pelo y desabotonándose la camisa para servir de cebo, para que me pusiera a tiro. Como una sirena.

¡Hig!

Céntrate, Hig, respira. Di diez cuatro.

Diez cuatro.

Céntrate en los detalles. No dejes que te maten.

Puto diez, puto cuatro.

Habría pasado de aquella pista con rodadas y aterrizado directamente en el prado de artemisa pero no tenía neumáticos de tundra y una roca oculta en la maleza podría arrancarme una rueda de cuajo.

Más vale malo conocido y tal. Comprobé que hubiese algunos metros visibles a ambos lados de las roderas porque pretendía aterrizar con una rueda en el montículo del centro y con la otra abriéndose paso a lo bestia por el margen del camino.

Entonces decidí no racanear esfuerzos. El aterrizaje tenía que ser preciso al milímetro.

Más me valía saber exactamente a qué clase de viento me enfrentaba.

Me elevé unos trescientos pies y me enjugué la sien con una esquina de la colcha de Jasper.

Luego busqué entre los asientos una cajita de madera que guardaba allí y tiré con los dientes de la anilla de una bomba de humo y la lancé por la ventanilla.

Una densa estela naranja surgió de ella a borbotones.

Aterrizó a cinco metros del camino y expulsó un rastro de humo bajo y recto en dirección este-noreste.

¡Menos mal que se me ocurrió lanzarla! Un hermoso viento fuerte cruzado de mediodía podría haberme chafado los planes. ¿De qué más me estaba olvidando?

Bangley todavía seguía vivo porque nunca se le olvidaba nada.

Igual hasta recordaba un poquito de más, cosas superfluas, pero le daba lo mismo.

¿Acaso tenía alguna otra cosa que hacer?

En ese momento se me ocurrió que quizá yo aún seguía vivo porque a Bangley nunca se le olvidaba nada.

Bangley, esposo y padre. Granjero. Joder.

¡Ah, ya sé! Hig, se te olvida que si intentas aterrizar en un camino con surcos de rodadas que en realidad es casi un sendero en medio de un pedregal lleno de arbustos que apenas te dejan ver..., se te olvida que te puedes romper la crisma. O rompérsela a la Bestia, que para el caso es lo mismo.

Vale, respira. Di una última vuelta antes de iniciar el descenso y levanté la barra hasta flap parcial y bajé el morro, con el timón hasta el fondo para deslizarme mejor, y floté ladeado hacia el campo.

Los aterrizajes en campo abierto te ponen las pilas, si no las tenías ya puestas.

Apagué el contacto, el motor ronroneó y quedó al ralentí, y la Bestia se enderezó justo antes de tocar tierra con el ala izquierda baja para contrarrestar el viento cruzado, y el tren izquierdo se puso a golpetear entre los matorrales con estruendo.

Tuve que luchar con las ráfagas para mantener el morro por encima del borde izquierdo de la zanja sin que se metiera dentro.

Luego el tren principal derecho, la rueda posterior derecha, tocó el montículo de tierra que se elevaba entre las dos roderas y nos desviamos a la izquierda.

Me costó lo mío que esa rueda no se metiera en la zanja.

Al parecer lo conseguí, porque no noté que se rompiera nada, solo oía los arbustos más frondosos rasgándose y rompiéndose al golpear y arañar el avión.

Mantuve el morro fuera todo el tiempo que pude y, por suerte, cuando descendió había un tramo de rocas bajas y hierba corta —muy agradecido, carneros de las Rocosas o quien hubiera pastado por allí— y la Bestia rebotó y tembló y yo me estremecí cuando se detuvo justo delante de los pinos piñoneros.

¡Uf! Respira. Mi primer pensamiento: la pintura.

La bella Bestia marcada por las rascaduras de las ramas.

El segundo: me he arriesgado demasiado. Ha sido una idiotez de cojones.

Si no hubiera lanzado la bomba de humo me habría estrellado.

Comprobé el indicador digital del combustible antes de apagar el motor.

Me quedaban poco más de cuarenta y cinco litros.

Menos de una hora. Y menos de una hora en los dos bidones.

Ni de lejos suficiente para volver. Idiota.

Pero... podía llegar hasta Junction si lograba despegar con la misma suerte que había tenido en el aterrizaje.

Antes de clavar las tres estacas para amarrar el avión en la dirección de despegue, antes de meterme dos Huevos de la Muerte de Bangley en los bolsillos de la chaqueta y de colgarme al hombro el fusil automático y alejarme de la Bestia, hice la primera cosa inteligente de toda la mañana.

Saqué los bidones y me encaramé a las alas por el montante y vacié uno en cada depósito.

Repostaje listo. Mejor repostar cuando todavía no estás de los nervios.

Y me llevé la llave. Me la metí en el bolsillo derecho de los vaqueros y dije: Hig, la llave está en el bolsillo derecho de los vaqueros.

Nunca se sabe cuánta prisa se puede llegar a tener después.