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U na sacudida y un bandazo repentinos. Otra vez.
Me voy a la izquierda, el ala izquierda se hunde hacia abajo.
Agarro el volante con fuerza, corrijo la dirección y miro el altímetro.
Esto me encanta. El volante en posición neutra, el avión nivelado y la aguja del altímetro subiendo en el sentido de las agujas del reloj.
Una corriente ascendente. Los árboles se vuelven más pequeños, el asiento presiona hacia arriba como una elevadora.
La térmica de última hora de la mañana, los bosques aún oscuros absorben el sol y lanzan hacia arriba esta columna de aire caliente.
La ascensión inesperada es rápida, embriagadora, un poco inquietante.
Gano quince mil pies como si nada. Cruzo a gran altura el río Roaring Fork por encima de Carbondale, un pueblo que no se ha quemado, rodeado de ríos y ranchos verdes.
Parpadeo. Aquello de allí parece ganado.
Reses como las de antes. Negras y rojas.
Tienen que serlo, no hay nada más de ese color.
Joder. Reses cimarronas, fieles a su hogar.
Es un milagro que no hayan acabado en la boca de algún lobo.
Bajaría para echar un vistazo pero no quiero perder esta altura ni tener que gastar gasolina para ascender en el siguiente paso.
Un rancho. Ganado. El río primaveral. Una casa a la sombra de los álamos y los sauces que ya están rebrotando.
Una carretera serpenteante, agrietada y rota.
Si entorno los ojos puedo imaginar a alguien en el patio.
Alguien inclinándose para enganchar un esparcidor al tractor.
Alguien pensando: Maldita espalda agarrotada.
Por la ventana abierta de la cocina le llega el olor del café.
Otro tiende la colada allí donde da el sol.
Cada uno con una letanía de problemas, sin sospechar lo afortunados que son.
Entorno los ojos y rehago el mundo. Lo devuelvo a la normalidad. Pero...
Lo normal ahora son las ausencias.
Huntsman’s Ridge . Veo la larga ladera por donde esquiábamos. La llamábamos Infinita, y entonces lo parecía. Ahora es perfecta: nieve primavera compacta y estable. Sin peligro de aludes.
La mitad de los álamos del bosque todavía tienen hojas, todavía están vivos. A nuestra izquierda, la escarpada pared de los Raggeds. Inclino la cabeza, sigo volando.
Ahora el paisaje se suavizará. Vienen kilómetros y más kilómetros de bosque de álamos. Pulso el indicador de combustible.
Mil ciento nueve litros. No me alcanza para volver a casa. Así de fácil.
Así se pasa al otro lado. Así de fácil.
Pensé: ¿Será esto lo que se siente al morir? ¿Esta sensación de soledad? ¿Agarrarse a una reserva de amor y fallecer?
Estuvimos a punto de trasladarnos aquí. Paonia.
Alguien habría escrito mal Peonía. Melissa estaba cansada de enseñar, cansada del director y de los del distrito, quería probar otra cosa.
Quizá la agricultura ecológica. El sector de la construcción no andaba muy boyante en la zona, pero con las reformas, los armarios y alguna casa que me encargasen de vez en cuando habría ido tirando.
La primera vez que vi la región me pareció una maqueta de tren.
Todavía me lo parece. Desciendo. Reduzco la potencia y me deslizo por la ladera sur de Grand Mesa con las copas de los álamos a pocos pies del vientre del avión.
Todavía verdes, los troncos pálidos aún deslumbrantes, los helechos a sus pies una moqueta tupida, sin duda un refugio para los ciervos.
Paso zumbando sobre un acantilado. Y se abre el valle: una ribera verde con dos altas montañas al fondo, separadas por un hondo collado.
Huertos, filas ordenadas de árboles copudos en las dos orillas del río.
También viñedos. Altos álamos que señalan el curso de la corriente en su giro hacia el oeste.
Al oeste, donde el río se adentra en un desierto de matorral seco, veo las vías del tren, los cerros achatados y la alta mole de la Meseta, de un tono morado tras la bruma matutina.
Y el pueblo, unas cuantas casas apiñadas entre el río y la colina con la gran P blanca de piedra.
Venía a comprar al pueblo: provisiones, munición, comida para perro. Esperaba siete minutos en el cruce mientras el tren del carbón pasaba traqueteando. Una vez lo cronometré, lamentándome porque se me iba el día. Miré al asiento de Jasper.
Cómo te gustaba esto, ¿eh, colega? Ir hasta el río que había debajo del parque del pueblo y que te lanzara el palo a la corriente. No se te daba muy bien lo de recoger el palo, y nadar tampoco, pero lo pasabas muy bien. Qué buen ejemplo para todos, ¿eh?
Sigo el curso del río y me dirijo a la meseta alta y seca. Siento un nudo en las tripas.
No puedo seguir viviendo así. La verdad es que no puedo seguir viviendo de ninguna manera. ¿Qué he estado haciendo? Me he pasado nueve años fingiendo.
La carretera que tomábamos cruzaba un puente verde. El cañón se llamaba Domínguez. Vuelo a ochocientos pies. Veo el puente. Veo los frutales que llegan hasta las paredes del cañón. Veo el camino de tierra. Lo sigo.
Bosque ralo, piñoneros, enebros casi negros y todavía vivos.
Árboles del desierto que no crecen a lo alto, sino que se vuelven gruesos y nudosos.
Chaparros y tercos. Me recuerdan a Bangley.
Se niegan en redondo a morir. Algunos de ellos ya estaban aquí cuando el sacerdote español que da nombre al cañón viajó por la región con su dios.
Nunca había volado por aquí. Siempre veníamos con la camioneta.
La vegetación se ha adueñado de la carretera.
Una senda cubierta de maleza se aleja del riachuelo y sube a una cumbre.
Giro a la derecha y la sigo hasta otro torrente, ya en mi antigua zona de caza.
Pero... Más a la izquierda, siguiendo el curso de este arroyo, un destello de roca roja, la parte superior de un cañón que desconocía.
Siempre me ha asombrado que una corriente tan pequeña pueda dejar estas marcas, que estas grietas puedan esconder paisajes tan imponentes.
Me inclino y viro para echar un vistazo.
Al acercarme, al otro lado del borde aparece una pared alta, de un rojo intenso y con franjas negras y ocres creadas por el agua. Cortada por salientes. Un contorno pálido donde un bloque enorme se había despegado. El acantilado tiene sesenta metros de alto, tranquilamente.
Es un cañón de paredes verticales. La madre que me parió. La explosión verde lima de las copas de los álamos, unos cuantos ponderosa erizados y... Vuelo en círculos cerrados. ¿Cómo es posible que no lo hubiera visto nunca? Porque iba por la carretera, si es que se la puede llamar así.
El desfiladero se ensancha en este escandaloso agujero verde. Lo atraviesa un arroyo serpenteante. Un prado en la orilla izquierda. Estaba tan distraído por la impresión y la curiosidad que casi me estampo contra la pared.
Una cabaña de piedra pegada al acantilado. Un velo de humo en el aire. Un puente de piedra sobre el río conduce a un prado. Ganado disperso por la hierba regada. Media docena de cabezas.
Ganado.
Y...
Un huerto más grande que el nuestro. Irrigado por una acequia que parte de un meandro del arroyo. Y...
Una figura encorvada en el huerto.
Y...
Es una mujer.
Pelo largo y oscuro recogido en una coleta. Se endereza. Se lleva la mano a la frente haciendo visera para observar el avión.
Una mujer en pantalones cortos con una camisa de hombre atada a la cintura. ¿Descalza? Descalza. Alta y espigada. Erguida, alta. Se protege el rostro y me observa. La boca forma un amplio círculo. ¿Grita? Sí.
Ahora sale una figura de la casa, si es que eso es una casa, un hombre con un arma. Un hombre mayor. Un viejo que levanta el arma hacia el cielo y apunta. La hostia.
No oigo el estallido pero... una perdigonada, el aluminio que se rasga y un nuevo siseo en el aire.
Joder. Luego un ruido seco, ardor y picor, me abrasa todo el lado izquierdo de la cara.
Las dos manos se aferran al volante. Tiro con todas mis fuerzas para elevarme en vertical y giro hacia atrás sobre el ala derecha por encima del borde del acantilado, casi rozando las copas de los enebros bajos al pasar y perderlos de vista.
Se me cuelan por el cuello trocitos de cristal.
¡Eh! ¡Eh! Adiós ventanilla, no queda más que un mosaico de cristal templado hecho añicos colgando del marco.
La camisa empapada de sangre. Aire.
En ese instante comprendí para qué había venido.
No es lo que estáis pensando. Estáis pensando Mujer, pero no era eso. Era para volver a alegrarme de estar vivo.
Ese momento en que te das cuenta de que no ha dejado de funcionar nada vital en tu interior ni en la Bestia, en que te elevas, en que te nivelas, en que el motor ronronea y el volante está firme.
En que te llevas los dedos temblorosos al lado ensangrentado de la cara y al tantear con cuidado notas cuatro astillas de cristal y nada más.
Solo unas esquirlas. Joder. Y el techo de la cabina está tachonado de agujeros, aunque solo el revestimiento, no han atravesado el metal.
Por un pelo. El cabronazo ese casi se me lleva por delante.
Si no hubiera estado dando la vuelta sobre el borde del cañón me habría metido todos esos perdigones en la cabeza.
La leche. Y en ese momento me eché a reír.
Lo que me pedía el cuerpo era bajar hasta allí con el AR -15 y hacer picadillo a bocajarro a aquel viejo de mierda.
Me sentó de maravilla sentir algo, salir de la apatía.
El hijoputa ese te ha hecho un favor, Hig.
Te ha quitado la tontería de encima. No ha hecho más que lo que habrías hecho tú para defender tu hogar y a tu mujer.
Mujer.
¿Era su mujer? Viejo cabrón. A saber a qué clase de arreglos se llegaba en este mundo. Mi primer impulso fue bajar a matar a aquel cabrón y robarle la mujer. ¿Y por qué no?