La constelación del Perro 1 #8
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Cuando el tío Pete murió de lo que probablemente fue una cirrosis acelerada por el cáncer y se enteró de que solo le quedaban unos meses de vida hizo una cosa que me pareció muy rara en él: se pasaba el día encerrado en su cabaña orde nando diapositivas.

Su gran colección de imágenes en color. Se había pasado la vida haciendo fotografías y se había dedicado exclusivamente a las diapositivas porque decía que eran más nítidas.

Las cajas de papel amarillas, las blancas y azules de plástico, cada una con un carrete, las amontonaba en una pila de más de un palmo que ocupaba casi toda la mesa de la cocina.

A menudo con fuertes dolores, a la luz de un ventanuco durante el día y de una lámpara de pie por la noche, sacaba las diapositivas de las cajas, un carrete tras otro, y las guardaba en las fundas de las hojas de los archivadores.

Las etiquetaba con un rotulador permanente: en la diapositiva escribía el número de álbum | número de diapositiva, en la página lo mismo más la fecha de la fotografía y una descripción de hasta tres palabras: Pesca Macabí Cayos.

Junto a los archivadores de tres anillas, que contenían hasta cinco años según lo prolífico que hubiera sido con la cámara, guardaba otro archivador de papel rayado con un diario en clave donde había descripciones más largas, notas sobre algunas fotos que le despertaban la memoria.

Le hice una visita durante esos días. Mientras él catalogaba, yo cortaba y partía leña para un largo invierno que los dos sabíamos que él ya no vería.

Tres cuerdas de arce haya fresno abedul amarillo taladas en la parcela que tenía en una ladera de pendiente suave y que partidas y amontonadas cogían la mitad del porche delantero y una esquina.

Lo violentaba que yo trabajara mientras él estaba en la cabaña.

Al principio pensé que se había vuelto loco.

Podría haberse quedado en su porchecito a ver cómo la primavera de Vermont daba paso a la verde exuberancia y al bochorno del verano por última vez, a contemplar los reyezuelos y las alondras y las lechuzas en el lírico comercio de la reproducción y la nidificación, las hojas y el aire.

En las últimas tardes exquisitas podría haber sufrido las picaduras de las moscas negras, los jejenes y los mosquitos.

¿Por qué no se quedaba ahí, sentado en su mecedora, rasgando su maltrecha guitarra?

Pero una noche que estaba tumbado en mi vieja cama con la ventana abierta, escuchando una lechuza que intentaba aterrorizarme con sus gritos de mujer y que solo lograba hacerme feliz —el grito agridulce de la belleza inasumible y de la gran pérdida inminente—, de golpe lo entendí: tuve la clara revelación de que el tío Pete estaba reviviendo su vida.

¡Claro! Diapositiva a diapositiva, imagen a imagen.

Acumulando recuerdos levantaba un muro contra la extinción y las cajitas de diapositivas eran sus ladrillos.

Aquella tibia mañana, en lo alto de la escalera, mientras escuchaba el borboteo del combustible en el depósito del ala y miraba el sol para calcular la hora, me acordé de él, de cómo se encorvaba sobre los álbumes en la luz tenue de aquella cabaña que olía a resina y a humo de leña y a café.

Como un hombre encorvado contra un viento incesante.

Registraba cosas que ya no tenían ninguna utilidad, salvo como baluarte contra el olvido.

Contra la oscuridad de la pérdida total.

En fin. No iba a contar las horas. Tenía buen tiempo y un avión lleno de combustible. Despegaría y volaría hacia el oeste, y ya vería hasta dónde llegaba. Estaba apretando el tapón de la gasolina cuando oí un ruido de pies arrastrándose y vi a Bangley cruzar la pista. Traía una cesta en la mano.

Sonreí. Era como aquella vieja canción de ferroviarios que cantaba Pete. Johnny’s mother came to him with a basket on her arm | She said my darling son | Be careful how you run | Many a man has lost his life just trying to make lost time ... *

No es una tarta, dijo.

Sonreí. Cerré la cubierta del tapón y bajé.

Me dio la cesta, se dirigió a la escalera y, dándole un golpe al seguro, la plegó y fue a dejarla junto a la bomba. Dentro de la cesta había seis granadas.

No sé por qué no se me había ocurrido antes, dijo. Lo pensé mientras montaba el lanzagranadas.

Dentro de la cesta parecían huevos en un nido. El Huevo de la Muerte. Un recuerdo borroso de un cuento de hadas que había leído hacía tiempo.

¿Cuántos cargadores llevas para el fusil automático?

Cuatro. De los grandes.

Hizo un gesto de aprobación.

¿Has cogido la bomba de mano?

Se refería a la bomba de manguera larga con la que podía sacar gasolina de cualquier depósito, incluso de los subterráneos. Aparte del combustible extra, los nueve metros de manguera eran lo más pesado que llevaba. Asentí.

¿Qué harás cuando te quedes sin gasolina?

Aterrizar.

Asintió. Miró a la Bestia y luego a las montañas con las manos en los bolsillos. Estaba encarado al oeste y el vientecillo le daba en la cara. Dijo

Has sido un buen compañero, Hig. Aunque a veces un poco atontado, eso sí.

¡Coño! Se me oprimió el pecho, me pareció que iba a... En fin.

Como alguien de la familia, dijo.

Me quedé paralizado, los pies pegados en el asfalto.

No es fácil vivir conmigo. Los únicos capaces de soportarme fueron mi mujer y mi hijo. Y tú. Big Hig.

Creo que me quedé con la boca abierta. Lo miré atónito.

Ya te contaré, dijo. Esbozó su media sonrisa.

Mantén los ojos bien abiertos, Hig. Mantente alerta. A ver si te vas a quedar atontado pensando en el pasado y te sorprende algún hijo de puta. Intenta regresar.

Lo miré fijamente.

Mantendré a raya las malas hierbas.

Se fue andando. Lo seguí con la mirada. Joder.

Joder.

Enrollé la manguera con la manivela, subí a la Bestia y aseguré la puerta. Pulsé el interruptor principal, giré la llave en el contacto y apreté el botón de arranque.

Hay pocos ruidos tan emocionantes en el mundo como la explosión de un motor Continental al cobrar vida. Los primeros giros de la hélice, tercos. El estruendo se vuelve uniforme mientras la hélice desaparece en la velocidad de su rotación.

Al alcanzar cierta velocidad desaparecemos.

Crucé la rampa a trompicones, entre las hileras de aviones ruinosos que se caían a pedazos, corté en perpendicular la calle de rodaje y despegué desde la mitad de la pista. Vi a Bangley empujar la puerta de la casa donde tenía su taller. No levantó la mirada.

La Bestia está hambrienta. Se traga el aire como un caballo ansioso.

Echo un vistazo al asiento de la derecha, que está vacío.

En él van la cesta de huevos de Bangley y la colcha del cazador que apunta una y otra vez al faisán que sale volando.

Arrugada contra la puerta. Aunque estaba medio sordo y había perdido la agilidad, Jasper era mejor copiloto que la mayoría de los hombres.

Que todos los hombres. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La vida destilada en una manta raída. El disparo nunca alcanzará a su presa, el ave nunca caerá, pero el cazador tampoco fallará jamás. Ni perderá nada. Su perro nunca morirá.

El mayor agujero me lo ha hecho un chucho.

... pensando en el pasado y te sorprende algún hijo de puta ...