La constelación del Perro 1 #7
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Me pasé toda la noche pensando en eso, tumbado solo al pie del terraplén, sintiendo la dolorosa ausencia del peso de Jasper sobre mi pierna.

Y observé cómo desaparecían por el oeste, bajo la tierra, las últimas constelaciones de invierno.

Esa era su manera de darme permiso, aunque no lo necesitase. Pero aun así...

Es una mañana clara y despejada de principios de mayo, la manga que queda a la altura del surtidor de gasolina cuelga inmóvil, sobre las montañas el cielo parece un cuenco tibetano de un azul claro como el agua.

Nuestro gavilán colirrojo flota, elevándose con la primera columna de aire caliente por encima del asfalto apenas tibio.

Traza círculos sin esfuerzo. El nido de su compañera está en un álamo a la orilla de nuestro estanque y ayer oí el piar desesperado de los pollos.

Son tres, creo. Ella se irguió, batió las anchas alas una vez y se me quedó mirando con fijeza asesina.

A mamá no le toques los cojones. Ni se me pasaría por la cabeza, dije en voz alta.

Enciendo la bomba, lleno de combustible dos bidones de veintidós litros y los cargo detrás de mi asiento.

Son menos de treinta y cinco kilos. Los depósitos contienen doscientos diez litros útiles.

La gasolina extra me dará algo menos de una hora que no bastará para volver, sobre todo si me dedico a explorar por el camino, pero no voy a cargar más combustible, para poder hacer aterrizajes y despegues cortos en caso de necesidad.

La mochila de supervivencia pesa quince kilos y lleva, entre otras cosas, cecina para diez días, tomates secos, maíz y dos botellas de aceite de oliva.

Veinte litros de agua que seguramente no necesite porque Grand Junction debe su nombre a su situación en la confluencia de dos grandes ríos.

Pero es una ciudad del desierto y no sé qué pasará, no sé cuánto me costará llegar hasta el río. Siempre hay que llevar agua.

La colcha del cazador de faisanes de Jasper sigue en el asiento del copiloto. Sujeto el fusil automático y la metralleta al soporte vertical que está delante de su asiento.

¿Y cuál es el plan, Hig? Volar hasta allí.

¿Y luego qué? Contactar con los nativos.

¿Y luego qué? Intercambiar noticias.

Tú no tienes noticias que intercambiar.

Es lo que hay.

¿Y luego qué, volver a casa?

Buena pregunta.

Repostar.

Buena suerte.

Hablo conmigo mismo. Bangley no está a la vista.

Subo a lo alto de la escalera y lleno los depósitos de la Bestia.

Hay suficiente sol directo para utilizar el surtidor, para disfrutar del viejo clic analógico de los números girando en el contador.

La suave brisa cálida me acaricia la mejilla izquierda, suena el penetrante grito del gavilán.

Mellado como sus alas. La emoción del viaje, del auténtico viaje, con el cambio de paisaje que conlleva.

No sé a qué se debe ese brote de optimismo.

Bangley tiene razón: no hay muchas posibilidades de conseguir información que nos sirva de algo pero sí muchas de que el tío de la torre se haya convertido en un esqueleto.

¿Y qué noticias nos podrían servir de algo?

Llevo preguntándomelo todo este tiempo. ¿Dónde están las noticias?

Comemos, dormimos, aseguramos el perímetro, nos defendemos, subo a veces a las montañas para ver cómo están los árboles y los arroyos.

Cuando vuelo en la Bestia las noticias me las da el viento. ¿Qué más hay?

Tuve que enseñarle a Bangley a regar el huerto por primera vez, a dirigir el flujo desde la acequia de la cabecera hasta los distintos regueros, a limpiar los surcos; tuve que enseñarle qué era una mala hierba y qué no.

Él estaba de mal humor. Me confesó que había jurado no trabajar nunca en un huerto, que solo removería la tierra para cavar una tumba.

Cuando dijo eso se me erizó el vello de la nuca. Tanto tiempo juntos y aún me sorprendía.

Mi padre era granjero, dijo.

¿En Oklahoma ?

Me miró fijamente sujetando la laya ligera, que le sentaba como un guante.

O sea, que esto ya lo habías hecho más veces.

Me miró de hito en hito. Frunció los labios contemplando la punta de la pala manchada de barro y medio cubierta por la suave corriente de un reguero.

Este es tu tinglado, dijo por fin. Yo habría usado la tubería de compuertas que hay en ese huerto de la parte del norte.

Ahora era yo el que lo miraba fijamente.

Eres granjero, dije.

Nada. Hizo una mueca y se giró hacia el oeste, hacia el sol.

Una brisa errante le agitó el pelo que asomaba por debajo de la gorra.

La corriente de agua de regadío que habíamos sacado del arroyo formó una fría onda y burbujeó.

Arrastraba los terrones que se desprendían de los bordes del surco, fluía sobre ellos en gibas regulares que creaban minúsculas ondulaciones.

En las orillas se formaban pequeños remolinos.

Si lo miraba un buen rato, podía agrandar el surco en mi mente, convertir cualquier línea recta de agua en un arroyo truchero.

Siempre regaba descalzo y se me dormían los pies.

Me encantaba la sensación. Sentado al sol en el montículo de Jasper, desde donde él siempre me supervisaba, esperaba a que fuera volviendo la sensibilidad con el cosquilleo.

Los dejaba secar con los talones apoyados en un trapo.

Sacudía la tierra de las botas y los calcetines antes de volver a calzarme.

Lo miré fijamente.

Así que sí, dije. En una vida pasada de Bangley. Esa pala parece una puta prolongación de tu cuerpo. Como si hubieras nacido con ella.

Giró la cabeza para mirarme y se me volvió a erizar el vello. La mirada era fría, gélida como el agua que me corría por el pie derecho.

Es una laya, dijo.

Asentí.

Ya lo sé.

Nos miramos. Qué coño, total me marchaba por la mañana.

No le tenías mucho cariño a tu padre, ¿verdad?

Vaciló, movió la cabeza muy despacio.

Lo odiabas a muerte.

La mandíbula de Bangley se puso en movimiento.

Tú lo hacías todo. Joder. Eras granjero. Así aprendiste todo lo que sabes: a soldar, a forjar, a herrar un caballo, a construir un corral, un establo. Seguro que eres mejor carpintero que yo, capullo. La madre que me parió.

Crucé los brazos sobre el mango de la laya y miré a las montañas.

El viento era agradable. Un aguilucho, culiblanco, agitó los arbustos del otro lado del arroyo revoloteando y deslizándose justo por encima del matorral en un intento de hacer salir a un conejo.

Dos gavilanes, no los colirrojos, otros más pequeños, quizá unos de Cooper, describían una espiral.

Muchos pájaros habían desaparecido incluso antes del fin, pero en este mundo las aves rapaces parecían prosperar. Este mundo es de los halcones.

¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto estuviste trabajando con él en la granja y odiándolo?

Nos quedamos allí plantados. Los surcos de agua convergían formando riachuelos. No dijo nada pero tuve la certeza de que Bangley había matado a su viejo.

Cuando vuelvas, dijo al fin, haremos algunas mejoras, si quieres. El sistema de riego podría ser mucho más sencillo pero la verdad es que siempre pensé que a Hig le gustaba trabajar al sol en el huerto, meneando la tierra de un lado a otro.

Qué detalle.

Se rascó el hueso del pómulo, bajo el ojo derecho. Resultaba extraño. Yo lo miraba como si hubiese sido mi esposa y acabara de descubrir que estaba en el programa de protección de testigos. Como si hubiera sido un sicario o algo así. O senador.

Ya te digo.

Ya te digo.

No sé si agarrarme un cabreo o un ataque de risa histérica.

Me dedicó una sonrisa. No aquella mueca suya de oreja a oreja sino una auténtica sonrisa tímida que inmediatamente se avergonzó de sí misma.

Pues tendrás que decidirte.

¿Qué?

Que te tendrás que decidir. Y a veces esas pequeñas decisiones son las más difíciles.

Estás como una puta cabra. Como una puta cabra granjera.

Él también estaba apoyado sobre los brazos cruzados y aquella mueca de oreja a oreja suya volvió a cruzarle el rostro borrando la sonrisa tímida y comprendí que se había acabado la conversación y que mejor sería no volver a llamarlo así en la vida.

Ahora estaba llenando los depósitos de las alas hasta el borde.

Moví la escalera de aluminio por delante del morro del avión, arrastrándola por el pavimento hacia el ala izquierda, y subí por ella con la pesada manguera y la boquilla colgadas del hombro.

Clic clic clic , giraban los números, el combustible borboteaba y silbaba cuando estaba a punto de llenarse todo el depósito.

Sesenta y cinco litros y medio. Incluso entonces, con todo lo que aquello suponía, me seguía dando gustillo repostar gratis.

Gratis hasta que... El sol estaba dos dedos por encima de las colinas del este, dos dedos con el brazo estirado venían a ser media hora, es decir que eran casi las seis.

Las trece en punto, hora Zulu. Hora de Greenwich.

Greenwich, en Inglaterra, tierra del Reloj.

Centro del Universo Cronometrado. Antiguamente.

Era de suponer que ya nadie llevaba la cuenta.