La constelación del Perro 1 #6
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Gracias, dije. Gracias. Y rompí a llorar.

Lloré delante de ellos, sin ningún control, estremeciéndome, y entre mis lágrimas sonreí a la niña.

Se le borró la sonrisa del rostro y parecía asustada y fue a esconderse entre las faldas de su madre y yo me sentía culpable pero no podía contener el llanto.

Era Jasper, pero no solo él. Era todo. ¿El infierno era eso?

¿Querer a alguien así, llorar a cinco metros, una distancia infranqueable?

Recogí las flores del suelo pero no volví a mi sitio. Estaban todos a poco más de un brazo de distancia, o a dos brazos.

Gracias, les dije a todos. A Jasper le encantaba venir aquí.

Era cierto. Creo que el olor de los niños lo hacía feliz.

Qué flores más bonitas. Las olí. Mmm... Qué bien huelen.

Sonreí. La niña volvió a sonreír sin soltar las faldas de la mujer.

¿Habéis colgado la bandera?

Aaron asintió. La última vez había sido pasada una semana de la última caja de Sprite.

La bomba solar con la que sacaban agua de riego del arroyo se había parado, se había estropeado un fusible pero no tenían más y yo sí, así que a la mañana siguiente les traje uno.

Ahora una mujer alta avanzó desde detrás del grupo.

Era despampanante, la mitad de su cara. La enfermedad todavía no le había arrebatado la fuerza.

Tenía una quemadura horrible en media cara, una explosión de gas.

Para hablar, volvía la mitad de la cara quemada y te miraba de perfil y parecía hablarle al aire.

Se llamaba Reba, como la cantante de country de antes, y también cantaba muy bien, la había oído.

Me tendió un cubo de plástico agrietado y yo lo cogí —de mano a mano, por primera vez— y rebosaba de minilechugas tempranas.

Hemos tenido una buena cosecha, dijo Aaron. Creo que dijiste que no cultivabas lechuga, no recuerdo por qué razón. Así que pensamos... No terminó la frase.

Sonreí. Me puse en cuclillas y le alargué la mano a la niña pequeña que me había dado las flores.

Anda, ve, dijo la madre.

Me alargó una manita manchada de tierra y se la cogí y la apreté con suavidad y sonreí.

La miré a los ojos castaños, sanguinolentos por la guerra que hacía estragos en su sistema inmunológico, y durante un buen rato me quedé aferrado a sus deditos, como si fueran una cuerda y yo me estuviera ahogando.

Las judías empezaban a brotar, el ricito ya asomaba por la tierra revuelta. El agua corría por los surcos. Le dije a Bangley que me marchaba otra vez.

Estábamos en su taller, que era el salón de una mansión que quedaba al norte de mi hangar.

Los dos lujosos ventanales de doble cristal daban al oeste, a las montañas que había más allá de la pista de aterrizaje.

Era el taller de un armero, lisa y llanamente.

Bangley no se sentía obligado a justificarse por no saber nada de motores ni de madera ni de carpintería de ninguna clase ni de agricultura (de agricultura sobre todo) ni de jardinería ni de cocina (de cocina sobre todo) ni de idiomas ni de historia ni de matemáticas más allá de la aritmética ni de moda ni de peletería ni de juegos de naipes ni de costura ni, sobre todo, de retórica: el decoro, las costumbres de lo que es el buen debate retórico.

Suéltalo, Hig, es lo que le gustaba decir en última instancia. Suéltalo de una vez y no te andes con tantos miramientos. Aquí estamos solo tú y yo, ¡ja, ja, ja! No hay nadie más a quien impresionar.

Pero sabía de armas, sabía trucarlas y mejorarlas, y también construirlas casi desde cero, con una tubería y cuatro cubiertos viejos.

En el remolque que arrastraba con la camioneta la tarde de su llegada al aeropuerto traía una prensa taladradora muy pesada, un soldador, un generador, afiladoras, una sierra de cinta.

Cuando le decía que podía aplicar esas destrezas —soldar, templar— a toda clase de trabajos de metalistería soltaba aquella risa que sonaba como la gravilla.

No me interesa nada de eso, se limitaba a decir.

También se trajo unos cincuenta pósteres, todos de chicas en bikini o sin él exhibiendo diversas armas de las casas de armamento ligero más importantes, de la Colt a la Winchester pasando por la Sig.

Los había pegado a los paneles de nogal de todas las paredes, donde en otro tiempo había cuadros enmarcados, los había pegado hasta en los bordes de las ventanas.

Las chicas disparaban metralletas, sujetaban pistolas en posición de guardia baja plegada, a modo de hoja de parra, y a veces ni se molestaban en cubrir su total desnudez, y la visión de mujeres sin ropa me causaba un dolor tal que llegaba a constreñirme la garganta; así que mis visitas eran tan escasas como la ropa de aquellas chicas.

Ja. Y las veces que iba lo llamaba desde el patio y esperaba a que me contestase y me invitase a pasar, en un intento de que aprendiera a hacer lo mismo y dejase de provocarme ataques al corazón cuando venía a mi hangar, aunque sabía que me esforzaba en vano.

Tenemos un montón de venado, Hig, dijo levantando la vista de un grueso cañón que tenía sujeto en un torno de banco.

Después de la escaramuza del otro día anunció que iba a fabricar un lanzagranadas. En realidad ya tenía uno, un M 203, pero el alcance no era el adecuado para salvarme el culo, según él, así que iba a modificarlo. Será más preciso, dijo.

No podemos dejar que le dé otra conmoción cerebral a Hig, se queda demasiado atontado.

Se enderezó y me miró con los ojos entornados mientras yo trataba de no fijarme en las nudistas homicidas.

Una cosa rara: en una mesita de café, al lado del sofá de piel que Bangley había decidido conservar, tenía una foto enmarcada de la familia que antes vivía allí y que habrían sacado, probablemente, durante unas vacaciones de esquí.

Tres críos rubios con casco y anorak junto a sus padres, que sujetaban unos esquís y lucían una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes tan blancos como las cumbres nevadas de la cordillera que les servía de fondo.

En la cima de una de las montañas de Vail o por ahí.

Nunca le pregunté por ella. Me daba en la nariz que no se trataba de un simple recordatorio del amor filial que en tiempos inundó la casa, sino más bien una especie de revancha de Bangley en plan : Mirad, pijos de mierda, lo teníais todo, ¿pero ahora quién está en vuestro salón, fuerte como un toro y mejorando su armamento para defender la plaza que vosotros no pudisteis salvar?

Es solo una hipótesis.

¿Andas pensando en otra escapadita de pesca? ¿No te llegó con la anterior?

Negué con la cabeza. Voy a salir con el avión.

¿Con el avión?

Hasta Grand Junction. Una vez me llegó una transmisión desde la torre. Hace algún tiempo.

Sus manos, tan grandes y cuadradas que a mí me parecían zarpas, soltaron el cañón y la lima. Me miró desde debajo del armero que me había encargado en los primeros días; nunca hacía nada sin tener el armamento de todo un pelotón al alcance de la mano.

¿Hace cuánto?

Tres años.

Sonrió de oreja a oreja. Se pasó la mano por la mejilla y, desde el otro extremo de la habitación, se oyó el sonido de su barba de tres días arañándole la piel.

Tres años.

Se volvió para mirar por la ventana, al oeste, en dirección a Junction, como tratando de calcular en términos de espacio-tiempo la relación entre las distancias y el paso de las estaciones.

Durante solo un segundo, por primera vez, lo vi como un hombre que comienza a hacerse viejo. Se volvió hacia mí.

Me cago en la leche, Hig. Lo de devolver llamadas no era tu fuerte, ¿no?

Le sonreí.

¿Hig?

¿Sí?

¿Estás entrando en la crisis de los cuarenta?

Justo detrás de él, a la izquierda, en uno de los paneles de al lado del ventanal, había una famosa modelo checa que sujetaba una metralleta corta con una pinta letal, una Uzi o algo así.

Cargaba el peso sobre la pierna izquierda, con la cadera derecha levantada, y toda la geometría del póster guiaba la vista desde su mirada verde hasta el monte de Venus que asomaba con coquetería de un exiguo triángulo de pelo oscuro que no lograba ocultar la breve línea, el camino a la tierra prometida.

Me mataba. Se me cortaba la respiración.

De pronto se me ocurrió que Bangley era un estratega hasta la médula.

Era capaz de interpretar cualquier situación al instante y de encontrar la tecla precisa, el punto débil.

¿Estaba entrando en la crisis de los cuarenta?

La verdad es que no creo que exista, le dije. La vida entera es una puta crisis.

¿Tú crees?

No.

Primero el alce, ahora la torre de control. Eso queda casi a quinientos kilómetros. ¿Dónde está tu punto de no retorno?

Se refería al combustible. Al punto en el que no tendría suficiente para regresar.

A cuatrocientos veinte.

Andas persiguiendo fantasmas, Hig. ¿Quieres que nos maten a los dos?

Yo estaba en el centro del salón de aquella familia.

Tenían una pantalla plana enorme, un sistema de sonido estéreo surround, un reproductor de música con más de diez mil canciones sobre una mesita, un montón de country pop, pero Bangley se había deshecho de todo y había colgado sus pósteres y un tablero de clavijas.

En la mesa de centro había una consola. La encendimos: World at War VII .

Pensaba que a Bangley le gustaría, pero en cuanto la encendí se dio la vuelta y cuando la apagué se relajó a ojos vistas.

Ya lo sé, dije.

Me miró con sus ojos minerales y aquella sonrisa congelada.

Ya sé que es un riesgo. Quienquiera que enviara la transmisión tenía electricidad. Estaba en una torre de control, así que tenía radios potentes. A lo mejor sabe algo.

¿Qué va a saber?

Igual tiene noticias.

Noticias.

Sobre los árabes o algo.

Se quedó quieto. Luego recogió la lima y agarró el cañón con su zarpa y bajó la cabeza.

Hig es como los tiburones, dijo. Si se queda quieto se muere. Si se empeña en una cosa, tiene que hacerla.