1 #5
Consigo ponerme de rodillas. Me quedo un rato así, como una semana. Me apoyo en el suelo con las manos y las rodillas. Me gotea sangre de la nariz, la veo caer, eso es bueno, buena señal. A cuatro patas, respira. Respira. Bien, estoy bien.
Se han ido, Hig, se han dispersado. Veo a uno de ellos, bueno, partes de uno, a treinta metros. Quizá haya más bajas. De los demás, ni rastro. Se han ido, Hig. ¿Me oyes? Cuando te recompongas un poco localiza tu arma, tu fusil.
¿Hig? No te ha pasado nada. Quizá estés un poco conmocionado, nada más. ¿Todavía tienes la Glock? ¿Hig? Mira en el bolsillo. Dime que todavía tienes la Glock. Hasta que podamos descartar cualquier peligro. Dímelo.
A cuatro patas. Me siento. Parpadeo bajo el sol. Me está hablando. Bangley me está hablando. La radio. Me llevo la mano al pecho, la mano tiesa, se mueve a cámara lenta, pulso el botón del micrófono, sin fuerza.
Te... Te...
Estás bien, Hig. Así me gusta.
Te... Tengo la Glock.
Estupendo. Así se hace, Hig. De momento quédate donde estás. Respira.
Pausa.
Bangley .
¿Sí, Hig?
No paras de decirme que respire.
Una risa a través del aparato. Una auténtica risa de alivio. Un trago de agua fría.
¡Coño! Mejor respirar que dejar de hacerlo, ¿no?
Más risas.
Lo has hecho muy bien, Hig. Lo has hecho de puta madre. Te cargaste a cuatro de entrada. ¡Cuatro! Has superado todos los pronósticos, macho. Por aquí no te dábamos más de dos, por lo apurado que se te veía.
Risas.
Gracias .
Pausa.
¿Qué coño ha pasado, Bangley? ¿Qué has hecho?
Mortero de ochenta y un milímetros del ejército británico. Tenía que llegar el momento de utilizarlo. ¿Te acuerdas del porche que te hice construir en la torre? Pues ahora ya sabes para qué lo quería. Para salvarte el pellejo, Hig. Quería que fuera una sorpresa, como un regalo de cumpleaños.
Interferencias.
Te he sorprendido, ¿eh, Hig? Fijo que sí. Todavía me quedan unos cuantos. Para cuando la cosa se ponga chunga de verdad.
Me senté en el suelo bajo el sol mientras la sangre de mi nariz formaba una costra y yo intentaba asimilar lo del mortero. El puto Bangley. Todo este puto tiempo con un mortero escondido junto a la torre. La madre de Dios.
Crujido.
Al ver a aquellos nueve que se te acercaban lentamente bajé y saqué el cacharro de entre la maleza donde lo tenía escondido. Esta vez ibas a necesitar una ayuda de gran calibre, Hig, la cosa tenía toda la pinta.
Pausa.
Pero estuviste muy bien. Igual podrías haberlo logrado sin el mortero. ¡Qué manera de disparar! La hostia.
Vi mi fusil a quince metros, debajo de un arbusto.
Incliné la cabeza hacia atrás, como antes en el monte: los ojos cerrados bajo el torrente de sol, el zumbido que se iba apagando despacio, como un viento errante.
Me eché a reír. Y a llorar. No sé cuánto tiempo estuve riendo y llorando a la vez, como un loco.
Esa tarde volé. No estaba en las mejores condiciones, pero lo hice igual.
Para buscar a los otros cuatro, para ver si tramaban algo contra las familias o contra nosotros, pero no vi ni rastro.
Se dirigieron a las colinas. Volar era lo mejor.
Era la primera vez en años que salía sin Jasper.
Todavía llevaba en el asiento su colcha del cazador de faisanes, para que me diera suerte, supongo.
Aún tomaba los giros con cautela y atacaba los picados con suavidad para que Jasper no saliera disparado.
Me había acostumbrado a volar así. Sobrevolé el perímetro exterior y al llegar a la ondulación de las primeras colinas del oeste me ladeé para volver y descendí para ver la carnicería, los tres cráteres, heridas abiertas en la maleza, los cadáveres donde los dejamos cuando Bangley vino andando para ayudarme a arrastrar el trineo.
Apenas podía tirar de él. No es que me fla quearan las piernas.
Me palpitaban las sienes, notaba un dolor en la frente, era incapaz de concentrarme lo suficiente para dar cinco pasos seguidos a ritmo constante.
También tenía náuseas. Bangley tuvo mucha paciencia, y después de compartir el arnés, dijo
Descansa un poco, Hig. Ya tiro yo un rato. Ya has tenido bastante por hoy.
¿Vas a decirme que respire?
Sorbió del tubo de plástico de su bolsa de agua y me miró con renovado respeto. Tenía una mancha de tabaco en la mejilla que parecía un lunar. Justo donde lo tenía Marilyn Monroe.
¿Hig?
Sí.
Respira si te da la gana. Es un alivio oírte decir eso. Has sufrido una conmoción, Hig, no hay duda. Y lo lamento mucho. Pero es mucho mejor que estar muerto. Podría ser muchísimo peor. No te has quedado bizco y tampoco has perdido el sentido del humor.
Se calzó el arnés en la frente y empezó a andar.
Ahora desde el avión lo veía todo: el rastro que salía de la senda arenosa y el montón de maleza donde había escondido el trineo, un trozo de plástico rojo en el suelo, el estuche de balas que venía con la caja, el lugar donde yo estaría cuando el primer proyectil cayó a menos de veinticinco metros.
Los cuatro donde los había derribado, tres en el fondo del barranco y uno arriba, los pájaros, buitre cuervo corneja urraca, revoloteando en todas direcciones al pasar yo por encima.
Junto al proyectil, un cadáver mutilado.
Yo podría estar en su lugar. Le faltaba un brazo y media cabeza.
Todavía me dolía la cabeza y cuando pasé a poca altura y lo vi me incliné para vomitar por la ventanilla.
No tenía casi nada en el estómago, solo la ensalada de judías de lata y venado que Bangley me había preparado en el hangar, pero dejó un gran manchurrón en el fuselaje y al día siguiente tuve que limpiarlo con el cepillo.
Las cosas como son, podría haberme pasado a mí.
El mortero no es un arma de precisión. Bangley dijo que había calculado el alcance y el ángulo para cinco puntos del camino y estaba bastante seguro.
Pero el caso es que corrió un gran riesgo, vio que la situación me estaba superando y...
Me limpié la boca con el dorso de la mano y me dirigí al sur y al este y observé las carreteras que llevaban al campamento de las familias, y nada.
De vuelta desde el este vi a una docena en el solar y la pieza de ropa interior roja colgando flácida del mástil y aterricé.
Di unos cuantos botes por el camino de entrada y apagué el motor.
Bajé de la cabina con el cuerpo entumecido.
Aaron era un hombre alto y arrugado, con una barba ganchuda, una barba como una paleta de madera tallada.
Estaba consumido por el mal de la sangre, como la mayoría de ellos, y se movía con parsimonia, como si fuera mucho mayor de lo que era en realidad.
Me saludó con la mano, que se veía enorme al lado de la delgada muñeca que sobresalía de una camisa de franela remendada.
Los saludé y empecé a andar, y todos ellos, madres padres niños, se me acercaron en un grupo zarrapastroso y se pararon y nos quedamos mirándonos desde los dos extremos del solar embarrado.
Cinco metros. La tácita distancia irrevocable, como en una vieja película del Oeste en la que el explorador se encuentra con los indios en una pradera.
O el granjero se enfrenta al ranchero ávido de tierras y a sus pistoleros.
Los caballos se detenían siempre en una línea compacta, como en el borde de un precipicio.
Todos respetaban ese pedazo de zona desmilitarizada por la que podían circular las palabras, seguidas quizá por las balas y las flechas y la muerte.
Así la llamábamos, la ZDM . Ya no resultaba violento como al principio.
Habíamos decidido, sin discusión y sin pruebas médicas que lo confirmaran, que la enfermedad no podía contagiarse desde esa distancia.
Seguramente ni desde metro y medio, ni siquiera por un pequeño contacto fortuito, pero todo el mundo se sentía más seguro con esa distancia de por medio, sobre todo yo.
Si teníamos que pasarnos algo lo dejábamos en el medio y el otro lo recogía, y eso también estaba bien.
Aaron dijo: ¿Hoy no bajas a Jasper?
Parpadeé, me volví a medias hacia el avión y me quedé como un pasmarote. Durante un momento me falló la respiración.
Todos me miraban, notaba la presión. Agaché la cabeza, vi una gota de agua salada caer en la tierra. La borré.
¿Estás bien, Hig?
Aaron estaba inclinado hacia delante, su espalda delgada, su cuello de pavo, la barba. La tierra de los perdidos. Prácticamente un muerto en vida. Me enderecé.
Se ha muerto, Aaron. En la montaña. Mientras dormía. Era viejo.
La ola de conmoción que estremeció al pequeño grupo fue casi visible.
El último en morir aquí había sido Ben, un niño de ocho o nueve años que se emocionaba mucho, más que cualquier otro, cada vez que me veía aterrizar y dejar a Jasper en el suelo.
Muchas veces olvidaba las reglas y cruzaba la zona entre saltos y gritos de alegría con los brazos estirados hacia el perro, que se levantaba sobre sus cuartos traseros y meneaba la cola, y él, como las figuras de la urna griega, nunca llegaba a tocarlo, nunca llegaba a su objetivo: su padre o su madre o alguna tía siempre se acercaban corriendo y se lo llevaban con una débil reprimenda.
Lo siento, Hig. Todos lo sentimos.
La sinceridad de aquellas palabras, su dignidad. Después de lo que todos habían perdido y... Daba igual. Eran mi familia. Borré la segunda lágrima que cayó en la tierra y me dije que no habría una tercera. Delante de ellos no.
Gracias.
Una niña pequeña dio un paso al frente. Se llamaba Matilda. Llevaba un puñado de ásteres silvestres en la mano. Llegó hasta la mitad de la Zona y los dejó en el suelo y me sonrió.
Los cogí antes, dijo. Para ti.
¿Un regalo?
Asintió, levantando la vista hacia mí. Sonrió, bonita, la piel cerosa, círculos oscuros alrededor de los ojos.