La constelación del Perro 1 #4
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Y eso hice. Silbé. Me coloqué el arnés en la frente para aliviar un poco los hombros y me puse a caminar otra vez.

Muy despacio. De pronto no podía ni con mi alma, nunca había estado más cansado en mi vida.

Parte de mí tenía ganas de tirarse en el suelo y dormirse al calor del sol temprano, que se llevasen la carne, el arma, mi vida.

Dejar de pelear de una vez. Pero la otra parte estaba en el equipo de Bangley.

Se notaba que el reto lo motivaba y también que el muy cabrón confiaba en mí.

En que sería capaz de salir de aquella. Es raro, pero en parte quería hacerlo por él.

Seguramente por eso los equipos son más fuertes que la suma de sus integrantes.

Me incliné hacia delante, afiancé las piernas y tiré del arnés como una mula.

El trineo empezó a deslizarse por el sendero llano y, una vez en marcha, no me costó continuar.

Al llegar al borde del barranco recogí la brida en una mano y retrocedí, levanté el kayak aserrado por el asa de la proa y lo hice pasar despacio por el borde.

Lo controlé con las manos mientras descendía la corta pendiente.

Al llegar al fondo seguí corriendo sin dejar que se detuviera y tiré con todas mis fuerzas.

El fondo era abierto y arenoso. Me di toda la prisa que pude.

Una vez que me perdieran de vista, mis perseguidores echarían a correr para acortar distancias.

Empujé a toda prisa el trineo para ocultarlo en los matorrales del fondo y lo tumbé de lado junto al sendero.

Casi con el mismo movimiento cogí el cuchillo de monte y comencé a cortar ramas frondosas.

En menos de un minuto había cubierto el trineo por completo.

Lo había fabricado con un kayak verde, verde bosque, y de pronto me alegré un huevo de haber tenido la precaución de elegir un color casi de camuflaje en lugar de otro más llamativo, como el fucsia.

Cincuenta metros, Hig. Están a cincuenta metros del barranco.

Solté el fusil de la sujeción, saqué mi única caja de balas, me tumbé y apoyé el fusil sobre la piel plana y dura de uno de los cuartos traseros.

Siempre he cuarteado la canal con la piel y la he desollado después, porque, aunque dé más trabajo, la carne se conserva mucho mejor durante el traslado.

Me alegré. Ese pelo corto ofrecía un buen apoyo para el cañón del . 308.

Treinta metros. Treinta, Hig.

Ahora susurraba, o casi.

Van más despacio. En fila india por el camino más fácil.

No se lo huelen, Hig. ¿Entiendes? Llevas ventaja, Hig.

Tú tranquilo, espera a que el grueso del grupo baje hasta el fondo y cárgatelos de derecha a izquierda, de delante atrás.

Recarga y repite. No tendrás problema. Ahora voy a cortar. Que te diviertas.

Y cortó. Bangley . Menudo comentario: que te diviertas.

Y lo decía en serio, el muy cabrón, hay que joderse.

Pero surtió efecto: estaba impaciente. Equilibré el fusil sobre la piel del ciervo, saqué la Glock de la pistolera del cinturón y la amartillé, la dejé sobre la piel, a la derecha.

A medio metro de mí. De una sacudida saqué de la caja los estuches de plástico rojo y extraje las balas alineándolas sobre la piel con la punta hacia delante, a la derecha del fusil, para poder cargarlas con el pulgar sin tener que darles la vuelta.

Me temblaban un poco las manos. Solo un poco.

Que te diviertas . Eso lo cambió todo. No tienes absolutamente nada que perder, Hig .

Eso fue lo que me dije, así que diviértete.

El corazón se me salía del pecho, pero era por ese sentimiento ansioso, casi de felicidad, que recordaba de cuando jugaba al fútbol en el instituto.

Yo era portero: la última defensa, el último recurso, el depositario final de la confianza del equipo.

Y así era como me sentía de nuevo. Si fallas, más vale que te trague la tierra.

Pero en cuanto empezaba la cosa actuabas casi sin pensar y la alegría se imponía al miedo.

Empezaba a sentir algo muy parecido a aquello.

No tener nada que perder te acerca al samurái.

Ya estás muerto . Eso es lo que me dije.

Puse en fila trece balas de latón. El número de la suerte.

Accioné la palanca e introduje una bala en la recámara y metí la primera en el cargador.

Quedaban doce, una fila de relucientes soldaditos de latón.

Dos recargas completas. Inspiré profundamente y me calmé.

Relajé el peso contra el fémur del ciervo oculto bajo el músculo y la piel.

Apreté el pecho contra él. La mano derecha rodeaba el receptor, el dedo en el gatillo y ambos ojos en el punto donde el sendero caía por el borde del desfiladero y donde la tierra parecía casi pulida por el paso del trineo, por el paso de nuestros años. Quizá a cincuenta metros. Entonces...

El primero se acercó medio agachado, ni rápido ni despacio.

Venía escudriñando el terreno y aminoró el paso; parecía perplejo, pero se acercaba.

Un hombre flaco con barba gris cerrada, los brazos desnudos cubiertos de tatuajes de presidiario, estrellas y cruces, armado con una espada.

Una puta espada de caballería. No veía a su presa, y esperaba verla.

Se enderezó en un acto reflejo y bajó hasta el fondo de la cañada, donde se paró ante el rastro del trineo en la arena.

El segundo venía tan rápido que casi lo derriba, ansioso por lanzar el ataque.

Era un tío enorme, con barba pelirroja y pertrechado con otra espada.

Desaparecieron mis últimos escrúpulos. Asesinos.

Eran asesinos. Quería cargármelos. Duro ahí, Hig, así se hace .

Las palabras de Bangley me llegaban como por telepatía.

Creo que hasta llegué a salivar. Pobre presa la que cayese en las garras de aquellos hombres.

El tercero tenía el pelo largo, una melena hirsuta y sucia que le llegaba a la cintura, la cara lampiña, iba vestido con un chaleco de motorista de cuero negro y armado con un bate de béisbol erizado de tornillos.

Tornillos largos, de medio centímetro de diámetro, con las cabezas serradas y los cuerpos afilados.

El Pelirrojo y el Tornillos adelantaron al cabecilla y siguieron corriendo por el fondo, espoleados por su sed de sangre, y a poco más de treinta metros de mí se pararon a mirar a su alrededor.

Tenía a esos tres. Otros tantos se iban acercando, una masa animada de contornos borrosos.

A esos tres también los tenía. De delante hacia atrás, solo que el cabecilla, el Pelirrojo y el Tornillos estaban de izquierda a derecha.

Da igual: apunto al cabecilla y disparo.

El típico saltito, el fusil que se separa del pelaje unos centímetros y lo levanta un poco, acciono la palanca y barro a la de recha, eso ya lo había hecho un montón de veces para cobrar dos o tres ciervos, muevo el arma hacia el centro del grupo, desde la derecha.

El cañón está a medio palmo de distancia de los otros.

Pan comido: solo tengo que apuntar al Pelirrojo y disparar.

¡ PUM ! Tiro de la palanca. Sin decisiones que valgan, basta con disparar.

Apenas consciente de que los otros dos han muerto, el último, el Tornillos, se agacha para saltar y, ¡ PUM !

, le doy en el hombro o el costado, cae girando en el aire y se mueve en el suelo.

Luego levanto el cañón, la masa que había llegado al borde del barranco se separa, va a fragmentarse, apunto al bulto más grande, dos hombres juntos, y disparo, y un brazo sale volando hacia atrás y cae al suelo.

Palanca. Cuatro. ¡Cuatro! Siento una oleada de algo, no es alegría ni júbilo, pero está cerca.

Soy..., somos..., formamos un equipo, nos hemos cargado a cuatro...

¡Date la vuelta, Hig! ¡Corre!

La radio gritaba con un tono de urgencia, casi desquiciado.

¡Corre hacia mí, colega! ¡Ahora! ¡La Glock! Métete la Glock en el bolsillo. ¡Coge las balas, el fusil, corre! ¡ CORRE ! ¡Hacia mí!

Vaya si lo hice. Y fue por esas instrucciones, ese orden, esa secuencia clarísima, Dios lo bendiga.

Agarré la Glock y me la metí en el bolsillo derecho, cogí un puñado de balas, el fusil, y eché a correr.

Volví la vista atrás. En ese momento los cinco salvaban el borde a la carrera, dispersos.

Eran rápidos. Delgados y rápidos, cargados solo con las armas que llevaban en las dos manos.

Esa imagen: cinco maromos que me atacaban, que se acercaban desplegados.

No podían correr mucho por culpa de la arena, tardarían treinta segundos en alcanzarme.

Uno solo, con que me alcanzara uno solo ya podía darme por muerto.

Corrí con toda mi alma, con el fusil y las balas en las manos.

Volví a mirar hacia atrás y los vi en el fondo de la hondonada, cada vez más cer...

¡ BARRABUM !

Golpetazo de bruces lluvia de arena arena en la boca en los ojos.

¡ BUM-BARRABUM !

Me cubrí la cabeza con los brazos, Dios mío, madre de Dios...

¡ BARRABUM-BAMBUM !

Tiembla el suelo se estremece arañazos de tierra la tierra en movimiento terrones lluvia de matas arena en cascada guijarros tallos ramas un ruido sordo un terrón y...

Silencio. Me zumban los oídos. Algo húmedo. Me sangra la nariz.

A través del pitido en los oídos se oye la radio, ¿Hig? ¿Hig? ¡Hig! ¿Estás vivo? ¡Hig!

Control de daños. Las manos buscando por el suelo. ¿Qué? La cabeza. Intacta, la cabeza intacta. Me zumban los oídos. Me giro hacia un lado, me llevo la manga a la nariz, está sangrando, no mucho. Escupo. Ojos. Los ojos sanos, dedos insensibles, respiro. Intacto

¡Hig! ¡La hostia! ¡Estás vivo! Descansa, descansa. ¿Te has roto algo? ¿Todo en su sitio? Intenta levantarte. Despacio. ¡Hig!