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C uando le conté a Bangley lo de mi encuentro en el camión sacó una lata de tabaco en polvo del bolsillo del chaleco, una lata nueva, deslizó la afilada uña del pulgar bajo el reborde de la tapa y la levantó haciendo palanca.
Me llegó el olor hasta el banco de trabajo, salado y mohoso como una paletada de turba revuelta.
Se lo metió entre la encía y el labio inferior, retrocedió dos pasos y escupió por la puerta del hangar, mi único logro en su educación doméstica.
Gracias.
Joder, Hig, ya me ha quedado claro que esto es tu cocina y tu salón de recibir.
Se reclinó en la silla alta que le dejaba cerca de la puerta para que pudiera hablar, girarse y escupir. Nunca se sentaba del todo: se apoyaba en el respaldo con las piernas estiradas y los brazos cruzados.
Así que les diste una oportunidad.
Se giró y escupió.
Menudo boy scout estás hecho.
Me miraba. Me pareció que, cuando se movían, sus ojos minerales hacían un ruido seco como el de la gravilla al removerse.
Ibas a poner en peligro una fuente importante de cafeína. Por no hablar de la carbonación. No andamos sobrados de carbonación, Hig. No somos efervescentes.
No pude reprimir una sonrisa. Se giró y escupió.
También estabas dispuesto a sacrificar tu vida. Dos veces. No, tres.
¿Por qué no cuatro? ¡No te cortes!
Soltó una mano de sus brazos cruzados e hizo una mueca, apretó la boca, se puso a contar mentalmente. Lucía una barba de tres días, gris como el alambre. Se dio por vencido.
A ver. Primer error: no rodear el camión para situarte al lado, donde podías disparar sin tocar la carga y despejar el remolque.
Me dijiste que estaba lleno en dos terceras partes.
Vale. Tenías sitio de sobra. Los enemigos debían de estar apiñados detrás de la puerta.
Tenías mucha munición. En cualquier caso los habrías hecho salir del escondite.
Al tío del arco no le habría dado tiempo de disparar.
Hizo un gesto de desaprobación. No le veía la gracia.
Segundo error: cuando el tío se dio la vuelta para darle tus coordenadas al que estaba detrás de la puerta.
Te estaba apuntando, Hig. Le estaba dando el ángulo y la distancia.
¡Vaya par de cojones! Está claro que se daban por muertos y decidieron jugarse el todo por el todo.
Y tenían razón, o la habrían tenido si se hubieran topado con cualquiera menos con Hig.
¿Cómo iban a saber que Hig quiere ir al cielo?
Escupió.
Así que, mientras los tenías a tiro, uno le grita a otro: Por ahí tienes que dispararle al cabronazo ese.
Ese era el momento de pegar un par de tiros.
O tres, al menos. Primero, rápido, al que estaba más cerca del arcén, pues podía esconderse detrás del remolque, luego al que estaba frente a la puerta, y luego al que sin duda estaba en la parte de atrás del remolque a punto de intentar matarte. Pum pum pum .
Escupió.
Pues no; Hig tenía otro plan. No dejas de sorprenderme. Esperas a que se abra la puerta y cuando ves al tío con el arco tensado le das tiempo a que dispare, no vaya a ser que estuviera cazando faisanes y no fuera a por ti...
No fue así.
¿Disparó o no disparó?
Era inútil discutir. Apoyé la espalda en el banco de trabajo y crucé los brazos yo también. Estaba avergonzado. Eso desde luego.
Muy bien, vas y le pegas un tiro. Primer acierto en toda la mañana.
¿Pero cuántas cajas te has cargado? Si te hubieras puesto a un lado como un buen estratega...
Bueno, no pasa nada... Lo has liquidado.
Amenaza neutralizada. Los otros dos son unos cagones y en vez de aprovechar la oportunidad para atacar o retirarse se quedan paralizados.
No daba crédito.
Le dan a Hig una última oportunidad de oro. La última, que él sepa. Unos blancos perfectos. Prácticamente te suplican que termines con ellos.
Escupió. Descruzó los brazos, levantó el borde de la gorra de camuflaje manchada de sudor y se rascó el cabello ralo. Volvió a bajarse la gorra. La sonrisa de oreja a oreja.
Pero no. Mejor volvemos a ponernos en peligro mortal.
Y vamos a regalarles todo el remolque de los refrescos, por las molestias.
Por cierto, Hig, no me habías dicho que era un tráiler.
Podríamos haberlo traído en cualquier momento.
Me imaginaba un almacén o algo así. Ni siquiera se me ocurrió preguntar.
Se giró, escupió. Se quedó medio girado, mirando al sol al otro lado de la rampa y la pista de aterrizaje.
Se volvió hacia mí.
Bueno, es cosa tuya, tú lo encontraste. Me clavó la mirada.
¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Se habían tomado tantas molestias para matarnos...
Qué menos que regalarles todos los refrescos...
El premio de consolación, supongo. Pero antes démosles otra oportunidad para acabar con nosotros.
Que carguen en el avión nuestro minúsculo premio de consolación y de paso les dejamos que se nos acerquen, tanto que puedas tocarlos con el arma, ellos son grandes y rápidos, una ocasión que ni pintada para lanzar otro ataque.
Tú estás solo, ellos son dos, la situación no está bajo control, ni mucho menos: cargar, descargar, dos puntos móviles variando constantemente los ángulos, con total libertad de movimientos, ni siquiera están atados el uno al otro.
Como una cuadrilla de trabajo, ¿eh, Hig?
Escupitajo.
Bueno, quizá fue tu día de suerte. No estuviste muy fino pero al final te salió bien.
De chiripa. Una puta flor en el culo es lo que tienes, chaval, porque te dieron una información valiosísima.
Te cayó del cielo: no hizo falta arrancársela, ni presionarlos siquiera.
¿Presionar, Hig? ¡Ja! Me parto. En fin, que nos soplan lo de los árabes.
Se puso a soltar tacos entre dientes. Y esta vez no se giró, escupió en el suelo del hangar.
¿Nos soplan lo de los árabes y qué haces?
Te cargas al hijoputa. AHORA te lo cargas.
Cuando por fin te das cuenta de que no es un boy scout como tú, vas y lo liquidas a sangre fría.
Sin darle tiempo a explicarte a qué coño se refería.
La primera pista sobre un posible ataque de verdad, ¡una puta invasión, joder!
, nada que ver con los mindundis habituales, y no se te ocurre otra cosa que dar por terminada la conversación.
Y es que has descubierto, ¡menuda sorpresa!
, que el tipo es un violador y un asesino como cualquier otro superviviente que merodee por este país de mierda.
¡La puta! ¡Qué impresión! Tiene cojones...
Echaba chispas. El cuello y la cara se le habían puesto como un tomate.
Le palpitaba una vena en la frente. El calor me llegaba hasta la cara.
Tiene razón. Es lo que pensé. Si algún día me pillan por sorpresa y me matan será por blanden gue.
¿No es eso? ¿Merece la pena vivir de otra manera?
¿A la manera de Bangley? Soy un aprendiz.
Todavía. Un discípulo de la Escuela de Bangley.
Por el mero hecho de vivir aquí. Y no se me da demasiado bien. Todavía.
Buen trabajo, dijo. Que disfrutes de la caza.
Se levantó, estiró la espalda y se marchó.
La cosa no había salido demasiado bien, que digamos.
Había aterrizado junto al camión para recoger un regalo para Bangley.
Yo pensaba en él. ¿O no? Y luego él no se dignó coger ni una lata, ni una sola.
Seguro que no se bebería ni una mientras estuviéramos fuera.
Lo conocía. Es posible que nos observe con los binoculares de visión nocturna mientras dormimos, pero jamás tocaría nada del hangar.
Otro artículo de su Código. En cualquier caso, las latas han quedado manchadas, manchadas de incompetencia.
¿Valió la pena traerlas? Porque aunque haya sobrevivido, ha habido un coste.
Un coste estadístico, al menos. Bangley cree que podemos cagarla un número determinado de veces antes de que se cierre la trampa, así que el episodio del camión añade una cruz en mi columna, que —para bien o para mal— ahora es también la suya.
Eso es lo que más lo sulfura. No quiere perder por culpa de un imbécil.
Di un resoplido. Pensé: Las montañas te harán bien. Te sentará bien ir ahí arriba. Respirar aire fresco. Pensé: Qué extraño. Solo hay otra persona aparte de las familias en ciento cincuenta kilómetros cuadrados y aun así necesito aire fresco.