4 #6
Mirad lo que habéis hecho. Les grito. Putos retrasados de mierda. Las habéis jodido, al menos veinte cajas de refrescos.
El pecho se me hincha, vibra de rabia y adrenalina.
Y encima habéis matado a vuestro colega. Una gran idea, gilipollas.
Siguen inmóviles, cubriéndose con los brazos, encogidos. El último gesto patético antes de morir. Ahora mismo esperan la muerte. Ya le estoy apuntando al Rastas, tengo el dedo en el gatillo. Jadeo. Aguanto la posición, respiro. Voy a matarlos.
Estos cabrones han intentado matarme. Por unas latas de Coca-Cola.
Bueno. Ni siquiera una diaria. Veinticuatro en cada caja, que son las que me llevo cada mes.
Pasamos una semana sin ellas: una medida de contención para que la próxima entrega sea como un premio.
Para mí y... para que Bangley me valore más.
Tengo que admitirlo. Para aterrizar donde las familias repartiendo Sprite como si fuera un dios.
Uno lloriquea, el rubio. Ni se molesta en suplicar.
Tengo que matarlos. Si los dejo vaciarán el camión y lo esconderán todo en las cunetas y los cortavientos, y adiós a mi premio mensual. Y si no fuera por estos caprichos... Ya no quedan muchas cosas por las que ilusionarse. Y además han intentado matarme.
El Rastas se arrodilla, se tapa los ojos con esas manos enormes, como si fuera un niño jugando a cucú-tras mientras llora. El Coleta aprieta los antebrazos contra la cabeza y me observa con terror ciego, medio encogido, tiembla preparándose para el tiro.
Arriba.
¡Dispara de una vez!, grita el Rastas.
Arriba, no os voy a matar.
Las palabras caen como nitrógeno líquido. Un momento congelado en el tiempo.
Vais a arrastrar a vuestro colega a la cuneta y no diréis una palabra, ni una puta palabra, mientras mi perro se lo cena.
Las imágenes chocan, entran en conflicto en sus mentes atravesadas por el terror.
Su propia vida, el alivio que no han asimilado todavía o ni siquiera se pueden creer, el horror del perro alimentándose.
Crean un vórtice, una contracorriente, como las dos banderas del aeropuerto que se miran entre sí indicando vientos contrarios. Empiezan a temblar. Mucho.
Va en serio. No os voy a disparar. Teníais razón, ya os habría matado. Sin duda.
Me miran con los brazos caídos. Matarlos por una Coca-Cola. No por algo esencial, por un lujo. Igual que antes se mataba por diamantes, por petróleo. Pues no. Hoy no.
Vais a arrastrar a vuestro colega a la cuneta y luego vais a cargar veinte cajas, quince de Coca-Cola y cinco de Sprite, ¡ah, sí!
, y dos más de Dr. Pepper, las vais a cargar en la parte de atrás del avión bien colocaditas y luego yo me voy a subir y me voy a ir volando.
Os podéis quedar las demás porque después de despegar no podré evitarlo.
Salvo que os mate, y no pienso hacerlo. Ya he matado demasiado. Así que andando.
El cernícalo sobrevuela el campo. El viento sopla entre la hierba corta, el sol está casi en la Divisoria.
El ave seguirá cerniéndose y cazando hasta pasado el atardecer.
Cernirse y bajar en picado, cernirse y bajar en picado.
Cerniéndose incansable con su casquete, hollando el aire. Cazando ratones y campañoles.
Tengo náuseas. Me entran ganas de vomitar en la carretera, pero me aguanto. Me pone enfermo defender lo que tengo que defender, sea lo que sea.
Cargaron las latas. Arrastraron a su compadre a la cuneta y yo silbé una vez y me volví de espaldas.
Llevaban las cajas apiladas de cuatro en cuatro, acabaron enseguida.
Les dije que cargaran el arco y el carcaj.
Al inclinarse, en el cuello del Coleta se balanceaba un colgante hecho con trozos de cuero reseco. Los dos olían a muerte.
Da igual, eres hombre muerto, refunfuñó el Coleta al pasar cargado junto a mí.
¿Qué has dicho?
Nada, refunfuñó mientras metía las cajas por la puerta de saltos.
¿Qué cojones has dicho?
Se dio la vuelta, me pasó por delante. Lo detuve con el cañón del fusil.
¿Qué decías de un hombre muerto?
Le clavé el cañón en las costillas. Gruñó.
Los árabes. A nosotros puedes matarnos, pero a ti te matarán los árabes.
¿Qué es eso de los árabes?
Lo hemos oído, en Pueblo. Por la frecuencia de radioaficionados. Los árabes están aquí o de camino. Nos van a matar a todos.
Escupió a unos centímetros de mi bota.
¿Qué es eso? Le doy un empujón.
¿El qué?
Eso. Tu colgante.
Se irguió, tragó saliva. El último destello del sol le daba a sus ojos un tono verde dorado. Un tono burlón.
Son coños. Coños secos.
Apreté el gatillo. Lo partí en dos sin pensarlo.
Lo dejé despatarrado en la carretera, con las tripas fuera.
El otro, el Rastas, dejó caer las cajas y echó a correr.
Hacia el sur. Hacia el sur entre dos campos verdes, bajo un arrecife de nubes ruborizadas.
Como una figurita grotesca que se fuera reduciendo hasta no ser más que un punto.
Intentas hacer el bien y las circunstancias se interponen. ¿Qué voy a hacer con veinte cajas de Coca-Cola? ¿Entregárselas a Bangley?