La constelación del Perro 6
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A hora andamos deprisa en la oscuridad. Jasper y yo, y el trineo chirriando detrás. Hace frío. Un frío que pela. Las estrellas altas perturban la negrura, no hay luna, cruzamos por debajo de la Vía Láctea como si cruzáramos un río profundo. Nunca llegaremos al otro lado. Nunca se llega.

La discusión con Bangley todavía me escuece. Ahora solo se oye nuestra respiración. Noto en las piernas los kilitos ganados en el invierno. Moverme me sienta bien, moverme rápido.

Arrastro la cuerda del trineo con la derecha y luego cambio de mano.

En el trineo van la mochila y el fusil. Esta vez (gracias, Bangley) llevo una pistola subcompacta, una Glock de plástico que no pesa casi nada.

Tengo la sensación de que hay más supervivientes rondando por ahí, de que ha aumentado el tráfico, no sé por qué.

Dejamos la torre a nuestra derecha. Pasamos por la Mancha sin estremecernos.

Los pensamientos siguen el ritmo rápido de los pasos.

Uno se acostumbra a matar como se acostumbra a ver una cabra delante de la puerta de casa.

Mi tío Pete. Con su botella, sus puritos y sus historias.

Hablándome de cuando vivía en un yate con Louise, de cuando vivieron en un barco pesquero en Alaska.

Como si flotar hiciera de la vida algo fascinante.

Nunca me gustó el whisky, me dijo, pero lo bebo porque tiene una historia interesante.

Las cabras muertas se multiplican. Una cabra la puedes arrastrar hasta el campo, pero un recuerdo solo puedes dejarlo al sol con la esperanza de que se seque y que al secarse se desmenuce y pierda el olor.

Caminamos. Estamos a media hora de las primeras pendientes, de los primeros árboles.

La noche no tiene peso: la oscuridad fallece ingrávida como un ciervo a punto de echar a correr.

La luz de la mañana es un pensamiento que surge.

Todo está en calma y en silencio, las estrellas altas, no hay viento.

Pienso en las tribus de las Llanuras, las que vivían aquí, las que recorrían estas tierras.

Los utes los arapajoes los cheyennes. Hasta aquí llegaron los comanches, los sioux en sus expediciones de caza y saqueo, los kiowas, a veces los apaches.

De niño leía sobre las guerras entre estos pueblos y sobre los saqueos, y no entendía cómo se podía luchar en un país tan grande, cómo había llegado el paisaje a convertirse en un territorio que había que dividir.

Claro que, bien pensado, Bangley y yo somos dos y nuestros recursos a veces nos parecen limitados.

Y no es que nos falte comida, materias primas, edredones.

Es algo ideológico. La ideología es lo que desgarra las naciones: o desgarraba, en pasado.

¿Cuáles son las naciones de ahora? Los que sigan luchando, peleando para hacerse con las sobras. Quizá asociándose, como Bangley y yo.

Y sin embargo estamos divididos, hay grietas en nuestra unión.

Un conflicto de principios. El suyo: todo el mundo es culpable hasta...

hasta nada. Dispara primero y pregunta después.

Culpable, y después muerto. ¿Frente a cuál?

Al mío: ¿deja vivir un poco más a los atacantes hasta que demuestren que son humanos?

Porque siempre acaban demostrándolo. Lo que dijo Bangley: no negocies nunca, jamás. Estás negociando tu muerte.

Yo contra él. Al final del credo de Bangley solo hay una resonante soledad.

Cada cual que se encargue de lo suyo, in cluso de la muerte, hasta llegar a la soledad absoluta.

El universo y tú. Las frías estrellas. Como estas que ahora se van apagando en silencio mientras caminamos.

Si crees que es posible establecer alguna conexión, puedes encontrar otra cosa.

Una andrajosa pieza de ropa interior ondeando en lo alto de un mástil.

Pedir ayuda y darla. Alguien que te sonríe desde el otro lado de un solar, un saludo. Y el alba ya no parece tan solitaria.

Vaya par de filósofos que estamos hechos, ¿eh, Jasper?

Se alegra de estar en movimiento. Juntos. Sabe dónde vamos.

Subiremos por el sendero del arroyo. La senda existía desde mucho antes de que la pisáramos nosotros, desde antes de los arapajoes y de los cheyennes.

Antes ya estaban los ciervos y los alces, los carneros de las Rocosas.

Los coyotes que los cazaban. Pumas. Lobos vuelve a haberlos.

Y búfalos de montaña, quizá. De vez en cuando, osos grizzly, aunque no suelen acercarse a los caminos, ni siquiera a las sendas de animales, por prudencia.

Pasamos junto a álamos que hacen más densa la oscuridad.

Bosquecillos de sauces. Seguimos subiendo por las laderas de pastos que van palideciendo hasta adentrarnos en un cañón donde resuena el eco de una cascada.

Luego viene un bosque de pinos ponderosa, lo olemos antes de verlo, su fragrancia la lleva la corriente: recuerda a la vainilla, a una tienda de golosinas.

Estos árboles todavía viven. El trineo chirría sobre el enrejado de raíces, sobre la roca desnuda.

Excrementos de ciervo resecos. Me paro, suelto la brida y abrazo un gran árbol que se yergue sobre un zócalo de arbustos, manchas claras bajo los árboles que desprenden también un fuerte aroma.

Abrazo la corteza gruesa y rugosa, hinco la nariz en una grieta resinosa, inhalo vainilla, intensa como la de las botellitas de extracto, acre y dulce como el tofe.

En tiempos entrábamos en tiendas que olían así donde trabajaban chicas de instituto en delantal que se mataban haciendo bolas de aquel helado tan duro.

Nos parecía una crueldad. ¿Por qué tenía que estar tan frío?

Chicas delgadas que se apartaban el pelo de los ojos de un soplido y atacaban los cucuruchos como quien se enfrenta a su peor enemigo.

Mi favorito era el de ron con pasas. Melissa prefería el de pistacho.

O cualquier cosa que tuviera trozos de caramelo.

Pero le encantaban los helados con sirope de tofe.

Ahí pegado al árbol se me hacía la boca agua.

Ahora quizá mataría por un helado de esos, literalmente.

Jasper es paciente. Se sienta y luego se tumba.

Años atrás se me habría adelantado correteando por el camino, se habría adentrado en el bosque por ambos lados cruzando y volviendo a cruzar la senda, siguiendo su olfato, captando rastros, incontenible, pero ahora se alegra de poder descansar.

Yo también. No tenemos ninguna prisa. Hay mucha comida almacenada en el aeropuerto y Bangley se las puede apañar unos días sin mí, aunque espero que no demasiado bien.

Cuando vamos a las montañas siempre tengo miedo de que llegue a la conclusión de que prefiere estar así.

Solo. Aunque es lo bastante inteligente, lo bastante buen estratega para saber que a la larga sus probabilidades de sobrevivir se resentirían.

Y lo del huerto tampoco es lo suyo. Jasper ya ha pasado por esto muchas veces y es demasiado educado para dar muestras de vergüenza ajena.

Los abrazos a los árboles, los susurros.

Esta noche —aunque empieza a romper el día todavía es de noche— no digo ni una palabra, porque esta noche me estoy conteniendo un poco y siempre he despreciado el sentimentalismo, quizá porque es una debilidad que me resulta demasiado familiar.

Pero ahora es muy difícil encontrar algo que huela tan bien como este árbol, y ese olor me recuerda al pasado.

Había pocas cosas tan deliciosas como las manzanas.

Hablo de Norteamérica. Por eso eran tan tentadoras, por eso el alumno que quería ganarse el favor del profesor le dejaba una manzana en la mesa.

La miel y las manzanas. Melaza. Azúcar de arce en los bosques del norte.

Un bastón de caramelo en Navidad. En la cabeza de los niños bailaban confites de ciruela, decía la canción.

A veces, en otoño, al regresar de un vuelo de reconocimiento aterrizamos junto a un huerto al norte de Longmont.

Hectáreas y hectáreas de manzanas, variedades con nombres que desconozco, la mayoría de los manzanos han muerto hace tiempo por falta de agua, los que viven junto a las acequias que no se han secado muestran un aspecto desaliñado, erizados de nuevos brotes, han revertido a la condición de manzanos silvestres, las manzanas están atrofiadas y picoteadas, masacradas por las orugas pero deliciosas.

Más que antes. Lo que queda de lo que sea que destilen está más concentrado en su libertad peligrosa y completa.

Inhalo profundamente abrazado al tronco, las palmas sobre la piel rugosa, más caliente que el aire, los dedos agarrados a la pana descascarillada de la corteza casi con la misma afinidad y la misma sensación de llegada con que se agarrarían a las curvas de una mujer.

Estas pequeñas ¿qué? Gratificaciones. Y un olor siempre es el olor en sí y también el recuerdo, no sé por qué.

Trepamos bordeando el arroyo mientras el gris granuloso se filtra entre los altos árboles esqueléticos, los ponderosa y los pinos contorta masacrados por el escarabajo, las ramas sin agujas, despojadas, muertas.

No consigo sentirme a gusto aquí. En el bosque muerto.

Que empezó a morirse por franjas hace veinte años.

Ascendemos. Bajamos hasta la orilla sembrada de guijarros redondeados como huevos.

Descansamos, bebemos, volvemos a subir. Hacia la zona de píceas y abetos que aún conservan su fragancia y la densa oscuridad de sus frondosas copas.

Vamos, Jasper. Que te quedas atrás. ¿Te encuentras mal?

Le paso los dedos por el pelaje, espeso y corto, recorriendo la cadena de bultos de su espalda hasta la piel suelta del cuello, y allí los entierro.

Escarbo. Le encanta. Gira la cabeza y estira el cuello para tensar la piel.

La próxima vez tengo que traer aspirinas.

Tenemos kilos de aspirinas. Bangley dice que hay que tomar una al día para no tener alzhéimer.