La constelación del Perro 4 #3
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Una vez me contaron un chiste sobre un naufragio.

Me lo contaron hace mucho, cuando todos los adolescentes te nían en su habitación el póster de una modelo llamada Trippa Sands.

Pues bien: justamente esa chica de portada por antonomasia, quintaesencia de lo sexy, está de vacaciones en un crucero enorme que choca con un arrecife en el mar Caribe y se hunde.

La marea la arrastra hasta una isla desierta con mi colega Jed.

Son los únicos supervivientes. Llegan a la playa y las olas los bautizan con espuma, tienen la ropa hecha jirones y están casi desnudos, y al mirarse a los ojos sienten su infinita soledad y los golpea el amor como un coco desprendido de una palmera.

Quedan perdidamente enamorados. Por suerte, la isla está repleta de fruta al alcance de la mano y de agua fresca y de ostras y de pescado que salta a sus cestas, así que obtener alimento es coser y cantar y tienen mucho tiempo libre para mirarse a los ojos y echar los polvos salvajes que solo se pueden echar tras un apocalipsis.

Al cabo de una semana Jed dice: ¿Trippa?

Mmm... Sí, mi hermoso semental.

Quisiera pedirte un favor.

Por supuesto, taladro mío pulido por la arena. Por ti, lo que sea.

¿Puedes llevar unos días mi sombrero de cowboy?

¡Pues claro, cómo no!

Al día siguiente le dice: ¿Trippa?

¿Sí, guapín?

Quisiera pedirte un favor.

Lo que sea, mi pequeño mango.

¿Puedes pintarte un bigote con este carbón?

Mmm... Está bien, gran lichi, lo que desees.

Al día siguiente hicieron el amor sin parar durante un ciclo de marea entero y después se sentaron en el caparazón de una tortuga que les servía de banco a contemplar la tormenta que azotaba el azul celeste del agua, Trippa con su sombrero y su bigote, y Jed dice: ¿Cari?

Sí, guapi.

Esto... ¿puedo llamarte Joe?

¿Cómo? Pues claro, pez martillo impetuoso.

Entonces Jed la agarra por los hombros y la zarandea.

¡Joe!, grita. ¡Joe! ¡Joe! ¡Me estoy tirando a Trippa Sands!

Todavía me hace reír. Aunque me recuerda a mí y a Bangley, y eso ya no tiene tanta gracia.

Quiere que yo sea Joe para poder enseñarle a alguien lo bien que se le da sobrevivir.

Soy el puto amo, ¿verdad, Hig? Lo único que me ha dicho sobre su infancia es que no fue como me la imagino, pero lo que yo me imagino es que su madre, si es que la tuvo, debía de ser muy difícil de impresionar.

Supongo, vamos. Se lo digo a Jasper, que se ha movido y ha quedado con la cabeza colgando fuera de Valdez pero todavía ronca. Le pongo la mano en las costillas y le froto el corto pelo.

Vamos a volar.

Es media tarde, mi momento favorito después del amanecer.

Pongo combustible. El surtidor funciona con su panel solar.

Antes utilizaba una batería y un inversor, pero como la batería dejó de funcionar conecté el surtidor directamente al inversor y ahora solo puedo poner combustible cuando hace sol, como ahora.

Tengo una bomba manual para cuando me hace falta, pero es una lata.

Lleno los depósitos por las entradas de la parte superior de cada ala encaramado a una escalera de mano, y bombear desde el suelo y tener que subir para comprobar el nivel de combustible mirando la vejiga flexible por el agujero de llenado es una auténtica lata.

Puedo hacer una estimación bastante aproximada, pero es mucho más fácil estar ahí arriba apretando el gatillo de la manguera del surtidor y oír el zumbido eléctrico y los números rodando en el marcador, como antes cuando se llenaba el depósito del coche.

Antes. Todavía hay mucha gasolina por ahí, pero el problema es que la gasolina de coche se estropeó al cabo de un año o dos.

La 100 LL , de poco plomo, que es la que yo consumo, se conserva unos diez años.

Así que el día menos pensado dejará de servirme.

Si le añado estabilizador a lo mejor me dará para diez años más.

Luego tendré que buscar combustible de avión, o sea queroseno, que no se estropea nunca.

Sé dónde encontrarlo, dónde me queda más cerca.

Sé que ahora mismo soy la única persona viva que lo sabe, o al menos que sabe cómo extraerlo.

Pero cada vez que aterrizo en el aeropuerto de las Montañas Rocosas me siento vulnerable, no me ocurre en los otros aeropuertos, al menos no del mismo modo.

Es demasiado grande. Un aeropuerto grande y antiguo con muchos edificios, hangares, naves, y las tapas de acero de las arquetas subterráneas y los surtidores al aire libre.

Cuando llegue el momento, Bangley y yo nos reuniremos para deliberar.

Quizá tengamos que levantar el campo. No me lo imagino.

O quizá solo tenga que llevarlo conmigo para que me cubra las espaldas cada vez que llene los depósitos.

Para él sería como una fiesta pero dejaría Erie desprotegido durante al menos media hora.

Jasper va incorporado en su asiento y yo circulo por la pista y paso por delante de las filas de aviones privados que siguen atados.

Todos tienen los neumáticos pinchados y podridos, y el granizo ha roto muchos parabrisas.

Las cuerdas de algunos, desgastadas y deshilachadas, se rompieron con el viento y los aviones quedaron volcados o chocaron contra los que estaban en el carril de acceso o fueron a parar aún más lejos.

En un vendaval de la primavera pasada un Piper Super Cub se soltó y terminó empotrado en la vidriera de la segunda planta de una casa lujosa al otro lado de la pista, en Piper Lane, lo que resultaba muy adecuado.

El cartel verde con el nombre de la calle parecía una lápida mortuoria con su epitafio ya listo.

¿Por qué no vuelo en uno de los Super Cubs o Huskies ?

Algún tándem estrecho (un asiento delante, otro detrás), un avión más ágil que pueda descender en picado y aterrizar en corto, capaz de aterrizar y despegar en una pista de tenis.

¿Por qué vuelo en mi Cessna de cuatro asientos, con sus ochenta años?

Porque los asientos están uno al lado del otro. Así Jasper puede hacerme de copiloto. La verdadera razón es esa. Cuando vuelo no paro de hablarle, y me parece divertidísimo que haga como que no me escucha.

Pasamos entre las filas de aviones. Hay algunos antiguos, muy bonitos.

Las rayas de colores, los azules y los oros y los rojos se están borrando.

Los números. Uno que llegué a pilotar, una avioneta casera con cabina de burbuja abatible, tiene el morro inclinado sobre el asfalto como un pájaro triste y las estrellas de la U.S.

Air Force del fuselaje despintadas por el sol, meras manchas.

Lo construyó un viejo amigo mío, Mike Gagler .

Era uno de esos pilotos que sobrevolaban los bosques de Alaska y luego acabó trabajando en las líneas aéreas y en su tiempo libre construía aviones.

Nunca hizo nada como los demás, para él era casi una cuestión de principios.

Murió pronto con su familia en una casa amarilla que se ve desde la puerta abierta del hangar.

Se negó a ir al hospital porque decía que el gobierno había montado los hospitales para tener a los muertos reunidos en un solo lugar.

Con su fuerza de voluntad consiguió ser el último de su familia en morir, para que su mujer y sus dos hijas tuvieran a alguien que las abrazara.

A los cuatro los enterré con la retro del aeropuerto, cuando todavía funcionaba.

Al principio lo sacaba, el RV -8 de Mike, y malgastaba gasolina.

Dejaba a Jasper sentado junto a los surtidores de combustible, solo e inquieto, y ascendía hacia el sol y tiraba de la palanca hasta que el cielo rodaba debajo de mí y el horizonte bajaba sobre mi cabeza como la visera de un casco .

Rizos am plios, lentos y mareantes, y toneles rápidos.

Lo hacía porque no sabía qué otra cosa hacer.

Luego pasaba zumbando a diez pies de la pista y veía a Jasper sentado, siguiéndome con los ojos, e incluso a esa velocidad me daba cuenta de que estaba preocupado, apenado, temiendo que lo abandonara como lo había abandonado todo lo demás, y entonces dejé mis salidas.

La manga que queda sobre la mitad de la pista oscila hacia el norte inflándose sin urgencia, así que giramos al sur y entramos en la calle de rodaje, y presiono el acelerador y despegamos. Una cosa que tiene el que se esté muriendo todo el mundo es que no hay que utilizar la pista asignada.

Ya no hay nada asignado. De no ser por Bangley, se me olvidaría hasta mi nombre.

Supongo que recorreremos el círculo exterior y luego pararemos para recoger una carga de Coca-Cola.

Cubriremos los prados que quedan por debajo de Nederland, por debajo de la Divisoria Continental, trazaremos la espiral hacia dentro, comprobaremos las carreteras y los dos caminos mientras haya buena luz, nos aseguraremos de que no lleguen visitas para Bangley al menos durante un día desde las tres direcciones y luego aterrizaremos junto al quiosco de los refrescos y traeremos de vuelta un par de cajas.

Solo ocho minutos hacia el noreste en dirección a Greeley.

Una ofrenda de paz en forma de latas hinchadas y botellas de plástico.

Con la linterna frontal he visto un montón de cajas de Dr. Pepper en el remolque del camión, quizá sea el momento de hacerle un regalo de Navidad.

Bangley tiene pinta de ser muy de Dr. Pepper.

Una caja de Sprite para las familias, aterrizar allí, ya han pasado unas cuantas semanas desde la última vez.

Al virar a la izquierda, hacia el norte, el sol poniente se derrama por el cristal como si se hubiera derretido.

Miro hacia abajo, la urbanización de casitas idénticas al norte del aeropuerto, sus calles sin salida con forma de piruleta, y si entorno los ojos para difuminar las zonas quemadas puedo imaginar una tarde normal de finales de primavera.

Continúo ascendiendo, viro al oeste y me estabilizo a ochocientos pies para empezar la exploración.