4 #2
Ya somos como reyes, Hig. Solo ha hecho falta que se acabase el mundo.
Se echó a reír. Una risa áspera, como una tos. Desagradable.
Ha hecho falta que se acabe el mundo para que seamos reyes por un día. ¿Eh, Hig? Capitanes de nuestro destino. ¡Ja!
Entonces tosió de verdad. Un pequeño ataque de tos. Cuando se le pasó, dijo: Bueno, pues ve a las montañas. Dedícate a pescar un poco. A tu pasatiempo. Relájate. Tráenos un puñetero alce fantasma. Pero trae también un ciervo, ¿vale, Hig? Algo que nos podamos comer.
Sonrió de oreja a oreja clavándome aquellos ojos que centelleaban como los guijarros en el lecho de un arroyo.
No más de tres días. Lo digo en serio. Cada día que andes por ahí haciendo el idiota somos vulnerables.
Ladeé la cabeza y lo miré. Era la primera vez que admitía que yo servía para algo.
No duermo muy bien, dijo. Esa es la verdad.
Tosió una vez más y escupió por la puerta del hangar. Bueno, pues buena suerte, dijo, y se marchó.
No dormía bien cuando yo no estaba. Como una esposa. El puto Bangley. Justo cuando pensaba que quería perderlo de vista de verdad.
Saldríamos a la mañana siguiente, antes de que amaneciera.
Podía recorrer los doce kilómetros bajo la luz fría de las estrellas y llegar hasta los árboles entre dos luces.
Preparé la mochila para tres días, aunque si nos topábamos con un alce podrían ser más.
Bangley tendría que apañárselas. Podía atar la mochila al trineo y arrastrarlo, pero prefería no cargarla mucho y llevarla encima para que el trineo apenas pesase al arrastrarlo en el camino de ida.
Conocía los arroyos e iba de cuenca en cuenca, así que solo llevaba dos litros de agua.
Decidí hacer un último vuelo. Para echar una ojeada a la caza y también para darle a Bangley un día más de seguridad en tres direcciones.
Era una tarde bonita, solo una brisa suave bajaba de las montañas, hacía calor al sol y un frío casi invernal a la sombra del hangar.
Tenía la estufa encendida y la tetera al fuego, hirviendo.
Me hice una infusión del bote de flores de verano, unas hojas que secaba yo mismo (fresas silvestres, frambuesa negra, menta), y me senté en Valdez, el sillón reclinable que había sacado del cuarto de la tele de una de las mansiones.
Le puse ese nombre por el petrolero de la Exxon que encalló y vertió la carga en Alaska.
Era un sillón doble, supongo que para marido y mujer, pero ahora era para mí y para Jasper.
Tenía una palanca en cada lado y estaba tapizado con piel de becerro de la mejor calidad.
Era muy suave. En el lado de Jasper puse una reliquia familiar, una colcha de retales estampados en azules y amarillos con un motivo repetido, una cabaña de troncos hecha con cuadrados y triángulos de tejido estampado, todas distintas pero con el mismo remolino de humo saliendo de la chimenea, y dibujos de cachemir, de lunares o ribeteados de color, creando la impresión de una pintoresca aldea distribuida uniformemente por un paisaje de campos geométricos y planteles floridos a esa hora en la que todo el mundo se ha metido en casa y disfruta del calor del fuego.
Igual que nosotros. Era una escena muy reconfortante y se estaba muy cómodo arrellanado en aquel sillón al calor de la estufa, con el respaldo medio reclinado y tomando una infusión.
Casi podía imaginar que no había pasado el tiempo, que Jasper y yo estábamos disfrutando de una larga temporada por ahí y que pronto volveríamos, que todo volvería a mí, que no había ocurrido ninguna catástrofe.
Que no lo habíamos perdido todo salvo la vida.
Igual que ayer en el huerto. A veces me cogía por sorpresa la idea de que aquello bastaba.
De que la belleza sencilla aún era apenas soportable y si vivía de momento en momento, del huerto a la estufa y al acto sencillo de volar, podía alcanzar la paz.
Era como si viviese una duplicidad, y esa duplicidad era la virulenta insistencia de la vida con sus azules y sus verdes en contraste con la escala de grises de la muerte, y como si pudiese pasar de una a otra, entrar y salir de ellas con tanta fa cilidad como se pasa de la fría sombra del hangar al exterior.
O no era yo quien se movía, sino que la sombra de una nube me ponía la piel de gallina en los brazos y luego pasaba.
La vida y la muerte vivían una dentro de la otra.
Lo vi claro. La muerte estaba dentro de todos, esperando noches más cálidas, amenazando el sistema, era un escarabajo como el que corroía los negros árboles moribundos de las montañas.
Y la vida estaba dentro de la muerte, virulenta e insistente como una cepa de gripe. Como debería ser.
Pero los recuerdos me tumbaban. Me esforzaba por no recordar y me pasaba todo el tiempo recordando.
Se llamaba Spencer. Se iba a llamar, mejor dicho.
Sophie si era niña. Todo muy inglés. En el segundo trimestre decidimos que queríamos saberlo.
La familia de Melissa era escocesa. Vinieron de Melrose cuando tenía siete años, la apuntaron en una escuela de primaria del oeste de Denver donde la hicieron ponerse delante de toda la clase y repetir palabras como aritmética mientras los demás niños soltaban risitas y los profesores se morían de un ataque de ternura.
Ella decía que perdió todo el acento en dos meses.
Solo a los siete años se es tan adaptable.
El nombre de su padre.
No vomitó ni una sola vez en todo el embarazo. No tuvo náuseas. Nunca tuvo antojos de helado con aguacate.
No le gustaba nada cazar pero pescar le encantaba.
Pescaba conmigo cuando podía. En algunas cosas me superaba.
No lanzaba tan lejos ni con tanta precisión, pero seguramente no había nadie tan capaz como ella de ponerse en la piel de una trucha.
Se quedaba en la orilla del arroyo respirando y observando el vuelo de los bichos que se movían entre el sol y la sombra, nada más.
Los guías hacían cosas tan aberrantes como succionar el contenido del estómago de la primera captura con una pera de goma para ver qué estaba comiendo en ese instante.
Como si con el trauma de que la pescasen, la metiesen en una sacadera y la tuviesen al aire abrasador no le bastara.
Devolvían el pez al agua, ¿pero sobrevivía a semejante operación?
Ellos decían que sí, pero yo lo dudaba. Melissa no hacía nada de eso.
Ella ajustaba las mitades de su caña, colocaba el sedal, tiraba de él desde la guía superior con un silbido del carrete y recorría con sus delgados dedos todo el bajo de línea y el tippet, y se echaba hacia atrás su gorra de los Yankees, y entonces me preguntaba:
¿Qué moscas pongo, Hig?
Yo observaba los bichitos que revoloteaban a la luz del sol o pululaban en la superficie, levantaba unas cuantas piedras para mirar las larvas.
Una Copper John del 18 en la parte de abajo, una Rio Grand King, grandecita, en la de arriba.
Me miraba moviendo los labios como si le estuviera tomando el pelo. Luego ataba una bead head prince y una elk hair caddis. Los tamaños invertidos. O se decidía por una wooly booger de color morado y cabeza metálica que imita un pececillo nadando y supone una estrategia totalmente distinta.
¿Por qué me preguntas?, le decía. Siempre acabas haciendo lo contrario.
Su sonrisa, alegre y repentina, era una de las cosas que más me gustaban de este mundo.
No te lo tomes a mal, Hig. Hago un sondeo. Comparo mi opinión con la del mejor pescador que conozco.
No me hagas la pelota, anda. Vamos a pescar.
Normalmente pescaba más que yo. Excepto en los grandes ríos, el Gunnison, el Green, el Snake, donde el lanzamiento largo ayuda mucho. La última vez que fuimos a pescar tuvimos una bronca tremenda.
Me bebí el té. Pensé que Jasper era el perro con más colchas especiales de toda la historia.
Tenía la colcha de caba ñas de madera para el sillón Valdez, la colcha de volar con el perro cazador, la de dormir fuera, con duendecillos de Papá Noel.
Estaba tumbado de lado, con el culo hacia mí y las patas sobresaliendo del cojín, y roncaba.
¿Es posible amar tan desesperadamente que la vida resulte insoportable? No me refiero a un amor no correspondido, sino a estar metido de lleno en el amor. En medio del amor y desesperado. Porque sabes que se acabará, porque todo se acaba. Fin.
Al principio bebía. El primer año se acabaron todos los alimentos, incluso los caballos, pero seguía habiendo mucho alcohol en armarios y vitrinas, en los sótanos.
A Bangley y a mí nos servía para curarnos los cortes.
Bangley nunca bebía, su Código se lo prohibía.
No sé si llegaba a creerse un soldado o un guerrero, pero era un Superviviente con S mayúscula.
Creo que todo lo demás, todo lo que había sido en los rigores de su juventud, no era para él sino un entrenamiento para algo más elemental y más puro.
Se había pasado toda la vida esperando el Fin.
Si bebía antes, lo había dejado. No hacía nada que no tuviera como objetivo la supervivencia.
Creo que si llegase a morir de algo que no le pareciera una causa natural legítima, y si tuviese un momento de reflexión antes de la oscuridad, el final de su vida lo decepcionaría menos que el hecho de haber perdido la partida.
De haber descuidado los detalles. De haber sido derrotado por la muerte o, peor aún, por otro anacoreta curtido por el holocausto.
A veces pienso que solamente me conservó a su lado para tener algún testigo de su habilidad en la conquista de cada día. Me pregunto si con la escena del otro día no pretendería hacerme saber que todo estaba en sus manos. Que él nos concedía la supervivencia todos los días. No lo olvides, Hig.