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E mpezó a hacer calor enseguida. La primavera cedió sin resistencia.
Dos semanas antes que el año anterior según el calendario que había garabateado en una tabla del hangar.
Como me pareció que ya no había peligro de heladas nocturnas cavé los surcos del huerto e hice los agujeros y sembré bajo un sol benigno que me calentaba la nuca y le daba al lomo de Jasper ese calorcillo tan agradable al tacto.
Planté lo mismo que todos los años: judías verdes, patatas, maíz. También tenía espinacas que plantaba en un vivero junto con las pequeñas tomateras.
Hacia el final, cuando decidí salir pitando de la ciudad, fueron esas las hortalizas que me llevé del invernadero que tenía en el jardín de atrás.
Una cesta de paquetes de semillas con una costra de tierra y un cubo de patatas de siembra.
Siempre plantábamos lo mismo e íbamos ya por la décima cosecha.
Tenía que intercambiar semillas con las familias para que las plantas no perdieran vigor, no sé por qué lo aplazaba tanto.
Un par de años utilicé el invernadero de una de las mansiones como semillero, pero a la primera helada, en cuanto el frío superaba el calor acumulado en el suelo de ladrillos, se me morían las plantas.
No me molestaba en instalar una estufa para que no se helasen.
Luego preparé el vivero para sembrar espinacas y tener todo el año y para las tomateras en prima vera.
Casi siempre salía bien. Plantaba las patatas más tarde de lo normal para que la cosecha fuese tardía y nos durasen todo el invierno.
Con lo que teníamos, y al ser solo Bangley y yo, preparaba más conservas de las que podíamos consumir y almacenaba los frascos y una pila de patatas en una despensa del sótano de mi casa, la casa de la bombilla.
Nunca se lo conté a Bangley pero les llevaba a las familias hortalizas frescas en verano e incluso frascos pasada la temporada.
Ellos también tenían huerto pero sus esfuerzos no daban grandes resultados por culpa del mal.
Aquella tarde de finales de abril trabajé con calma, disfrutando del calor del día y empapándome de sol para sacudirme de los huesos el frío del invierno mientras iba charlando con Jasper.
Hay que hacer un caballón, le grité, recogiendo la laya. Necesitamos dos hileras bien altas para las patatas.
Jasper frunció el ceño y asintió, con seguir tumbado sobre un montón de tierra calentada por el sol y supervisarme le bastaba.
¡Eh! ¿Dónde están las estacas para las judías? ¿Dónde las guardamos?
Puso las orejas de punta y abrió la boca para formar su versión de una sonrisa. No lo sabía. Se la traía floja.
Ojalá la vida fuese así de sencilla, pensé como tantas otras veces. Tan sencilla como la de un perro.
Amontoné la tierra en caballones para las patatas y enterré los trozos, cada uno con su ojo.
Encontré los palos que usábamos de guía para las judías, los enterré y los sujeté con cuerdas y coloqué tres cordeles escalonados para que los zarcillos trepasen hasta cerca de dos metros.
Casi nada en el mundo resultaba tan satisfactorio como un muro de judías, con las hojas aleteando por encima de tu cabeza.
No tenía ninguna prisa. Lo que no se plantase hoy se plantaría mañana.
Seguramente hacía suficiente calor hasta para plantar el maíz.
A mediodía nuestras sombras formaron un charco al sur y se fueron alargando sobre los surcos mientras el sol primaveral seguía su camino hacia el noroeste.
Iba tarareando una melodía deslavazada. Melissa siempre se reía de aquel canturreo que repetía mientras trabajaba día sí y día también.
Siempre el mismo tarareo. Me reconfortaba.
Hice un pequeño canal para las judías, las esparcí por él y las cubrí con tierra bien prieta.
Tenía el vello del brazo cubierto de tierra de tanto cavar y la cara manchada de rascarme la nariz con el dorso del puño.
Con un sifón, llevé agua del estanque represado del arroyo hasta la acequia de la cabecera del huerto, que abrí en cuatro puntos con la punta de la laya para que el agua llegase a los surcos.
Los regueros plateados que discurrían sobre la tierra removida se volvieron rojizos fundiéndose con el sol bajo.
Tiñeron la tierra a ambos lados. Hacia la medianoche ya se habría humedecido toda la plantación.
Estaba cansado. Al día siguiente plantaría el resto, los tomates y el maíz. Y al otro día, si hacía buen tiempo, Jasper y yo cogeríamos el trineo, y la caña de mosca esta vez, y subiríamos a las montañas a cazar un ciervo.
Los ciervos bajaban hasta las llanuras pero no sé cómo sabían que no debían acercarse al aeropuerto y no había tenido mucha suerte intentando sorprenderlos en la pradera abierta. Yo era cazador de montaña y de todos modos quería subir antes de que los arroyos llevasen demasiada agua.
A veces Bangley se instalaba en la segunda planta de su casa con un saco de arena ante una ventana abierta y se entretenía disparando a gran distancia contra cualquier cosa que se le pusiera a tiro.
Mató dos lobos grises desde muy lejos, pero desde entonces ya no volvieron a acercarse.
Se cosió la piel del cuello de uno a la capucha de su abrigo militar y la lucía como si fuera un trofeo.
Plantado al pie del nuevo huerto contemplé como el sol tocaba las montañas y tornaba rojiza la tierra removida y los hilos de agua y os digo que dentro de mí se agitaba algo parecido a la felicidad.
Nunca lo habría llamado así. Al menos entonces. Por miedo. Pero ahora ya me atrevo.
¡Vamos, Jasp!
Dejé clavada la laya en la tierra suelta y me dirigí hacia el hangar y oí el palmoteo ahogado de Jasper sacudiéndose antes de seguirme al trote.
Un par de días, dije. Quizá tres.
Metí en el fondo de la mochila dos bolsas de congelación extragrandes llenas de cecina para Jasper. Había superado las náuseas tiempo atrás. Mi tío Pete me decía: Uno al final se acostumbra a salir de casa pisando una cabra muerta. ¿Y a una persona muerta?
¿Por qué tres?, dijo Bangley.
Metí la chaqueta de plumas, una grande de color marrón jaspeado que había comprado en Cabela’s poco antes de cumplir los treinta y que siempre me había acompañado al monte desde entonces.
Encima coloqué las bolsas de mi cecina, la de venado, y la lona de nailon doblada para protegernos del mal tiempo, y un rollo de cuerda de paracaídas.
¿Por qué un par de días o tres? Hay un montón de nieve, Hig. Los ciervos estarán bastante abajo.
No se me ocurrió ningún motivo, así que dije: En la última salida, en noviembre, vi rastros de alces. Te lo juro. Ya sé que piensas que estoy loco pero yo los vi. Huellas de una hembra grande. Quiero buscar mejor. Sería la leche cazar un alce.
No lo miraba. Silencio.
Éramos como un matrimonio que ya no es capaz de decir la verdad sobre las cosas más importantes.
A Melissa no le mentí nunca salvo en la convicción de que se sobrepondría a la gripe.
Ella sabía que era mentira y no me lo echó en cara.
Ya estaba demasiado enferma para preocuparse de si sobreviviría o no.
Tenía náuseas y diarrea como las de la disentería y los pulmones se le llenaban de líquido como con la neumonía, cosa que me aterrorizaba.
Al final ya solo quería que se acabase de una vez.
La almohada, me susurró. Tenía la mirada vidriosa y perdida y el cabello húmedo de sudor, y su mano en la mía resultaba terriblemente ligera, casi disecada.
Y fría. La almohada. Yo había llorado. Intentaba no llorar con todas mis fuerzas, tragarme las lágrimas al ver mi mundo entero, todo lo que en él había de importancia, escurrírseme entre los dedos.
Casi presa del pánico, ahora me doy cuenta, sin estar muy seguro de lo que ella quería, le coloqué una almohada detrás de la cabeza para levantársela un poco.
No, dijo en un suspiro. Apenas un suspiro. Su mano arañó el dorso de la mía como una garra, como si intentase aferrarse a ella pero no fuera capaz.
Aprieta.
La miré fijamente.
Hig. Jadeaba, le faltaba el oxígeno. Por favor.
Tenía los ojos vidriosos, pero conservaban ese azul grisáceo que siempre me había parecido un mar transparente en un día nublado, aunque ahora el color era más intenso, e intentaba fijarlos en los míos.
Por favor.
Por favor.
Barrí con la mirada la sala llena de catres en busca de un médico o un celador, con la agónica esperanza de que alguien me lo impidiera, pero casi todos estaban también enfermos o empezando a vomitar y a toser; en aquella especie de círculo del infierno no había nadie.
Solo el hedor y el clamor de la tos y la enfermedad.
Me arañó la mano sin apartar los ojos de mi cara.
Le levanté la cabeza de la almohada con cuidado y la volví a dejar sobre las sábanas sucias y cogí la almohada y dije te quiero. Más que a nada en todo el universo. Y me sostuvo la mirada y no dijo ni una palabra y yo le cubrí la cara con la almohada y la apreté. Asfixié a mi propia mujer.
Jadeó dos veces, se resistió, me arañó un poco, se quedó quieta. El clamor de la sala no cesó, los gemidos y las toses no cesaron.
Yo la quería.
Con eso tengo que cargar.
Levanto la cabeza de la almohada.
Veo la luna escarchada.
Bajo la cabeza y pienso en mi casa.
Bangley dijo: ¿Qué te pasa, Hig? Tienes mala pinta.
Me sacudí como hace Jasper.
Nada.
Igual te venían bien unas vacaciones, Hig. Has trabajado mucho en el huerto. En mi opinión los hombres no deberían ser granjeros. Ahí empezó a joderse todo.
Con lo de las vacaciones se refería a estar tirado en la hamaca que yo había colgado a la sombra de la casa.
Entre dos árboles ornamentales, una pícea de Noruega y un álamo temblón que siempre me habían dado la impresión de estar un poco perdidos, como si agitasen las ramas cargadas de nostalgia en dirección a las montañas donde deberían estar.
Suspiré. Igual tienes razón. Pero escucha, quiero subir. Si hubiera alces... ¡Joder! Seríamos como reyes.