La constelación del Perro 3 #2
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Pescaba. Apoyaba la mochila contra un árbol todavía verde.

El trineo kayak. Mi fusil. Subiendo monte arriba dejaba atrás la zona donde el escarabajo había hecho estragos, los árboles muertos que se rompían y se caían cuando el viento soplaba con fuerza, y me adentraba en lo verde.

Siempre pescaba en un trecho de bosque que no había muerto o que estaba volviendo a la vida.

Dejaba la mochila y aspiraba el olor del agua que corría, de la piedra fría, del abeto y la pícea, un olor como el de las bolsitas que mi madre guardaba en el cajón de los calcetines.

Respiraba y daba las gracias a algo que no era exactamente Dios, a algo que todavía estaba allí.

Casi tenía la impresión de que no había pasado el tiempo, todavía éramos jóvenes y aún vivían muchas cosas.

Escuchaba el riachuelo y el viento y lo veía mover las ramas oscuras y frondosas.

No lejos de allí, la oscura superficie de una poza estaba espolvoreada de polen verde.

Las raíces de un árbol asomaban en la orilla y serpenteaban sobre el agua, y en los espacios abiertos entre ellas se mecían viejas telarañas y sus hebras brillaban al ritmo del viento.

Sacaba los cuatro trozos de la caña envueltos en franela y los encajaba girando las anillas de metal y mirando a través de ellas hasta que quedaban bien alineadas.

Era una caña de viaje, una pequeña Sage número cuatro que tenía desde los días del instituto.

Mi padre me la regaló cuando cumplí dieciséis años, al poco de ir a vivir con él.

Murió de cáncer de páncreas al año siguiente, antes de que pudiera enseñarme a manejarla, pero terminé aprendiendo solo, observando al tío Pete.

Sacaba el carrete Orvis que me había regalado con la caña y que tenía siempre limpio y engrasado a pesar del desastre casi total que era el resto de mi vida.

Metía la espiga del portacarretes en la ranura de aluminio de la parte superior del mango de corcho y apretaba la tuerca.

La tuerca envolvía la caña y el soporte del carrete y tenía un grabado de rombos muy marcado que facilitaba el agarre del pulgar y el índice. Se enroscaba fácil y cerraba bien.

Todo esto, estos movimientos, esta secuencia, el silencio, el ruido del agua sobre las rocas, el borboteo del arroyo y las agujas de los altos árboles susurrando al viento.

Mientras colocaba el sedal. Lo había vivido cientos, miles de veces.

Era un rito que no exigía pensar. Como ponerse los calcetines.

Solo que este ritual me ponía en contacto con algo que parecía muy puro.

Quiero decir que durante toda mi vida siempre había dado lo mejor de mí mismo al pescar.

Mi atención y mi esmero, mi disposición a arriesgarme, y mi amor.

La paciencia. Pasara lo que pasara a mi alrededor.

Empecé a pescar cuando murió mi padre y quise pescar como imaginaba que pescaría él.

Lo que, pensándolo ahora, parece un poco raro: tratar de imitar a un hombre al que nunca había visto manejar una caña, y hacerlo con la pasión de un hijo con el que este hombre nunca había tenido muchas ocasiones para ejercer de padre.

Cuando me dejó mi novia del instituto, pesqué.

Cuando en un arrebato de decepción e impotencia dejé de escribir, pesqué.

Pesqué cuando conocí a Melissa y casi ni me atrevía a creer que había encontrado a alguien a quien amar con una intensidad desconocida hasta entonces.

Pesqué y pesqué y pesqué. Cuando la enfermedad atacó a las truchas, pesqué.

Y cuando la gripe finalmente se la llevó en un centro social convertido en hospital atestado de camas de moribundos a menos de quinientos metros de casa, pesqué.

No me permitieron enterrarla. La incineraron con los demás.

Pesqué . En medio del caos, cuando escaseaban los ví veres y había largas colas en las gasolineras y estallaron los disturbios, pesqué.

Entonces pescaba carpas con ninfa, solo para escapar y seguir un riachuelo cuyas curvas y humores conocía tan bien como antes el cuerpo de mi mujer muerta.

En todos esos años en el aeropuerto nunca dejé de ir al monte con mi caña.

Dejaba la mochila en el suelo y montaba la caña y respiraba y Jasper al verme se tumbaba en la orilla dispuesto a contemplar la acción desde el mejor sitio.

Me calzaba las ligeras botas de vadeo, que eran como unas botas de caña alta con goma pegajosa en la suela, y empezaba a andar sobre las piedras lisas que al aire quedaban grises y polvorientas y me metía en el riachuelo.

En cuanto el agua las humedecía y las cubría, las piedras del lecho cobraban vida y se encendían sus colores, verdes y rojizos y azules.

A mí me pasaba igual. Tenía esa sensación.

En cuanto el frío me tocaba los pies y me daba en las espinillas.

Ya nunca me ponía vadeadores. Me gustaba sentir el agua fría contra las piernas.

Iba pensando, recordando todo esto mientras seguía la senda hacia las montañas y pensé que llevaba más de un año sin pescar, ni una sola vez el verano pasado, y me pregunté por qué, y entonces deseé haber llevado la caña y a Jasper, una mochila con lo necesario para un día y ningún arma y a Bangley que le dieran, ni siquiera fingiría que iba a cazar.

Pero no era así. No llevaba nada. Había andado una hora y media, más o menos, el tiempo necesario para que Orión descendiera hasta rozar las montañas, y me detuve.

Respiré y miré alrededor, me di cuenta de que estaba muy cerca de los primeros árboles de la ladera de la montaña.

Y solo. Salí de mi ensoñación y estuve a punto de gritarle a Jasper.

No recordaba ninguna otra ocasión en que no hubiera estado conmigo.

Un miedo gélido me contrajo las tripas, di media vuelta y volví al aeropuerto al trote.