La constelación del Perro 3
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M e pregunto a qué vendrá esta necesidad de contar.

De animar la quietud mortal de la más profunda belleza. De insuflar vida con el relato.

Lo contrario de lo que hace Bangley, supongo, que es matar todo lo que se mueve.

La noche del tiroteo en el que yo no apreté el gatillo eché a andar y pasé por delante de los hangares del oeste y seguí andando.

Jasper tiene buen olfato y yo sabía que, si levantaba la cabeza y se preocupaba, me seguiría.

No le silbé, no quería aguarle la fiesta, y conocía lo bastante a Bangley para saber que ya había tenido suficiente acción por una noche y no le daría por joder a mi perro.

Yo iba desarmado y sin gafas de visión nocturna.

Bangley siempre lleva un arma en la cintura, estoy seguro de que no se la quita ni para dormir.

Nunca lo he visto durmiendo, pero no me extrañaría nada que más de una noche nos haya observado mientras roncamos detrás del terraplén.

Aunque hay muchas cosas de él que me asustan, esta es la peor, esa sensación de estar constantemente vigilado.

He aprendido a vivir con ella, como los indios cree de Canadá, que tienen que convivir con enjambres de mosquitos.

Tenían que convivir, mejor dicho. Pero hay una inquietud que me corroe: si Bangley creyera que los ataques han disminuido lo suficiente para poder defender él solo este lugar, o que mis visitas a las familias suponen un riesgo excesivo, igual le daba por matarnos a los dos, a mí y a Jasper, dos tiros a una distancia de cincuenta pasos desde su porche delantero, nada más fácil para él.

Así que podría decirse que es una locura dormir al raso, pero en un día cualquiera Bangley tendría un sinfín de ocasiones para acabar conmigo si se lo propusiera, así que desde el principio decidí vivir mi vida sin tener en cuenta al señor Muerte.

Así, mientras pasaba por delante de los últimos hangares del oeste alejándome de la bombilla que dejábamos encendida en el porche y adentrándome en esa oscuridad no total de las llanuras iluminadas por las estrellas, pensé que la visita de aquellos cinco hombres garantizaba mi supervivencia al menos de momento.

De momento Jasper y yo seguiríamos siendo indispensables, aunque Bangley había liquidado al grupo literalmente con un solo ojo.

Rodeé el viejo depósito de gasolina que a la luz del día era verde y ahora era un bulto negro agrandado entre las altas matas de artemisa, y mis pies encontraron sin pensar la senda de las montañas.

Mi senda. La que habíamos creado Jasper y yo en nueve años de recorrerla, y Bangley yendo a su torre.

El aeropuerto de Erie no tenía torre de control, era un campo no controlado, lo que significa que los pilotos hablaban entre ellos y se ponían de acuerdo según un protocolo muy antiguo, pero Bangley y yo habíamos construido nuestra propia torre seis kilómetros llanura adentro, a mitad de camino del nacimiento de la montaña, y esa torre servía para matar.

Tardamos dos meses en construirla, con unas tablas que habíamos sacado del derribo concienzudo de un edificio de madera de Piper Lane, un mazacote cuadrado y moderno que me recordaba a una escuela primaria de los setenta.

Transportamos la madera en la camioneta de Bangley cuando todavía anda ba y en el remolque que había traído lleno de armas de todos los géneros asesinos y de minas, comida enlatada y munición.

Para hacer funcionar las sierras y los taladros llevamos hasta allí un generador que alimentamos con gasolina de aviación y que tenemos en un hangar sin electricidad de la parte del norte.

Bangley no era un carpintero nato y esa fue la única vez que lo vi aplicarse a un trabajo manual con algún entusiasmo.

Ahora sé que aquel ímpetu, aquel fuego, se debía a la visión de los disparos largos y limpios que iba a hacer con su .

408. Se moría de ganas de subir a la plataforma a instalar el banco de tiro y el dispositivo de fijación que se había pasado horas diseñando.

Y el soporte del catalejo y el del telémetro láser.

Esas cosas (el arma, el catalejo o el telémetro) no las dejaba nunca en la torre, pero sí que dejaba un indicador de la velocidad y la dirección del viento en lo alto del mástil, a cierta distancia de la torre para que el tejado no lo despistara, y también dejaba sus tablas de balística en una chulada de cajón con juntas de cola de milano que le hice.

Su distancia preferida era mil trescientos metros: lo bastante cerca para asegurar el tiro pero lo bastante lejos para sentirse orgulloso de su puntería.

Eso significa que en la senda había un lugar desde el que muchas personas a lo largo de los años habían visto este triste mundo por última vez.

Un lugar literalmente empapado de sangre.

Justo allí, el espacio de tierra que queda entre una mata de artemisa y un arbusto de cola de conejo estaba ennegrecido por los minerales cobrizos de la sangre derramada, manchado como el lugar de un patio o un camino en el que se le cambia el aceite al coche.

Esa noche tardé mucho menos de una hora en recorrer los seis kilómetros y setecientos metros.

No me fijé en la distancia ni en el tiempo.

Según mi calendario era la noche del 21 de abril, que por lo que yo sé no es ningún solsticio ni equinoccio pero que me parece importante como el 21 de todos los meses.

También era el cumpleaños de Melissa. No le gustaban las fiestas, así que nunca celebramos ninguna.

Íbamos a cenar a un lugar tranquilo, normalmente a comer sushi, que le parecía una forma de alimentación ridícula y decadente pero que un par de veces al año le encantaba.

Al final los pescados que más le gustaban, el atún y el jurel y el salmón salvaje, ya se habían extinguido, y los demás eran tan caros que dejamos de ir a esos restaurantes.

Siempre le regalaba un libro. Algún libro antiguo de tapa dura de la sección de la librería de viejo donde se encontraban clásicos de la literatura juvenil como los Hardy Boys y Nancy Drew y ejemplares de El Hobbit garabateados que olían a humedad con las cubiertas de papel desgarradas o directamente sin ellas.

Pero como en la tela de la tapa dura había estampado algún motivo de la ilustración de la cubierta, un caballo encabritado o un olmo viejo, podías cerrar los ojos y pasar la mano por la superficie granulosa y notar las ágiles curvas del potro corcoveando o las frondosas ramificaciones del árbol.

Mi favorito era una especie de guía ilustrada de animales de estanque en el que un niño muy pequeño había escrito con lápiz en todas las páginas, debajo del dibujo de una nutria

Me gusta la nutria

Debajo de un ratón almizclero:

Me gusta el ratón almizclero

Castor:

Me gusta el castor

Pasé por delante de la torre en la oscuridad.

El camino que discurría entre arbustos absorbía y reflejaba la luz de la Vía Láctea y mostraba sus curvas claramente.

Pasé por el objetivo de los disparos, una mancha negra que no era la sombra de la artemisa.

No me estremecí ni sentí nada en especial.

Notaba el viento. Bajaba de las montañas del oeste y, aunque debería haber traído el frío de la nieve, era tibio y olía a tierra, al cedro de las laderas más bajas y la pícea de más arriba.

Como piedras que emergen del hielo. Líquenes y musgo.

Me pareció percibir esos olores. El olor de la primavera.

Estábamos a mediados de abril, demasiado pronto para un auténtico deshielo, pero las antiguas referencias estacionales ya solo eran cosa de la nostalgia.

Ese invierno había nevado en las montañas pero los dos años anteriores las cimas no habían retenido casi nada, se habían quedado secas.

Eso me daba más miedo que los ataques o la enfermedad.

Quedarse sin truchas era malo. Quedarse sin el arroyo era muchísimo peor.

Todavía subía a la montaña a pescar. Ya no había truchas porque los ríos se habían calentado demasiado, pero pescaba matalotes y carpas.

Pescaba a fondo con ninfa, como antes, y vencía la repulsión cuando atrapaba a un matalote, esa floja resistencia que no podía llamarse lucha y esos labios distendidos y esas escamas.

Me obligué a acostumbrarme a su sabor y a sus espinas.

Ahora que no había truchas las carpas habían ocupado su nicho y subían cada vez más a la superficie para alimentarse, así que a veces incluso pescaba con mosca seca.

Nunca le llevaba mis capturas a Bangley porque no lo habría entendido.

Las horas que dedicaba a pescar. El peligro de abstraerse junto a un riachuelo que era lugar de paso para animales y viajeros.

Pero pescaba. Él lo habría considerado un pasatiempo, el nombre despectivo que aplicaba a cualquier cosa que no estuviera directamente relacionada con nuestra supervivencia o con matar o con la preparación para matar, que venía a ser lo mismo .

Joder, Hig, no estamos aquí para andarnos con pasatiempos, ¿eh?

Por el amor de Dios . Cazar ciervos era otra cosa.

La cantidad de proteínas de calidad conseguidas en una expedición, dividida por el riesgo.

Pasaba por alto el hecho de que yo quisiera ir, de que lo necesitara: subir ahí arriba, escapar, respirar ese aire.

Si lo hubiera aborrecido, a él le habría parecido aún mejor.

Lo mismo podía decirse de volar. Aunque sa bía que a mí me daba la vida, le faltaban dedos para contar las veces en que podía decirse sin exagerar que habíamos salvado el pellejo gracias a lo que yo veía desde el aire.

No era mi jefe y yo hacía lo que quería, pero me castigaba con su desaprobación, y con el tiempo lo más fácil fue ocultarle esas cosas. Cuestión de mantener la aguja en la zona verde día tras día.