La constelación del Perro 4 #4
27%

4 #4

Nada. Nada en todo el recorrido. Carreteras vacías.

Afortunadamente. Como casi siempre. Si hubiera habido vagabundos se habría jodido todo, habríamos tenido que dejar la caza para más adelante.

Entonces habría tenido que descender en picado, parar el motor, poner la grabación.

En el cedé conectado al amplificador y los altavoces tengo cuatro canciones que se titulan

Volved al norte si no queréis morir

Volved al sur si no queréis morir

Volved al este si no queréis morir

Volved al oeste si no queréis morir

La letra es fácil de recordar: el título repetido una y otra vez. Seguido del aviso: Sabemos que estáis aquí. Seréis comida para perro, igual que tantos antes que vosotros.

Eso me obligó a añadirlo Bangley.

Y una mierda, le dije. Es innecesario y asqueroso.

Bangley se quedó mirándome, esbozando su sonrisa.

Es la verdad, ¿o no? ¿O no, Hig?

Fue como si me diera un puñetazo.

Añádelo, dijo. No estamos en un baile de sociedad.

Casi siempre funciona. Demasiadas incógnitas, demasiados supervivientes, los visitantes no pueden descartar que haya una falange de mongoles esperándolos en el aeropuerto para destrozarlos.

Y supongo que es lo que somos. Una falange de dos.

No, tres. Y deben de pensar: Estos tíos tienen una fuerza aérea, un altavoz, una grabadora, ¿qué más tendrán?

Tenemos a Bangley, creo. No tenéis ni idea de lo que eso significa. Más os vale salir cagando leches.

Si necesitan más argumentos, he llegado a ser bastante bueno con la metralleta Uzi de Bangley. Me ladeo hacia la izquierda y disparo por mi ventanilla. Intento no acertar, pero a veces le doy a alguien.

Me han disparado catorce veces. En tres de ellas la bala atravesó el fuselaje. Casi nadie sabe disparar a los aviones. Nunca tienen lo suficientemente en cuenta el movimiento.

Ahora no hay nadie. La autopista 7 está despejada, y también la 287, la interestatal.

Nuestro camino al oeste. El sol cae de lleno en el cañón de Boulder y roza las cimas de los Flatirons.

Antes era nuestra excursión favorita, el camino que bordea la base de las paredes de piedra.

Al norte, el monte Evans, sonrojado de nieve sangrienta.

He calculado mal y no me dará tiempo a explorar las montañas si quiero cargar las bebidas.

Lo cierto es que no tengo que explorarlas, ya sabemos dónde están los ciervos, pero me gusta volar a poca altura sobre las estribaciones.

Si encontramos rastros de alce, será explorando el terreno a pie.

Viro hacia el este en dirección a la central nuclear del río St. Vrain, al SO de Greeley.

El doble remolque del camión ha quedado girado por el efecto tijera, mitad fuera de la carretera, mitad en el camino de entrada de una granja.

Lo veo a ocho kilómetros de distancia. Los lados del camión, de un rojo y un blanco sucios, atrapan el sol como una gran valla publicitaria.

Supongo que lo interceptarían por el agua potable, por el agua embotellada que llevaba dentro y todos los refrescos.

Seguramente la primera vez que vi el camión no se me habría ocurrido aterrizar de no haber sido por los cinco cadáveres esparcidos a su alrededor.

Y otro con medio cuerpo fuera de la ventanilla del conductor.

La escena del tiroteo me hizo reducir la marcha y rodear el lugar.

Ya no soy tan rápido como antes, lo sé. A veces todo me parece muy confuso. Pero los cadáveres hablaban desde el suelo y el camión era como un letrero luminoso. Piensa, Hig. Un tiroteo en torno a un camión de la Coca-Cola.

Ese fue el origen de nuestro capricho mensual.

Aquella primera vez, el estanque de la granja que queda al este del camión dibujaba una media luna negra y tersa a lo largo de la orilla norte pero en el resto el agua estaba rizada, así que lo rodeé y aterricé sobre la línea discontinua amarilla en dirección norte, con el viento de cara.

Bajé del avión y me volví para coger a Jasper, que esperaba encogido y ansioso en mi asiento, y lo dejé en el suelo.

Arrastré a los hombres por las botas y los dejé en la cuneta cubierta de hierba para que Jasper...

Había descubierto hacía tiempo que así era más fácil que tirando de los brazos.

Las puertas del remolque trasero estaban cerradas con candado, un simple candado metálico en U. Fui andando hasta la granja, atravesé un patio embarrado y encontré el cortacadenas en el cobertizo del tractor.

Hasta pasados varios meses no caí en la cuenta de que podía llevar a Bangley hasta allí para que condujera el camión hasta el aeropuerto.

Pero entonces ya me había acostumbrado a llevar unas cuantas cajas cada vez y me encantaba.

Pensaba hacerlo durar todos los años que viviéramos.

No había muchas cosas que celebrar en nuestras vidas.

Tampoco se me ocurrió hasta mucho más tarde que con el tiempo, si llegaban a pasar años, la congelación y descongelación estropearía las latas. Daba igual. En ese momento era un buen sistema.

Esa primera vez cargué tres cajas en la Bestia y cerré y aseguré las puertas.

Ya había girado la llave en el contacto para arrancar el avión cuando volví a salir y até un jirón de la camisa roja de uno de los hombres a la señal de una milla para tener un indicador del viento. La milla 4, me acuerdo.

Tenía tres agujeros de bala del .22 agrupados en siete centímetros. No está mal. Obra del chaval de la granja practicando para los perritos de las praderas, seguramente.

Hoy vuelve a soplar del norte. Ha virado ciento ochenta grados en menos de una hora, típico de esta época del año. En esta época del año he visto las mangas de viento de ambos extremos de la pista de Erie señalar en direcciones opuestas, anuncio de un aterrizaje interesante.

Por el borde oriental de la carretera discurre una línea de postes telefónicos.

No importa, están bastante retirados. Los postes reflectores pequeños y las señales de milla pasan sin problemas por debajo de las alas.

Mi primer instructor me dijo que las carreteras asfaltadas casi siempre tienen suficiente anchura para un aterrizaje de emergencia si se toma tierra justo en el centro, que los postes y las señales casi siempre quedan lo bastante lejos.

Los que tienen más peligro son los caminos de tierra anchos y con buena pinta.

El ala puede engancharse precisamente en un poste indicador que no ves y hacerte dar una vuelta de campana.

Aun así, me inclino hacia la izquierda para iniciar el acercamiento final con el viento de cara, muy alto, y descender flotando con los flaps totalmente extendidos, justo en el medio del carril de la izquierda, fijando la vista en un álamo alto y luego en el horizonte, la carretera que se eleva para recibirme, yo que desciendo flotando y entonces tiro con suavidad del volante, atrás atrás atrás, hacia mi pecho, inicio la recogida y toco tierra con una suave sacudida mientras centellea la alarma de pérdida.

Después de tantos años aún siento la emoción de un buen aterrizaje.

Ya lo he hecho muchas veces desde esta dirección y sé que no tengo ni que frenar mucho, solo mantener el morro alto y dejar rodar el avión hacia el camino y el camión.

Un toque de frenos. Jasper, sentado sobre los cuartos traseros en su gruesa colcha, en posición de copiloto, se inclina solo un poco hacia delante y recoloca las patas delanteras.

Tiro del mando de mezcla y apago el motor.

Un chisporroteo prolongado, la hélice se hace visible al girar más despacio, y luego silencio.

El viento sacude el parabrisas, zarandea el avión.

Hace más viento de lo que pensaba. Aplasta la hierba corta del campo, intermitente como la brisa que peina un corte a cepillo.

En la cuneta cabecean unos ásteres violeta.

Apoyo el codo en la ventanilla. La tierra húmeda huele a nuevo y a descomposición.

Solo los olores son capaces de emborracharnos así de recuerdos.

Aún se percibe el estiércol viejo del corral embarrado que hay detrás de los cobertizos.

En esta época del año todo es inestable.

Me vuelvo hacia Jasper.

Les damos la bienvenida a Villa Coca-Cola. La tripulación de Chucho Airlines les ha ofrecido otro aterrizaje puntual y sin incidentes. Les rogamos que permanezcan en sus asientos hasta que el avión se haya detenido por completo. Tengan cuidado al abrir los compartimentos superiores.

Jasper se digna mirarme con desaprobación un momento y continúa con la vista fija al frente y el ceño fruncido como todo buen copiloto. No le gusta el cachondeo en el trabajo. Sabe que vamos al camión, así que lo vigila desde veinte metros de distancia.

Entonces suelta un breve gruñido. Da un resoplido grave que le hincha la piel suelta que cubre los dientes de arriba.

Muy bien, el avión ya se ha detenido por completo. No hay compartimentos superiores. No seas plasta, por Dios.

El gruñido se hace más grave y continuo.

Se le eriza el pelo del lomo y el de la grupa se le aplasta sobre la piel tirante.

Los ojos fijos en la parte trasera del camión.

Mi pelo, el vello de la nuca, empieza a hormiguear y se me pone de punta.

Sigo la mirada de Jasper. El cierre pintado de blanco de la parte de atrás del remolque sobresale en ángulo de la puerta de color rojo descolorido.

Hay una franja de sombra negra entre las dos puertas.

La de la derecha está apenas entreabierta.

El viento trae el olor camino abajo, de norte a sur. Hacia nosotros.

Sin apartar los ojos del camión, me estiro para coger el fusil automático. Está sujeto boca arriba a un soporte con una mordaza fijada delante del asiento de Jasper, a la izquierda. Al lado hay una pistola ametralladora. Suelto el cierre de la correa cromada y levanto el fusil. Cortesía de Bangley.

Muy bien, bonito, muy bien.

Lo digo en un susurro, sin motivo alguno.

Bueno, pues vamos.